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Febriles, como las cartas de amor

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Febriles, como las cartas de amor

Miguel Garro

Mientras estaban detenidos, Catalina y David se enviaron correspondencia que burló la celosa guardia militar y cimentó un amor que cuarenta años después demuestra que no hay imposibles.

David Mazal habla y Catalina Garraza lo mira con el embeleso de los enamorados. Cuando la que habla es Catalina, David la escucha con admiración, pero más con comprensión. Y cuando por fin se cruzan las miradas se produce un instante mágico que solo se puede describir con cuatro letras que juntas cambian cualquier universo, revierten cualquier adversidad, rompen cualquier barrera y abren cualquier celda de cualquier prisión: amor.

La increíble historia que protagonizan David y Catalina tiene todos los condimentos de una película. De hecho, “Proyecto mariposa”, el documental de Sergio Constantino (el mismo director que filmó la vida de Miguel Abuelo y Federico Moura), la cuenta con emoción y sentido militante. Garraza y Mazal fueron detenidos por la dictadura militar y estuvieron ocho años presos. Sin verse, se intercambiaron cartas desde sus celdas hasta el día mismo de su liberación, cuando comenzaron el romance más carnal, por decirlo de alguna manera.

La relación tiene un matiz especial para la provincia porque Catalina es puntana, hija de Pedro Garraza, también preso político, reconocido panadero y mejor arquero. De hecho, el hombre todavía vive en la casa donde la familia fue secuestrada.

Hasta octubre de 1976, la vida de Lina había transcurrido entre la primaria y la secundaria en la Escuela Normal de Niñas, la colaboración en el reparto de pan en el negocio familiar (bautizado consecuentemente “La miga” y ubicado antiguamente en Maipú y avenida España) y los avanzados estudios de Bioquímica. En los últimos años había comenzado una mesurada participación en partidos de izquierda más empujada por su hermana Ana María, actual vicedecana de la facultad de Ciencias de la Salud de la UNSL, y por Pedro Ledezma, uno de los desaparecidos más mencionados de la provincia y con quien Catalina había comenzado un noviazgo que no duró más de un año.

Cuando un comando militar irrumpió en su casa para llevarse a toda la familia (papá, mamá, Catalina y Ana María), la vida de Garraza, que por entonces tenía 22 años, cambió para siempre. En todo sentido. Pasó unos días en la jefatura central de la Policía de la Provincia –en el actual edificio de la Muhsal-, luego la trasladaron a Mendoza y finalmente recaló en la cárcel de Devoto, epicentro del sector femenino de las presas en la dictadura.

En cambio, la vida de David en Saavedra, un barrio ubicado en la zona exacta en la que Capital le da paso a la provincia de Buenos Aires, había estado signada por la militancia, más allá del oficio de trabajador del cuero que había aprendido de su padre. Fue detenido en su propio colegio cuando hacía “una operación de prensa y propaganda” que consistía en repartir folletos con filosofías de la UES (la Unión de Estudiantes Secundarios), la agrupación a la que pertenecía.

“Nuestra consigna era resistir a cualquier precio”, dice David 43 años después de ser detenido y sin ningún hecho que reprocharse. En el momento en que Mazal recaló en la Comisaría 8ª de Capital tenía 19 años. Luego pasó a Coordinación Federal y comenzó un nocturno itinerario que lo llevó a Devoto, La Plata, Caseros, nuevamente Devoto, otra vez en La Plata y finalmente la cárcel de Rawson, de donde salió en libertad el 3 de diciembre de 1983, una semana antes de que asumiera el nuevo presidente democrático.

 

 

 

 

Presos políticos, amores ocultos

Las condiciones de detención que sufrieron Catalina y David fueron similares a la que la historia moderna contó una y otra vez sostenida en los testimonios y los recuerdos horrorosos de quienes la padecieron. Hacinamiento, torturas, prohibición de dormir la siesta, submarinos secos, debilitamiento psíquico. “La lógica de los militares era, si no te podían matar, destruirte anímicamente”, recuerda Mazal.

