Paradojas de un mundo que nunca será el mismo

Marcelo Dettoni

El ser humano, por naturaleza, siempre desea lo que no tiene. Así logró avances espectaculares, que lo depositaron hace medio siglo en la Luna en el sentido positivo; pero también lo empujaron a guerrear para conquistar territorios, si lo analizamos en un contexto negativo.

En una escala mucho menor, lo mismo pasa con esta cuarentena que nos toca vivir por la pandemia mundial que desató el coronavirus. Los que deben forzosamente quedarse en la casa desean con todas sus ganas salir. Lo testifican los decenas de miles de interceptados por las fuerzas policiales, que perdieron sus autos y sufrirán un golpe al bolsillo por no poder justificar ese arrebato ante la pérdida momentánea de la libertad. Ellos desean lo que no tienen: añoran la calle, el trabajo, hasta a sus despóticos jefes. Dan lo que no tienen por romper con el aislamiento social preventivo.

Y del otro lado, los que tenemos la “dicha” de estar autorizados a salir, porque formamos parte de ese batallón para nada voluntario que realiza tareas “esenciales”, queremos quedarnos en casa, acurrucados al calor del hogar y los seres queridos, lejos de la posibilidad de contagiarnos a la que nos expone la circulación, esa que tanto quieren los “otros”, los que se tienen que quedar adentro. Una paradoja difícil de explicar y comprender.

Quizá no lo entiendan los recluidos por la fuerza, y también puede pasar que algunos colegas exceptuados de todas las ramas que andan pavoneándose por su repentino estatus “superior” al común de los mortales tampoco, pero yo quisiera no salir ni a comprar pan. Le temo al contagio, por mí y por los que viven bajo mi mismo techo, sobre todo por mis padres, que ya cruzaron el umbral de las ocho décadas y son a la vez dos fieras enjauladas con ganas de pasarme por arriba y salir a cazar virus de todas las calañas. Otra paradoja: hijos que nos convertimos en padres de nuestros padres.

 

Extraños en las calles

Andar por las calles desiertas es una experiencia alucinante y poco recomendable. Miradas torvas de los pocos que uno cruza, sospechas permanentes (“¿Y este por qué sale?”), silencio que rompe los nervios, policías con gestos inquisidores, negocios tapiados, colas silenciosas con gente a más de dos metros, más silencio… Si salgo a comprar, lo hago rápido, a distancia, sospechando de cada picaporte, de cada bolsita, ansioso por volver y lavarme las manos, con un sentimiento de culpa que me cuesta explicar.

Les juro a los que me envidian por tener un cartelito en el auto y una credencial que hoy vale más que un salvoconducto para atravesar el Muro de Berlín en los ’60 que están equivocados, que no hay ningún placer en esta cruzada obligatoria, que con gusto les cambiaría el lugar. No hay nada del sentimiento patriótico que quiere inculcar Sergio Berni, el médico y militar que dirige la seguridad en la insegura Buenos Aires, un hombre que hoy es mirado como uno de los pilares de la Nación por un pueblo siempre en busca de líderes mesiánicos.

La sensación de panóptico no me abandona ni un momento, siento que me voy a cruzar con el Eternauta en cualquier momento, que Welles me va a contratar para su próxima novela, que tantas y tantas películas de ciencia ficción al final tenían razón. Que no somos más que mecanismos de relojería manejados por una mano invisible, eficaz, inanimada, que todo lo puede, aunque dudemos de algunas de sus decisiones. Hay que acatar y punto.

Es que las conductas están definitivamente alteradas. La cuarentena sin dudas que requiere de una fuerte dosis de disciplina, y siempre estará latente un castigo por el incumplimiento. Michel Foucault, en su obra "Vigilar y castigar", asegura que lo característico de la penalidad es el “suplicio”. Sí, queridos compatriotas imposibilitados de ejercer el derecho constitucional de circular, les aseguro que andar por la calle en estos días es un verdadero suplicio.

Por una vez no deseen lo que no pueden conseguir, aprieten los dientes, busquen rutinas placenteras, olviden la economía, el riesgo país y hasta el trabajo que no pueden ejercer. Sé que es duro, doloroso, angustiante, sobre todo porque no hay plazos, no hay horizonte al cual asirse, no hay futuro a la vista, ni solución que contemple a todos.

Pero afuera la cosa no está mejor. No es lindo andar rociándose de alcohol al 70 por ciento todo el tiempo, ni frotarse con el maldito gel hasta sacarse piel en rollitos porque andamos tocando mostradores, teclados y cajeros automáticos, que encima entregan billetes, gran fuente de contaminación, cuando les da la gana.

A una sociedad anómica como la argentina le cuesta seguir reglas, cumplir las leyes, obedecer a las autoridades. “La ley es para nuestros ciudadanos un simple obstáculo a vencer”, decía la jurista Carmen Argibay con toda la razón del mundo. Quizá sea el momento de cambiar esa tendencia disruptiva y perjudicial. Y brindo para que la paradoja entre los que quieren salir y los que pugnan por quedarse no abra una nueva grieta. Con la histórica ya tenemos bastante.

