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La agonía del potrero muta el ADN del fútbol argentino

Hernan Silva

Los chicos cada vez frecuentan menos los baldíos por la distracción de la tecnología, la falta de espacios y el miedo a la inseguridad. Los entrenadores de inferiores señalan que el resultado es que los jugadores que llegan a los clubes tienen menos habilidades que antes. En la argentina la técnica se pierde, mientras que en Europa se la “cosecha” a través de la planificación.

Escena 1. Un grupo de chicos gritan goles, saltan y se abrazan. Buscar el origen de los alaridos en algún baldío es en vano; en el living de una casa disputan un campeonato de PlayStation. Escena 2. En una esquina de un barrio dos adolescentes caminan con parsimonia y en sentido contrario. No hacen el tradicional “pan y queso”; buscan señal para sus celulares. Escena 3. En un cumpleaños un hombre se sorprende porque un niño de diez años le recita las formaciones de varios equipos de primera división de Europa de corrido y sin omisiones. Sospecha que no se pierde ninguna transmisión. En realidad, el conocimiento enciclopédico deriva de jugar casi todo el día al “FIFA” y al “PES”.

Con certeza aquel futbolero que peina canas y que sabe lo que es pelarse la rodilla en una canchita tapizada de ripio y de otros objetos contundentes ya se topó con alguna de estas escenas en los últimos años (probablemente con las tres). Todas remiten a una realidad inocultable: el potrero, el simple pero infinito potrero argentino, desaparece acorralado por tres jinetes de la modernidad que se retroalimentan y que, por ahora, resultan indetenibles: la distracción y el entretenimiento que implica la tecnología para los más jóvenes, el implacable avance inmobiliario sobre los baldíos y el temor persistente de muchos padres de que sus hijos puedan ser víctimas de la inseguridad si juegan en la calle. El proceso tiene consecuencias directas para el ADN futbolero argentino, que mutó y no volverá a manifestar el mismo linaje.

El cambio ocurre de manera más acelerada en las ciudades más grandes, pero abarca a todo el país. En un par de décadas, los chicos perdieron habilidades que antes aprendían pasando cientos de horas en las canchitas. Había que tener una motricidad muy fina para gambetear al rival de turno y al mismo tiempo anticipar cómo iba a picar la pelota en terrenos salpicados de piedras; imaginarse cómo clavarla en el ángulo cuando los arcos eran dos montículos petisos conformados con buzos y camperas; o acertar un pase entre un enjambre de piernas que se concentraban en espacios reducidos.

El potrero, ese lugar lleno de imperfecciones y falencias, era un profesor formidable, el más paciente y el más riguroso para depurar la técnica a través de una práctica que no conocía límites de horarios.


A menos potrero, menos técnica

Los secretos del fútbol, que antes los chicos descubrían precozmente a través del ensayo y del error, hoy muchas veces son revelados por la experiencia de un entrenador. Las canchitas de barrio no solo constituían un excelente entrenamiento natural para pulir habilidades. Además existía una atmósfera en la que se ensalzaban a los que jugaban bien y se reservaba burlas y mofas para los torpes. Este lirismo espontáneo e instintivo tenía, aunque parezca paradójico, una explicación resultadista. En potreros en los que la pelota podía picar para cualquier lado, o que por lo general tenían dimensiones reducidas, tener a los virtuosos en el equipo acrecentaba las chances de ganar.

“El día a día te hace mejorar técnicamente. En el potrero se tiraban fantasías, se soñaba con ser un jugador determinado, y, en definitiva, existía mucha más práctica. Eso te ayuda a mejorar. Incluso había buen entrenamiento físico porque se jugaba todos los días. Incluía a todos, también al gordito o al de anteojos”, aseguró Aldo “El Doctor” Paredes, coordinador de las divisiones inferiores del Club Sportivo Estudiantes y con un pasado profesional en clubes como Boca Juniors, San Lorenzo y Quilmes.

 


Alemania planifica el talento.

