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"Son tiempos en los que hay que ser razonable hasta en los deseos"

Miguel Garro

Pasiones, Messi, fútbol, tecnología, política y la evolución del mundo según el filósofo del micrófono que puede hablar de cualquier cosa. La mirada aguda y equilibrada de un hombre sensible que se siente más cerca de la gente del interior que la de las capitales.

Entrevistar a Alejandro Dolina no es una tarea fácil. Por motivos que pocas veces explicó en público, el escritor y creador de “La venganza será terrible” –un clásico de la radio nocturna nacional- decidió hace algunos años retacear sus charlas con la prensa. Sus ocupaciones, algunas opiniones que le valieron problemas con los dueños de los medios donde trabajó y una creciente intolerancia por parte del público podrían ser los motivos.

Paradójicamente, entrevistar a Alejandro Dolina es muy fácil. Una vez que el pensador (filósofo de vereda) está entregado a la charla, a veces no hace falta terminar la pregunta para que comience a contestar, ávido de ser escuchado, consciente de que lo que tiene para decir retumbará con la gravedad de su voz, sabedor que es dueño de una ironía y un manejo del lenguaje de un tiempo que pareció quedar atrás.

Pero no. Dolina es presente social, político y sobre todo cultural.

 

―Hace poco comentó que cuando era joven vino muchas veces a San Luis ¿Qué recuerda de esos viajes?

―Mi tío era camionero y muchas veces me llevó a San Luis, sobre todo a Justo Daract. De hecho, fui mucho en mi infancia y mi juventud y no tanto de adulto. Gracias a esos viajes conocí muchos pueblos de la pampa húmeda.

 

―El imaginario lo ubica como un porteño de ley, pero en realidad tiene mucha conexión con la gente del interior del país.

―Es que no soy porteño. Tengo una particular conexión con la gente del interior porque tengo ese origen. Nací en un pueblo vecino a Junín, en la provincia de Buenos Aires, y por eso mi lenguaje, mi educación, hasta mi manera de divertirme son más bien pampeanas. Me entiendo muy bien con los pueblos.

 

―Será más fácil para usted entonces establecer diferencias entre la gente de Buenos Aires y la del resto del país.

―Hay muchas. Hay un pudor en la gente de los pueblos que no existe en la ciudad, que al respecto es un poco más ríspida, más de soltar más rápidamente las cosas, mientras que en el pueblo hay todavía cierta ceremonia, cierta reticencia a entregarse rápidamente y eso genera una forma de comunicarse que me parece más donosa. En la capital son un poco bestiales.

 

―¿Sucede lo mismo con el humor?

―Claro. El humor capitalino es muy de televisión, fuerte, muy directo, lleno de insultos. Muy saltando las etapas. En otro tipo de ciudades, más pequeñas, por ahí, la forma de reírse es más pudorosa. Se da un tipo de humor yo diría más elaborado.

 

―La conclusión es que la gente se rie como vive.

―Puede ser, pero no siempre es así. A veces hay también una contradicción: si alguien vive demasiado cerrado queda con el humor reprimido. Por ahí es bueno buscar una forma de reírse que apunte justamente a lo contrario. Eso puede ser más divertido.

 

―¿Conoce a algún escritor, algún hombre del quehacer cultural de San Luis que le haya impactado?

―No se me viene a la cabeza ninguno en este momento, debo confesarlo. Es una falla que remediaré ni bien termine esta entrevista.

 

―¿En qué momento de su vida lo agarró la revolución feminista?

―Por casualidad -no por ningún virtuosismo moral- yo he estado siempre pendiente de eso y muchas veces he escrito algunas observaciones acerca de la postergación femenina y su manifestación en algunas costumbres cotidianas. En el mundo actual parece que estuviéramos un poco retrocediendo en algunos sentidos. Es decir, el pensamiento en boga, las políticas que prevalecen, son más bien de retroceso: si no hay neoliberalismos, hay muchos gobiernos muy de derecha en el mundo, algunos con ciertos toques fascistas.

 

―¿Cómo se ubica la lucha de la mujer en ese contexto?

