"Las cicatrices de este año influirán en mi forma de obrar"

Marcelo Dettoni

Es ingeniero agrónomo renta campos en El Amparo y Cuatro Esquinas, y asesora a otros productores. Con la experiencia que le dejó la campaña, dice que será "más defensivo".

En tiempos en los que el coronavirus parece devorarlo todo, el campo debe seguir produciendo. Tardó un día el gobierno nacional en blanquearlo, pero finalmente escuchó el pedido del sector y declaró el trabajo rural como una de las actividades “esenciales” para el país, liberando el movimiento de profesionales, maquinarias, contratistas y dueños de lotes donde el maíz, la soja y el girasol están creciendo para darle vida a una campaña gruesa que ya de por sí viene complicada por la seca, que en el semiárido se hace sentir aún con más fuerza.

Y no es para menos: el campo aporta las materias primas para la 'mesa de los argentinos' (memorable frase del exsecretario de Comercio, Guillermo Moreno, para cometer todo tipo de tropelías en materia de exportación) y también las divisas indispensables, fruto de las exportaciones, para que la economía al menos se mantenga con un respirador artificial, de esos que tanta falta parece que van a hacer si la pandemia evoluciona como esperan los expertos.

Pasión por producir

Justo antes de que se decretara la cuarentena obligatoria, este cronista tuvo la oportunidad de acompañar a un productor agrícola de San Luis a recorrer sus lotes, charlar sobre el estado de la soja y el maíz, escuchar sus problemas más urgentes, compartir sus necesidades, palpar su ansiedad, siempre mirando al cielo y esperando por unas lluvias que se hacen desear desde enero.

Pero a la vez con la fe intacta que identifica a la gente de campo, que no baja los brazos ante la adversidad, que le pone el pecho a todo, aunque la soja amarillee antes de tiempo y el maíz tenga dificultades para crecer en medio de la falta de agua.

Guillermo Ordóñez es uno de esos esforzados hombres de campo, quien además se la está jugando en las peores condiciones: campos alquilados, solo agricultura (si es con ganadería hay más chances de diversificar) y en el semiárido puntano.

Ingeniero agrónomo de profesión, además de asesorar a otros productores tiene su propia apuesta a la agricultura en el semiárido, donde no se permiten errores porque los márgenes son demasiado estrechos, las ventanas sin heladas casi que no se abren, los puertos quedan lejos, los fletes están carísimos y los veranos secos castigan con demasiada frecuencia. Aún con estas dificultades, son muchos los que ponen todo lo que tienen en busca de una buena cosecha, algo que la campaña 2019/20 se empeña en poner cuesta arriba como esas lomas en las que sin agricultura de precisión sería imposible sacar un buen rédito.

Guillermo nació en San Luis y su familia tuvo relación con el campo desde siempre. “Mi bisabuela, Petrona Alfonso, le dio el nombre al paraje donde tengo algunas hectáreas sembradas, que se llama La Petra por ella. Y tanto mi abuelo Guillermo Pablo como mi papá Guillermo, porque en cada generación debe haber alguien que se llame así, siguieron siempre apostando por el campo. Mi papá, que falleció en 2011, vendió el campo de La Petra en los '90, cuando la zona no tenía nada que ver con lo que es hoy. En esa época valía 200 dólares la hectárea, y en la actualidad se cotiza a cinco mil. Solo se quedó con un campo de cría en Chosmes”, cuenta Ordóñez mientras nos internamos entre maíces y sojas de distintos grados de desarrollo.

El Amparo

La primera parada es en El Amparo, un rincón serrano similar a La Petra, muy cotizado por su amplitud térmica y su generoso régimen de lluvias promedio. Y la palabra ‘promedio’ cobra más importancia que nunca este verano, porque los milímetros (o la falta de ellos) tirarán hacia abajo ese cálculo, que para ser más o menos certero debe abarcar al menos diez años según los que saben. El campo se llama ‘La Liliana’ y está a pocos kilómetros por un camino de tierra en buenas condiciones una vez que la camioneta deja la autopista Nº 20 que conduce a Saladillo y un poco más allá a La Toma.