 

 

A pesar de haberse ganado su apodo por ser un zaguero granítico y aguerrido, Paredes reconoce el rol central y estratégico que posee la técnica en este deporte. “Ha cambiado la identidad del jugador argentino. En el futbol nuestro había una combinación de carácter y de talento. Por eso antes se veían más jugadores con mejor pie”, aseguró.

Su diagnóstico es compartido por Hugo Muñoz, encargado de las inferiores de Huracán de San Luis. “El chico de antes tenía más habilidad. Hoy entre los catorce y los dieciséis años tienen una técnica muy poco desarrollada. A eso se le suma a una falta de formación de base. A esa edad ya deberían entender lo que es un entrenamiento, pero no saben movimientos tácticos”, afirmó.

Los periodistas más relevantes del siglo pasado, como Dante Panzeri, nunca dudaron en señalar que la génesis del futbol por estas latitudes se gestó en los potreros o los baldíos. Ahí se forjó el juego individual, gambeteador, y de improvisación que caracterizó a la escuela argentina de este deporte.

“El fútbol es el arte de engañar”, insistía Panzeri.

 

La tecnología, ese gran ladrón de tiempo

Los entrenadores que trabajan en las divisiones inferiores no quieren pasar por retrógrados. Reconocen los beneficios que aporta la tecnología en la vida cotidiana, pero advierten que en lo que se refiere a la suerte del potrero, las tablets, plays, compus y cualquier aparato con chips y pantallas hoy representan el rival a vencer. Son la opción de diversión a la que los chicos siempre le dan prioridad, seductores ladrones de un tiempo que antes se invertía en el fútbol.

“Los niños dejan de practicar este deporte porque tienen más opciones de entretenimiento. En ese sentido la tecnología los perjudicó. Ahora ellos tienen un montón de cosas que los incitan a ir poco a jugar, mientras que a nosotros nos servía para estar con los amigos del barrio”, aseguró Paredes. “Están la PlayStation, los juegos electrónicos, los celulares. Si vos vas a un barrio, podés ves a los pibes en una esquina intentando encontrar señal de wifi”, sumó Muñoz.

Pero las consolas y los joysticks no solo les traen dolores de cabeza a los entrenadores argentinos. El proceso es universal y también afecta a esa otra gran cantera mundial como es Brasil, en donde ya tienen identificada a la “generación PlayStation”.

 

El miedo a la calle y el fin de la emulación

Otro elemento que potenció la tendencia a quedarse en casa es que la calle, para la mayoría de los papás, es hoy sinónimo de peligro e inseguridad. “En general los dos padres trabajan y no están tranquilos con que sus hijos jueguen afuera. Toman más precauciones. Ven que los chicos pueden quedarse en el hogar con la Play y la computadora y eligen esto por seguridad. En las provincias quizá este factor esté un poco más atenuado, pero en las ciudades grandes, y en Capital Federal, representa un elemento importante”, aseguró Paredes, mientras que Muñoz fue más categórico: “Nosotros jugábamos hasta la medianoche; ahora hay más inseguridad”.

El joven que hoy juega al fútbol exhibe otra diferencia. No solo cuenta con un menor bagaje técnico por pasar menos horas en el potrero, sino que además es más apático con el fútbol en general. Esto se traduce en la pérdida de un impulso muy importante en el desarrollo de cualquier disciplina, incluso fuera del deporte, como es la emulación. Paulatinamente, dejaron de adquirir ese conocimiento que era incorporado a través de la observación profunda que fomenta la admiración.

Paredes coincidió que los jóvenes observan muy poco fútbol y Muñoz cree que ya no existe el mismo grado de obsesión que antes había por este deporte. Este reducido nivel de atención se refleja, por ejemplo, en que hoy en las inferiores es casi una tarea casi imposible encontrar marcadores de punta.

Las inferiores con la lupa solo en lo físico

El potrero es al fútbol lo que la pampa húmeda es a la economía. El paralelismo no es caprichoso. Los argentinos han tenido la buena (y mala) suerte de que el surgimiento del talento (y de los recursos) se dio de manera natural, sin ninguna planificación. Si antes no existió ningún plan para crear el potrero y sus consecuencias positivas; ahora tampoco hay programa alguno con la finalidad de hacer “ingeniería inversa”. En las divisiones inferiores no interesa recuperar ese ADN tan particular que se diluye con el retroceso del fútbol callejero.

