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El castigo a la democracia en Brasil

Por redacción
| 03 de diciembre de 2021

Brasil es un caso modélico de la inestabilidad de la democracia en América Latina, al rehabilitar a los militares y a la corrupción en la política, a través de un excapitán del Ejército como presidente.

 

Jair Bolsonaro dejó el Ejército en 1988 para convertirse en legislador municipal primero y luego nacional. Conquistó la presidencia en octubre de 2018 con un discurso agresivo, de apología a la dictadura militar de 1964 a 1985. Su vicepresidente, un exgeneral retirado, Hamilton Mourão, manifestó opiniones nada democráticas antes de los comicios.

 

Sin embargo, una encuesta del Instituto Datafolha reveló aquel mismo octubre que el 69% de sus 10.093 entrevistados en todo el país apuntaron la democracia como “la mejor forma de gobierno”. Solo 12% aprobó la dictadura “en ciertas circunstancias” y 13% respondió que da igual.

 

La fórmula castrense obtuvo 57,8 millones de votos o 55,13% del total válido, 33 años después de la eufórica redemocratización de Brasil, con los militares execrados por la opinión pública por sus gobiernos dictatoriales y el desastre económico al final.

 

Fue evidente que muchos adeptos de la democracia votaron a un candidato con un discurso enfático en el apoyo a la dictadura. La contradicción queda explícita en la misma encuesta de Datafolha: entre los seguidores de Bolsonaro identificó 64% que reconocen la democracia como el mejor régimen.

 

En septiembre de 2021 el apoyo a la democracia se mantenía en el mismo nivel, 70%, según Datafolha. La aprobación de la dictadura cayó al 9% y la indiferencia subió al 17%, mientras 51% de los encuestados creían ver que en el país había riesgo de un golpe de Estado por parte de Bolsonaro.

 

En América Latina, la Corporación Latinobarómetro, con sede en Santiago, Chile, registró una caída del 63% al 49% en el apoyo a la democracia entre 2010 y 2020, según encuestas hechas en 18 países de la región. La última, a fines de 2020, identificó que 13% respaldaba el autoritarismo y 27% era indiferente.

 

En Brasil hubo un registro del 54% de apoyo a la democracia en 2010 y solo 40% en 2020. Quizá por la diferencia de preguntas, “mejor forma de gobierno” y “apoyo”, la gran diferencia entre Datafolha y Latinobarómetro.

 

El campeón de la democracia es Uruguay, con 75% y 74%, respectivamente, con una fuerte caída del apoyo en 2018, al 61%. Curioso es el caso de Venezuela, con 84% de apoyo a la democracia en 2010 y 69% en 2020.

 

Y más terrible el hecho de Honduras de contar solo 30% de apoyo en 2020, frente al 53% en 2010. Un dato que probablemente alteró el triunfo de Xiomara Castro, del izquierdista Partido Libertad y Refundación, elegida presidenta el 28 de noviembre. Ella es la mujer de Manuel Zelaya, depuesto por un golpe militar en 2009.

 

Los datos indican que democracia es un concepto escurridizo que no siempre o poco influye en los votos. Candidatos y gobernantes radicales, especialmente los de extrema derecha que suelen contar con apoyo militar, están en ascenso nuevamente en la región.

 

Es el caso de José Antonio Kast, de la ultraderechista Unión Demócrata Independiente, que disputa la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Chile, el 19 de diciembre.

 

Pero solo Brasil es identificado como el que sufre un grave retroceso en la calidad del régimen democrático, en los últimos años, según el informe del Instituto Internacional para la Democracia y la Asistencia Electoral (Idea).

 

En Brasil hubo retroceso en más factores, ocho en 16 rubros evaluados por el instituto, como independencia de la Justicia y de los órganos de control, libertad de prensa y de expresión.

 

Durante la gestión de Bolsonaro hubo un deterioro notorio en la calidad democrática de Brasil y de Latinoamérica en general.

 

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