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“Estoy hecha de las hojas de los libros que leí”

Juan Luna

La prolífica escritora, que tiene una biblioteca con su nombre en Villa Mercedes, habló sobre su vínculo con la provincia y sobre su amor temprano por la literatura. Y se entusiasmó con la nueva camada de autores.

Irineo Funes, el personaje del aclamado cuento “Funes, el memorioso” de Jorge Luis Borges, tenía la capacidad de recordar cada hoja de cada árbol de cada monte que había visto en su vida, cada una de las veces que la había percibido o imaginado. A sus 68 años, la reconocida escritora bonaerense Ana María Shua se vale de ese ejemplo para definir su propio vínculo con la literatura: “No puedo recordar ni media página de lo que leí, pero sin embargo de esas hojas estoy hecha, de las hojas de los libros que leí”.

Así como fue una “apasionada lectora” desde niña, en las aulas de colegio primario fue donde se convirtió en una autora prolífica. Y la pequeña que cambiaba sus poemas por figuritas en los recreos, de adulta gestó una obra enorme que transita y permanece por todos los géneros: la poesía, el cuento, la novela, el microrrelato.

En los últimos años, Shua ha entablado relación estrecha con la provincia de San Luis. Ha visitado en repetidas ocasiones la Feria Nacional del Libro de Villa Mercedes, en donde presentó libros y dictó talleres, y este año una biblioteca infantil fue bautizada con su nombre en la tierra donde habita la Calle Angosta.

Con la soltura de quien trabaja con la palabra a diario y con calidez, habló de cómo es escribir para chicos, dio su opinión sobre la influencia de las nuevas tecnologías en los hábitos de lectura, reveló que lleva su e-book en la cartera al supermercado. Y analizó la escena literaria actual.

―¿Cómo tomás el hecho de que una biblioteca lleve tu nombre en Villa Mercedes?

―Es una cosa muy linda. Algo que se está extendiendo últimamente es que se le puede hacer un homenaje a una persona aunque no se haya muerto. Eso me parece muy agradable. De hecho, hay otra salita en una biblioteca de Tandil que lleva mi nombre también y alguna otra en una escuela. Me da una enorme alegría el reconocimiento de la gente.

―¿No sentís que es como marcar el fin de una carrera?

―No, es algo precioso. Además, no siento ni remotamente que esté terminando mi carrera, así que eso no me preocupa para nada. Al contrario, estoy en plena actividad, y me encanta. Realmente lo siento como un mimo.

 


"Si tengo que hacer cola en el supermercado saco mi libro electrónico, me meto ahí y no me importa nada".

 

―¿Cómo nació tu vínculo con San Luis?

―En gran medida por las invitaciones a la Feria del Libro de Villa Mercedes. Tengo una gran admiración por esa feria, porque está muy bien organizada. Me encanta como están armados los stands, como se trabaja con las editoriales chicas, prestigiosas y de buena calidad, las oportunidades que les dan. La cantidad de autores que invitan hace que sea un evento muy importante. Ojalá hubiera ferias así en todos lados.

―¿Y más allá de la feria, conocías la provincia?

―San Luis es hermoso. Yo lo conocía desde chica, porque he ido alguna vez con mis padres a pasear. Siempre me gustaron mucho los paisajes. Pero además, la verdad es que es una provincia próspera y más allá de las simpatías o antipatías políticas que uno puede tener, la realidad es que la gente en San Luis vive mucho mejor que en otras provincias y eso se ve.

―¿En qué estás trabajando actualmente?

―Estoy trabajando en una biografía novelada sobre Belgrano para chicos. Es un desafío, por eso estuve leyendo todo lo que encontré sobre él durante seis meses. Para mi sorpresa, cuando me senté a escribir me resultaba más fácil de lo que había pensado porque estaba muy imbuida de la historia y el personaje. Y además de eso, en setiembre va a salir un libro nuevo de microrrelatos que se llama “La guerra”.