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Paradojas de un mundo que nunca será el mismo

El ser humano, por naturaleza, siempre desea lo que no tiene. Así logró avances espectaculares, que lo depositaron hace medio siglo en la Luna en el sentido positivo; pero también lo empujaron a guerrear para conquistar territorios, si lo analizamos en un contexto negativo.

En una escala mucho menor, lo mismo pasa con esta cuarentena que nos toca vivir por la pandemia mundial que desató el coronavirus. Los que deben forzosamente quedarse en la casa desean con todas sus ganas salir. Lo testifican los decenas de miles de interceptados por las fuerzas policiales, que perdieron sus autos y sufrirán un golpe al bolsillo por no poder justificar ese arrebato ante la pérdida momentánea de la libertad. Ellos desean lo que no tienen: añoran la calle, el trabajo, hasta a sus despóticos jefes. Dan lo que no tienen por romper con el aislamiento social preventivo.

Y del otro lado, los que tenemos la “dicha” de estar autorizados a salir, porque formamos parte de ese batallón para nada voluntario que realiza tareas “esenciales”, queremos quedarnos en casa, acurrucados al calor del hogar y los seres queridos, lejos de la posibilidad de contagiarnos a la que nos expone la circulación, esa que tanto quieren los “otros”, los que se tienen que quedar adentro. Una paradoja difícil de explicar y comprender.

Quizá no lo entiendan los recluidos por la fuerza, y también puede pasar que algunos colegas exceptuados de todas las ramas que andan pavoneándose por su repentino estatus “superior” al común de los mortales tampoco, pero yo quisiera no salir ni a comprar pan. Le temo al contagio, por mí y por los que viven bajo mi mismo techo, sobre todo por mis padres, que ya cruzaron el umbral de las ocho décadas y son a la vez dos fieras enjauladas con ganas de pasarme por arriba y salir a cazar virus de todas las calañas. Otra paradoja: hijos que nos convertimos en padres de nuestros padres.

 

Extraños en las calles

Andar por las calles desiertas es una experiencia alucinante y poco recomendable. Miradas torvas de los pocos que uno cruza, sospechas permanentes (“¿Y este por qué sale?”), silencio que rompe los nervios, policías con gestos inquisidores, negocios tapiados, colas silenciosas con gente a más de dos metros, más silencio… Si salgo a comprar, lo hago rápido, a distancia, sospechando de cada picaporte, de cada bolsita, ansioso por volver y lavarme las manos, con un sentimiento de culpa que me cuesta explicar.

Les juro a los que me envidian por tener un cartelito en el auto y una credencial que hoy vale más que un salvoconducto para atravesar el Muro de Berlín en los ’60 que están equivocados, que no hay ningún placer en esta cruzada obligatoria, que con gusto les cambiaría el lugar. No hay nada del sentimiento patriótico que quiere inculcar Sergio Berni, el médico y militar que dirige la seguridad en la insegura Buenos Aires, un hombre que hoy es mirado como uno de los pilares de la Nación por un pueblo siempre en busca de líderes mesiánicos.

La sensación de panóptico no me abandona ni un momento, siento que me voy a cruzar con el Eternauta en cualquier momento, que Welles me va a contratar para su próxima novela, que tantas y tantas películas de ciencia ficción al final tenían razón. Que no somos más que mecanismos de relojería manejados por una mano invisible, eficaz, inanimada, que todo lo puede, aunque dudemos de algunas de sus decisiones. Hay que acatar y punto.

Es que las conductas están definitivamente alteradas. La cuarentena sin dudas que requiere de una fuerte dosis de disciplina, y siempre estará latente un castigo por el incumplimiento. Michel Foucault, en su obra "Vigilar y castigar", asegura que lo característico de la penalidad es el “suplicio”. Sí, queridos compatriotas imposibilitados de ejercer el derecho constitucional de circular, les aseguro que andar por la calle en estos días es un verdadero suplicio.

Por una vez no deseen lo que no pueden conseguir, aprieten los dientes, busquen rutinas placenteras, olviden la economía, el riesgo país y hasta el trabajo que no pueden ejercer. Sé que es duro, doloroso, angustiante, sobre todo porque no hay plazos, no hay horizonte al cual asirse, no hay futuro a la vista, ni solución que contemple a todos.

Pero afuera la cosa no está mejor. No es lindo andar rociándose de alcohol al 70 por ciento todo el tiempo, ni frotarse con el maldito gel hasta sacarse piel en rollitos porque andamos tocando mostradores, teclados y cajeros automáticos, que encima entregan billetes, gran fuente de contaminación, cuando les da la gana.

A una sociedad anómica como la argentina le cuesta seguir reglas, cumplir las leyes, obedecer a las autoridades. “La ley es para nuestros ciudadanos un simple obstáculo a vencer”, decía la jurista Carmen Argibay con toda la razón del mundo. Quizá sea el momento de cambiar esa tendencia disruptiva y perjudicial. Y brindo para que la paradoja entre los que quieren salir y los que pugnan por quedarse no abra una nueva grieta. Con la histórica ya tenemos bastante.

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