 

 

“Se fija mucho en la parte física. Ahora hay jugadores con buen estado. Se atiende el tamaño, el porte. Hay que recordar que acá nadie le quiso pagar los estudios médicos a Lionel Messi y que por eso se tuvo que ir a España”, señaló Paredes, mientras que Muñoz agregó que otro factor que enturbia el desarrollo del jugador juvenil es la presión constante de algunos padres, quienes destilan impaciencia y tienden a cuestionar de manera sistemática a rivales y a los propios entrenadores. La filosofía de la urgencia, sin embargo, es generalizada.

“Hay que formar a los chicos, no buscar resultados. Hoy en el fútbol argentino se buscan más resultados que tratar de jugar bien. Lo primero que tienen que hacer es divertirse, que entiendan el juego, que se sientan bien y no sufran la presión. Hay que formarlos técnica y tácticamente, y después viene la competencia. La competencia es fría y elige al mejor jugador”, sumó Paredes.

 

Resultadistas sin resultados

Muchos aún no lo terminan de entender en su justa medida, pero la técnica, que ha tenido en el potrero su principal manantial, ha sido la gran ventaja comparativa futbolera criolla. La incidencia de este factor se refleja en los resultados cosechados por las selecciones nacionales, y en especial las juveniles. El repaso de las estadísticas es elocuente y esclarecedor.

De 1995 al 2007, un periodo grabado a fuego por el trabajo y el legado de José Pekerman, la Argentina logró cinco títulos mundiales en la categoría sub20: Qatar 1995; Malasia 1997; Argentina 2001, Holanda 2005 y Canadá 2007. En las competencias en las que la celeste y blanca no obtuvo el primer puesto, siempre superó la fase de grupos. Fue una de las hegemonías más aplastantes de la historia del fútbol, más allá de las categorías. No solo hubo una colección de trofeos, también brotaron enormes jugadores: fueron los años en los que aparecieron los Riquelme, los Aimar, los Saviola, los Agüero y los Messi.

 

La técnica, que ha tenido en el potrero su principal manantial, ha sido la gran ventaja comparativa futbolera criolla.

 

 

De este periodo estelar se pasa, casi sin escalas, a un declive muy pronunciado. En la década que va del 2009 al 2019 Argentina manifiesta un rendimiento pobre no solo en relación a su pasado en la sub-20, sino en comparación con otros equipos de similar tradición. Directamente no clasificó a dos mundiales (Egipto 2009 y Turquía 2013); no superó la primera ronda en otros dos certámenes (Nueva Zelanda 2015 y Corea del Sur 2017) y quedó eliminado en octavos de final en el más reciente (Polonia 2019). Tampoco salen tantos jugadores con la profusión de la década anterior. El futbolero podrá traer a la memoria los nombres de Erik Lamela, Ángel Correa, Lautaro Martínez o, más recientemente, Adolfo Gaich.

A los más grandes tampoco les fue mejor en los últimos años. Con excepción del Mundial de Brasil 2014, la selección nunca pasó a semifinales y no le gana a potencias en el máximo certamen en los noventa minutos desde Italia 90, cuando derrotó a Brasil con el recordado gol de Claudio Caniggia tras una gran jugada de Diego Maradona.

 

Europa elige el camino contrario

¿Y qué hizo Europa con sus etapas formativas? Precisamente lo contrario. Un elemento común de los procesos exitosos del Viejo Continente, tanto en selecciones como en clubes, es que casi siempre apostaron a un juego fluido, de ataque, algo que solo puede sustentarse con jugadores con una buena capacidad técnica. En varios países abandonaron el juego físico y de contrataque y adoptaron un ofensivo 4-3-3. Curiosamente ese 4-3-3 es el esquema que aquellos que alguna vez incursionaron en las categorías inferiores de cualquier club argentino, ya sea como jugadores o como entrenadores, conocían a la perfección.

