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"El lugar de víctima que me puso la historia fue de curación"

La mujer recuerda el calvario que vivió en el secuestro de sus hijos y asegura que ese hecho trágico en su vida la incentivó a cambiar su modo de ver las cosas. Está en pleno lanzamiento de su tercer libro.

Por Astrid Moreno García
| 16 de noviembre de 2020

Gabriela Arias Uriburu es embajadora de la Paz y fundadora de la organización “Niños Unidos por el Mundo”. Sin embargo, la mayor paz la encontró en ella misma, en su resignificación del concepto de maternidad y en el fortalecimiento del vínculo con sus hijos. La mujer que tiene “un máster en miedos” hizo frente a los prejuicios sociales y cruzó las fronteras de Oriente y Occidente para encontrarse con sus raíces.

 

En 1991 Gabriela, de religión católica, se casó en Guatemala con el musulmán Imad Shaban. Al año tuvieron a Karim, su primer hijo, seguido por Zahira (en 1993) y Sharif, en 1996. No obstante, al año siguiente la pareja se divorció y el gobierno de Guatemala le otorgó la tenencia a la mujer. Fue allí que inició el “calvario”: su exesposo secuestró a sus hijos y se mudaron ilegalmente a Jordania.

 

Con un tono pausado y calmo, Gabriela le contó a Cooltura el difícil camino que tuvo que transitar para reencontrarse con su hijos. Además, habló sobre las dificultades de una maternidad multicultural y el viaje de autodescubrimiento que hizo para priorizar el bienestar de sus hijos.

 

Ahora, la mujer que se negó a un resecuestro y que siempre optó por la vía legal a través de la Justicia argentina para recuperar a su familia se siente completa y ayuda a otras personas que estuvieron en la misma situación mediante su fundación y con sus tres libros de autodescubrimiento.

 

―¿Cuál es la labor de tu fundación “Niños Unidos por el Mundo”?
―Actualmente la gente nos contacta a través de consultas online y nuestro mayor trabajo es tratar de que los derechos del niño se conviertan en una cuestión de Estado y se puedan generar protocolos por y para el niño a nivel nacional e internacional. Buscamos reformular leyes y todo lo que sea para su cuidado y protección, en los casos que son llevados al extranjero por alguno de sus padres sin permiso del juez. Somos la primera fundación que hace el enfoque desde el niño.

 

―¿Cómo nació?
―Cuando empecé toda mi tarea por mis hijos, me di cuenta que no había nada he cho sobre matrimonios mixtos, cuando se casa por ejemplo un argentino con alguien paraguayo o multiculturales, como el que tuvimos con Imal, que es cuando ya hay una persona de otra cultura que tiene otro extracto legal y otra religión. Entonces, al iniciar mi lucha me sorprendí que nadie miraba a los niños, todos se enfocaban en lo que me había ocurrido a mí pero en realidad lo que le sucedía a ellos, que no estaban con su madre, era lo peor. A partir de ahí cambió toda la mirada y se volcó en los niños, que es donde debe estar.

 

―¿Cuándo te diste cuenta que se habían llevado a tus hijos?
―Me llamaron por teléfono y me dijeron que los chicos se iban de vacaciones con el padre, yo enseguida agarré el auto y me fui hasta la casa. Mis hijos ya no estaban más. Ahí me di cuenta que entrabámos en una tragedia.

 

―¿Cuáles fueron tus emociones en ese momento?
―La verdad es que pude ver a los chicos, no es común. El padre mira primero su dolor, pero lo que me pasó a mí es que actué a través del dolor de mis hijos y es por eso que no contraté un comando de resecuestro, que era la forma en que se resolvían estas tragedias en el mundo occidental y oriental. Lógicamente que el camino que yo elegí era el de más costo, pero el de mayor resolución para los chicos.

 

―¿Qué tipo de maternidad concebís?
―Una que no se apropia de los hijos, sino que todo el tiempo está resolviendo y "dándolos a luz". Es muy poético, pero es una maternidad que no se apropia del hijo, sino que lo nutre con todo lo que él necesita y no con lo que la madre cree necesario.

 

―¿Cómo fue poner eso en práctica en tu caso?
―Además de tener que nutrir en momentos de mucha tragedia para ellos, y para mi también, era un estado infernal porque fueron muchos años en los que había que llegar a cada visita, que eran muy complejas, y dar lo que no tenía. Yo no me llenaba de palabras, sino de abrazos y de contención. Un nene de un año y medio no puede comprender lo que sucede, necesita que lo abraces, lo sientas y lo contengas. Y para ir más allá de tu lugar como adulto, para eso tenés que adquirir una sensibilidad especial.

