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Un viñedo en medio del monte

Gustavo Luna

Una familia elabora vinos aplicando la agroecología, una forma de producción amigable con el medio ambiente.

Vinimos acá porque yo necesitaba la tierra, mi familia necesitaba la tierra. Pero estando acá nos dimos cuenta de algo que es mucho más fuerte, que es entender que hoy la Tierra nos necesita a nosotros. Y eso yo lo llamo salir del ombligo”, les cuenta Osvaldo Gutiérrez a los visitantes que llegan al “Viñedo Fraterno”, que hace diez años empezaron a levantar él y su esposa Marina. Está escondido entre el monte natural del Valle del Conlara, a tres kilómetros del Algarrobo Abuelo y a diez del centro de la Villa de Merlo. En el tiempo que les queda libre tras ir a la escuela, sus hijas Anahí y Lourdes trabajan con ellos, en el que, asegura el padre, “es el único viñedo orgánico familiar, y chiquitito así, en toda la provincia”.

La instalación del proyecto fue de la mano de un aprendizaje que no tuvo que ver solo con el modo de vincularse con la naturaleza. La familia vino de Buenos Aires “y si les dije que somos de allá se darán cuenta de que de esto no sabíamos nada, todo lo que ven acá lo hemos plantado nosotros, no había nada”, explica a los turistas con una satisfacción que se nota en sus palabras y en su cara.

 

 

Para ellos, el descubrimiento de cómo plantar una vid, cómo protegerla y cuál es la variedad que más se adapta al suelo y al clima de Merlo es un proceso que empezó hace una década, pero que está lejos de haber terminado. Igual, tan mal no les ha ido en el camino, cuenta el dueño, y menciona orgulloso las dos medallas de plata que se trajeron de un concurso de vinos en Mendoza, el año pasado. Las obtuvieron en el noveno concurso nacional de vino casero y artesanal que se realizó en Lavalle.

“Hace diez años que empezamos con esto y son diez años de experiencia, conocimiento, aprendizaje, formación, errores, equivocarnos mucho, pero volver a intentarlo. Hoy nuestros grandes maestros, que son del INTA de Mendoza, que son muy amigos nuestros, nos dicen que estamos destetados, palabras de ellos”, dice Osvaldo, y se ríe.

El viñedo tiene hoy “seis mil plantas en cinco variedades. Son cinco variedades porque tenemos que descubrir, con el paso de los años, cuál es la que mejor va a funcionar acá”.

“Eso es torrontés, al lado está el malbec, cabernet sauvignon y allá tenemos sirah y merlot”, explica, mientras señala las hileras protegidas con tela media sombra. “Ya tuvimos siete cosechas. Acá todo se da una vez por año. Una vez por año se cosecha, una vez por año se fertiliza, una vez por año se poda, y una vez por año sale mi racimito, en setiembre, que si no lo cuido pierdo mi economía, que es anual. Por eso estas actividades son muy riesgosas, tengo que conocer muy bien mi oficio y cuidarlo”.

 

 

“En toda la provincia hay cinco viñedos”, cuenta el dueño del “Fraterno”, que tiene su pequeña bodega y envasadora allí mismo. “Históricamente toda esta zona eran viñedos, hasta hace cincuenta, sesenta años. Es decir que estamos recuperando una actividad que era histórica, Merlo era así ¿vieron la Avenida del Sol? Eso eran todos viñedos, de dos bodegas que estaban ahí. El hotel Parque Golf era una de ellas. Tengo fotos. No cuento por qué se murieron porque es muy largo, y muy triste”, dice.

 

Amigos de la Tierra

Marina y Osvaldo, con su hija mayor de apenas tres meses en brazos, llegaron de Buenos Aires decididos a cambiar de vida y entrar en contacto con la naturaleza. Fue hace diecisiete años. Buscaban regresar por el camino que ellos nunca habían andado hacia la forma de vida que tenían los antepasados, que encontraban en el campo la forma de alimentarse y curarse. “A nosotros, en cambio, hoy nos mandan al supermercado y a la farmacia”, compara.

Se instalaron en el centro de Merlo. Allí nació su segunda hija. “El primer click fue cambiar de paisaje, pero esto no estaba en nuestras expectativas. De pronto dijimos ‘estamos en otro paisaje, pero estamos haciendo lo mismo que en Buenos Aires’. Así vino esto de poner nuestra mano como un cable a tierra. Empezamos a trabajar acá, no para hacer este proyecto, pero nos apasionamos, la tierra nos ganó, nos llamó”.

En ese plan de conectarse con el estilo de vida de los ancestros, eligieron el camino de la agroecología, que “básicamente es hacer del campo nuevamente un lugar de vida sano, sin nada que pueda dañar al medio ambiente; y entendiendo profundamente que nosotros somos parte de este ecosistema, no estamos sobre él”.