―Sos considerada una referente en microrrelatos, ¿pero cómo podrías definir este género?

―Es un género, pero no desde hace tanto tiempo. Hace treinta años, los críticos lo descubrieron como género. Antes era una especie de subgénero del cuento, un cuento muy breve o brevísimo. Los críticos le asignaron su propio casillero, fue un descubrimiento casi geográfico, como América. Era un continente virgen, porque como género no había casi crítica sobre microrrelato. Después se empezó a producir una cantidad grande de crítica y se produjo una especie de derrame de estos críticos, que también son profesores universitarios, hacia el público crítico de sus estudiantes. Y ahí empezó a removerse el avispero y el género tomó mucho más vuelo, empezaron a aparecer una cantidad enorme de autores en toda América Latina y en España. Y ahora también hay un movimiento importante en Estados Unidos.

―¿Cómo lo descubriste vos?

―Muchos años antes, porque a mí estas cuestiones críticas me importan poco. A los escritores y a los lectores, el tema de las clasificaciones y los casilleros no nos preocupan. Uno solo quiere escribir o leer textos que le gusten. Y todos nuestros grandes autores en Argentina, han escrito microrrelatos: Borges, Bioy Casares, Cortázar, Silvina Ocampo, Blastein, todos ellos han trabajado el género brevísimo. Y a mí siempre me gustó leerlos, siempre fui una apasionada lectora de estos textos tan cortitos. Pero mientras la crítica sigue discutiendo si el género nació en España o en América Latina, para mí el escritor más grande de todos los tiempos de microrrelatos es Kafka. En lo que yo escribo, influyeron todos ellos y también Henri Michaux, un autor belga al que siempre se consideró poeta porque no había otro lugar donde ponerlo, pero que ahora nos damos cuenta que lo que hacía era microrrelato y no poesía.

 


La biblioteca en honor a la escritora que está en Villa Mercedes.

 

―¿Es difícil escribir microrrelatos al ser tan breves?

―Lo que no es fácil es escribir bien, en cualquier género. El microrrelato tiene un problema y es que como es breve parece fácil. Entonces mucha gente que no se atrevería a escribir una novela y ni siquiera tiene el coraje de largarse con un cuento, piensa que pueden hacer fácilmente tres, cinco o diez líneas. Y el resultado es trágico para la es bueno, si vale la pena o no. Mientras tanto eso está ahí y uno le metió tanto esfuerzo y energía que quiere que salga a flote como sea, mientras tanto se van acumulando borradores desagradables, desprolijos. Y si uno se queda corrigiendo infinitamente la primera página, nunca avanza. Es un género que hace sufrir. En cambio, el cuento y el microrrelato no son menos difíciles pero son menos angustiosos porque, para bien o para mal, se decide rápidamente.

―¿Cómo empezaste a hacer literatura para chicos?

―Muy concretamente por propuesta de la editorial. Al principio empecé escribiendo para adultos. Tengo varios libros para adultos antes de empezar a escribir para chicos (“Soy paciente”, “Los amores de Laurita”, “La sueñera”, “Los días de pesca”, entre otros). Cuando editorial Sudamericana abre su departamento de literatura infantil, que hasta ese momento publicaba solo a María Elena Walsh, me proponen que escriba para chicos. Me encantó la idea y también le vi el filo profesional. Hasta el momento trabajaba en publicidad, estuve quince años como redactora, y me pareció que con la literatura infantil se podía abrir una instancia de un rendimiento económico más regular para mí, y fue así. Hoy es lo que más me rinde económicamente, me trae enormes alegrías y lo disfruto muchísimo.

―¿Es distinto escribir para chicos que para grandes?

