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Estefanía Banini, la abanderada de la Selección Argentina

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Estefanía Banini, la abanderada de la Selección Argentina

Daniel Valdes

La mendocina fue el punto más alto de Argentina en el empate ante Japón. El equipo descansó en su fútbol. Una genia.

Estefanía Banini fue el punto más alto de la Selección Argentina ante Japón. La mendocina, con su gambetas y picardía, jugó e hizo jugar al elenco nacional. Fue elegida la figura del partido. Potrero puro.

Argentina no la tenía fácil en el debut. Estaba enfrente del último subcampeón mundial. Había que jugar con inteligencia. Y vaya si la tuvo el elenco "Albiceleste". Carlos Borrello, el entrenador, conocedor de la potencia del rival, paró un equipo con mucha gente en la mitad de la cancha para cortar las transiciones rápidas de las niponas.

Le cedió la pelota y el terreno a Japón. Se replegó. Paró muy cerca las tres líneas y le cortó todos los circuitos al adversario. Y fue ahí donde apareció Banini para darle frescura al equipo. En el poco tiempo que Argentina tuvo la pelota, descansó en la mendocina. La capitana leyó muy bien el partido.

Cuando la pelota la tenía Japón, se paró sobre la izquierda para tapar a la externa de turno, pero cuando la bocha la recuperaba la Selección, se ubicó delante de Ruth Bravo y Miriam Mayorga, para tratar de asociarse con Soledad Jaimes y Florencia Bonsegundo.

Argentina necesitaba ser un equipo corto para cerrar todos los caminos. La jerarquía de Banini necesitó de cómplices. Y el mejor cómplice fue el equipo, que entendió todo. La defensa se sustentó en la solvencia de Aldana Cometti, que junto a Agustina Barroso fueron impasables, tanto por abajo como por arriba. Las centrales necesitaron la ayuda de Virgina Gómez y Eliana Stábile, las laterales, que se cerraban, para que en sus lugares se ubicaran Bonsegundo y Mayorga, para cuidar los extremos. Delante de ellas, siempre se paró Lorena Benítez. Y de esta manera, Argentina le hizo un embudo a

Japón, que en el primer tiempo solo llegó una vez. Es cierto, tuvo la pelota, pero todas sus ideas morían en el área mayor.

A medida que corrían las agujas del reloj, las "Albicelestes" se sentían más cómodas en el juego. Se dieron cuenta que la parte defensiva funcionaba, entonces, por momentos se animaron a meter alguna contra, no fueron muchas, pero inquietaron a un Japón que iba y dejaba espacio de mitad de campo hacia atrás.

Banini pedía una y otra vez la pelota. Fue dueña del equipo. Se mostraba. Encaraba. Gambeteaba. Tiraba caños. Y de su habilidad aparecieron tres cartones amarillos para las asiáticas.

Las  jugadoras argentinas cuando la tenían se la daban a Estefanía. Apareció por todo el campo de juego. Por izquierda. Por derecha. En terreno propio. En zona adversaria. Nunca estuvo estática para que la marca no la absorbiera. Sacaba de su hábitat natural a su marcadora de turno. Y cuando se paraba detrás de la volante central, hizo daño, pero como el equipo estaba tan preocupado por defender, careció de una socia. Jaimes intentó asociarse, pero jugó mucho de espaldas al arco. Pivoteando. Bonsegundo se animó un par de veces, pero tuvo que hacer todo su carril y las piernas no le respondieron. 

En el último cuarto de hora buscaba oxígeno. Con los brazos en jarra se tomó un instante. Se acomodó y encaró como al principio. Las japonesas le miraban la patente. Nunca la pudieron encontrar o tomarle los tiempos.

Lo de Estefanía Banini fue superlativo. Se puso el equipo al hombro. Y gambeteaba como si estuviera en el campito del barrio. En el mismísimo Parque de los Príncipes, la mendocina dio una cátedra de fútbol, no solo por las gambetas, sino también por la personalidad y entender el juego. Detrás de esta gran jugadora, hubo un equipo comprometido.