 

―¿Cada cuánto eran esas visitas?
―Pudimos llegar al año a Jordania y la periodicidad dependía de las cuestiones del Estado, todas se fueron haciendo con ayuda del gobierno argentino. En eso también fuimos nuevos, porque generalmente uno espera la resolución del juez para que se otorgue la visita y eso fue un cambio de paradigma, en el que se generó una vía diplomática para no esperar los tiempos de la Justicia, que nunca son acordes al niño.

 

―¿Cómo reconstruiste tu relación con tus hijos?
―Mucha gente me pregunta si ellos me reconocían, yo les decía que nunca fui a la visita para ver eso porque soy la madre, ahí no se negocia. Para mí el vínculo nunca se rompió, acá tiene que ver mucho con el sistema de creencias y de pensamiento; si vos creés que se rompe, es así, entonces no podés repararlo.

 

―En el 2010 cambió la situación…
―Sí, ya no necesité de una acción legal para verlos, se fue propiciando solo cuando se empezó a ganar la confianza, fue todo un camino. A partir de ahí los viajes eran seguidos, después incluso el padre me pedía que viajara, empezamos a hacerlo en familia para poder aunar el criterio para los chicos. Fue todo un camino de mucho sacrificio, pero era lo que tenía que hacer para que ellos pudieran reconstruirse entre tanto dolor y tragedias, entre ambas culturas y sus padres.

 

―¿En algún momento temiste no volverlos a ver?
―Tuve muchos miedos y temores, tenía un máster en miedos, he vivido de todo. Lo que hoy se vive un poco con la pandemia yo ya lo viví en mi propia historia, como el no poder salir; yo no salía a ningún lado con mis hijos, las visitas siempre eran en casa y aprendí a moverme con lo que me daban y con eso yo hacía una fiesta.

 

―¿Cómo superaste todos esos temores?
―Tuve que hacer todo un trabajo de sanación para que mi herida no dañara a los chicos, este lugar de víctima que me puso la historia fue de curación y de pasar de víctima a ser protagonista. Recién hace algunos años volví a la vida, a estar en mis propios pies y mi propio sostener. Hay aspectos crueles, envidiosos, violentos e internos, y yo me metí en toda esa parte oscura para poder sanar, ya que cuando uno expone crueldad es porque hay una muy grande adentro. No es lo que me hicieron, sino ¿qué hago con lo que me hicieron?. A través de esta tragedia hice toda una labor conmigo misma, el enemigo más grande no estaba afuera, sino adentro mío.

 

―¿Cuál es el desafío de una crianza atravesada por dos culturas?
―Tuve que trabajar mucho en mí, todo esto sucedió después de las Torres Gemelas, en el 2001, y el mundo se puso en vilo con la guerra entre Oriente y Occidente. Ahí me di cuenta que mi tarea era mucho más grande, y empezar a tomar la cultura musulmana completamente diferente me llevó muchos años de labor y me encontré con mucha gente trabajando por la paz, que era lo que yo tenía que lograr internamente para poder traducírselo a los chicos. Ahora es una labor que recaerá en ellos.

 

―¿Cómo comenzaste con los libros de autodescubrimiento?
―Surgió con un libro que me llevé a un viaje a Jordania que me alumbró sobre la gran tarea del ser humano, que es entrar al inconsciente. Allí está todo nuestro mundo de posibilidades y potencialidades, también los aspectos más infernales y más difíciles. De ahí salieron mis libros, el primero trata sobre los vínculos y se llama "Al encuentro del corazón". Todos queremos el amor, pero no sabemos cómo se llega a él. La clave es tener una entereza que te permita atravesar todos los ciclos de la vida. Después viene "Enemigo íntimo", mi segundo libro, y ahora estoy lanzando "Salvaje o domesticada".

 

―¿De qué trata?
―Está inspirado en el clásico cuento "Zapatitos rojos", que habla sobre meternos de lleno con la oscuridad de nosotros mismos. Este libro es muy interesante porque justo sale en un momento que hay más pobreza y nos invita a hacernos responsables de nuestra propia vida. Mi trabajo, desde que empecé a curar mi ser femenino, está muy volcado a la mujer porque somos una potencia que en este momento está saliendo a la luz, pero hay que curar mucho. Entonces, para que también la humanidad se transforme, hay que sanar esas heridas y llegar al autosustento, a no renunciar a tus valores por alguien o algo.

 

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