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Una costumbre que no pierde la esencia

En La Rioja, procesiones enharinadas le dan vida a una fiesta pagana que tiene su propia adoración, una leyenda que se resignifica y la intención de ser un impulso para el turismo.

Por Miguel Garro
| 16 de marzo de 2020
Fotos: Jonás Masud

Primero, un poco de historia. Cuenta la leyenda, con algunas leves modificaciones según quien la cuente, que “La Chaya” era una bella joven diaguita que se enamoró tan perdida como erróneamente de un colono. Como el amor no fue correspondido, la desazón y la angustia llevó a los amantes a la tragedia: él, Pujllay, mujeriego y amante del alcohol, murió quemado por las llamas. Ella se fue a las sierras riojanas donde se convirtió en nube y cada febrero bajaba convertida en rocío para ayudar a las cosechas de oliva, uvas y a la flor del cardón.

 

Los nuevos tiempos modernizaron el relato y lo acondicionaron –no sin cierta resistencia por parte de los historiadores riojanos más ortodoxos- a la perspectiva de género. Ahora, “La Chaya” no va a la montaña atormentada por un rechazo, sino preocupada porque su pueblo está sumergido en una sequía que impide la cosecha y, por ende, el desarrollo económico. La conversión en nube y en rocío para el riego permanecen en el desenlace de la trama.

 

Para Aldana Cuello, directora de Innovación Cultural de la Secretaría de las Culturas del Gobierno riojano, “la leyenda de la Chaya se viene construyendo popularmente en la historia de la provincia y tiene muchos significantes internos. Es una metáfora que tiene que ver con una cultura indígena, con la memoria histórica del pueblo y por eso es muy importante resignificarla porque las leyendas y los discursos se van construyendo a través de una historia popular y van tomando significados del contexto en el que se sitúan”.

 

 


Un muñeco que representa a Pujllay es incinerado mientras los bailarines dan vueltas al compás de las llamas.

 

 

Más allá de ese esfuerzo loable por modernizar la leyenda, las costumbres ancestrales siguen dominando La Rioja en la época de carnaval, el momento del año en donde toda la provincia convive bajo la misma nube de harina y albahaca. La práctica más difundida de esa fiesta son “las chayas”, las manifestaciones populares que mejor traducen el espíritu carnavalero en las casas de familia.

 

Solo en la capital riojana hay unas 40 chayas que reciben a cientos de personas de todas las edades dispuestas a pasar una tarde con música en vivo, el polvillo en constante desafío a las leyes de la gravedad y una serie de ritos que conforman la celebración profunda de la festividad.

 

“Las chayas” se realizan en casas de familia, con patio, que se acondicionan con un pequeño escenario, banderines de colores, comidas típicas y algunas normas comunes a todos los carnavales del mundo: la igualdad de sus celebrantes y la sentencia lapidaria que lo que sucede en “la Chaya” se queda en “la Chaya”.

 

 



 

Uno de los encuentros más asistidos es el que se realiza en la casa de Pino Romero, bailarín y músico, ex integrante de “Los Amigos”, la banda que empujó a Sergio Galleguillo a ser una especie de semidiós pagano del carnaval riojano. Este año, Pino hizo su chaya número 12, una continuidad que solo se interrumpió el año pasado por la trágica muerte de su hija.

 

En los ojos del bailarín se refleja la tristeza inconmensurable de la pérdida, sin embargo oficia como un anfitrión perfecto para las tardes carnavaleras. Si tiene que tocar el bombo, lo hace; si tiene que bailar en ronda con la gente, lo hace; si tiene que servir empanadas a los que miran la chaya a la distancia, lo hace. Su casa se llama “Rancho alegre” y está a unos siete kilómetros del centro, al pie de un cerro, lo que le da a su reunión un elemento más tradicional.

 

Poco después del almuerzo, los más jóvenes empiezan a llegar a los patios casi siempre en grupos, en motos, autos o a caballo. Se percibe, a esa hora, una expectación alegre aunque conocida. A eso de las siete de la tarde, cuando el sol empieza a caer, la gente emprende su regreso en procesiones enharinadas, con los olivos desacomodados en las orejas y altos niveles de excitación.

