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Cuando el talento no alcanza

Marcelo Dettoni

El agobiante calor de Cincinnati no hizo más que agregar temperatura a lo que se vivía en la cancha. Nick Kyrgios, el hombre más odiado del tenis actual, acababa de perder con el ruso Karen Kachanov tras recibir advertencias varias del umpire Fergus Murphy, con quien ya había tenido una discusión fuerte en Queen’s Club, un mes antes. Se acercó a la silla, le negó el saludo y lanzó un escupitajo justo debajo del árbitro, lo que le valió 113.000 dólares de multa y una suspensión de cuatro meses.

Pero nada sorprende de Kyrgios a esta altura. El australiano con antepasados malayos y griegos es un permanente volcán en erupción. Es justamente ese carácter volátil el que le impide estar entre los mejores, porque su tenis es de gran calidad. Saca bien, es alto, atlético, maneja bien el drive y el revés, volea… pero le falta cabeza. Su lista de incidentes con jugadores y árbitros es extensa. En el último Wimbledon le lanzó un pelotazo al cuerpo a Rafael Nadal cuando lo podía pasar fácilmente por el costado. El español se atajó con la raqueta, lo miró feo y apretó los dientes. Sabe que entrar en su juego de provocaciones no es negocio. Con Stan Wawrinka casi que tienen que jugar con seguridad adicional luego de que en 2015 le dijera, en un cambio de lado, que su novia se acostaba con varios jugadores del circuito. “Nick Kyrgios es incapaz de comprender la magnitud de su propio talento y por eso se separa de él, presuroso y avergonzado”, intenta una interpretación el periodista peruano Ricardo Montoya, quien agregó con cierta razón que “lo preocupante es que, más allá de los evidentes desajustes emocionales del irascible tenista australiano, hay una doble moral en los aficionados, que por una parte se horrorizan con sus desplantes y lo fustigan, pero por otro lado lo convierten en tendencia en las redes sociales”.

Esa atención de los fanáticos es la perdición de Kyrgios, que parece no comprender dónde están los límites entre el carácter fuerte y la desubicación. “Es el payaso que le estaba faltando a este circo”, dijo alguna vez el siempre medido Roger Federer, cuando el australiano recién empezaba con sus escándalos. Con Novak Djokovic, que jamás le contesta, tiene un encono especial. Una vez le tachó con un marcador la remera a un fanático, por el simple hecho que tenía un autógrafo del serbio. Y agregó de puño y letra: “Esto es lo que pienso de ti”.

 

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Cuando el talento no alcanza

El agobiante calor de Cincinnati no hizo más que agregar temperatura a lo que se vivía en la cancha. Nick Kyrgios, el hombre más odiado del tenis actual, acababa de perder con el ruso Karen Kachanov tras recibir advertencias varias del umpire Fergus Murphy, con quien ya había tenido una discusión fuerte en Queen’s Club, un mes antes. Se acercó a la silla, le negó el saludo y lanzó un escupitajo justo debajo del árbitro, lo que le valió 113.000 dólares de multa y una suspensión de cuatro meses.

Pero nada sorprende de Kyrgios a esta altura. El australiano con antepasados malayos y griegos es un permanente volcán en erupción. Es justamente ese carácter volátil el que le impide estar entre los mejores, porque su tenis es de gran calidad. Saca bien, es alto, atlético, maneja bien el drive y el revés, volea… pero le falta cabeza. Su lista de incidentes con jugadores y árbitros es extensa. En el último Wimbledon le lanzó un pelotazo al cuerpo a Rafael Nadal cuando lo podía pasar fácilmente por el costado. El español se atajó con la raqueta, lo miró feo y apretó los dientes. Sabe que entrar en su juego de provocaciones no es negocio. Con Stan Wawrinka casi que tienen que jugar con seguridad adicional luego de que en 2015 le dijera, en un cambio de lado, que su novia se acostaba con varios jugadores del circuito. “Nick Kyrgios es incapaz de comprender la magnitud de su propio talento y por eso se separa de él, presuroso y avergonzado”, intenta una interpretación el periodista peruano Ricardo Montoya, quien agregó con cierta razón que “lo preocupante es que, más allá de los evidentes desajustes emocionales del irascible tenista australiano, hay una doble moral en los aficionados, que por una parte se horrorizan con sus desplantes y lo fustigan, pero por otro lado lo convierten en tendencia en las redes sociales”.

Esa atención de los fanáticos es la perdición de Kyrgios, que parece no comprender dónde están los límites entre el carácter fuerte y la desubicación. “Es el payaso que le estaba faltando a este circo”, dijo alguna vez el siempre medido Roger Federer, cuando el australiano recién empezaba con sus escándalos. Con Novak Djokovic, que jamás le contesta, tiene un encono especial. Una vez le tachó con un marcador la remera a un fanático, por el simple hecho que tenía un autógrafo del serbio. Y agregó de puño y letra: “Esto es lo que pienso de ti”.

 

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