Quedó como un recuerdo, pero quizás también fue una señal del destino. El pasado 23 de enero, mientras disfrutaban de la Villa de Merlo, Marcela Elizabeth Castro le pidió a su novio, Christian Centurión, que le sacara una foto en un mural, en la calle. Así fue como, para la posteridad, la joven quedó retratada como un ángel, justo al medio de dos grandes y coloridas alas que se despliegan. Veintiún días después, el 13 de febrero, ella moriría, después de resistir durante casi dos semanas a las graves lesiones que sufrió cuando su moto fue chocada por una camioneta, en San Luis.
Ayer, Christian llevaba consigo esa foto, y la tuvo en sus manos durante la mayor parte del tiempo, durante la charla exclusiva que él y el papá de la chica, Marcelo Fabián Castro, mantuvieron con El Diario. Ahora, cuando su ausencia es irreversible, sólo les queda un pedido. “Quiero que se haga justicia”, expresó Marcelo, con firmeza.
Él, su yerno y demás familiares quieren que se investigue cómo y por qué se produjo el choque, y que se diluciden responsabilidades. La información que tienen es que el joven que conducía la Toyota Hilux que embistió a la motocicleta pasó un semáforo en rojo en el cruce de la avenida Eva Perón y San Juan.
“Lo que estamos viviendo es muy duro –contó Marcelo, de 46 años, repartidor de agua y soda–. Ella era la mayor de mis cuatro hijos. Muy buena persona, muy querida. Estábamos siempre en contacto, prácticamente nos veíamos todos los días. Pasaba por su casa –NdP: Marcela vivía con Christian en el barrio Faecap–, o ella venía a la mía, que queda a seis cuadras. Si no, yo pasaba por ‘Lorena Bagur’, el local de zapatos donde ella trabajaba, en Colón y 9 de Julio, y la saludaba”.
El choque fue el lunes 1º de febrero cerca de las 21. Había salido del negocio e iba a su casa cuando fue embestida por el rodado que conducía Santiago Cabanay Saso, de 20 años. Él iba con su novia de 19 años, María Luz Tracey, según precisó una fuente policial. Por la información que tiene Christian, la pick up es de la empresa Rovella Carranza.
Marcelo aseveró que el orden y la rigurosidad que su hija tenía como conducta general, en la vida, también los aplicaba como conductora. “Se había comprado la moto –una Motomel azul 110– hace casi tres años. La pagó con su trabajo. Hacía siempre el mismo recorrido. Tenía las luces en regla, carné de conducir, seguro pago”, enumeró Christian. “Era muy respetuosa de las señales de tránsito. Usaba siempre casco, acataba lo que indicaban los semáforos”, acotó Marcelo.
La Motomel fue impactada en el carril norte de la autovía, cuando avanzaba por San Juan, hacia el norte. Al parecer, luego del golpe, fue arrastrada unos metros por la Hilux, que iba por la avenida hacia el oeste.
Cuando le avisaron del hecho, el hombre estaba en el barrio El Lince. “Me dijeron que mi hija había quedado tirada en el piso, gritando. Y que la camioneta había pasado en rojo. Cuando la llevaron en ambulancia al Hospital San Luis, estaba consciente”, recordó.
Estuvo en Traumatología. Hasta las 2 del martes continuaba lúcida. Pero un par de horas después, empezó a perderse. Le suministraron calmantes y ya nunca más despertó. A las 7 la pasaron a terapia intensiva, donde indujeron el coma farmacológico, para poder conectarla al respirador artificial.
El viernes 3, a las 15:45, aproximadamente, la derivaron a la Clínica Italia, por la Aseguradora de Riesgos del Trabajo (ART) que tiene. Allí fue operada, porque tenía un líquido en la cavidad torácica.
Dos paros cardíacos
Las lesiones que sufrió Marcela fueron múltiples. El golpe de la camioneta fue en el costado derecho. “Tuvo politraumatismo de tórax, fractura de pelvis, doble fractura del fémur derecho, fractura en la mano del mismo lado, hematomas en la cabeza, por todos lados”, detalló Christian.
Si bien los médicos les indicaron que veían cierta mejoría, el sábado 11 la salud de Marcela empezó a decaer, y el domingo se agravó. Tenía dificultades en el sistema respiratorio, los pulmones estaban muy inflamados, por los golpes. El lunes a las 16:45 tuvo el primer paro cardíaco. El segundo fue cerca de las 21. La medicina ya no tuvo más por hacer.
“Nunca, durante los días que mi novia estuvo internada, se acercó ni este chico ni gente allegada a él para preguntar cómo estaba Marcela”, afirmó Christian.
Él estuvo en el cruce el día del choque. Después de que la ambulancia trasladó a su novia se quedó a observar cómo es la dinámica de los semáforos. “Primero habilita a los vehículos que van de norte a sur. Después, a los que cruzan de sur a norte. Después, a los que van por la colectora. Y recién ahí habilita el paso a los que van por la autovía”, indicó Marcelo.
Según el papá de la chica, en esa avenida la velocidad máxima permitida para circular es 45 kilómetros por hora. “Pero (el conductor de la Toyota) no venía ni a 50 ni a 60 kilómetros por hora… venía a ciento y pico”, supuso. Basa su presunción en cómo quedaron los rodados tras el accidente, en la escena.
El Diario estuvo ayer con ellos allí. Explicaron que la moto quedó en el carril norte, a unos 16 metros del cruce, hacia el oeste, y que la chica cayó a unos 20 metros de la intersección, o sea, más allá todavía. Refirieron que la camioneta terminó su recorrido más lejos aún. “Chocó ahí –dijo Marcelo, señalando un hueco en la pared trasera de una vivienda que está en la vereda norte de la autovía–”. Esa casa está unos 50 metros al oeste del cruce. En las inmediaciones, ayer aún había plásticos de la moto desperdigados.
Aquel 1º de febrero, Marcela llevaba los elementos para hacer los souvenirs de su ahijada María Luján, hija de su hermana Marisa, que en abril cumplirá dos años. “Es tan triste ver las cosas de ella, lo que dejó”, expresó Marcelo. “Me cuesta mucho estar ahí solo, en nuestra casa. Todo me recuerda a ella”, manifestó Christian.
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