Garraza agrega que otro punto de la dinámica de la detención era evitar que los presos tuvieran contacto entre sí. “Al principio solo nos podíamos comunicar con nuestros familiares directos que estaban en libertad, si nos iban a visitar”, sostiene la puntana con la fortaleza con la que encaró toda su vida.

“Nosotros no sabíamos nada de lo que sucedía afuera”, reafirma David, quien cuenta una anécdota curiosa de sus días a la sombra. “En 1980 no sabíamos por ejemplo quién era Maradona. Un tío mío, futbolero, iba a visitarme y yo le preguntaba si era tan bueno como nos decían. 'Es un fenómeno', me contestaba mi tío”. Mazal fue un promisorio futbolista que jugó en Platense y cuando fueron a buscarlo de Boca prefirió la militancia antes que los goles, algo de lo que no se arrepiente.

Sin embargo, fue el fútbol uno de los nexos que, aunque indirectamente, lo llevó a Catalina. David se hizo amigo en la cárcel de Pedro Garraza y compartieron algunas charlas sobre equipos e historia y en algunos partidos que se armaron en el patio del penal fueron compañeros y rivales. Cuando un día Catalina le preguntó a su padre qué tal jugaba David, el arquero puntano tuvo que ser sincero. “Debo reconocer que juega bastante bien”, dijo Pedro. Mazal le había hecho cuatro goles.

La pregunta de Catalina no había sido al azar. David, el goleador, era el hombre a quien, sin conocer, le había dedicado sus pensamientos y sus cartas en los últimos años.

Como a los detenidos les interesaba salir de la cárcel y no ser marcianos desinformados del mundo exterior, habían planeado un sistema de noticias interno que bautizaron “el caramelo” y que estaba realizado con papel de armar cigarrillos escrito de los dos lados con las noticias o mensajes diversos, envuelto a la vez por un celofán quemado que se ponían en la boca para traspasar de pabellón en pabellón. “Si algún guardia sospechaba o nos requisaba, lo tragábamos”, recuerda David.

En esos escritos circulaba información variada, como el título de la última canción editada por Joan Manuel Serrat y la postura del gobierno de facto sobre alguna situación en particular.

Cuando en 1979, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos llegó a la Argentina y se entrevistó con algunos presos políticos, la dictadura no tuvo más opción que ablandar el régimen de comunicación entre los internos. Entonces, permitió que los detenidos intercambiaran correspondencia –siempre vigilada, leída y hasta censurada por el régimen- entre sus familiares también presos.

Por esa razón Catalina y Pedro, hija y padre, pudieron cartearse. Esa determinación fue el inicio de la historia de amor que todavía mantiene unidos y enamorados a Garraza y a David. En las cartas que el padre puntano -por entonces detenido en La Plata- le mandaba a su hija, siempre había algún saludo de Mazal para Catalina. “En realidad, él saludaba a todas las compañeras que estaban detenidas en Devoto, preguntaba cómo estábamos y se preocupaba por nosotras”, recuerda la mujer.

Las primeras conversaciones entre Lina y David, entonces, fueron por medio de Pedro. “Él transcribía”, ríe ahora Mazal, quien se cuidaba al extremo de no incluir alguna línea de más en sus febriles escritos.

En un momento, el padre de Catalina comprendió que su intermediación era vana porque los militares ya habían aflojado con los controles y porque la relación entre su hija y su compañero de encierro iba tomando otro cariz. “Se cansó de ser el censor de nuestras cartas”, describe más directamente David.

 

"Hacinamiento, torturas, prohibición de dormir la siesta, submarinos secos, debilitamiento psíquico. “La lógica de los militares era, si no te podían matar, destruirte anímicamente”, recuerda Mazal.

 

 

Aunque la pareja asegura que nunca escribió ni pensó la relación en términos conyugales. “Ninguno tenía certeza de lo que podía pasar con nosotros, nadie nos aseguraba que íbamos a salir vivos, aunque siempre tuvimos la esperanza que en algún momento saldríamos en libertad”, rememora Catalina.