En las divisiones inferiores de Bélgica (tercer puesto en el último Mundial) se aboga para que la posesión sea al menos del setenta por ciento y está prohibido tirarse a los pies para recuperar la pelota. El objetivo prioritario es formar jugadores con buena técnica y que no se preocupen por los resultados. Saben que se pierde más de lo que se gana. Alemania eligió un camino similar. Tras el fracaso en la Euro 2000 (fue eliminada en la fase de grupos), los germanos iniciaron un proceso caracterizado por su amplitud y su ambición: pusieron en marcha un Programa de Desarrollo de Talentos que tiene 390 bases en todo el país con la meta de producir jugadores ágiles, rápidos y habilidosos.

El director técnico de la selección campeona del mundo de 1978, César Luis Menotti, dijo que en la Argentina hubo una “desculturización” del juego, y que la emigración constante y masiva de jugadores argentinos y brasileños fue difundiendo los beneficios y la ventaja de la técnica entre los europeos.

Argentina creó habilidad desde la espontaneidad; ahora Europa lo hace desde la planificación.

 

La necesidad de un cambio de filosofía

Argentina cayó algunos escalones por su pérdida de técnica, pero la materia prima sigue siendo muy buena y el espíritu competitivo permanece intacto. “En nuestro país siempre hay un buen caudal de chicos que practican fútbol. El panorama ha cambiado, pero aún hay talento. También influyen las generaciones y depende de los lugares. Hay plazas en donde se juega mucho en juveniles, como Buenos Aires, Córdoba, Mendoza. Ahí hay más competencia”, señaló Paredes.

Tal vez la clave para recuperar la hegemonía y la riqueza perdida sea, como en otros ámbitos o disyuntivas de la argentinidad, la de desdramatizar. La filosofía resultadista está en tela de juicio. Cuando más resultadista se volvió el futbol, menos resultados logró. Es la obsesión por el final y no por el método.

Además se naturalizó en todos los ámbitos que el fútbol es una excusa aceptada para exteriorizar los bajos instintos. Las palabras de Muñoz señalan que algo no está bien y que ha llegado el momento de parar la pelota y ver dónde hay que hacer el cambio de frente.

“Nosotros no disfrutamos el fútbol. Descargamos nuestras broncas en la cancha. El fútbol se ha convertido en una enfermedad”, afirmó.

 

 

LA FUSIÓN DE LO REAL CON LO VIRTUAL

Los límites entre la realidad y la virtualidad se difuminan en la vida moderna y el fútbol no podía ser la opción. Es cierto que la PlayStation le quitó horas a la práctica de este deporte en todos los rincones del planeta, pero parece que no todas son pérdidas. También emergen retroalimentaciones interesantes. En Europa detectaron aportes concretos derivados de la tecnología. En Gran Bretaña, por ejemplo, constataron que los chicos que ya conocen los juegos electrónicos de fútbol logran comprender mejor los esquemas más importantes, como el 4-4-2 o el 3-5-2, en relación otros jugadores de su misma edad que no tenían esta experiencia virtual.

Incluso algunos entrenadores a nivel profesional, en especial cuando deben dirigirse a sus jugadores más jóvenes, eligen utilizar los juegos de fútbol para ilustrar jugadas o tácticas. Un caso es el de Jorge Sampaoli, director técnico de Argentina en el Mundial de Rusia 2018, quien utilizó un software con gráficos similares al FIFA o el PES en el que el mismo jugador opera un joystick para representar los movimientos que después plasmará en los entrenamientos.

Tal vez no sea coincidencia que dos de los mejores y más espectaculares jugadores de los últimos tiempos, como Lionel Messi y Zlatan Ibrahimovic, sean fanáticos de los videojuegos de fútbol. El sueco, quien puede jugar hasta diez horas seguidas en la consola, asegura que muchas veces ha sacado ideas del mundo virtual para aplicar en la realidad. Del rosarino se dice, y quizá sea su mejor definición, que es un jugador de Play Station.

