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El legado de los que entregan todo

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El legado de los que entregan todo

La prestigiosa ONG Global Witness, ubica a Honduras como el país más peligroso del mundo para el activismo ambiental, con más de 120 activistas asesinadas desde el año 2010, por oponerse a proyectos de represas.

Durante años, mientras defendía el medio ambiente y denunciaba los abusos de las empresas, Berta Cáceres era hostigada con amenazas de muerte y de violencia contra ella y su familia. Contaba con medidas cautelares por parte de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) desde 2009, aunque según su madre, en la práctica no recibía protección del Estado por la presión de las autoridades que defendían a las mineras y empresas hidroeléctricas.

Debido a la persecución, su madre y sus hijos abandonaron Honduras, mientras ella tomó precauciones extremas, dormía cada noche en un lugar diferente y casi no se comunicaba mediante aparatos telefónicos, siempre viajaba acompañada y no hacía presentaciones públicas.

En la medianoche del 2 al 3 de marzo de 2016, Cáceres se encontraba en su vivienda en La Esperanza, junto al ambientalista mexicano Gustavo Castro Soto; cuando forzaron las puertas de la casa. Berta preguntó: “¿Quién está ahí?”. La respuesta fue un disparo que le causó la muerte.

Berta Cáceres tenía 42 años cuando la asesinaron, era una líder del pueblo originario Lenca, feminista, defensora de los derechos humanos, ambientalista. La razón de su vida fue la causa de su muerte.

Dos años después, familiares y pueblos originarios hondureños oraron por la protección de la naturaleza, al cerrar la conmemoración del segundo aniversario del asesinato. Un día antes (curiosamente), fue arrestado un militar, egresado de una escuela estadounidense. Presuntamente, sería el asesino.

En un área verde a la sombra de eucaliptus, de un centro social fundado por Cáceres, siete sacerdotes jesuitas oficiaron una misa campesina con cánticos y alegría. Una celebración en memoria de la llamada “guardiana de los ríos y de la lucha de los pueblos”.

“Berta nos llena de alegría para seguir con su lucha anticapitalista, antipatriarcal y antirracista”, proclamó el jefe de los jesuitas hondureños, Ismael Moreno.

El sacerdote oró por “los ríos, los mares, los bosques, los animales, las selvas, las montañas y muchas mujeres y hombres que como Berta han amado el planeta como nuestra casa común, hasta defenderla con su vida”.

“Berta vive, la lucha sigue y sigue”, “sangre de mártires, semillas de libertad”, coreaban los presentes. En pancartas colgadas de los árboles y en un estrado se leían leyendas como: “Berta a dos años de su siembra”, “Despertemos humanidad, ya no hay tiempo”.

Cuando recibió el premio Goldman de los ambientalistas 2015 en San Francisco, California, Cáceres hizo un vehemente llamado a defender la tierra de la destrucción antes que fuera “Demasiado tarde”. Era tarde para ella. Menos de un año después la mataron.

Nueve personas fueron capturadas como supuestos autores materiales del asesinato. Entre los detenidos hay al menos cinco vinculadas con la empresa Desarrollos Energéticos S.A. (DESA).

La ambientalista, había encabezados varios bloqueos de calles, en protesta por la construcción (por parte de DESA) de una represa en el río Gualcarque, que baña el montañoso territorio de las comunidades lencas.

Un día antes del segundo aniversario del asesinato, la Fiscalía capturó a Roberto David Castillo Mejía, un militar graduado en la escuela estadounidense de West-Point en 2004, el primero de los presuntos autores intelectuales.

Conmovidos por el recuerdo doloroso, los familiares, amigos, ambientalistas y pueblos originarios, se comprometieron a honrar la memoria de Berta Cáceres, el legado de alguien que entregó su vida por la defensa de la naturaleza. El legado de alguien que lo entregó todo.

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El legado de los que entregan todo

La prestigiosa ONG Global Witness, ubica a Honduras como el país más peligroso del mundo para el activismo ambiental, con más de 120 activistas asesinadas desde el año 2010, por oponerse a proyectos de represas.

Durante años, mientras defendía el medio ambiente y denunciaba los abusos de las empresas, Berta Cáceres era hostigada con amenazas de muerte y de violencia contra ella y su familia. Contaba con medidas cautelares por parte de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) desde 2009, aunque según su madre, en la práctica no recibía protección del Estado por la presión de las autoridades que defendían a las mineras y empresas hidroeléctricas.

Debido a la persecución, su madre y sus hijos abandonaron Honduras, mientras ella tomó precauciones extremas, dormía cada noche en un lugar diferente y casi no se comunicaba mediante aparatos telefónicos, siempre viajaba acompañada y no hacía presentaciones públicas.

En la medianoche del 2 al 3 de marzo de 2016, Cáceres se encontraba en su vivienda en La Esperanza, junto al ambientalista mexicano Gustavo Castro Soto; cuando forzaron las puertas de la casa. Berta preguntó: “¿Quién está ahí?”. La respuesta fue un disparo que le causó la muerte.

Berta Cáceres tenía 42 años cuando la asesinaron, era una líder del pueblo originario Lenca, feminista, defensora de los derechos humanos, ambientalista. La razón de su vida fue la causa de su muerte.

Dos años después, familiares y pueblos originarios hondureños oraron por la protección de la naturaleza, al cerrar la conmemoración del segundo aniversario del asesinato. Un día antes (curiosamente), fue arrestado un militar, egresado de una escuela estadounidense. Presuntamente, sería el asesino.

En un área verde a la sombra de eucaliptus, de un centro social fundado por Cáceres, siete sacerdotes jesuitas oficiaron una misa campesina con cánticos y alegría. Una celebración en memoria de la llamada “guardiana de los ríos y de la lucha de los pueblos”.

“Berta nos llena de alegría para seguir con su lucha anticapitalista, antipatriarcal y antirracista”, proclamó el jefe de los jesuitas hondureños, Ismael Moreno.

El sacerdote oró por “los ríos, los mares, los bosques, los animales, las selvas, las montañas y muchas mujeres y hombres que como Berta han amado el planeta como nuestra casa común, hasta defenderla con su vida”.

“Berta vive, la lucha sigue y sigue”, “sangre de mártires, semillas de libertad”, coreaban los presentes. En pancartas colgadas de los árboles y en un estrado se leían leyendas como: “Berta a dos años de su siembra”, “Despertemos humanidad, ya no hay tiempo”.

Cuando recibió el premio Goldman de los ambientalistas 2015 en San Francisco, California, Cáceres hizo un vehemente llamado a defender la tierra de la destrucción antes que fuera “Demasiado tarde”. Era tarde para ella. Menos de un año después la mataron.

Nueve personas fueron capturadas como supuestos autores materiales del asesinato. Entre los detenidos hay al menos cinco vinculadas con la empresa Desarrollos Energéticos S.A. (DESA).

La ambientalista, había encabezados varios bloqueos de calles, en protesta por la construcción (por parte de DESA) de una represa en el río Gualcarque, que baña el montañoso territorio de las comunidades lencas.

Un día antes del segundo aniversario del asesinato, la Fiscalía capturó a Roberto David Castillo Mejía, un militar graduado en la escuela estadounidense de West-Point en 2004, el primero de los presuntos autores intelectuales.

Conmovidos por el recuerdo doloroso, los familiares, amigos, ambientalistas y pueblos originarios, se comprometieron a honrar la memoria de Berta Cáceres, el legado de alguien que entregó su vida por la defensa de la naturaleza. El legado de alguien que lo entregó todo.

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