La relación se fue construyendo en base a los papeles y a sus contenidos. Primero fueron los “te extraño”, los “te quiero” leídos y releídos en la oscuridad de la celda sucia, después vinieron los dibujos con alguna licencia poética y finalmente las cartas se transformaron en envíos de ocho carillas con letra apresurada y nerviosa que pedía una respuesta lo más pronto posible. Para que la comunicación sea más fluida y menos posible su detección por los guardias, los enamorados establecieron una contraseña: mariposa, por “Mariposas de madera”, la bellísima canción de Miguel Abuelo que en su letra dice: “Oye amiga/dame la mano/que ya es hora/de caminar”. Algo querían decirse Catalina y David hasta en esa poesía escondida.

 

Llegó carta

Hubo un momento en que la relación de Catalina y David empezó a consolidarse. Las cartas fueron y vinieron durante años y la imaginación de ambos se hacía preguntas que precisaban respuestas más concretas, con forma de carne y hueso. El cierre de la cárcel de La Plata hizo que por unos días los presos de ese penal pasaran por Devoto, donde estaba encerrada la puntana.

Lina sabía que los tubos de las letrinas del viejo edificio de Devoto permitían una comunicación hablada. Por fin podría escuchar la voz de David. Y verlo, aunque sea a la distancia. Porque en los pocos recreos que tenían los presos para salir al patio, las detenidas burlaban las prohibiciones y se asomaban a las ventanas para ver a sus compañeros. Catalina tenía ojos para uno solo, David, que se sabía observado pero no podía conocer todavía en persona a la causante de sus desvelos.

El traslado a Rawson de Mazal hizo que la relación se enfriara, aunque nunca al punto de la distancia definitiva. El sistema de correspondencia “Mariposa” seguía funcionando y las esperanzas de conocerse en persona iban en el mismo sentido que la disminución del poder de la Junta Militar.

Catalina y David tuvieron la oportunidad de salir de prisión poco después de la Guerra de Malvinas, cuando el gobierno militar hizo un último intento de impunidad y les ofreció a los detenidos la libertad a cambio de que firmen una declaración en la que los exoneraba de responsabilidades posteriores. “La satisfacción que fue decirles que no pensábamos firmar eso fue enorme”, dijo Mazal.

Aunque el costado político de la historia de la pareja ocupa una porción importante, lo que trascendió las rejas y las celdas fue el amor. La liberación de Catalina causó alivio y alegría en David, que tuvo que esperar bastante más tiempo en el encierro, aunque las sensaciones de que la oscuridad acabaría eran inminentes.

De hecho, cuando en la agonía del gobierno militar David obtuvo la libertad se produjeron los días más largos de su vida. La idea de ver el sol, su familia y, sobre todo, conocer a Catalina estaba latente y, quizás por eso, lejana. El viaje de Rawson a Buenos Aires -donde todos los Garraza lo esperaban- duraba tres días, que se hicieron algunos más por inconvenientes mecánicos en el colectivo.

La terminal de ómnibus de Retiro fue escenario, por fin, del encuentro entre los enamorados que se habían escrito y conocido en la peor etapa de sus vidas. El abrazo fue eterno, fuerte, y el beso primero, en la boca. A partir de ese día, Catalina y David nunca se separaron.

 

La actualidad

Treinta y seis años después de aquel estrujón demorado en la plataforma de la terminal, Garraza y Mazal tienen dos hijos: Eva, antropóloga y bailarina de 34 años, cuya presencia demuestra lo urgente de la relación y las admiraciones políticas de sus padres; y Juan Manuel, once años menor, músico.