En realidad, la tranquera dice ‘La Invernada’, pero es que se debe entrar por esa propiedad para llegar a la otra, en un intrincado mapa de caminos internos que solo conocen los que trabajan esa tierra generosa, que como dijo Guillermo se cotizó como nunca en los últimos años, cuando la frontera agrícola se amplió tanto que arrinconó a la ganadería en los confines del oeste y el sur de San Luis, para abrirse paso con rindes en soja y maíz en secano inimaginables para su padre o su abuelo.

Pero no son buenos momentos para el agro, porque las lluvias se quedan en amenaza y los calores de enero dejaron a los suelos sin reservas para las etapas críticas de crecimiento de los cultivos. Para colmo, ya en septiembre la campaña había dado indicios de que iba a ser complicada.

“Pulverizamos sin humedad, entonces los preemergentes no entraron al suelo. Por eso se ve tanto yuyo colorado y rama negra, que son las malezas más difundidas de San Luis”, explica el ingeniero agrónomo cuando la trompa de la camioneta empieza a abrirse paso por los bordes de los lotes.

En El Amparo tiene 180 hectáreas de soja y la misma cantidad de maíz, en lotes que va rotando en cada campaña para mantener los nutrientes y la calidad de los cultivos. Sembró tardío, del 2 al 6 de diciembre el cereal, del que espera un rinde, siendo optimista, de 70 quintales por hectárea. La soja, también tardía, la implantó del 23 al 28 de noviembre y la estimación es de 25 quintales, por debajo de los 35 del año pasado, cuando el agua acompañó mucho mejor. Apostó por las variedades 46R18 y 4612 de la semillera Don Mario en soja y por los híbridos de maíz DK7220 y DK7020 con tecnología VT3 Pro.

El problema fueron las lluvias. En una zona con promedio de 500 milímetros anuales no llegaron a caer 350, y muy juntos en enero, ya que la seca comenzó en febrero y ya no aflojó. Igual, espera cosechar la soja a partir de abril y el maíz en julio, a pesar de que hay hojas desgastadas por la defoliación debido a la acción de las isocas y fuerte presencia de ipomea, una maleza con flores azules muy bonitas, pero que no son bienvenidas en ese manto entre verde y amarillo, fruto de que las lomas no logran el mismo resultado que los bajos.

“Acá no se hizo agricultura de precisión”, acota el productor para explicar esas diferencias. La soja está en el estadío R5, en pleno llenado de granos, mientras que el maíz luce un R3 de grano lechoso, que todavía permite arrancar algunos para llevar a la olla, justo antes de que se pongan demasiado duros.

Cuatro esquinas

Dejamos atrás El Amparo, volvemos a la ruta 20, ponemos rumbo al este y la segunda parada es en Cuatro Esquinas, en un campo a mano derecha que se llama Don Arturo, donde Ordóñez tiene 92 hectáreas de maíz y 113 de soja. Aquí el maíz está más avanzado, casi en R5, grano pastoso duro. La densidad fue menor que en el campo anterior, donde de 58 mil semillas salieron 56 mil plantas. En este campo fueron 52 mil y 49 mil respectivamente, con un cereal sembrado el 28 de noviembre y un rinde estimado en 65 quintales, aunque no será un resultado parejo ya que en los lotes más cercanos a la autopista el granizo pegó muy duro. “No espero más de 20 quintales por hectárea, con suerte, el daño fue importante”, evalúa Ordóñez.

Aquí confió en la variedad P1815 de Pioneer, con protección 100% contra isoca y gusano cogollero. “Es una zona donde llueve todavía menos que en el anterior, y además el granizo se ensañó varias veces, por eso la soja no dará más de 18 quintales por hectárea. Fijate que hubo mucha emergencia de yuyo colorado, ya que si bien no hay humedad, la piedra permitió que se filtrara mucha luz y eso lo hizo crecer”, explica con precisión.

