SAN LUIS - Viernes 18 de Junio de 2021

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Una decisión que cambia el panorama

Por redacción
| 11 de mayo de 2021

La decisión de la administración de Joe Biden de dar apoyo a la suspensión temporal de las patentes de las vacunas de COVID-19 sorprendió a la mayoría.

 

El elemento sorpresa es el primer acierto de la diplomacia estadounidense respecto a este tema que, analizado en perspectiva, va incluso más allá del debate, de por sí ya clave, sobre el contexto regulador internacional de las patentes.

 

En la prensa de los últimos días, el debate sobre las patentes tomó un gran vuelo en Estados Unidos. Eso ocurrió debido al miedo a que el esfuerzo que este país ha hecho en vacunación no acabe blindando su inmunización de rebaño por el efecto de los negacionistas (en torno a 30% de su población se resiste en mayor o menor grado a ser vacunada), o también por las bajas cuotas de vacunación de países vecinos y a escala global, que se acaben generando olas de nuevas variantes resistentes a las vacunas ya administradas.

 

La decisión de Biden cambió la posición que hasta ahora mantenía Estados Unidos en el debate sobre la liberalización de las patentes vinculadas al coronavirus. Y de esta manera se posicionó para condicionar las líneas de las negociaciones futuras. ¿O alguien tiene dudas de que una negociación encabezada por Estados Unidos será sensiblemente diferente de una dirigida por el tándem India-Sudáfrica?

 

Es más, parte de la inteligencia de lo resuelto por Biden —en clave también de defensa de los intereses propios— es reconocer la fuerza de los que proponen la liberación temporal se las patentes de la COVID-19 en el contexto actual, más de 100 países en estos momentos en la Organización Mundial del Comercio (OMC), y muchos más a partir de ahora.

 

La capacidad actual de producción de vacunas, con las patentes vigentes (aunque gran parte de su desarrollo se haya pagado con fondos públicos), es de unos 3.000 o 4.000 millones de dosis anuales, cuando el mundo necesita más de 12.000 millones anuales.

 

Este statu quo comportaría retrasar la inmunidad de grupo a escala global un mínimo tres o cuatro años, con los peligros epidemiológicos y los daños humanitarios y económicos que eso comportaría.

 

Ante un hecho que parecía inevitable, Biden tuvo la audacia de modificar la postura estadounidense, asegurándose, eso sí, una posición privilegiada en la nueva distribución del tablero que él mismo provocó.

 

Y no solo eso, con este movimiento la administración demócrata repone a la Organización Mundial de Comercio en el centro del debate, rescatándola tanto de los intentos de la administración de Donald Trump de eliminarla, como de la oferta pública de adquisición que China estaba haciendo sobre la Organización aprovechando el vacío americano.

 

Lo mismo pasa con la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el sistema multilateral en general. Con esta decisión Estados Unidos retoma, en un solo movimiento, gran parte del espacio perdido —o cedido voluntariamente— por Trump, precisamente en un tema —el relativo al coronavirus— en el que China debe moverse —y se expresa— en voz baja.

 

La de Biden fue una jugada de manual de su administración. Con un comunicado y una rueda de prensa recuperaron gran parte del espacio perdido por el aislacionismo poco razonable de Trump, y sin la necesidad —ni los costos— de desplegar ninguna flota, ni de enviar marines a ningún sitio.

 

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