Conviven con la memoria de aquellos años aciagos y la felicidad que les presenta el presente. Y algunas secuelas de todo lo que pasaron. A David le diagnosticaron hace unos años una enfermedad al esófago que le hizo perder bastante peso (“me dijeron que era producto del estrés que pasé en prisión”) y Catalina convive con la paradoja de ser celíaca e hija de un panadero. A ella, el descubrimiento le vino después de que regresó a San Luis para declarar en los juicios contra sus represores en 2011. “La torta casera que venden en Potrero de los Funes es la mejor que probé en mi vida”, se lamenta.

Pero más allá de esos achaques, el panorama que tienen por delante parece alentador y lleno de esperanzas. David y Catalina, quien terminó Bioquímica en Buenos Aires, se miran con el embeleso de los enamorados, la comprensión y la admiración de las parejas duraderas. Y sobre todo con la fortaleza de aquellos que han superado la cercanía de la muerte más injusta.

 

 

MARIPOSAS DE ALAS DE AGUA

“Proyecto mariposa” cuenta la historia de Catalina y David en tono documental y se pasa en las escuelas y salas educativas de todo el país. Los protagonistas toman el hecho de mostrarla como un deber y un homenaje a sus compañeros que no están.

“El debate posterior con los chicos de las escuelas es muy enriquecedor”, dice la puntana, quien asegura que se emociona en cada proyección. Por supuesto que a lo largo de las proyecciones tuvieron algunas dificultades, como la vez que la pasaron en una escuela de monjas donde habían oficiado como profesoras esposas de militares en actividad en la época de la dictadura.

“Un chico dijo que la película le pareció parcial e hipócrita, pero cuando aparecemos nosotros con nuestra historia de amor le cambió la visión”, recordó Lina.

Es que la presencia de la pareja humaniza la historia cruel de las detenciones ilegales y la represión de aquellos años. Y tiene como objetivo usar la palabra (escrita, oral) como puente y enviar el mensaje de que aún en los tiempos más oscuros para una persona y para un país, la esperanza y el amor triunfan.

La demostración de que el fin está cumplido es la escena de la película que el público más aplaude: el beso apasionado entre los dos protagonistas.

 

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Febriles, como las cartas de amor

Mientras estaban detenidos, Catalina y David se enviaron correspondencia que burló la celosa guardia militar y cimentó un amor que cuarenta años después demuestra que no hay imposibles.

Para que la comunicación sea más fluida y menos posible su detección por los guardias, los enamorados establecieron una contraseña: mariposa, por “Mariposas de madera”, la bellísima canción de Miguel Abuelo. Foto: Leandro Cruciani

David Mazal habla y Catalina Garraza lo mira con el embeleso de los enamorados. Cuando la que habla es Catalina, David la escucha con admiración, pero más con comprensión. Y cuando por fin se cruzan las miradas se produce un instante mágico que solo se puede describir con cuatro letras que juntas cambian cualquier universo, revierten cualquier adversidad, rompen cualquier barrera y abren cualquier celda de cualquier prisión: amor.

La increíble historia que protagonizan David y Catalina tiene todos los condimentos de una película. De hecho, “Proyecto mariposa”, el documental de Sergio Constantino (el mismo director que filmó la vida de Miguel Abuelo y Federico Moura), la cuenta con emoción y sentido militante. Garraza y Mazal fueron detenidos por la dictadura militar y estuvieron ocho años presos. Sin verse, se intercambiaron cartas desde sus celdas hasta el día mismo de su liberación, cuando comenzaron el romance más carnal, por decirlo de alguna manera.

La relación tiene un matiz especial para la provincia porque Catalina es puntana, hija de Pedro Garraza, también preso político, reconocido panadero y mejor arquero. De hecho, el hombre todavía vive en la casa donde la familia fue secuestrada.

Hasta octubre de 1976, la vida de Lina había transcurrido entre la primaria y la secundaria en la Escuela Normal de Niñas, la colaboración en el reparto de pan en el negocio familiar (bautizado consecuentemente “La miga” y ubicado antiguamente en Maipú y avenida España) y los avanzados estudios de Bioquímica. En los últimos años había comenzado una mesurada participación en partidos de izquierda más empujada por su hermana Ana María, actual vicedecana de la facultad de Ciencias de la Salud de la UNSL, y por Pedro Ledezma, uno de los desaparecidos más mencionados de la provincia y con quien Catalina había comenzado un noviazgo que no duró más de un año.