Salvar los gastos

El maíz parece más pálido que el anterior y asegura que es por la genética de la semillera. Hay espigas muy cortas, típicas de las plantas que sufren el Mal de Río Cuarto, que se ha expandido mucho en San Luis. Se ven algunos macollos y por el suelo el chamico tiñó de verde parte de la superficie. No es el mejor año para la agricultura, sin dudas, con precios cada vez más deprimidos y una seca persistente, pero Ordóñez no afloja en su voluntad de sacar la campaña adelante y, al menos, “salvar los gastos”. Parece poco luego de tanto sacrificio, pero hay años en los que toca perder.

Él vive de sus cosechas, pero tiene el reaseguro de asesorar a media docena de productores y, si es necesario, vende insumos. “La explosión agrícola se dio a partir de 2005, con la llegada de la tecnología y la siembra directa. Cambió el paradigma, aparecieron los híbridos para reemplazar a la semilla propia y se dejó de arar”, analiza con pasión por esa historia de evolución de la que se siente protagonista como tantos otros productores de San Luis.

Es de los que vivió el proceso de cómo la agricultura corrió a la ganadería desde Córdoba y se subió a ese barco del desarrollo. Hoy tiene 930 hectáreas totales, donde predomina el maíz (460), le sigue la soja (350) y el resto es para el girasol, que fue perdiendo terreno por los ataques de las catas, aunque se mantiene enhiesto en un campo de Donovan. Su zona de trabajo tiene buenas características generales: 1.000 metros sobre el nivel del mar, entre 700 y 800 milímetros de precipitaciones anuales y amplitud térmica, una característica (días soleados y noches frescas) que le cae mejor al maíz que a la soja.

“En El Amparo hay suelos franco arenosos, con 45% de limo, mientras que en Fraga son más sueltos, arenosos francos, con sólo 20% de limo, por lo que tienen una menor capacidad para retener el agua. Y encima las lluvias son más escasas, apenas llegan a los 500 milímetros anuales, por lo que es muy difícil hacer agricultura y ganar mucho dinero”, describe con una sonrisa.

 

Según el agrónomo, si se hace barbecho con un perfil de suelo con dos metros de humedad, "después no tenés que mirar el pronóstico". El semiárido no admite errores.

 

Sobre el clima que tanto lo martiriza, dice que “donde no hubo piedra, faltó agua. Esperemos que ahora no vengan heladas tempranas  estamos fritos”. La impresión general es que esta seca es similar a la de 2018, pero Guillermo cree que es peor. “Hace dos años sufrió más Córdoba y la pampa húmeda, acá fue un mal febrero, pero el promedio general de agua fue aceptable. En cambio, en 2020 fue más seco todo y en febrero hizo mucho calor”. Claro, como siempre pasa con los productores, aún mantiene cierto optimismo de que “si el agua llega pronto, lo podemos enderezar”.

Igual, asegura que no mira tanto el clima. “Sé cómo es esta zona, muy adversa, si te la pasás observando el cielo, te hace mal. Y además no podés hacer nada. El ABC de la agricultura en San Luis te dicta que hay que hacer barbecho con un perfil con dos metros de humedad, si lo lográs, no mirás el pronóstico. Ahí decidís cuándo empezás a tomar esa agua con la fecha de siembra, después hay que evitar la escorrentía, hacer curvas de nivel, sembrar cultivos de cobertura y usar preemergentes para las malezas”.

Lo que sí está seguro es que “de las cicatrices de este año voy a sacar conclusiones que van a influir en mi forma de obrar. Seguro que voy a ser más defensivo en las próximas campañas”.

Defensivo o al ataque, lo cierto es que volverá a sembrar, arriesgando capital y trabajo en pos de una pasión que no se compara con nada: la de producir en un campo que nunca afloja.

