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La saga interminable de espionaje y grandes secretos del Siglo XXI, continúa con nuevos capítulos: el fundador de WikiLeaks, Julian Assange, fue condenado a casi un año de cárcel en Reino Unido por violar su libertad condicional cuando en 2012 se refugió en la embajada de Ecuador en Londres para no ser extraditado a Suecia.

Un tribunal londinense lo condenó a 50 semanas de reclusión por este delito pasible de un año de prisión, por el que fue detenido el 11 de abril dentro de la legación ecuatoriana después de que Quito le retirara el asilo diplomático que le había acordado casi siete años antes.

Éste es, sin embargo, solo el primer capítulo de la batalla legal que le espera al australiano, requerido por Estados Unidos para juzgarlo por “piratería informática”: debe enfrentar una vista judicial por esa petición de extradición, que su equipo legal recurrirá en un proceso que podría alargarse hasta dos años.

“El combate continúa”, afirmó el periodista islandés Kristinn Hrafnsson, redactor jefe de Wikileaks, afirmando que “mañana empieza la batalla más dura y más importante” que podría constituir “una cuestión de vida o muerte para Assange”.

El experto informático, de 47 años, llegó al juzgado en un furgón policial desde la prisión de Belmarsh, donde pasó las últimas dos semanas, con un desafiante puño en alto y mejor aspecto que cuando fue detenido.

Vestido con chaqueta negra sobre una camiseta gris, había cambiado la larga barba blanca y la cola de caballo por una barba bien recortada y un cuidado cabello corto. “¡Vergüenza a Reino Unido!, ¡Vergüenza a Ecuador que vendió a Assange!”, gritaba una manifestante mientras otro enarbolaba una pancarta que decía “Liberen a Julian Assange, candidato al premio Nobel de la Paz”.

Subrayando que vigilarlo durante tantos años tuvo un costo para los contribuyentes británicos, la juez Deborah Taylor le reprochó que se pusiera “deliberadamente fuera del alcance de la Justicia”.

“Hice lo que creí que era mejor, tal vez lo único posible”, afirmó Assange en una carta de arrepentimiento leída por su abogado, quien aseguró que éste decidió quedarse en la legación ecuatoriana por “las amenazas que recaían sobre él desde Estados Unidos” y que “lo ensombrecían todo”.

El fundador de la plataforma internet WikiLeaks, famosa desde que en 2010 difundió cientos de miles de documentos diplomáticos y militares secretos de Estados Unidos, era objeto de una orden de detención británica desde 2012.

Esta fue emitida tras no presentarse a una comparecencia judicial en el marco de su libertad condicional después de refugiarse en la embajada de Ecuador para escapar a una extradición a Suecia por acusaciones de agresión sexual y violación que posteriormente fueron archivadas.

Una de las denuncias en Suecia prescribió en 2015 y la otra fue abandonada en 2017 ante la imposibilidad de juzgar a Assange, a quien el anterior presidente de Ecuador, Rafael Correa, dio protección diplomática.

Sin embargo, tras su detención este abril, después de que el actual dirigente Lenín Moreno decidiera retirarle el asilo y la nacionalidad ecuatoriana expulsando a un huésped cada vez más molesto para Quito, una de las denunciantes suecas pidió que se reabra su caso.

La abogada británica Jennifer Robinson aseguró recientemente que Assange está dispuesto a cooperar con las autoridades suecas si retoman la investigación mientras su padre pedía desde Sidney que el informático, cuyo mal aspecto físico lo dejó conmocionado, fuera extraditado a Australia.

“La cuestión clave por el momento”, había dicho Robinson, “es la extradición a Estados Unidos”.

Ya en 2012, Assange aseguró que quiso escapar a la extradición a Suecia para no acabar en Estados Unidos, donde sus defensores temen que pueda ser condenado a cadena perpetua o incluso muerte por traición.

La justicia estadounidense afirma haberlo imputado únicamente de conspiración para cometer intrusión informática, un delito pasible de un máximo de cinco años de cárcel, por ayudar a la exanalista de inteligencia Chelsea Manning a obtener una contraseña para acceder a miles de documentos clasificados.

Manning, que nació varón con el nombre de Bradley hace 31 años y cambió de género en la cárcel, vuelve a estar reclusa desde el 8 de marzo porque se niega a testificar ante un gran jurado que investiga a WikiLeaks y Assange. La saga continúa.