“Se puede producir y vivir en armonía sin destruir, la renovación viene por ahí, por el cambio de mentalidad. La generación de nuestros hijos viene más avanzada en esto que la nuestra”, afirma Osvaldo Gutiérrez.

El viñatero afincado en Merlo menciona tres datos para explicar qué diferencia a la agroecología de otras formas de producción: no usa herbicidas, aplica fertilizantes naturales y no combate las especies naturales como los pájaros, que representan un riesgo para la cosecha.

 


Osvaldo y Marina entre sus productos.

 

“Cortamos el pasto. Si aplicáramos herbicidas la tierra quedaría pelada. Soy de los que piensan que el herbicida es un gran negocio del momento, para algunos, no para el común de la gente”, señala. Aunque admite que “es necesario en algunos casos puntuales”, plantea que “hay algo que revisar, porque, y este dato es oficial, hoy en el país se usan más de 400 millones de litros de agroquímicos por año”. “Cuando comemos, estamos absorbiendo parte de estos 400 millones de litros de agroquímicos”, destaca.

“También fertilizamos, también fumigamos, no es que no lo hacemos, el tema es qué usamos. Fertilizamos con guano de chivos, y además, por ejemplo, toda esta hoja que va a caer la llevamos al compost. Recuperamos todo lo orgánico. El guano se entierra al lado de cada planta una vez por año. Un kilo por planta. Son seis mil plantas, son seis mil kilos que usamos todos los años”.

Osvaldo señala las hileras protegidas por tela. “Esta tela es para el principal problema para mi producción, que son los pájaros. A Merlo le decimos capital de pájaros, y yo hago fruta ¿estoy complicado, no?”. Cuando empezó, les preguntó a los ingenieros de Mendoza qué hacer con las aves. Eso no es problema, le contestaron. “Claro –completa–, ellos tienen miles de hectáreas contra un par de pájaros, y yo tengo miles de pájaros contra un par de hectáreas”. “La agroecología me plantea cómo voy a producir, llegar a buen puerto en la producción, sin destruir nada. O lo menos posible. Entonces ideamos proteger las plantas con esta tela. Esto me permitió, en las siete cosechas, llegar a la madurez de la uva sin destrucción. Sin destrucción de frutas y de pájaros. Es que esta forma de producir parte de la concepción de que “las plantas ya no son algo de mi explotación, algo para exprimir, las plantas en la agroecología son parte de mi vida”, dice.

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Un viñedo en medio del monte

Una familia elabora vinos aplicando la agroecología, una forma de producción amigable con el medio ambiente.

Vinimos acá porque yo necesitaba la tierra, mi familia necesitaba la tierra. Pero estando acá nos dimos cuenta de algo que es mucho más fuerte, que es entender que hoy la Tierra nos necesita a nosotros. Y eso yo lo llamo salir del ombligo”, les cuenta Osvaldo Gutiérrez a los visitantes que llegan al “Viñedo Fraterno”, que hace diez años empezaron a levantar él y su esposa Marina. Está escondido entre el monte natural del Valle del Conlara, a tres kilómetros del Algarrobo Abuelo y a diez del centro de la Villa de Merlo. En el tiempo que les queda libre tras ir a la escuela, sus hijas Anahí y Lourdes trabajan con ellos, en el que, asegura el padre, “es el único viñedo orgánico familiar, y chiquitito así, en toda la provincia”.

La instalación del proyecto fue de la mano de un aprendizaje que no tuvo que ver solo con el modo de vincularse con la naturaleza. La familia vino de Buenos Aires “y si les dije que somos de allá se darán cuenta de que de esto no sabíamos nada, todo lo que ven acá lo hemos plantado nosotros, no había nada”, explica a los turistas con una satisfacción que se nota en sus palabras y en su cara.

 

 

Para ellos, el descubrimiento de cómo plantar una vid, cómo protegerla y cuál es la variedad que más se adapta al suelo y al clima de Merlo es un proceso que empezó hace una década, pero que está lejos de haber terminado. Igual, tan mal no les ha ido en el camino, cuenta el dueño, y menciona orgulloso las dos medallas de plata que se trajeron de un concurso de vinos en Mendoza, el año pasado. Las obtuvieron en el noveno concurso nacional de vino casero y artesanal que se realizó en Lavalle.

“Hace diez años que empezamos con esto y son diez años de experiencia, conocimiento, aprendizaje, formación, errores, equivocarnos mucho, pero volver a intentarlo. Hoy nuestros grandes maestros, que son del INTA de Mendoza, que son muy amigos nuestros, nos dicen que estamos destetados, palabras de ellos”, dice Osvaldo, y se ríe.

El viñedo tiene hoy “seis mil plantas en cinco variedades. Son cinco variedades porque tenemos que descubrir, con el paso de los años, cuál es la que mejor va a funcionar acá”.