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"Las cicatrices de este año influirán en mi forma de obrar"

Es ingeniero agrónomo renta campos en El Amparo y Cuatro Esquinas, y asesora a otros productores. Con la experiencia que le dejó la campaña, dice que será "más defensivo".

Entre maizales. Ordóñez supervisa personalmente día a día cómo están los cultivos. Foto: Revista El Campo.

En tiempos en los que el coronavirus parece devorarlo todo, el campo debe seguir produciendo. Tardó un día el gobierno nacional en blanquearlo, pero finalmente escuchó el pedido del sector y declaró el trabajo rural como una de las actividades “esenciales” para el país, liberando el movimiento de profesionales, maquinarias, contratistas y dueños de lotes donde el maíz, la soja y el girasol están creciendo para darle vida a una campaña gruesa que ya de por sí viene complicada por la seca, que en el semiárido se hace sentir aún con más fuerza.

Y no es para menos: el campo aporta las materias primas para la 'mesa de los argentinos' (memorable frase del exsecretario de Comercio, Guillermo Moreno, para cometer todo tipo de tropelías en materia de exportación) y también las divisas indispensables, fruto de las exportaciones, para que la economía al menos se mantenga con un respirador artificial, de esos que tanta falta parece que van a hacer si la pandemia evoluciona como esperan los expertos.

Pasión por producir

Justo antes de que se decretara la cuarentena obligatoria, este cronista tuvo la oportunidad de acompañar a un productor agrícola de San Luis a recorrer sus lotes, charlar sobre el estado de la soja y el maíz, escuchar sus problemas más urgentes, compartir sus necesidades, palpar su ansiedad, siempre mirando al cielo y esperando por unas lluvias que se hacen desear desde enero.

Pero a la vez con la fe intacta que identifica a la gente de campo, que no baja los brazos ante la adversidad, que le pone el pecho a todo, aunque la soja amarillee antes de tiempo y el maíz tenga dificultades para crecer en medio de la falta de agua.

Guillermo Ordóñez es uno de esos esforzados hombres de campo, quien además se la está jugando en las peores condiciones: campos alquilados, solo agricultura (si es con ganadería hay más chances de diversificar) y en el semiárido puntano.

Ingeniero agrónomo de profesión, además de asesorar a otros productores tiene su propia apuesta a la agricultura en el semiárido, donde no se permiten errores porque los márgenes son demasiado estrechos, las ventanas sin heladas casi que no se abren, los puertos quedan lejos, los fletes están carísimos y los veranos secos castigan con demasiada frecuencia. Aún con estas dificultades, son muchos los que ponen todo lo que tienen en busca de una buena cosecha, algo que la campaña 2019/20 se empeña en poner cuesta arriba como esas lomas en las que sin agricultura de precisión sería imposible sacar un buen rédito.

Guillermo nació en San Luis y su familia tuvo relación con el campo desde siempre. “Mi bisabuela, Petrona Alfonso, le dio el nombre al paraje donde tengo algunas hectáreas sembradas, que se llama La Petra por ella. Y tanto mi abuelo Guillermo Pablo como mi papá Guillermo, porque en cada generación debe haber alguien que se llame así, siguieron siempre apostando por el campo. Mi papá, que falleció en 2011, vendió el campo de La Petra en los '90, cuando la zona no tenía nada que ver con lo que es hoy. En esa época valía 200 dólares la hectárea, y en la actualidad se cotiza a cinco mil. Solo se quedó con un campo de cría en Chosmes”, cuenta Ordóñez mientras nos internamos entre maíces y sojas de distintos grados de desarrollo.

El Amparo

La primera parada es en El Amparo, un rincón serrano similar a La Petra, muy cotizado por su amplitud térmica y su generoso régimen de lluvias promedio. Y la palabra ‘promedio’ cobra más importancia que nunca este verano, porque los milímetros (o la falta de ellos) tirarán hacia abajo ese cálculo, que para ser más o menos certero debe abarcar al menos diez años según los que saben. El campo se llama ‘La Liliana’ y está a pocos kilómetros por un camino de tierra en buenas condiciones una vez que la camioneta deja la autopista Nº 20 que conduce a Saladillo y un poco más allá a La Toma.