 

Entre el ingreso y la despedida a la chaya se suceden una serie de rituales que le dan forma al carnaval riojano. “Acá nos divertimos entre todos, sin diferencias, con la música, en paz y el respeto al otro”, dice Romero, con una bolsa de harina en la mano que utilizará ni bien termine de hablar.

 

 

 

Junto al bailarín trabajan unas 30 personas, todos integrantes de su familia o amigos, que atienden a los visitantes. Entre ellos está Adrián Rosas, un hombre de 40 años, de gorra y transpiración riojana que está al servicio de todos. “Todos hacemos un poco de todo. Cuidamos a la gente, les traemos las empanadas, llevamos a los músicos hasta el escenario y al final nos quedamos a acomodar y a limpiar”, enumera con algo de cansancio debido a que la noche anterior tuvo que ir a su trabajo. “Soy oficial de Policía”, dice con un tono de voz más bajo.

 

Las bebidas oficiales de las chayas son el vino torrontés, la cerveza y el fernet con coca. Todas riegan las caras y los espíritus de los celebrantes mientras la comida hace un refuerzo en las primeras horas de la siesta. En lo de Pino hay empanadas fritas, tortas caseras recién salidas del horno de barro que se arrojan sobre la mesa como figuritas y cabezas de vaca guateada, de la que se deben comer los sesos, la lengua, los ojos y las quijadas, en sándwich.

 

Y está “la guagua”, una torta casera, dulce, con azúcar quemada sobre la cáscara que es parte del ritual y se prepara en ese mismo momento en un horno improvisado en el suelo. En un determinado horario se presenta ante el público, se bendice por parte de alguien disfrazado de sacerdote y se reparte entre algunos de los que andan por allí, como si fuera una hostia pagana que da un nuevo impulso a la fiesta.

 

Sobre el escenario, los músicos desfilan con el espíritu de las peñas. Van pasando, hacen algunas canciones y le dejan el lugar al próximo, a veces sin que el público se dé cuenta del cambio. Una tarde cualquiera puede pasar por allí, por ejemplo, “El Duende” Garnica, el cantante santiagueño reconocido por sus luchas sociales que es autor de “El olvidao”, una chacarera que grabó Mercedes Sosa. “Vengo porque el Pino es un amigo y porque el carnaval riojano es uno de los mejores del país”, le dijo a “Cooltura” apenas bajado de su minishow.

 

Las canciones conforman un elemento clave en las celebraciones porque hablan de la harina, de la fiesta, de febrero y de las chayas. Hay dos que se repiten tanto en las radios, en las calles y en los recitales, que ascienden a la categoría de himnos carnavaleros en la provincia. Una es “El enharinado”, de Agustín López, que en su letra dice: “Ya me has pillao carnaval/ de nuevo mal barajao/ enamorao, pobre y fiero/ y para colmo chumao”. La otra es “El camión de Germán”, el hipermegahit popularizado por Sergio Galleguillo.

 

 

 

Otro de los elementos que conforman la liturgia carnavalera es la bajada de los jinetes desde los cerros que rodean la casa. Algunos lo hacen con niños y con camisetas de fútbol y su objetivo central es estar presentes para “el topamiento”, uno de los momentos centrales de la tarde, que merece un párrafo aparte. Con dos personas encargadas exclusivamente de organizarlos, ese instante de la tarde resume la idea que lo que sucede en la chaya quedará ahí. Divididos en dos grupos (de un lado las mujeres, del otro los varones aunque en los últimos años cada integrante se coloca donde mejor le cabe a su sexualidad), a la orden, los pelotones avanzan hacia un punto de encuentro. El primer acercamiento es leve aunque nunca tímido. El segundo es igual. Pero el tercero es una suerte de pogo descontrolado donde los manoseos, algún beso furtivo y el choque de sexos conforman el momento caliente de la tarde calurosa.

 

Sobre el final llega otro ritual común, que sirve para darle sentido a la leyenda ancestral. Un muñeco de cartapesta, que representa al pícaro Pujllay, es incinerado para representar el relato, mientras la ronda de bailarines se agranda al compás de las llamas y los más osados se animan a saltar por encima de la fogata.