―Creo que en esta descripción con un lápiz muy grueso que estoy haciendo, el movimiento de las mujeres es revolucionario y de cambio: se propone nada más y nada menos que sustituir el sistema patriarcal. Lo hace con enorme fortaleza y, hay que decirlo, a menudo con una cierta injusticia, como es obvio que pase en movimientos revolucionarios, que nunca carecen de algún jacobino, de algún Robespierre. A veces cometen excesos y uno se siente un poco perseguido.

 

―¿Qué se debe hacer ante los excesos que observa?

―La respuesta filosófica adecuada es: “Embrómese”. Si después de tantos siglos de retraso se produce una reacción, es esperable que sea un poco excesiva.

 

―¿Qué otras cosas tienen que cambiar en el mundo?

―Desde luego que lo prioritario es combatir la desigualdad, ese parece ser el rasgo principal de esta época. A lo mejor parece que el mundo se encaminara a una cierta razonabilidad, todos hemos tenido esa esperanza que el mundo tuvo durante muchos años: creer que el progreso iba a traer al mismo tiempo algún beneficio, que iba a traer justicia, más benevolencia y algún entendimiento entre los hombres. Eso no sucedió.

 

―¿Se desvaneció demasiado rápido la esperanza?

―Con el siglo, diría yo. Este siglo era el de la implantación de un nuevo modo de vida, de la tecnología, de las derrotas de las enfermedades y resultó ser el siglo de las grandes tiranías, de las guerras y de las crueldades más inéditas.

 

―El mundo ha involucionado.

―Exacto. La esperanza de que el conocimiento fuera de la mano con una mejor convivencia no se dio, lo que pasa es que un mayor poder del hombre sobre la naturaleza es también un mayor poder para ser malvado. Unas tiranías con armas nucleares no son lo mismo que una tiranía sin tanto poder.

 

―¿Cómo lee los resultados de las elecciones?

―Yo creo que era necesario un cambio de orientación porque al parecer la receta neoliberal una vez más fracasó. No está mal volver a esta especie de mesianismo que a veces encarna el peronismo y a veces otros partidos.

 

―Como peronista de cuna ¿Cómo ve el partido?

―Tratando de superar sus propios problemas internos que son muchos pero son clásicos y lógicos en un movimiento tan heterogéneo.

 

―Se le adjudica a Borges la frase de que los peronistas son incorregibles. ¿A usted le consta que la haya dicho?

―Sí, sí, lo dijo. Con cierta gracia pero lo dijo.

 

―¿Qué le produce Lionel Messi?

―Me parece un jugador extraordinario. Los argentinos en vez de criticar lo que Messi no es deberíamos disfrutar de lo que es. A menudo se le reclama el no ser un líder carismático, no ser Mao Tse Tung. Y es Messi, un jugador de una precisión impresionante al que hay que disfrutar porque va a ser muy difícil encontrar otro de ese tamaño, hay que verlo tantas veces uno pueda. En el caso de la Selección me parece que el problema no está en él. Si hubiera once jugadores de su categoría no tendríamos ningún problema.

 

―¿Sigue viendo a la Selección?

―La verdad es que estoy un poco decepcionado, pero tampoco creo que es cuestión de hacer una cosa nacional, ni tomársela con los jugadores acusándolos de camarillas. Yo creo que la siguiente generación, la que viene ahora, la que sustituye a los históricos, no va a ser tan buena. La que tenemos es una generación de muy buenos jugadores que estuvieron muy cerca de conseguir cosas importantes y no pudieron. Y se frustraron. Eso suele pasar. Después de todo en el fútbol perder es una de las posibilidades. Yo no creo que el segundo no sirva para nada y todas esas cosas heroicas que se dicen por ahí.

 

―¿Es de sentarse a ver partidos?

―Veo mucho fútbol y juego todavía con un grupo de amigos. Me gusta mucho, lo disfruto. Es una cosa por lo que siento algo muy grande, no diría que es una pasión pero se le parece mucho.

 

―¿Qué es la pasión?