En realidad, la tranquera dice ‘La Invernada’, pero es que se debe entrar por esa propiedad para llegar a la otra, en un intrincado mapa de caminos internos que solo conocen los que trabajan esa tierra generosa, que como dijo Guillermo se cotizó como nunca en los últimos años, cuando la frontera agrícola se amplió tanto que arrinconó a la ganadería en los confines del oeste y el sur de San Luis, para abrirse paso con rindes en soja y maíz en secano inimaginables para su padre o su abuelo.

Pero no son buenos momentos para el agro, porque las lluvias se quedan en amenaza y los calores de enero dejaron a los suelos sin reservas para las etapas críticas de crecimiento de los cultivos. Para colmo, ya en septiembre la campaña había dado indicios de que iba a ser complicada.

“Pulverizamos sin humedad, entonces los preemergentes no entraron al suelo. Por eso se ve tanto yuyo colorado y rama negra, que son las malezas más difundidas de San Luis”, explica el ingeniero agrónomo cuando la trompa de la camioneta empieza a abrirse paso por los bordes de los lotes.

En El Amparo tiene 180 hectáreas de soja y la misma cantidad de maíz, en lotes que va rotando en cada campaña para mantener los nutrientes y la calidad de los cultivos. Sembró tardío, del 2 al 6 de diciembre el cereal, del que espera un rinde, siendo optimista, de 70 quintales por hectárea. La soja, también tardía, la implantó del 23 al 28 de noviembre y la estimación es de 25 quintales, por debajo de los 35 del año pasado, cuando el agua acompañó mucho mejor. Apostó por las variedades 46R18 y 4612 de la semillera Don Mario en soja y por los híbridos de maíz DK7220 y DK7020 con tecnología VT3 Pro.

El problema fueron las lluvias. En una zona con promedio de 500 milímetros anuales no llegaron a caer 350, y muy juntos en enero, ya que la seca comenzó en febrero y ya no aflojó. Igual, espera cosechar la soja a partir de abril y el maíz en julio, a pesar de que hay hojas desgastadas por la defoliación debido a la acción de las isocas y fuerte presencia de ipomea, una maleza con flores azules muy bonitas, pero que no son bienvenidas en ese manto entre verde y amarillo, fruto de que las lomas no logran el mismo resultado que los bajos.

“Acá no se hizo agricultura de precisión”, acota el productor para explicar esas diferencias. La soja está en el estadío R5, en pleno llenado de granos, mientras que el maíz luce un R3 de grano lechoso, que todavía permite arrancar algunos para llevar a la olla, justo antes de que se pongan demasiado duros.

Cuatro esquinas

Dejamos atrás El Amparo, volvemos a la ruta 20, ponemos rumbo al este y la segunda parada es en Cuatro Esquinas, en un campo a mano derecha que se llama Don Arturo, donde Ordóñez tiene 92 hectáreas de maíz y 113 de soja. Aquí el maíz está más avanzado, casi en R5, grano pastoso duro. La densidad fue menor que en el campo anterior, donde de 58 mil semillas salieron 56 mil plantas. En este campo fueron 52 mil y 49 mil respectivamente, con un cereal sembrado el 28 de noviembre y un rinde estimado en 65 quintales, aunque no será un resultado parejo ya que en los lotes más cercanos a la autopista el granizo pegó muy duro. “No espero más de 20 quintales por hectárea, con suerte, el daño fue importante”, evalúa Ordóñez.

Aquí confió en la variedad P1815 de Pioneer, con protección 100% contra isoca y gusano cogollero. “Es una zona donde llueve todavía menos que en el anterior, y además el granizo se ensañó varias veces, por eso la soja no dará más de 18 quintales por hectárea. Fijate que hubo mucha emergencia de yuyo colorado, ya que si bien no hay humedad, la piedra permitió que se filtrara mucha luz y eso lo hizo crecer”, explica con precisión.