―Sí, es distinto. Pero también es literatura y es única. Los escritores somos sus profetas, si uno tiene presente esa idea, no es tan distinto. Se trata de darse cuenta de que el receptor es un chico, que tiene menos experiencia en la vida que un adulto, menos vocabulario, y si es para menores de 12 años, no ha desarrollado todo su bagaje intelectual aún. Entonces si uno tiene en cuenta eso, no hay límites. Uno puede pensar que en literatura infantil no puede haber experimentación y ahí está “Alicia en el país de las maravillas”. Uno puede pensar que a los chicos no les gustan los libros muy largos, hasta que llegó “Harry Potter” para desterrar esa idea. Siempre pasa eso, cuando uno piensa que hay un límite, aparece un genio que salta por encima de esas barreras y nos muestra que se puede hacer todo.

―¿Los temas que te mueven a escribir son los mismos?

―Escribo cosas por pedido y otras porque se me da la gana. Tengo muchos libros de terror, pero porque es algo que me gusta mucho y que me gustaba mucho cuando era chica. También es eso, pensar en qué me gustaría leer a mí si yo fuera chica hoy. A veces me dicen que los chicos de hoy son diferentes con las nuevas tecnologías, pero no son tan diferentes. Es cierto que hay nuevas tecnologías, pero siguen teniendo miedo de noche, son esencialmente seres humanos y uno escribe para personas con las mismas emociones que tenían en las épocas de la cavernas, cuando se reunían alrededor del fuego y se contaban cuentos unos a otros para asustarse y tranquilizarse.

―¿Creés que las tecnologías modificaron los hábitos de lectura?

―Yo creo que se lee y se escribe más que nunca. La gente joven ya no te llama por teléfono, parece como si fuera mala educación llamar sin preguntar antes. Te mandan un Whastapp. Cambiaron las reglas de cortesía. Entonces se lee y se escribe muchísimo, y a mí no me preocupan las nuevas jergas. Curiosamente pasa algo interesante y es que la gente joven prefiere el libro en papel que el libro en pantalla, por eso no siguió avanzando el tema de los e-books. Hay un mercado obviamente, pero está muy estancado, no sigue creciendo. Hace 15 años se decía que el libro en papel iba a desaparecer, hoy ya nadie lo dice.

―¿Vos qué preferís? ¿Papel o pantalla?

―Las dos cosas. Para mí el e-book es maravilloso cuando uno viaja. Yo ya no llevo la valija cargada de libros, tanto cuando viajo en avión o en colectivo. Mi lector electrónico vive en mi cartera, si tengo que hacer cola en el supermercado, saco mi libro, me meto ahí y no me importa nada.

―¿Cómo fueron tus inicios en la escritura?

―La literatura nació conmigo. Aunque primero fui una apasionada lectora. Después empecé a escribir de chica, en la escuela primaria. Me convertí rápidamente en la poetisa de la escuela, como se decía en esa época. Escribía mi composición escolar y hacía dos o tres más para vender, o se las cambiaba a las chicas por figuritas. A los 10 años tuve una época de gran floración poética, después dejé un tiempo y retomé a los 14, con una profesora de teatro que me alentaba mucho. Y ahí ya escribí mi primer libro de poesía. En ese momento aprendí algo importantísimo: que vale la pena presentarse a concursos, porque me presenté en un concurso para adolescentes y gané un pequeño premio que era un préstamo para publicar. Cuando salió el libro, me presenté a otro concurso de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) y gané, y todo eso fue genial a los 16 años. Pero también fue muy duro enterarme de que nadie tenía interés en leer poesía. Tardé muchos años en pasar a la narrativa, me llevó mucho tiempo aprender a narrar. Pero como empecé tan joven no se nota.

―¿Cómo eran tus primeros textos?

―Si leo mi primer libro “El sol y yo” cuando estoy deprimida, me parece que ya se veían las semillas de la mediocridad. Cuando estoy alegre y entusiasta, veo las raíces del genio (risas).

―¿Cómo ves la escena literaria argentina actual?

―Tenemos un semillero de escritores jóvenes como no hubo nunca desde que yo tengo memoria. Una cantidad de gente que escribe y bien. Es fantástico. La literatura tiene presente y futuro.