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La agonía del potrero muta el ADN del fútbol argentino

Los chicos cada vez frecuentan menos los baldíos por la distracción de la tecnología, la falta de espacios y el miedo a la inseguridad. Los entrenadores de inferiores señalan que el resultado es que los jugadores que llegan a los clubes tienen menos habilidades que antes. En la argentina la técnica se pierde, mientras que en Europa se la “cosecha” a través de la planificación.

Fotos: Nicolás Varvara 

Escena 1. Un grupo de chicos gritan goles, saltan y se abrazan. Buscar el origen de los alaridos en algún baldío es en vano; en el living de una casa disputan un campeonato de PlayStation. Escena 2. En una esquina de un barrio dos adolescentes caminan con parsimonia y en sentido contrario. No hacen el tradicional “pan y queso”; buscan señal para sus celulares. Escena 3. En un cumpleaños un hombre se sorprende porque un niño de diez años le recita las formaciones de varios equipos de primera división de Europa de corrido y sin omisiones. Sospecha que no se pierde ninguna transmisión. En realidad, el conocimiento enciclopédico deriva de jugar casi todo el día al “FIFA” y al “PES”.

Con certeza aquel futbolero que peina canas y que sabe lo que es pelarse la rodilla en una canchita tapizada de ripio y de otros objetos contundentes ya se topó con alguna de estas escenas en los últimos años (probablemente con las tres). Todas remiten a una realidad inocultable: el potrero, el simple pero infinito potrero argentino, desaparece acorralado por tres jinetes de la modernidad que se retroalimentan y que, por ahora, resultan indetenibles: la distracción y el entretenimiento que implica la tecnología para los más jóvenes, el implacable avance inmobiliario sobre los baldíos y el temor persistente de muchos padres de que sus hijos puedan ser víctimas de la inseguridad si juegan en la calle. El proceso tiene consecuencias directas para el ADN futbolero argentino, que mutó y no volverá a manifestar el mismo linaje.

El cambio ocurre de manera más acelerada en las ciudades más grandes, pero abarca a todo el país. En un par de décadas, los chicos perdieron habilidades que antes aprendían pasando cientos de horas en las canchitas. Había que tener una motricidad muy fina para gambetear al rival de turno y al mismo tiempo anticipar cómo iba a picar la pelota en terrenos salpicados de piedras; imaginarse cómo clavarla en el ángulo cuando los arcos eran dos montículos petisos conformados con buzos y camperas; o acertar un pase entre un enjambre de piernas que se concentraban en espacios reducidos.

El potrero, ese lugar lleno de imperfecciones y falencias, era un profesor formidable, el más paciente y el más riguroso para depurar la técnica a través de una práctica que no conocía límites de horarios.


A menos potrero, menos técnica

Los secretos del fútbol, que antes los chicos descubrían precozmente a través del ensayo y del error, hoy muchas veces son revelados por la experiencia de un entrenador. Las canchitas de barrio no solo constituían un excelente entrenamiento natural para pulir habilidades. Además existía una atmósfera en la que se ensalzaban a los que jugaban bien y se reservaba burlas y mofas para los torpes. Este lirismo espontáneo e instintivo tenía, aunque parezca paradójico, una explicación resultadista. En potreros en los que la pelota podía picar para cualquier lado, o que por lo general tenían dimensiones reducidas, tener a los virtuosos en el equipo acrecentaba las chances de ganar.

“El día a día te hace mejorar técnicamente. En el potrero se tiraban fantasías, se soñaba con ser un jugador determinado, y, en definitiva, existía mucha más práctica. Eso te ayuda a mejorar. Incluso había buen entrenamiento físico porque se jugaba todos los días. Incluía a todos, también al gordito o al de anteojos”, aseguró Aldo “El Doctor” Paredes, coordinador de las divisiones inferiores del Club Sportivo Estudiantes y con un pasado profesional en clubes como Boca Juniors, San Lorenzo y Quilmes.

 


Alemania planifica el talento.

