Sumersión al suspenso, el ocultismo y el cine ligado a la literatura
Por fin, Mariana Enríquez hace pie en el cine luego de que otras autoras de su generación lo intentaran sin conseguir la fidelidad que sus relatos merecían. Descripción de una generación y un país sin fondo.
Lo que le faltaba a la notable camada de escritoras argentinas actuales que hace ya unos años busca su pie en el cine era una película como “La virgen de la tosquera”, el primer estreno nacional del año que tiene una serie de características que la elevan por sobre los intentos anteriores de hacer honor a las historias escritas por mujeres.
La producción dirigida por Laura Casabé supo captar, como en ninguno de los intentos anteriores, la esencia, la inquietud y la visión de una persona puesta a escribir con la visual femenina en la Argentina de principios de siglo. “La virgen…” resultó de la conjunción de dos cuentos de estéticas similares firmados por Mariana Enríquez, el homónimo y otro llamado “El carrito”. Ambos fueron editados -contiguos- en “Los peligros de fumar en la cama”, el best seller de 2009.
Casabé aporta recursos narrativos y cinematográficos a la historia de una chica que acaba de terminar el secundario y que permanece enamorada de un chico que prefiere tener una novia más grande, viajada, que lo incita a ir a recitales de “Horcas” y a viajes de todo tipo. El más común, a una tosquera de las afueras de la ciudad donde pasan tardes enteras.
Con el estreno de “La virgen…”, Enríquez -una de las escritoras más lúcidas y coherentes de su generación- llega al cine en un primer paso que podría y debería traer más propuestas. La literatura de la cronista está repleta de historias, juegos, contrapuntos y situaciones que no solo son muy cinematográficas sino que son necesarias de contarse en la entrega audiovisual.
Solo le queda encontrar una cómplice que, como Casabé, interprete la lectura y le ponga el contexto adecuado. En “La virgen…”, autora y directora describen la calentura adolescente, los deseos insatisfechos y el desmembramiento gradual pero veloz de una generación y de un país.
Porque la protagonista no solo está triste por el abandono de sus padres, las condiciones de su abuela, la presencia incómoda del novio de su abuela, la competencia de sus amigas, la huida de un vecino y la indiferencia del chico que le gusta. Natalia, así se llama, está triste por la soledad a la que la empuja un ambiente opresivo, como el calor de enero en el conurbano bonaerense, que puede ser peor que el puntano por unas condiciones socio económicas puntuales.
Si bien la mayoría de la trama está basada en el cuento que lleva el nombre de la película, la inclusión acertada de “El carrito” complementa la base de suspenso que es característica en la narrativa de Enríquez. Sin el aporte de ese relato al argumento, la producción hubiera quedado huérfana de la pincelada oscura que suele dar el terror en la escritura de Mariana.
A eso se suma el clima de época, ausente en los cuentos de Mariana aunque perfectamente reconocibles en la adaptación. La historia en la película sucede en la Argentina del 2001, con cortes de luz y de agua permanentes, adultos que se están quedando sin trabajo y tienen que exiliarse en otro país, viejos que no pueden pagar sus tratamientos y linyeras que cartonean para llevar algo para las villas.
Una de las escenas más reconocibles que tiene la película al respecto sucede en el comedor de la humilde casa que Natalia comparte con su abuela, mientras miran el programa de Susana Giménez. Más allá de la esperanza vana en que alguna vez la diva la llame por teléfono y le cambie la vida; la abuela observa que un invitado al programa no tiene la calidad que tuvieron otros. “Todo se va al diablo en este país”, dice la mujer que prefiere no mirar el otro desbarrancamiento, más real, que hay a su alrededor.
La llegada de “La virgen…” se produjo en los cines apenas unos meses después que “Mátate amor”, la película basada en la novela de Ariana Harwicz que Martin Scorsese compró para producir y se la entregó a la módica directora Lynne Ramsay. Más allá de las presencias de Jennifer Lawrence, Robert Pattinson y Nick Nolte, la película -que se puede ver en Mubi- no alcanza a describir con pureza las intenciones iniciales de la autora.
Hasta se podría arriesgar que la cuestión central en la novela de la autora argentina (el desgarro de una madre que no puede contener la depresión tras tener a su primer hijo) se difumina en una historia de amor con sus idas y venidas y la salud mental de la protagonista. Pero nada es más peligroso como la sensación de que la adaptación cinematográfica invirtió el sentimiento maternal; o por lo menos no lo contó con la desazón original.
Algo parecido sucedió hace cuatro años con “Distancia de rescate”, la abrumadora primera novela de Samanta Schweblin que, Netflix mediante y con la dirección de Claudia Llosa -la peruana sobrina de Mario Vargas Llosa que había sorprendido al mundo con su inolvidable “La teta asustada”-, quedó diluida a un thriller sin mucho sentido, pese al presupuesto.
“Ese viento que arrasa”, de la entrerriana Selva Almada, llevada al cine por la experimentada Paula Hernández; y “Tesis sobre una domesticación”, de Camila Sosa Villada, con una producción mexicana, son ejemplos de intentos que quedaron a mitad de camino entre el respeto férreo a la historia original y la excesiva mirada del director. En un caso por demasiada cercanía, en el otro por una lejanía insalvable.
Si hay en Argentina una escritora que supo llevar con consecuencia el traslado de sus obras al cine es Claudia Piñeiro, creadora de una gran cantidad de historias que fueron del policial como “Las grietas de Jara”, “Las viudas de los jueves” y “Betibú”, al drama de “Elena sabe” y “Tuya”. Es cierto que “El tiempo de las moscas”, la nueva miniserie de Netflix, no es el mejor ejemplo, pero la experiencia, la sapiencia y la autoridad de Claudia (y de Enríquez) debería guiar a las escritoras nacionales para que sus letras no pierdan fuerza ni identidad una vez que el cine decide poner sus ojos y su dinero sobre ellas.
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