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“Estoy hecha de las hojas de los libros que leí”

La prolífica escritora, que tiene una biblioteca con su nombre en Villa Mercedes, habló sobre su vínculo con la provincia y sobre su amor temprano por la literatura. Y se entusiasmó con la nueva camada de autores.

"La realidad es que la gente en San Luis vive mucho mejor que en otras provincias y eso se ve".

Irineo Funes, el personaje del aclamado cuento “Funes, el memorioso” de Jorge Luis Borges, tenía la capacidad de recordar cada hoja de cada árbol de cada monte que había visto en su vida, cada una de las veces que la había percibido o imaginado. A sus 68 años, la reconocida escritora bonaerense Ana María Shua se vale de ese ejemplo para definir su propio vínculo con la literatura: “No puedo recordar ni media página de lo que leí, pero sin embargo de esas hojas estoy hecha, de las hojas de los libros que leí”.

Así como fue una “apasionada lectora” desde niña, en las aulas de colegio primario fue donde se convirtió en una autora prolífica. Y la pequeña que cambiaba sus poemas por figuritas en los recreos, de adulta gestó una obra enorme que transita y permanece por todos los géneros: la poesía, el cuento, la novela, el microrrelato.

En los últimos años, Shua ha entablado relación estrecha con la provincia de San Luis. Ha visitado en repetidas ocasiones la Feria Nacional del Libro de Villa Mercedes, en donde presentó libros y dictó talleres, y este año una biblioteca infantil fue bautizada con su nombre en la tierra donde habita la Calle Angosta.

Con la soltura de quien trabaja con la palabra a diario y con calidez, habló de cómo es escribir para chicos, dio su opinión sobre la influencia de las nuevas tecnologías en los hábitos de lectura, reveló que lleva su e-book en la cartera al supermercado. Y analizó la escena literaria actual.

―¿Cómo tomás el hecho de que una biblioteca lleve tu nombre en Villa Mercedes?

―Es una cosa muy linda. Algo que se está extendiendo últimamente es que se le puede hacer un homenaje a una persona aunque no se haya muerto. Eso me parece muy agradable. De hecho, hay otra salita en una biblioteca de Tandil que lleva mi nombre también y alguna otra en una escuela. Me da una enorme alegría el reconocimiento de la gente.

―¿No sentís que es como marcar el fin de una carrera?

―No, es algo precioso. Además, no siento ni remotamente que esté terminando mi carrera, así que eso no me preocupa para nada. Al contrario, estoy en plena actividad, y me encanta. Realmente lo siento como un mimo.

 


"Si tengo que hacer cola en el supermercado saco mi libro electrónico, me meto ahí y no me importa nada".

 

―¿Cómo nació tu vínculo con San Luis?

―En gran medida por las invitaciones a la Feria del Libro de Villa Mercedes. Tengo una gran admiración por esa feria, porque está muy bien organizada. Me encanta como están armados los stands, como se trabaja con las editoriales chicas, prestigiosas y de buena calidad, las oportunidades que les dan. La cantidad de autores que invitan hace que sea un evento muy importante. Ojalá hubiera ferias así en todos lados.

―¿Y más allá de la feria, conocías la provincia?

―San Luis es hermoso. Yo lo conocía desde chica, porque he ido alguna vez con mis padres a pasear. Siempre me gustaron mucho los paisajes. Pero además, la verdad es que es una provincia próspera y más allá de las simpatías o antipatías políticas que uno puede tener, la realidad es que la gente en San Luis vive mucho mejor que en otras provincias y eso se ve.

―¿En qué estás trabajando actualmente?

―Estoy trabajando en una biografía novelada sobre Belgrano para chicos. Es un desafío, por eso estuve leyendo todo lo que encontré sobre él durante seis meses. Para mi sorpresa, cuando me senté a escribir me resultaba más fácil de lo que había pensado porque estaba muy imbuida de la historia y el personaje. Y además de eso, en setiembre va a salir un libro nuevo de microrrelatos que se llama “La guerra”.