 

 

A pesar de haberse ganado su apodo por ser un zaguero granítico y aguerrido, Paredes reconoce el rol central y estratégico que posee la técnica en este deporte. “Ha cambiado la identidad del jugador argentino. En el futbol nuestro había una combinación de carácter y de talento. Por eso antes se veían más jugadores con mejor pie”, aseguró.

Su diagnóstico es compartido por Hugo Muñoz, encargado de las inferiores de Huracán de San Luis. “El chico de antes tenía más habilidad. Hoy entre los catorce y los dieciséis años tienen una técnica muy poco desarrollada. A eso se le suma a una falta de formación de base. A esa edad ya deberían entender lo que es un entrenamiento, pero no saben movimientos tácticos”, afirmó.

Los periodistas más relevantes del siglo pasado, como Dante Panzeri, nunca dudaron en señalar que la génesis del futbol por estas latitudes se gestó en los potreros o los baldíos. Ahí se forjó el juego individual, gambeteador, y de improvisación que caracterizó a la escuela argentina de este deporte.

“El fútbol es el arte de engañar”, insistía Panzeri.

 

La tecnología, ese gran ladrón de tiempo

Los entrenadores que trabajan en las divisiones inferiores no quieren pasar por retrógrados. Reconocen los beneficios que aporta la tecnología en la vida cotidiana, pero advierten que en lo que se refiere a la suerte del potrero, las tablets, plays, compus y cualquier aparato con chips y pantallas hoy representan el rival a vencer. Son la opción de diversión a la que los chicos siempre le dan prioridad, seductores ladrones de un tiempo que antes se invertía en el fútbol.

“Los niños dejan de practicar este deporte porque tienen más opciones de entretenimiento. En ese sentido la tecnología los perjudicó. Ahora ellos tienen un montón de cosas que los incitan a ir poco a jugar, mientras que a nosotros nos servía para estar con los amigos del barrio”, aseguró Paredes. “Están la PlayStation, los juegos electrónicos, los celulares. Si vos vas a un barrio, podés ves a los pibes en una esquina intentando encontrar señal de wifi”, sumó Muñoz.

Pero las consolas y los joysticks no solo les traen dolores de cabeza a los entrenadores argentinos. El proceso es universal y también afecta a esa otra gran cantera mundial como es Brasil, en donde ya tienen identificada a la “generación PlayStation”.

 

El miedo a la calle y el fin de la emulación

Otro elemento que potenció la tendencia a quedarse en casa es que la calle, para la mayoría de los papás, es hoy sinónimo de peligro e inseguridad. “En general los dos padres trabajan y no están tranquilos con que sus hijos jueguen afuera. Toman más precauciones. Ven que los chicos pueden quedarse en el hogar con la Play y la computadora y eligen esto por seguridad. En las provincias quizá este factor esté un poco más atenuado, pero en las ciudades grandes, y en Capital Federal, representa un elemento importante”, aseguró Paredes, mientras que Muñoz fue más categórico: “Nosotros jugábamos hasta la medianoche; ahora hay más inseguridad”.

El joven que hoy juega al fútbol exhibe otra diferencia. No solo cuenta con un menor bagaje técnico por pasar menos horas en el potrero, sino que además es más apático con el fútbol en general. Esto se traduce en la pérdida de un impulso muy importante en el desarrollo de cualquier disciplina, incluso fuera del deporte, como es la emulación. Paulatinamente, dejaron de adquirir ese conocimiento que era incorporado a través de la observación profunda que fomenta la admiración.

Paredes coincidió que los jóvenes observan muy poco fútbol y Muñoz cree que ya no existe el mismo grado de obsesión que antes había por este deporte. Este reducido nivel de atención se refleja, por ejemplo, en que hoy en las inferiores es casi una tarea casi imposible encontrar marcadores de punta.

Las inferiores con la lupa solo en lo físico

El potrero es al fútbol lo que la pampa húmeda es a la economía. El paralelismo no es caprichoso. Los argentinos han tenido la buena (y mala) suerte de que el surgimiento del talento (y de los recursos) se dio de manera natural, sin ninguna planificación. Si antes no existió ningún plan para crear el potrero y sus consecuencias positivas; ahora tampoco hay programa alguno con la finalidad de hacer “ingeniería inversa”. En las divisiones inferiores no interesa recuperar ese ADN tan particular que se diluye con el retroceso del fútbol callejero.

