De veterinaria a agronomía, tras no soportar una autopsia

Marcelo Dettoni

Guillermo Ordóñez quería seguir los pasos de su tío Ignacio, pero en el primer año de la carrera se dio cuenta de que lo que le gustaban eran los cultivos y no los animales.

Guillermo Ordóñez no es de esos ingenieros agrónomos que toda la vida soñó con serlo. Quería estar relacionado con el campo, pero su sueño era recibirse de veterinario. “Tengo un tío, Ignacio, que lo es, y al revés de mi papá él sí mantuvo su campo en La Petra. Creo que ahí comenzó mi historia con esa profesión”, recuerda, ya mates de por medio, luego de la recorrida.

“Siempre decía que iba a estudiar Ciencias Veterinarias, desde primer grado hasta la secundaria. Tanto es así que mis viejos me bancaron y me fui a Río Cuarto. Pero duré poco, hasta que empecé a cursar Anatomía práctica, no pude soportar abrir perros y gatos. Después tocaban las vacas, pero abandoné”, asegura convencido.

Volvió a la provincia e incluso rechazó una beca en España por ese amor que los puntanos tienen por su terruño. “Me anoté en un terciario para hacer Administración Agropecuaria y trabajar en el campo con mi papá, pero antes de empezar la cursada, sacaron la carrera. Parecía una jugarreta del destino. Hasta que mi mamá se cansó de tantas vueltas y me dijo que me vaya a estudiar Agronomía a Villa Mercedes”, siguió el relato Ordóñez, sobre una vida que ya empezaba a encontrar su verdadero camino.

“Le hice caso y me anoté en la Fices (hoy FICA), que pertenece a la Universidad Nacional de San Luis. Y me fui a vivir con un amigo que estudiaba ingeniería electromecánica. Enseguida me di cuenta de que me apasionaba la agronomía, todavía no sé cómo no lo sentí antes. Le metí tantas ganas que me entusiasmé con entrar al INTA, por eso me esmeré mucho en la tesis, que trató sobre la producción de semillas de un pasto nativo bajo riego y secano”, dice Guillermo, quien a los 39 años ya no se imagina haciendo otra cosa y tiene la banca incondicional de su esposa Belén (es psicóloga) y sus hijos pequeños. “Tengo mellizos de cinco años, Guillermo y Rocío; a Mateo de 3 y está en camino Amparo, que va a llegar en julio. Si es por actividad, en mi casa no falta, dormir tres horas seguidas a la noche es una hazaña…”, bromea.

Lo del INTA no se dio, pero salió una búsqueda en Ser Beef, que necesitaba un ingeniero agrónomo, y se postuló. Tuvo éxito y allí conoció a uno de sus mejores amigos actuales, Ramiro Goncálvez, con quien comparte profesión y algunas hectáreas agrícolas. “Ramiro ya estaba en la empresa, tenía experiencia y me enseñó muchas cosas. Yo  prefería los pastizales y el ganado antes que la agricultura extensiva, pero Ser Beef, con sus 16 mil hectáreas agrícolas, fue una gran escuela paga. Disfruté mucho los años allí”, reconoce.

Durante ese tiempo aprovechó para seguir incorporando conocimientos e hizo un postgrado en Venado Tuerto, hasta que en 2008 le picó el bichito que sobrevuela a tantos profesionales del campo: quería tener lo suyo propio, dejar de depender de un jefe y de los horarios de una empresa. “Allí me armé mi propio trabajo, comencé a tener algunos clientes para asesorar e invertí los ahorros en alquilar campos y hacer agricultura para mí. La relación con Ser Beef quedó perfecta, tanto que hoy le vendo maíz para el feedlot”.

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De veterinaria a agronomía, tras no soportar una autopsia

Guillermo Ordóñez quería seguir los pasos de su tío Ignacio, pero en el primer año de la carrera se dio cuenta de que lo que le gustaban eran los cultivos y no los animales.

Guillermo Ordóñez no es de esos ingenieros agrónomos que toda la vida soñó con serlo. Quería estar relacionado con el campo, pero su sueño era recibirse de veterinario. “Tengo un tío, Ignacio, que lo es, y al revés de mi papá él sí mantuvo su campo en La Petra. Creo que ahí comenzó mi historia con esa profesión”, recuerda, ya mates de por medio, luego de la recorrida.

“Siempre decía que iba a estudiar Ciencias Veterinarias, desde primer grado hasta la secundaria. Tanto es así que mis viejos me bancaron y me fui a Río Cuarto. Pero duré poco, hasta que empecé a cursar Anatomía práctica, no pude soportar abrir perros y gatos. Después tocaban las vacas, pero abandoné”, asegura convencido.

Volvió a la provincia e incluso rechazó una beca en España por ese amor que los puntanos tienen por su terruño. “Me anoté en un terciario para hacer Administración Agropecuaria y trabajar en el campo con mi papá, pero antes de empezar la cursada, sacaron la carrera. Parecía una jugarreta del destino. Hasta que mi mamá se cansó de tantas vueltas y me dijo que me vaya a estudiar Agronomía a Villa Mercedes”, siguió el relato Ordóñez, sobre una vida que ya empezaba a encontrar su verdadero camino.

“Le hice caso y me anoté en la Fices (hoy FICA), que pertenece a la Universidad Nacional de San Luis. Y me fui a vivir con un amigo que estudiaba ingeniería electromecánica. Enseguida me di cuenta de que me apasionaba la agronomía, todavía no sé cómo no lo sentí antes. Le metí tantas ganas que me entusiasmé con entrar al INTA, por eso me esmeré mucho en la tesis, que trató sobre la producción de semillas de un pasto nativo bajo riego y secano”, dice Guillermo, quien a los 39 años ya no se imagina haciendo otra cosa y tiene la banca incondicional de su esposa Belén (es psicóloga) y sus hijos pequeños. “Tengo mellizos de cinco años, Guillermo y Rocío; a Mateo de 3 y está en camino Amparo, que va a llegar en julio. Si es por actividad, en mi casa no falta, dormir tres horas seguidas a la noche es una hazaña…”, bromea.

Lo del INTA no se dio, pero salió una búsqueda en Ser Beef, que necesitaba un ingeniero agrónomo, y se postuló. Tuvo éxito y allí conoció a uno de sus mejores amigos actuales, Ramiro Goncálvez, con quien comparte profesión y algunas hectáreas agrícolas. “Ramiro ya estaba en la empresa, tenía experiencia y me enseñó muchas cosas. Yo  prefería los pastizales y el ganado antes que la agricultura extensiva, pero Ser Beef, con sus 16 mil hectáreas agrícolas, fue una gran escuela paga. Disfruté mucho los años allí”, reconoce.

Durante ese tiempo aprovechó para seguir incorporando conocimientos e hizo un postgrado en Venado Tuerto, hasta que en 2008 le picó el bichito que sobrevuela a tantos profesionales del campo: quería tener lo suyo propio, dejar de depender de un jefe y de los horarios de una empresa. “Allí me armé mi propio trabajo, comencé a tener algunos clientes para asesorar e invertí los ahorros en alquilar campos y hacer agricultura para mí. La relación con Ser Beef quedó perfecta, tanto que hoy le vendo maíz para el feedlot”.

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