―Sos considerada una referente en microrrelatos, ¿pero cómo podrías definir este género?

―Es un género, pero no desde hace tanto tiempo. Hace treinta años, los críticos lo descubrieron como género. Antes era una especie de subgénero del cuento, un cuento muy breve o brevísimo. Los críticos le asignaron su propio casillero, fue un descubrimiento casi geográfico, como América. Era un continente virgen, porque como género no había casi crítica sobre microrrelato. Después se empezó a producir una cantidad grande de crítica y se produjo una especie de derrame de estos críticos, que también son profesores universitarios, hacia el público crítico de sus estudiantes. Y ahí empezó a removerse el avispero y el género tomó mucho más vuelo, empezaron a aparecer una cantidad enorme de autores en toda América Latina y en España. Y ahora también hay un movimiento importante en Estados Unidos.

―¿Cómo lo descubriste vos?

―Muchos años antes, porque a mí estas cuestiones críticas me importan poco. A los escritores y a los lectores, el tema de las clasificaciones y los casilleros no nos preocupan. Uno solo quiere escribir o leer textos que le gusten. Y todos nuestros grandes autores en Argentina, han escrito microrrelatos: Borges, Bioy Casares, Cortázar, Silvina Ocampo, Blastein, todos ellos han trabajado el género brevísimo. Y a mí siempre me gustó leerlos, siempre fui una apasionada lectora de estos textos tan cortitos. Pero mientras la crítica sigue discutiendo si el género nació en España o en América Latina, para mí el escritor más grande de todos los tiempos de microrrelatos es Kafka. En lo que yo escribo, influyeron todos ellos y también Henri Michaux, un autor belga al que siempre se consideró poeta porque no había otro lugar donde ponerlo, pero que ahora nos damos cuenta que lo que hacía era microrrelato y no poesía.

 


La biblioteca en honor a la escritora que está en Villa Mercedes.

 

―¿Es difícil escribir microrrelatos al ser tan breves?

―Lo que no es fácil es escribir bien, en cualquier género. El microrrelato tiene un problema y es que como es breve parece fácil. Entonces mucha gente que no se atrevería a escribir una novela y ni siquiera tiene el coraje de largarse con un cuento, piensa que pueden hacer fácilmente tres, cinco o diez líneas. Y el resultado es trágico para la es bueno, si vale la pena o no. Mientras tanto eso está ahí y uno le metió tanto esfuerzo y energía que quiere que salga a flote como sea, mientras tanto se van acumulando borradores desagradables, desprolijos. Y si uno se queda corrigiendo infinitamente la primera página, nunca avanza. Es un género que hace sufrir. En cambio, el cuento y el microrrelato no son menos difíciles pero son menos angustiosos porque, para bien o para mal, se decide rápidamente.

―¿Cómo empezaste a hacer literatura para chicos?

―Muy concretamente por propuesta de la editorial. Al principio empecé escribiendo para adultos. Tengo varios libros para adultos antes de empezar a escribir para chicos (“Soy paciente”, “Los amores de Laurita”, “La sueñera”, “Los días de pesca”, entre otros). Cuando editorial Sudamericana abre su departamento de literatura infantil, que hasta ese momento publicaba solo a María Elena Walsh, me proponen que escriba para chicos. Me encantó la idea y también le vi el filo profesional. Hasta el momento trabajaba en publicidad, estuve quince años como redactora, y me pareció que con la literatura infantil se podía abrir una instancia de un rendimiento económico más regular para mí, y fue así. Hoy es lo que más me rinde económicamente, me trae enormes alegrías y lo disfruto muchísimo.

―¿Es distinto escribir para chicos que para grandes?