Cuando un comando militar irrumpió en su casa para llevarse a toda la familia (papá, mamá, Catalina y Ana María), la vida de Garraza, que por entonces tenía 22 años, cambió para siempre. En todo sentido. Pasó unos días en la jefatura central de la Policía de la Provincia –en el actual edificio de la Muhsal-, luego la trasladaron a Mendoza y finalmente recaló en la cárcel de Devoto, epicentro del sector femenino de las presas en la dictadura.

En cambio, la vida de David en Saavedra, un barrio ubicado en la zona exacta en la que Capital le da paso a la provincia de Buenos Aires, había estado signada por la militancia, más allá del oficio de trabajador del cuero que había aprendido de su padre. Fue detenido en su propio colegio cuando hacía “una operación de prensa y propaganda” que consistía en repartir folletos con filosofías de la UES (la Unión de Estudiantes Secundarios), la agrupación a la que pertenecía.

“Nuestra consigna era resistir a cualquier precio”, dice David 43 años después de ser detenido y sin ningún hecho que reprocharse. En el momento en que Mazal recaló en la Comisaría 8ª de Capital tenía 19 años. Luego pasó a Coordinación Federal y comenzó un nocturno itinerario que lo llevó a Devoto, La Plata, Caseros, nuevamente Devoto, otra vez en La Plata y finalmente la cárcel de Rawson, de donde salió en libertad el 3 de diciembre de 1983, una semana antes de que asumiera el nuevo presidente democrático.

 

 

 

 

Presos políticos, amores ocultos

Las condiciones de detención que sufrieron Catalina y David fueron similares a la que la historia moderna contó una y otra vez sostenida en los testimonios y los recuerdos horrorosos de quienes la padecieron. Hacinamiento, torturas, prohibición de dormir la siesta, submarinos secos, debilitamiento psíquico. “La lógica de los militares era, si no te podían matar, destruirte anímicamente”, recuerda Mazal.

Garraza agrega que otro punto de la dinámica de la detención era evitar que los presos tuvieran contacto entre sí. “Al principio solo nos podíamos comunicar con nuestros familiares directos que estaban en libertad, si nos iban a visitar”, sostiene la puntana con la fortaleza con la que encaró toda su vida.

“Nosotros no sabíamos nada de lo que sucedía afuera”, reafirma David, quien cuenta una anécdota curiosa de sus días a la sombra. “En 1980 no sabíamos por ejemplo quién era Maradona. Un tío mío, futbolero, iba a visitarme y yo le preguntaba si era tan bueno como nos decían. 'Es un fenómeno', me contestaba mi tío”. Mazal fue un promisorio futbolista que jugó en Platense y cuando fueron a buscarlo de Boca prefirió la militancia antes que los goles, algo de lo que no se arrepiente.

Sin embargo, fue el fútbol uno de los nexos que, aunque indirectamente, lo llevó a Catalina. David se hizo amigo en la cárcel de Pedro Garraza y compartieron algunas charlas sobre equipos e historia y en algunos partidos que se armaron en el patio del penal fueron compañeros y rivales. Cuando un día Catalina le preguntó a su padre qué tal jugaba David, el arquero puntano tuvo que ser sincero. “Debo reconocer que juega bastante bien”, dijo Pedro. Mazal le había hecho cuatro goles.

La pregunta de Catalina no había sido al azar. David, el goleador, era el hombre a quien, sin conocer, le había dedicado sus pensamientos y sus cartas en los últimos años.

Como a los detenidos les interesaba salir de la cárcel y no ser marcianos desinformados del mundo exterior, habían planeado un sistema de noticias interno que bautizaron “el caramelo” y que estaba realizado con papel de armar cigarrillos escrito de los dos lados con las noticias o mensajes diversos, envuelto a la vez por un celofán quemado que se ponían en la boca para traspasar de pabellón en pabellón. “Si algún guardia sospechaba o nos requisaba, lo tragábamos”, recuerda David.