―La pasión está relacionada con sufrimiento. Yo me remito a la definición histórica. La pasión de Cristo no es que Cristo era hincha de Chacarita, es el sufrimiento de Cristo. La pasión no parece ser una buena cosa. Me parece mejor decir que uno se divierte mucho y que a veces el sufrimiento forma parte de la diversión, lo que hay que tener es una especie de fe poética como aquella que reclamaba Coleridge para ir al teatro. Él decía que hay que suspender la incredulidad para ir al teatro porque si no empieza a pesar la desilusión y a pensar que los tipos que están en el escenario en realidad no son el rey de Dinamarca y el que está muerto no está muerto. De esa manera no se disfruta del teatro y del fútbol tampoco. Sabemos que el fútbol es un juego, sabemos que no va a mejorar nuestra vida si salimos campeones pero tenemos que interrumpir esa certeza por un rato. Por un rato, nada más. De ahí a convertirse en un energúmeno las 24 horas del día y odiar a las personas que son de otro equipo hay un trecho largo.

 

―¿Gustavo Alfaro es el técnico ideal para Boca?

―En principio parece que no. Yo creo que es un gran técnico pero no parece muy boquense. Si hace dos años se hubiera hecho una lista de técnicos boquenses y no boquenses, Alfaro sería un muy buen técnico de otros equipos. Está haciendo lo que puede, no me parece que tenga un plantel superlativo porque son tiempos en donde hay que ser razonable hasta en los deseos. No podemos soñar con que Boca tenga el plantel que tuvo en otra época.

 

―¿Cómo se lleva con la tecnología?

―No soy un experto ni muy bueno, pero no soy un enemigo tampoco. Hay gente que suplanta el desconocimiento de la tecnología odiándola. En vez de estudiarla y aprovecharse de ella, la odia diciendo que un poeta no puede hablar por teléfono, pero yo la aprovecho mucho. Cuando era estudiante por ahí me encontraba con algo que no sabía y tenía que averiguar de qué se trataba, pongamos por caso, el nombre de un filósofo de la Edad Media. Tardaba mucho tiempo porque no sabía dónde buscar. Por ahí no está en el primer diccionario que buscaba. Por ahí si consultaba con un compañero tampoco lo sabía. Ahora se tarda diez segundos.

 

―¿Encuentra algunas desventajas?

―Sí, claro. Una de ellas es tener que andar relacionándonos con millones de psicópatas todo el tiempo.

 

―¿Quiénes vendrían a ser ahora los refutadores de leyendas?

―Yo soy bastante refutador, aunque siempre es preferible tener una mezcla de refutador de leyenda para aprovecharse de la ciencia, del conocimiento -que es una cosa muy venturosa-; y una parte de hombre sensible para acreditar alguna clase de esperanza y nada menos que para la poesía, para el arte y para el amor.

 

―Otra vez, el equilibrio.

―Todos tenemos una parte de cada cosa, salvo cuando uno está completamente loco y tiene 9 partes de refutador y una de hombre sensible. Eso lo decía Aldous Huxley en un ensayo muy interesante acerca de ciertos biotipos que más o menos eran parecidos. Él dividía en tres: los espirituales, los del medio y los muy carnales y decía que todos tenían un costado razonable, salvo los locos que eran muy extremos. Y hablaba de Cristo como un ser muy espiritual, pero muy poco carnal. Para ser razonable hay que tener un poco de cada cosa.

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"Son tiempos en los que hay que ser razonable hasta en los deseos"

Pasiones, Messi, fútbol, tecnología, política y la evolución del mundo según el filósofo del micrófono que puede hablar de cualquier cosa. La mirada aguda y equilibrada de un hombre sensible que se siente más cerca de la gente del interior que la de las capitales.

Fotos: Nicolás Varvara

Entrevistar a Alejandro Dolina no es una tarea fácil. Por motivos que pocas veces explicó en público, el escritor y creador de “La venganza será terrible” –un clásico de la radio nocturna nacional- decidió hace algunos años retacear sus charlas con la prensa. Sus ocupaciones, algunas opiniones que le valieron problemas con los dueños de los medios donde trabajó y una creciente intolerancia por parte del público podrían ser los motivos.

Paradójicamente, entrevistar a Alejandro Dolina es muy fácil. Una vez que el pensador (filósofo de vereda) está entregado a la charla, a veces no hace falta terminar la pregunta para que comience a contestar, ávido de ser escuchado, consciente de que lo que tiene para decir retumbará con la gravedad de su voz, sabedor que es dueño de una ironía y un manejo del lenguaje de un tiempo que pareció quedar atrás.

Pero no. Dolina es presente social, político y sobre todo cultural.