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La saga continúa

La saga interminable de espionaje y grandes secretos del Siglo XXI, continúa con nuevos capítulos: el fundador de WikiLeaks, Julian Assange, fue condenado a casi un año de cárcel en Reino Unido por violar su libertad condicional cuando en 2012 se refugió en la embajada de Ecuador en Londres para no ser extraditado a Suecia.

Un tribunal londinense lo condenó a 50 semanas de reclusión por este delito pasible de un año de prisión, por el que fue detenido el 11 de abril dentro de la legación ecuatoriana después de que Quito le retirara el asilo diplomático que le había acordado casi siete años antes.

Éste es, sin embargo, solo el primer capítulo de la batalla legal que le espera al australiano, requerido por Estados Unidos para juzgarlo por “piratería informática”: debe enfrentar una vista judicial por esa petición de extradición, que su equipo legal recurrirá en un proceso que podría alargarse hasta dos años.

“El combate continúa”, afirmó el periodista islandés Kristinn Hrafnsson, redactor jefe de Wikileaks, afirmando que “mañana empieza la batalla más dura y más importante” que podría constituir “una cuestión de vida o muerte para Assange”.

El experto informático, de 47 años, llegó al juzgado en un furgón policial desde la prisión de Belmarsh, donde pasó las últimas dos semanas, con un desafiante puño en alto y mejor aspecto que cuando fue detenido.

Vestido con chaqueta negra sobre una camiseta gris, había cambiado la larga barba blanca y la cola de caballo por una barba bien recortada y un cuidado cabello corto. “¡Vergüenza a Reino Unido!, ¡Vergüenza a Ecuador que vendió a Assange!”, gritaba una manifestante mientras otro enarbolaba una pancarta que decía “Liberen a Julian Assange, candidato al premio Nobel de la Paz”.

Subrayando que vigilarlo durante tantos años tuvo un costo para los contribuyentes británicos, la juez Deborah Taylor le reprochó que se pusiera “deliberadamente fuera del alcance de la Justicia”.

“Hice lo que creí que era mejor, tal vez lo único posible”, afirmó Assange en una carta de arrepentimiento leída por su abogado, quien aseguró que éste decidió quedarse en la legación ecuatoriana por “las amenazas que recaían sobre él desde Estados Unidos” y que “lo ensombrecían todo”.

El fundador de la plataforma internet WikiLeaks, famosa desde que en 2010 difundió cientos de miles de documentos diplomáticos y militares secretos de Estados Unidos, era objeto de una orden de detención británica desde 2012.

Esta fue emitida tras no presentarse a una comparecencia judicial en el marco de su libertad condicional después de refugiarse en la embajada de Ecuador para escapar a una extradición a Suecia por acusaciones de agresión sexual y violación que posteriormente fueron archivadas.

Una de las denuncias en Suecia prescribió en 2015 y la otra fue abandonada en 2017 ante la imposibilidad de juzgar a Assange, a quien el anterior presidente de Ecuador, Rafael Correa, dio protección diplomática.

Sin embargo, tras su detención este abril, después de que el actual dirigente Lenín Moreno decidiera retirarle el asilo y la nacionalidad ecuatoriana expulsando a un huésped cada vez más molesto para Quito, una de las denunciantes suecas pidió que se reabra su caso.

La abogada británica Jennifer Robinson aseguró recientemente que Assange está dispuesto a cooperar con las autoridades suecas si retoman la investigación mientras su padre pedía desde Sidney que el informático, cuyo mal aspecto físico lo dejó conmocionado, fuera extraditado a Australia.

“La cuestión clave por el momento”, había dicho Robinson, “es la extradición a Estados Unidos”.

Ya en 2012, Assange aseguró que quiso escapar a la extradición a Suecia para no acabar en Estados Unidos, donde sus defensores temen que pueda ser condenado a cadena perpetua o incluso muerte por traición.

La justicia estadounidense afirma haberlo imputado únicamente de conspiración para cometer intrusión informática, un delito pasible de un máximo de cinco años de cárcel, por ayudar a la exanalista de inteligencia Chelsea Manning a obtener una contraseña para acceder a miles de documentos clasificados.

Manning, que nació varón con el nombre de Bradley hace 31 años y cambió de género en la cárcel, vuelve a estar reclusa desde el 8 de marzo porque se niega a testificar ante un gran jurado que investiga a WikiLeaks y Assange. La saga continúa.

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