En esos escritos circulaba información variada, como el título de la última canción editada por Joan Manuel Serrat y la postura del gobierno de facto sobre alguna situación en particular.

Cuando en 1979, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos llegó a la Argentina y se entrevistó con algunos presos políticos, la dictadura no tuvo más opción que ablandar el régimen de comunicación entre los internos. Entonces, permitió que los detenidos intercambiaran correspondencia –siempre vigilada, leída y hasta censurada por el régimen- entre sus familiares también presos.

Por esa razón Catalina y Pedro, hija y padre, pudieron cartearse. Esa determinación fue el inicio de la historia de amor que todavía mantiene unidos y enamorados a Garraza y a David. En las cartas que el padre puntano -por entonces detenido en La Plata- le mandaba a su hija, siempre había algún saludo de Mazal para Catalina. “En realidad, él saludaba a todas las compañeras que estaban detenidas en Devoto, preguntaba cómo estábamos y se preocupaba por nosotras”, recuerda la mujer.

Las primeras conversaciones entre Lina y David, entonces, fueron por medio de Pedro. “Él transcribía”, ríe ahora Mazal, quien se cuidaba al extremo de no incluir alguna línea de más en sus febriles escritos.

En un momento, el padre de Catalina comprendió que su intermediación era vana porque los militares ya habían aflojado con los controles y porque la relación entre su hija y su compañero de encierro iba tomando otro cariz. “Se cansó de ser el censor de nuestras cartas”, describe más directamente David.

 

"Hacinamiento, torturas, prohibición de dormir la siesta, submarinos secos, debilitamiento psíquico. “La lógica de los militares era, si no te podían matar, destruirte anímicamente”, recuerda Mazal.

 

 

Aunque la pareja asegura que nunca escribió ni pensó la relación en términos conyugales. “Ninguno tenía certeza de lo que podía pasar con nosotros, nadie nos aseguraba que íbamos a salir vivos, aunque siempre tuvimos la esperanza que en algún momento saldríamos en libertad”, rememora Catalina.

La relación se fue construyendo en base a los papeles y a sus contenidos. Primero fueron los “te extraño”, los “te quiero” leídos y releídos en la oscuridad de la celda sucia, después vinieron los dibujos con alguna licencia poética y finalmente las cartas se transformaron en envíos de ocho carillas con letra apresurada y nerviosa que pedía una respuesta lo más pronto posible. Para que la comunicación sea más fluida y menos posible su detección por los guardias, los enamorados establecieron una contraseña: mariposa, por “Mariposas de madera”, la bellísima canción de Miguel Abuelo que en su letra dice: “Oye amiga/dame la mano/que ya es hora/de caminar”. Algo querían decirse Catalina y David hasta en esa poesía escondida.

 

Llegó carta

Hubo un momento en que la relación de Catalina y David empezó a consolidarse. Las cartas fueron y vinieron durante años y la imaginación de ambos se hacía preguntas que precisaban respuestas más concretas, con forma de carne y hueso. El cierre de la cárcel de La Plata hizo que por unos días los presos de ese penal pasaran por Devoto, donde estaba encerrada la puntana.

Lina sabía que los tubos de las letrinas del viejo edificio de Devoto permitían una comunicación hablada. Por fin podría escuchar la voz de David. Y verlo, aunque sea a la distancia. Porque en los pocos recreos que tenían los presos para salir al patio, las detenidas burlaban las prohibiciones y se asomaban a las ventanas para ver a sus compañeros. Catalina tenía ojos para uno solo, David, que se sabía observado pero no podía conocer todavía en persona a la causante de sus desvelos.

El traslado a Rawson de Mazal hizo que la relación se enfriara, aunque nunca al punto de la distancia definitiva. El sistema de correspondencia “Mariposa” seguía funcionando y las esperanzas de conocerse en persona iban en el mismo sentido que la disminución del poder de la Junta Militar.