 

 

“Se fija mucho en la parte física. Ahora hay jugadores con buen estado. Se atiende el tamaño, el porte. Hay que recordar que acá nadie le quiso pagar los estudios médicos a Lionel Messi y que por eso se tuvo que ir a España”, señaló Paredes, mientras que Muñoz agregó que otro factor que enturbia el desarrollo del jugador juvenil es la presión constante de algunos padres, quienes destilan impaciencia y tienden a cuestionar de manera sistemática a rivales y a los propios entrenadores. La filosofía de la urgencia, sin embargo, es generalizada.

“Hay que formar a los chicos, no buscar resultados. Hoy en el fútbol argentino se buscan más resultados que tratar de jugar bien. Lo primero que tienen que hacer es divertirse, que entiendan el juego, que se sientan bien y no sufran la presión. Hay que formarlos técnica y tácticamente, y después viene la competencia. La competencia es fría y elige al mejor jugador”, sumó Paredes.

 

Resultadistas sin resultados

Muchos aún no lo terminan de entender en su justa medida, pero la técnica, que ha tenido en el potrero su principal manantial, ha sido la gran ventaja comparativa futbolera criolla. La incidencia de este factor se refleja en los resultados cosechados por las selecciones nacionales, y en especial las juveniles. El repaso de las estadísticas es elocuente y esclarecedor.

De 1995 al 2007, un periodo grabado a fuego por el trabajo y el legado de José Pekerman, la Argentina logró cinco títulos mundiales en la categoría sub20: Qatar 1995; Malasia 1997; Argentina 2001, Holanda 2005 y Canadá 2007. En las competencias en las que la celeste y blanca no obtuvo el primer puesto, siempre superó la fase de grupos. Fue una de las hegemonías más aplastantes de la historia del fútbol, más allá de las categorías. No solo hubo una colección de trofeos, también brotaron enormes jugadores: fueron los años en los que aparecieron los Riquelme, los Aimar, los Saviola, los Agüero y los Messi.

 

La técnica, que ha tenido en el potrero su principal manantial, ha sido la gran ventaja comparativa futbolera criolla.

 

 

De este periodo estelar se pasa, casi sin escalas, a un declive muy pronunciado. En la década que va del 2009 al 2019 Argentina manifiesta un rendimiento pobre no solo en relación a su pasado en la sub-20, sino en comparación con otros equipos de similar tradición. Directamente no clasificó a dos mundiales (Egipto 2009 y Turquía 2013); no superó la primera ronda en otros dos certámenes (Nueva Zelanda 2015 y Corea del Sur 2017) y quedó eliminado en octavos de final en el más reciente (Polonia 2019). Tampoco salen tantos jugadores con la profusión de la década anterior. El futbolero podrá traer a la memoria los nombres de Erik Lamela, Ángel Correa, Lautaro Martínez o, más recientemente, Adolfo Gaich.

A los más grandes tampoco les fue mejor en los últimos años. Con excepción del Mundial de Brasil 2014, la selección nunca pasó a semifinales y no le gana a potencias en el máximo certamen en los noventa minutos desde Italia 90, cuando derrotó a Brasil con el recordado gol de Claudio Caniggia tras una gran jugada de Diego Maradona.

 

Europa elige el camino contrario

¿Y qué hizo Europa con sus etapas formativas? Precisamente lo contrario. Un elemento común de los procesos exitosos del Viejo Continente, tanto en selecciones como en clubes, es que casi siempre apostaron a un juego fluido, de ataque, algo que solo puede sustentarse con jugadores con una buena capacidad técnica. En varios países abandonaron el juego físico y de contrataque y adoptaron un ofensivo 4-3-3. Curiosamente ese 4-3-3 es el esquema que aquellos que alguna vez incursionaron en las categorías inferiores de cualquier club argentino, ya sea como jugadores o como entrenadores, conocían a la perfección.