“Eso es torrontés, al lado está el malbec, cabernet sauvignon y allá tenemos sirah y merlot”, explica, mientras señala las hileras protegidas con tela media sombra. “Ya tuvimos siete cosechas. Acá todo se da una vez por año. Una vez por año se cosecha, una vez por año se fertiliza, una vez por año se poda, y una vez por año sale mi racimito, en setiembre, que si no lo cuido pierdo mi economía, que es anual. Por eso estas actividades son muy riesgosas, tengo que conocer muy bien mi oficio y cuidarlo”.

 

 

“En toda la provincia hay cinco viñedos”, cuenta el dueño del “Fraterno”, que tiene su pequeña bodega y envasadora allí mismo. “Históricamente toda esta zona eran viñedos, hasta hace cincuenta, sesenta años. Es decir que estamos recuperando una actividad que era histórica, Merlo era así ¿vieron la Avenida del Sol? Eso eran todos viñedos, de dos bodegas que estaban ahí. El hotel Parque Golf era una de ellas. Tengo fotos. No cuento por qué se murieron porque es muy largo, y muy triste”, dice.

 

Amigos de la Tierra

Marina y Osvaldo, con su hija mayor de apenas tres meses en brazos, llegaron de Buenos Aires decididos a cambiar de vida y entrar en contacto con la naturaleza. Fue hace diecisiete años. Buscaban regresar por el camino que ellos nunca habían andado hacia la forma de vida que tenían los antepasados, que encontraban en el campo la forma de alimentarse y curarse. “A nosotros, en cambio, hoy nos mandan al supermercado y a la farmacia”, compara.

Se instalaron en el centro de Merlo. Allí nació su segunda hija. “El primer click fue cambiar de paisaje, pero esto no estaba en nuestras expectativas. De pronto dijimos ‘estamos en otro paisaje, pero estamos haciendo lo mismo que en Buenos Aires’. Así vino esto de poner nuestra mano como un cable a tierra. Empezamos a trabajar acá, no para hacer este proyecto, pero nos apasionamos, la tierra nos ganó, nos llamó”.

En ese plan de conectarse con el estilo de vida de los ancestros, eligieron el camino de la agroecología, que “básicamente es hacer del campo nuevamente un lugar de vida sano, sin nada que pueda dañar al medio ambiente; y entendiendo profundamente que nosotros somos parte de este ecosistema, no estamos sobre él”.

“Se puede producir y vivir en armonía sin destruir, la renovación viene por ahí, por el cambio de mentalidad. La generación de nuestros hijos viene más avanzada en esto que la nuestra”, afirma Osvaldo Gutiérrez.

El viñatero afincado en Merlo menciona tres datos para explicar qué diferencia a la agroecología de otras formas de producción: no usa herbicidas, aplica fertilizantes naturales y no combate las especies naturales como los pájaros, que representan un riesgo para la cosecha.

 


Osvaldo y Marina entre sus productos.

 

“Cortamos el pasto. Si aplicáramos herbicidas la tierra quedaría pelada. Soy de los que piensan que el herbicida es un gran negocio del momento, para algunos, no para el común de la gente”, señala. Aunque admite que “es necesario en algunos casos puntuales”, plantea que “hay algo que revisar, porque, y este dato es oficial, hoy en el país se usan más de 400 millones de litros de agroquímicos por año”. “Cuando comemos, estamos absorbiendo parte de estos 400 millones de litros de agroquímicos”, destaca.

“También fertilizamos, también fumigamos, no es que no lo hacemos, el tema es qué usamos. Fertilizamos con guano de chivos, y además, por ejemplo, toda esta hoja que va a caer la llevamos al compost. Recuperamos todo lo orgánico. El guano se entierra al lado de cada planta una vez por año. Un kilo por planta. Son seis mil plantas, son seis mil kilos que usamos todos los años”.

Osvaldo señala las hileras protegidas por tela. “Esta tela es para el principal problema para mi producción, que son los pájaros. A Merlo le decimos capital de pájaros, y yo hago fruta ¿estoy complicado, no?”. Cuando empezó, les preguntó a los ingenieros de Mendoza qué hacer con las aves. Eso no es problema, le contestaron. “Claro –completa–, ellos tienen miles de hectáreas contra un par de pájaros, y yo tengo miles de pájaros contra un par de hectáreas”. “La agroecología me plantea cómo voy a producir, llegar a buen puerto en la producción, sin destruir nada. O lo menos posible. Entonces ideamos proteger las plantas con esta tela. Esto me permitió, en las siete cosechas, llegar a la madurez de la uva sin destrucción. Sin destrucción de frutas y de pájaros. Es que esta forma de producir parte de la concepción de que “las plantas ya no son algo de mi explotación, algo para exprimir, las plantas en la agroecología son parte de mi vida”, dice.

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