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Aves asesinas sobrevolando Sudamérica

Las dictaduras sudamericanas urdieron un plan de represión, tortura y muerte de dimensiones internacionales. Alcances, miembros y resultados de una operación que dejó cientos de víctimas y preguntas alrededor de la región.

Por Agustina Bordigoni
| 23 de marzo de 2020

28 de noviembre de 1975: en esa fecha se sitúa el inicio pactado (y documentado) de un horror internacional conocido como Plan u Operación Cóndor. Enmarcado en la lucha contra el comunismo, propia de la Guerra Fría, esta operación aglutinaba los esfuerzos de países sudamericanos y potencias extranjeras en la propagación del terror.

 

Papeles y papeles con archivos que comprobaban su existencia fueron descubiertos en Paraguay en 1992. Pero ¿cómo surgió esta cooperación perversa, quiénes eran parte y a qué se dedicaban?

 

Las respuestas, 45 años después, siguen inconclusas.

 

 

Los antecedentes

 

Si bien la fecha en papel de este plan por el que las dictaduras de Paraguay, con Alfredo Stroessner (desde 1954); Brasil, con Humberto de Alencar Castelo Branco (desde 1964); Bolivia, con Hugo Banzer (desde 1971); Uruguay, con Juan María Bordaberry (desde 1973); Chile, con Augusto Pinochet (desde 1973); y Argentina, con Jorge Rafael Videla (desde 1976) consta desde 1975, algunos datos concretos dan cuenta de la existencia de ese plan (aún sin nombre) de cooperación entre las dictaduras sudamericanas.

 

 


"Automotores Orletti", lugar conocido por los militares como "El Jardín". Sirvió de centro clandestino de detención durante la Operación Cóndor.

 

 

En 1974 el militar y ex comandante en jefe del ejército chileno, Carlos Prats, fue asesina do en Buenos Aires. A pesar de la falta de documentación que acreditara la existencia del plan ese año, las pistas inducen a pensar que ya existía colaboración entre militares y servicios de inteligencia.

 

 

Los objetivos

 

Eliminar militantes políticos, sociales, sindicales o estudiantiles considerados como “subversivos” de las nacionalidades parte de este plan, y que se ubicaran en cualquiera de los territorios implicados, era el objetivo principal de las operaciones que tuvieron varias fases.

 

Las fronteras se hacían por lo tanto invisibles durante todas estas etapas: primero estaba la de la creación de una base de datos para intercambiar información entre los servicios de inteligencia y que consistía en una fuente de datos sobre guerrillas, movimientos sociales y políticos, sindicales y cualquier otro tipo de organización contraria a los gobiernos locales. Segundo, la tarea de coordinación para identificar, detener, torturar o deportar a todas las personas comprendidas dentro de estos grupos. Por último, y en tercera instancia, se coordinaron ataques contra personas específicas, que redundaron en atentados contra “objetivos” ubicados en otros países.

 

En esta tercera fase, la final, los asesinatos llegaron incluso a cometerse fuera de América del Sur.

 

 

 

 

El papel de EE.UU. y la Guerra Fría

 

Siendo una serie de procesos de “reorganizaciones nacionales”, resulta difícil pensar que fuera casual la existencia de todos estos regímenes. Las dictaduras latinoamericanas fueron consideradas un mal menor por las grandes potencias temerosas de un supuesto avance del comunismo. En el camino, los derechos humanos no eran más importantes que el triunfo del capitalismo. Muy por el contrario, los aliados –por menos humanos que fueran– eran aliados, independientemente de su condición de represores o dictadores, figura que posteriormente y no obstante sirvió de motivo para intervenciones extranjeras.

 

Resulta difícil también sostener que los Estados Unidos desconocieran por completo el plan que terminó con la vida de Orlando Letelier (ex ministro de Salvador Allende) en su territorio, o que no estuvieran al tanto de lo que un miembro de sus servicios de inteligencia les enviara como información sobre esas operaciones: “Los planes de estos países de llevar a cabo acciones ofensivas fuera de su propia jurisdicción suponen nuevos problemas para la CIA (…). Pero más importante, plantea la cuestión de qué podría hacer la Agencia para prevenir actividades ilegales de este tipo”, comentaba en un reporte Raymond Warren, por entonces jefe de la CIA en América Latina.

 

De hecho, incluso, hay quienes sostienen que la sofisticación de los equipos con los que las dictaduras se comunicaban era real y técnicamente imposibles sin la colaboración estadounidense.

 

 

El papel de los miembros

 

En esta alianza macabra, cada país tenía su papel: puede decirse que el artífice formal y diseñador del pacto fue Chile, donde se dio nacimiento al Plan en 1975; pero también puede decirse que el ideólogo fue el gobierno de Brasil, cuya influencia en este último país sirvió de inspiración y entrenamiento para lo que vendría después.

 

Paraguay, a su vez, oficiaba de banco de datos: fue en ese país en donde se encontró la información sobre los pormenores de esta organización.

 

Bolivia fue, como muchos otros, proveedor de información sobre argentinos y chilenos en su territorio.

 

Uruguay “colaboró” con el traslado de sus comandos hacia la Argentina, con lo cual su participación fue directa y enfocada en la segunda tarea del plan.

 

Argentina, por su parte, sirvió de centro de operaciones y base de comunicaciones, además de cumplir el triste rol de encabezar el récord de desaparecidos, muchos de ellos en el marco de este plan.

 

 

El caso argentino

 

Argentina es, hasta ahora, el único país en el que la existencia del Plan Cóndor llegó a demostrarse en el plano judicial. El juicio, que empezó en 1999 y terminó en 2016, dio luz al conocimiento de una época por demás oscura. Sin embargo, el número de víctimas totales aún no se conoce, y existen muchas zonas grises al tratarse de un plan que trascendió las fronteras nacionales.

 

 


Juan Gelman y su familia fueron víctimas del plan Cóndor.

 

 

El papel asignado a la Argentina era mayormente el de la tortura, en el centro clandestino de detención conocido como “Automotores Orletti”, y al que los militares llamaban “El jardín”. Allí sería torturado el poeta Juan Gelman, cuya nuera también sería víctima de estas operaciones y trasladada y muerta en Uruguay.

 

Los conocidos como “vuelos de la muerte” también formaron parte del plan. Un plan que debe llamarse así porque fue realmente premeditado y pensado, como el vuelo de un cóndor al acecho de su presa.

 

 

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