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Estefanía Banini, la abanderada de la Selección Argentina

La mendocina fue el punto más alto de Argentina en el empate ante Japón. El equipo descansó en su fútbol. Una genia.

Foto: Internet.

Estefanía Banini fue el punto más alto de la Selección Argentina ante Japón. La mendocina, con su gambetas y picardía, jugó e hizo jugar al elenco nacional. Fue elegida la figura del partido. Potrero puro.

Argentina no la tenía fácil en el debut. Estaba enfrente del último subcampeón mundial. Había que jugar con inteligencia. Y vaya si la tuvo el elenco "Albiceleste". Carlos Borrello, el entrenador, conocedor de la potencia del rival, paró un equipo con mucha gente en la mitad de la cancha para cortar las transiciones rápidas de las niponas.

Le cedió la pelota y el terreno a Japón. Se replegó. Paró muy cerca las tres líneas y le cortó todos los circuitos al adversario. Y fue ahí donde apareció Banini para darle frescura al equipo. En el poco tiempo que Argentina tuvo la pelota, descansó en la mendocina. La capitana leyó muy bien el partido.

Cuando la pelota la tenía Japón, se paró sobre la izquierda para tapar a la externa de turno, pero cuando la bocha la recuperaba la Selección, se ubicó delante de Ruth Bravo y Miriam Mayorga, para tratar de asociarse con Soledad Jaimes y Florencia Bonsegundo.

Argentina necesitaba ser un equipo corto para cerrar todos los caminos. La jerarquía de Banini necesitó de cómplices. Y el mejor cómplice fue el equipo, que entendió todo. La defensa se sustentó en la solvencia de Aldana Cometti, que junto a Agustina Barroso fueron impasables, tanto por abajo como por arriba. Las centrales necesitaron la ayuda de Virgina Gómez y Eliana Stábile, las laterales, que se cerraban, para que en sus lugares se ubicaran Bonsegundo y Mayorga, para cuidar los extremos. Delante de ellas, siempre se paró Lorena Benítez. Y de esta manera, Argentina le hizo un embudo a

Japón, que en el primer tiempo solo llegó una vez. Es cierto, tuvo la pelota, pero todas sus ideas morían en el área mayor.

A medida que corrían las agujas del reloj, las "Albicelestes" se sentían más cómodas en el juego. Se dieron cuenta que la parte defensiva funcionaba, entonces, por momentos se animaron a meter alguna contra, no fueron muchas, pero inquietaron a un Japón que iba y dejaba espacio de mitad de campo hacia atrás.

Banini pedía una y otra vez la pelota. Fue dueña del equipo. Se mostraba. Encaraba. Gambeteaba. Tiraba caños. Y de su habilidad aparecieron tres cartones amarillos para las asiáticas.

Las  jugadoras argentinas cuando la tenían se la daban a Estefanía. Apareció por todo el campo de juego. Por izquierda. Por derecha. En terreno propio. En zona adversaria. Nunca estuvo estática para que la marca no la absorbiera. Sacaba de su hábitat natural a su marcadora de turno. Y cuando se paraba detrás de la volante central, hizo daño, pero como el equipo estaba tan preocupado por defender, careció de una socia. Jaimes intentó asociarse, pero jugó mucho de espaldas al arco. Pivoteando. Bonsegundo se animó un par de veces, pero tuvo que hacer todo su carril y las piernas no le respondieron. 

En el último cuarto de hora buscaba oxígeno. Con los brazos en jarra se tomó un instante. Se acomodó y encaró como al principio. Las japonesas le miraban la patente. Nunca la pudieron encontrar o tomarle los tiempos.

Lo de Estefanía Banini fue superlativo. Se puso el equipo al hombro. Y gambeteaba como si estuviera en el campito del barrio. En el mismísimo Parque de los Príncipes, la mendocina dio una cátedra de fútbol, no solo por las gambetas, sino también por la personalidad y entender el juego. Detrás de esta gran jugadora, hubo un equipo comprometido.

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