 

―Hace poco comentó que cuando era joven vino muchas veces a San Luis ¿Qué recuerda de esos viajes?

―Mi tío era camionero y muchas veces me llevó a San Luis, sobre todo a Justo Daract. De hecho, fui mucho en mi infancia y mi juventud y no tanto de adulto. Gracias a esos viajes conocí muchos pueblos de la pampa húmeda.

 

―El imaginario lo ubica como un porteño de ley, pero en realidad tiene mucha conexión con la gente del interior del país.

―Es que no soy porteño. Tengo una particular conexión con la gente del interior porque tengo ese origen. Nací en un pueblo vecino a Junín, en la provincia de Buenos Aires, y por eso mi lenguaje, mi educación, hasta mi manera de divertirme son más bien pampeanas. Me entiendo muy bien con los pueblos.

 

―Será más fácil para usted entonces establecer diferencias entre la gente de Buenos Aires y la del resto del país.

―Hay muchas. Hay un pudor en la gente de los pueblos que no existe en la ciudad, que al respecto es un poco más ríspida, más de soltar más rápidamente las cosas, mientras que en el pueblo hay todavía cierta ceremonia, cierta reticencia a entregarse rápidamente y eso genera una forma de comunicarse que me parece más donosa. En la capital son un poco bestiales.

 

―¿Sucede lo mismo con el humor?

―Claro. El humor capitalino es muy de televisión, fuerte, muy directo, lleno de insultos. Muy saltando las etapas. En otro tipo de ciudades, más pequeñas, por ahí, la forma de reírse es más pudorosa. Se da un tipo de humor yo diría más elaborado.

 

―La conclusión es que la gente se rie como vive.

―Puede ser, pero no siempre es así. A veces hay también una contradicción: si alguien vive demasiado cerrado queda con el humor reprimido. Por ahí es bueno buscar una forma de reírse que apunte justamente a lo contrario. Eso puede ser más divertido.

 

―¿Conoce a algún escritor, algún hombre del quehacer cultural de San Luis que le haya impactado?

―No se me viene a la cabeza ninguno en este momento, debo confesarlo. Es una falla que remediaré ni bien termine esta entrevista.

 

―¿En qué momento de su vida lo agarró la revolución feminista?

―Por casualidad -no por ningún virtuosismo moral- yo he estado siempre pendiente de eso y muchas veces he escrito algunas observaciones acerca de la postergación femenina y su manifestación en algunas costumbres cotidianas. En el mundo actual parece que estuviéramos un poco retrocediendo en algunos sentidos. Es decir, el pensamiento en boga, las políticas que prevalecen, son más bien de retroceso: si no hay neoliberalismos, hay muchos gobiernos muy de derecha en el mundo, algunos con ciertos toques fascistas.

 

―¿Cómo se ubica la lucha de la mujer en ese contexto?

―Creo que en esta descripción con un lápiz muy grueso que estoy haciendo, el movimiento de las mujeres es revolucionario y de cambio: se propone nada más y nada menos que sustituir el sistema patriarcal. Lo hace con enorme fortaleza y, hay que decirlo, a menudo con una cierta injusticia, como es obvio que pase en movimientos revolucionarios, que nunca carecen de algún jacobino, de algún Robespierre. A veces cometen excesos y uno se siente un poco perseguido.

 

―¿Qué se debe hacer ante los excesos que observa?

―La respuesta filosófica adecuada es: “Embrómese”. Si después de tantos siglos de retraso se produce una reacción, es esperable que sea un poco excesiva.

 

―¿Qué otras cosas tienen que cambiar en el mundo?

―Desde luego que lo prioritario es combatir la desigualdad, ese parece ser el rasgo principal de esta época. A lo mejor parece que el mundo se encaminara a una cierta razonabilidad, todos hemos tenido esa esperanza que el mundo tuvo durante muchos años: creer que el progreso iba a traer al mismo tiempo algún beneficio, que iba a traer justicia, más benevolencia y algún entendimiento entre los hombres. Eso no sucedió.

 

―¿Se desvaneció demasiado rápido la esperanza?

―Con el siglo, diría yo. Este siglo era el de la implantación de un nuevo modo de vida, de la tecnología, de las derrotas de las enfermedades y resultó ser el siglo de las grandes tiranías, de las guerras y de las crueldades más inéditas.

