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"Toda distopía habla sobre el presente"

La escritora y docente acaba de editar "Los dos ombúes".

Por redacción
| 29 de junio de 2020

―¿En qué medida tu nueva novela "Los dos ombúes" alude a los episodios reales donde el Estado ejerce su terrorismo sobre los jóvenes?

 

―En algún sentido representa las matanzas de jóvenes por parte de Estados autoritarios (o mafias a las que el Estado les permite actuar así). No es solo proyección. Yo empecé a escribir pensando en los estudiantes desaparecidos en Ayotzinapa, pero también están los chicos de la Noche de los Lápices y los desaparecidos de mi colegio, el Ensam de Banfield, quienes eran los que querían formar el centro de estudiantes. Yo creo que, como decía Saramago, todo lo que una vivió está en una cuando escribe. La historia se va formando sobre ese caldo de recuerdos.

 

 

―¿Trabajaste esta distopía teniendo en mente los imaginarios argentinos de los siglos XIX y XXI?

 

―No lo pensé así, aunque entiendo que se lea de esa forma. La lectura siempre tiene la libertad de ir hacia donde le parezca y siempre que se base en lo que está escrito, enriquece el texto. Pero para mí, fue así: mi idea de la "crisis" es un momento en que hay que abandonar las formas de energía de los siglos XX y XXI. Yo creo que eso va a pasar y creo que si no lo hacemos, va a haber una terrible crisis ecológica.

 

 

―¿Cómo trabajaste ese narrador que no se queda con un protagonista?

 

―Ese narrador o narradora es algo así como un puente entre los personajes y es una marca de mi manera de escribir. Lo uso mucho. No me gustan las novelas con individuos en el centro, porque narrar la historia o estar en el centro de la historia es tener el poder, siempre, y las historias que me interesan deshacen el poder individual. El narrador puente es una de las maneras de hacer esto. A veces, también uso primeras personas, varias. La narradora cada vez me convence más, tanto ideológicamente como desde el punto de vista del arte.

 

 

―¿En toda la novela existe una zona difusa del pasaje del sueño a la vigilia?

 

―Desde hace muchos años, como académica, estudio la literatura de los amerindios estadounidenses. Hay mucho que me influenció de esos autores. Una de sus características es que provienen de culturas que son holísticas. En ellas no hay oposiciones binarias entre lo femenino y lo masculino, lo humano y lo animal, la noche y el día, lo onírico y la vigilia. Ese tipo de visión del mundo pasó a mis libros. En este caso, la no frontera entre vigilia y sueño se volvió importante también a nivel de la estructura.

 

 

―Lo prohibido es una marca fuerte en "Los dos ombúes", ¿cómo es tu postura crítica en la sociedad actual?

 

―Yo provengo de una familia muy política, de padres que militaron en la izquierda en su juventud, antes de ser mis padres, y quienes me enseñaron a ponerme en los zapatos de los más vulnerables, a pensar en la igualdad como deseable y a entender hasta qué punto nosotros éramos privilegiados por la forma en que vivíamos. Esa educación y mis lecturas posteriores me llevaron a interesarme por literaturas no canónicas, literaturas del margen.

 

 

―¿Qué sacaste de eso?

 

―Descubrí que la literatura puede concebirse no como arte puro sino como arte que, sin dejar de ser arte, es herramienta en la lucha por una sociedad más igualitaria, más justa y más responsable. Los escritores que me entusiasman y que siempre trabajo en mis cursos conciben la literatura como una forma más de hacer política en el sentido más amplio del término. Tal vez es por eso que, aunque veo la brutalidad y el horror del presente —toda distopía habla sobre el presente—, mis historias suelen dejar alguna puerta abierta al final, alguna esperanza.

 

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