Salvar los gastos

El maíz parece más pálido que el anterior y asegura que es por la genética de la semillera. Hay espigas muy cortas, típicas de las plantas que sufren el Mal de Río Cuarto, que se ha expandido mucho en San Luis. Se ven algunos macollos y por el suelo el chamico tiñó de verde parte de la superficie. No es el mejor año para la agricultura, sin dudas, con precios cada vez más deprimidos y una seca persistente, pero Ordóñez no afloja en su voluntad de sacar la campaña adelante y, al menos, “salvar los gastos”. Parece poco luego de tanto sacrificio, pero hay años en los que toca perder.

Él vive de sus cosechas, pero tiene el reaseguro de asesorar a media docena de productores y, si es necesario, vende insumos. “La explosión agrícola se dio a partir de 2005, con la llegada de la tecnología y la siembra directa. Cambió el paradigma, aparecieron los híbridos para reemplazar a la semilla propia y se dejó de arar”, analiza con pasión por esa historia de evolución de la que se siente protagonista como tantos otros productores de San Luis.

Es de los que vivió el proceso de cómo la agricultura corrió a la ganadería desde Córdoba y se subió a ese barco del desarrollo. Hoy tiene 930 hectáreas totales, donde predomina el maíz (460), le sigue la soja (350) y el resto es para el girasol, que fue perdiendo terreno por los ataques de las catas, aunque se mantiene enhiesto en un campo de Donovan. Su zona de trabajo tiene buenas características generales: 1.000 metros sobre el nivel del mar, entre 700 y 800 milímetros de precipitaciones anuales y amplitud térmica, una característica (días soleados y noches frescas) que le cae mejor al maíz que a la soja.

“En El Amparo hay suelos franco arenosos, con 45% de limo, mientras que en Fraga son más sueltos, arenosos francos, con sólo 20% de limo, por lo que tienen una menor capacidad para retener el agua. Y encima las lluvias son más escasas, apenas llegan a los 500 milímetros anuales, por lo que es muy difícil hacer agricultura y ganar mucho dinero”, describe con una sonrisa.

 

Según el agrónomo, si se hace barbecho con un perfil de suelo con dos metros de humedad, "después no tenés que mirar el pronóstico". El semiárido no admite errores.

 

Sobre el clima que tanto lo martiriza, dice que “donde no hubo piedra, faltó agua. Esperemos que ahora no vengan heladas tempranas  estamos fritos”. La impresión general es que esta seca es similar a la de 2018, pero Guillermo cree que es peor. “Hace dos años sufrió más Córdoba y la pampa húmeda, acá fue un mal febrero, pero el promedio general de agua fue aceptable. En cambio, en 2020 fue más seco todo y en febrero hizo mucho calor”. Claro, como siempre pasa con los productores, aún mantiene cierto optimismo de que “si el agua llega pronto, lo podemos enderezar”.

Igual, asegura que no mira tanto el clima. “Sé cómo es esta zona, muy adversa, si te la pasás observando el cielo, te hace mal. Y además no podés hacer nada. El ABC de la agricultura en San Luis te dicta que hay que hacer barbecho con un perfil con dos metros de humedad, si lo lográs, no mirás el pronóstico. Ahí decidís cuándo empezás a tomar esa agua con la fecha de siembra, después hay que evitar la escorrentía, hacer curvas de nivel, sembrar cultivos de cobertura y usar preemergentes para las malezas”.

Lo que sí está seguro es que “de las cicatrices de este año voy a sacar conclusiones que van a influir en mi forma de obrar. Seguro que voy a ser más defensivo en las próximas campañas”.

Defensivo o al ataque, lo cierto es que volverá a sembrar, arriesgando capital y trabajo en pos de una pasión que no se compara con nada: la de producir en un campo que nunca afloja.

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