 

 

Un festival riojano

 

Para el público de todo el país, la Chaya es un festival muy concurrido que se realiza en febrero y que reúne a las estrellas máximas de la música popular argentina. Este año, por ejemplo, en la grilla estuvieron Abel Pintos, Soledad, Jorge Rojas, Coplanacu, Los Palmeras, Dale q' va, Raly Barrionuevo, Luciano Pereyra y, por supuesto, Sergio Galleguillo.

 

Aunque durante los recitales hubo harina y albahaca y entre el público se vivió una alegría contenida, esos encuentros poco tienen que ver con las chayas barriales, donde se experimenta la verdadera celebración carnavalera en La Rioja. En resumen, el festival de la Chaya no se diferencia en mucho respecto a los otros del calendario festivalero nacional. Este año, los organizadores decidieron homenajear en cada noche a un artista local. Los recordados fueron “Pancho” Cabral -quien en diciembre pasado estuvo en San Luis-, “Pica” Juárez, el autor de “El camión de Germán”, Ramón Navarro, “Tona” Suárez y Cristina Velasco, una mujer que lleva 45 años de carrera y pocos reconocimientos en su provincia. “Por fin se acordaron de nosotros”, dijo.

 

El festival 2020 sirvió para que La Rioja muestre al país (y a los propios riojanos) una impresionante cantidad de cantautores jóvenes surgidos en esa provincia que están renovando la escena folclórica regional con una poesía delicada y una fuerza que será difícil de contener. Algunos de ellos han ganado en Cosquín como “La Bruja” Salguero y Emiliano Zerbini, quien ha venido varias veces a San Luis para dar sus recitales; y otros tienen ya una obra envidiable como Hernán Robles, Josho González, Natalia Barrionuevo, Juan Arabel -quien este mes debutará en San Luis-, y Ramiro González, uno de los cabecillas de la revolución.

 

 

 

Según dijo el gobernador de la provincia, Ricardo Quintela, en la conferencia de prensa de presentación del festival, el costo total de la fiesta ascendió a 35 millones de pesos, que se habían recuperado casi en su totalidad con la venta de entradas -oscilaban entre los 300 y los 4.800 pesos- y la concesión de los puestos de comidas que estuvieron alrededor de la pista.

 

No es común que un Gobierno informe tan suelto de cuerpo el costo de un festejo, pero Quintela parece dispuesto a mostrar las cuentas, al menos en ese rubro, y a cambiar algunas costumbres. Los funcionarios provinciales que asistieron a los recitales tuvieron que pagar la entrada. “Es injusto que el pueblo haga un esfuerzo y pague sus tickets y los miembros del gobierno, no”, dijo el gobernador.

 

Los organizadores ven al festival como una oportunidad para incentivar el turismo en la provincia, un rubro que, consideran, no ha sido explotado del todo. A la incrementación de la capacidad hotelera y al mejoramiento del transporte (al igual que en San Luis hay un solo vuelo diario desde Buenos Aires y si algún puntano quiere viajar a la provincia tiene un solo colectivo en horario inconveniente o si no tiene que combinar con Córdoba y San Juan, con lo que el viaje se extiende a casi 15 horas), los funcionarios tienen planeado exponer con más frecuencias las bellezas paisajísticas.

 

El ministro de Cultura y Turismo de La Rioja, Gustavo Luna, es un profesor de Ciencia Especial que hace 15 años maneja una empresa de medios con canales de televisión y radios de alcance provincial. Amante del folclore, el llamado del gobernador para que se haga cargo de la cartera lo sorprendió, pero aceptó con la conciencia de que la provincia “está atrasada en algunas cuestiones turísticas”.

 

Ante “Cooltura”, puso como ejemplo a San Luis como modelo de crecimiento en la materia. “En Villa Mercedes, de una canción hicieron un anfiteatro que atrae a cientos de turistas. Nosotros cantamos esas canciones y tenemos que copiar otras cosas de esa provincia”, sostuvo.

 

Parte de esa articulación y de los trabajos pendientes para la explotación turística consiste en dar a conocer la chaya como una fiesta popular única en el país, con sus atractivos, sus elementos primordiales y una tradición que a la par de la renovación busca nuevos horizontes. Lo que parece permanecer desde los inicios es la definición que, en una sola palabra, Pino Romero dio sobre la fiesta: “Chaya es amistad”.

 

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