Catalina y David tuvieron la oportunidad de salir de prisión poco después de la Guerra de Malvinas, cuando el gobierno militar hizo un último intento de impunidad y les ofreció a los detenidos la libertad a cambio de que firmen una declaración en la que los exoneraba de responsabilidades posteriores. “La satisfacción que fue decirles que no pensábamos firmar eso fue enorme”, dijo Mazal.

Aunque el costado político de la historia de la pareja ocupa una porción importante, lo que trascendió las rejas y las celdas fue el amor. La liberación de Catalina causó alivio y alegría en David, que tuvo que esperar bastante más tiempo en el encierro, aunque las sensaciones de que la oscuridad acabaría eran inminentes.

De hecho, cuando en la agonía del gobierno militar David obtuvo la libertad se produjeron los días más largos de su vida. La idea de ver el sol, su familia y, sobre todo, conocer a Catalina estaba latente y, quizás por eso, lejana. El viaje de Rawson a Buenos Aires -donde todos los Garraza lo esperaban- duraba tres días, que se hicieron algunos más por inconvenientes mecánicos en el colectivo.

La terminal de ómnibus de Retiro fue escenario, por fin, del encuentro entre los enamorados que se habían escrito y conocido en la peor etapa de sus vidas. El abrazo fue eterno, fuerte, y el beso primero, en la boca. A partir de ese día, Catalina y David nunca se separaron.

 

La actualidad

Treinta y seis años después de aquel estrujón demorado en la plataforma de la terminal, Garraza y Mazal tienen dos hijos: Eva, antropóloga y bailarina de 34 años, cuya presencia demuestra lo urgente de la relación y las admiraciones políticas de sus padres; y Juan Manuel, once años menor, músico.

Conviven con la memoria de aquellos años aciagos y la felicidad que les presenta el presente. Y algunas secuelas de todo lo que pasaron. A David le diagnosticaron hace unos años una enfermedad al esófago que le hizo perder bastante peso (“me dijeron que era producto del estrés que pasé en prisión”) y Catalina convive con la paradoja de ser celíaca e hija de un panadero. A ella, el descubrimiento le vino después de que regresó a San Luis para declarar en los juicios contra sus represores en 2011. “La torta casera que venden en Potrero de los Funes es la mejor que probé en mi vida”, se lamenta.

Pero más allá de esos achaques, el panorama que tienen por delante parece alentador y lleno de esperanzas. David y Catalina, quien terminó Bioquímica en Buenos Aires, se miran con el embeleso de los enamorados, la comprensión y la admiración de las parejas duraderas. Y sobre todo con la fortaleza de aquellos que han superado la cercanía de la muerte más injusta.

 

 

MARIPOSAS DE ALAS DE AGUA

“Proyecto mariposa” cuenta la historia de Catalina y David en tono documental y se pasa en las escuelas y salas educativas de todo el país. Los protagonistas toman el hecho de mostrarla como un deber y un homenaje a sus compañeros que no están.

“El debate posterior con los chicos de las escuelas es muy enriquecedor”, dice la puntana, quien asegura que se emociona en cada proyección. Por supuesto que a lo largo de las proyecciones tuvieron algunas dificultades, como la vez que la pasaron en una escuela de monjas donde habían oficiado como profesoras esposas de militares en actividad en la época de la dictadura.

“Un chico dijo que la película le pareció parcial e hipócrita, pero cuando aparecemos nosotros con nuestra historia de amor le cambió la visión”, recordó Lina.

Es que la presencia de la pareja humaniza la historia cruel de las detenciones ilegales y la represión de aquellos años. Y tiene como objetivo usar la palabra (escrita, oral) como puente y enviar el mensaje de que aún en los tiempos más oscuros para una persona y para un país, la esperanza y el amor triunfan.

La demostración de que el fin está cumplido es la escena de la película que el público más aplaude: el beso apasionado entre los dos protagonistas.

 

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