En las divisiones inferiores de Bélgica (tercer puesto en el último Mundial) se aboga para que la posesión sea al menos del setenta por ciento y está prohibido tirarse a los pies para recuperar la pelota. El objetivo prioritario es formar jugadores con buena técnica y que no se preocupen por los resultados. Saben que se pierde más de lo que se gana. Alemania eligió un camino similar. Tras el fracaso en la Euro 2000 (fue eliminada en la fase de grupos), los germanos iniciaron un proceso caracterizado por su amplitud y su ambición: pusieron en marcha un Programa de Desarrollo de Talentos que tiene 390 bases en todo el país con la meta de producir jugadores ágiles, rápidos y habilidosos.

El director técnico de la selección campeona del mundo de 1978, César Luis Menotti, dijo que en la Argentina hubo una “desculturización” del juego, y que la emigración constante y masiva de jugadores argentinos y brasileños fue difundiendo los beneficios y la ventaja de la técnica entre los europeos.

Argentina creó habilidad desde la espontaneidad; ahora Europa lo hace desde la planificación.

 

La necesidad de un cambio de filosofía

Argentina cayó algunos escalones por su pérdida de técnica, pero la materia prima sigue siendo muy buena y el espíritu competitivo permanece intacto. “En nuestro país siempre hay un buen caudal de chicos que practican fútbol. El panorama ha cambiado, pero aún hay talento. También influyen las generaciones y depende de los lugares. Hay plazas en donde se juega mucho en juveniles, como Buenos Aires, Córdoba, Mendoza. Ahí hay más competencia”, señaló Paredes.

Tal vez la clave para recuperar la hegemonía y la riqueza perdida sea, como en otros ámbitos o disyuntivas de la argentinidad, la de desdramatizar. La filosofía resultadista está en tela de juicio. Cuando más resultadista se volvió el futbol, menos resultados logró. Es la obsesión por el final y no por el método.

Además se naturalizó en todos los ámbitos que el fútbol es una excusa aceptada para exteriorizar los bajos instintos. Las palabras de Muñoz señalan que algo no está bien y que ha llegado el momento de parar la pelota y ver dónde hay que hacer el cambio de frente.

“Nosotros no disfrutamos el fútbol. Descargamos nuestras broncas en la cancha. El fútbol se ha convertido en una enfermedad”, afirmó.

 

 

LA FUSIÓN DE LO REAL CON LO VIRTUAL

Los límites entre la realidad y la virtualidad se difuminan en la vida moderna y el fútbol no podía ser la opción. Es cierto que la PlayStation le quitó horas a la práctica de este deporte en todos los rincones del planeta, pero parece que no todas son pérdidas. También emergen retroalimentaciones interesantes. En Europa detectaron aportes concretos derivados de la tecnología. En Gran Bretaña, por ejemplo, constataron que los chicos que ya conocen los juegos electrónicos de fútbol logran comprender mejor los esquemas más importantes, como el 4-4-2 o el 3-5-2, en relación otros jugadores de su misma edad que no tenían esta experiencia virtual.

Incluso algunos entrenadores a nivel profesional, en especial cuando deben dirigirse a sus jugadores más jóvenes, eligen utilizar los juegos de fútbol para ilustrar jugadas o tácticas. Un caso es el de Jorge Sampaoli, director técnico de Argentina en el Mundial de Rusia 2018, quien utilizó un software con gráficos similares al FIFA o el PES en el que el mismo jugador opera un joystick para representar los movimientos que después plasmará en los entrenamientos.

Tal vez no sea coincidencia que dos de los mejores y más espectaculares jugadores de los últimos tiempos, como Lionel Messi y Zlatan Ibrahimovic, sean fanáticos de los videojuegos de fútbol. El sueco, quien puede jugar hasta diez horas seguidas en la consola, asegura que muchas veces ha sacado ideas del mundo virtual para aplicar en la realidad. Del rosarino se dice, y quizá sea su mejor definición, que es un jugador de Play Station.

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