―Sí, es distinto. Pero también es literatura y es única. Los escritores somos sus profetas, si uno tiene presente esa idea, no es tan distinto. Se trata de darse cuenta de que el receptor es un chico, que tiene menos experiencia en la vida que un adulto, menos vocabulario, y si es para menores de 12 años, no ha desarrollado todo su bagaje intelectual aún. Entonces si uno tiene en cuenta eso, no hay límites. Uno puede pensar que en literatura infantil no puede haber experimentación y ahí está “Alicia en el país de las maravillas”. Uno puede pensar que a los chicos no les gustan los libros muy largos, hasta que llegó “Harry Potter” para desterrar esa idea. Siempre pasa eso, cuando uno piensa que hay un límite, aparece un genio que salta por encima de esas barreras y nos muestra que se puede hacer todo.

―¿Los temas que te mueven a escribir son los mismos?

―Escribo cosas por pedido y otras porque se me da la gana. Tengo muchos libros de terror, pero porque es algo que me gusta mucho y que me gustaba mucho cuando era chica. También es eso, pensar en qué me gustaría leer a mí si yo fuera chica hoy. A veces me dicen que los chicos de hoy son diferentes con las nuevas tecnologías, pero no son tan diferentes. Es cierto que hay nuevas tecnologías, pero siguen teniendo miedo de noche, son esencialmente seres humanos y uno escribe para personas con las mismas emociones que tenían en las épocas de la cavernas, cuando se reunían alrededor del fuego y se contaban cuentos unos a otros para asustarse y tranquilizarse.

―¿Creés que las tecnologías modificaron los hábitos de lectura?

―Yo creo que se lee y se escribe más que nunca. La gente joven ya no te llama por teléfono, parece como si fuera mala educación llamar sin preguntar antes. Te mandan un Whastapp. Cambiaron las reglas de cortesía. Entonces se lee y se escribe muchísimo, y a mí no me preocupan las nuevas jergas. Curiosamente pasa algo interesante y es que la gente joven prefiere el libro en papel que el libro en pantalla, por eso no siguió avanzando el tema de los e-books. Hay un mercado obviamente, pero está muy estancado, no sigue creciendo. Hace 15 años se decía que el libro en papel iba a desaparecer, hoy ya nadie lo dice.

―¿Vos qué preferís? ¿Papel o pantalla?

―Las dos cosas. Para mí el e-book es maravilloso cuando uno viaja. Yo ya no llevo la valija cargada de libros, tanto cuando viajo en avión o en colectivo. Mi lector electrónico vive en mi cartera, si tengo que hacer cola en el supermercado, saco mi libro, me meto ahí y no me importa nada.

―¿Cómo fueron tus inicios en la escritura?

―La literatura nació conmigo. Aunque primero fui una apasionada lectora. Después empecé a escribir de chica, en la escuela primaria. Me convertí rápidamente en la poetisa de la escuela, como se decía en esa época. Escribía mi composición escolar y hacía dos o tres más para vender, o se las cambiaba a las chicas por figuritas. A los 10 años tuve una época de gran floración poética, después dejé un tiempo y retomé a los 14, con una profesora de teatro que me alentaba mucho. Y ahí ya escribí mi primer libro de poesía. En ese momento aprendí algo importantísimo: que vale la pena presentarse a concursos, porque me presenté en un concurso para adolescentes y gané un pequeño premio que era un préstamo para publicar. Cuando salió el libro, me presenté a otro concurso de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) y gané, y todo eso fue genial a los 16 años. Pero también fue muy duro enterarme de que nadie tenía interés en leer poesía. Tardé muchos años en pasar a la narrativa, me llevó mucho tiempo aprender a narrar. Pero como empecé tan joven no se nota.

―¿Cómo eran tus primeros textos?

―Si leo mi primer libro “El sol y yo” cuando estoy deprimida, me parece que ya se veían las semillas de la mediocridad. Cuando estoy alegre y entusiasta, veo las raíces del genio (risas).

―¿Cómo ves la escena literaria argentina actual?

―Tenemos un semillero de escritores jóvenes como no hubo nunca desde que yo tengo memoria. Una cantidad de gente que escribe y bien. Es fantástico. La literatura tiene presente y futuro.

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