 

―El mundo ha involucionado.

―Exacto. La esperanza de que el conocimiento fuera de la mano con una mejor convivencia no se dio, lo que pasa es que un mayor poder del hombre sobre la naturaleza es también un mayor poder para ser malvado. Unas tiranías con armas nucleares no son lo mismo que una tiranía sin tanto poder.

 

―¿Cómo lee los resultados de las elecciones?

―Yo creo que era necesario un cambio de orientación porque al parecer la receta neoliberal una vez más fracasó. No está mal volver a esta especie de mesianismo que a veces encarna el peronismo y a veces otros partidos.

 

―Como peronista de cuna ¿Cómo ve el partido?

―Tratando de superar sus propios problemas internos que son muchos pero son clásicos y lógicos en un movimiento tan heterogéneo.

 

―Se le adjudica a Borges la frase de que los peronistas son incorregibles. ¿A usted le consta que la haya dicho?

―Sí, sí, lo dijo. Con cierta gracia pero lo dijo.

 

―¿Qué le produce Lionel Messi?

―Me parece un jugador extraordinario. Los argentinos en vez de criticar lo que Messi no es deberíamos disfrutar de lo que es. A menudo se le reclama el no ser un líder carismático, no ser Mao Tse Tung. Y es Messi, un jugador de una precisión impresionante al que hay que disfrutar porque va a ser muy difícil encontrar otro de ese tamaño, hay que verlo tantas veces uno pueda. En el caso de la Selección me parece que el problema no está en él. Si hubiera once jugadores de su categoría no tendríamos ningún problema.

 

―¿Sigue viendo a la Selección?

―La verdad es que estoy un poco decepcionado, pero tampoco creo que es cuestión de hacer una cosa nacional, ni tomársela con los jugadores acusándolos de camarillas. Yo creo que la siguiente generación, la que viene ahora, la que sustituye a los históricos, no va a ser tan buena. La que tenemos es una generación de muy buenos jugadores que estuvieron muy cerca de conseguir cosas importantes y no pudieron. Y se frustraron. Eso suele pasar. Después de todo en el fútbol perder es una de las posibilidades. Yo no creo que el segundo no sirva para nada y todas esas cosas heroicas que se dicen por ahí.

 

―¿Es de sentarse a ver partidos?

―Veo mucho fútbol y juego todavía con un grupo de amigos. Me gusta mucho, lo disfruto. Es una cosa por lo que siento algo muy grande, no diría que es una pasión pero se le parece mucho.

 

―¿Qué es la pasión?

―La pasión está relacionada con sufrimiento. Yo me remito a la definición histórica. La pasión de Cristo no es que Cristo era hincha de Chacarita, es el sufrimiento de Cristo. La pasión no parece ser una buena cosa. Me parece mejor decir que uno se divierte mucho y que a veces el sufrimiento forma parte de la diversión, lo que hay que tener es una especie de fe poética como aquella que reclamaba Coleridge para ir al teatro. Él decía que hay que suspender la incredulidad para ir al teatro porque si no empieza a pesar la desilusión y a pensar que los tipos que están en el escenario en realidad no son el rey de Dinamarca y el que está muerto no está muerto. De esa manera no se disfruta del teatro y del fútbol tampoco. Sabemos que el fútbol es un juego, sabemos que no va a mejorar nuestra vida si salimos campeones pero tenemos que interrumpir esa certeza por un rato. Por un rato, nada más. De ahí a convertirse en un energúmeno las 24 horas del día y odiar a las personas que son de otro equipo hay un trecho largo.

 

―¿Gustavo Alfaro es el técnico ideal para Boca?

―En principio parece que no. Yo creo que es un gran técnico pero no parece muy boquense. Si hace dos años se hubiera hecho una lista de técnicos boquenses y no boquenses, Alfaro sería un muy buen técnico de otros equipos. Está haciendo lo que puede, no me parece que tenga un plantel superlativo porque son tiempos en donde hay que ser razonable hasta en los deseos. No podemos soñar con que Boca tenga el plantel que tuvo en otra época.

 

―¿Cómo se lleva con la tecnología?

―No soy un experto ni muy bueno, pero no soy un enemigo tampoco. Hay gente que suplanta el desconocimiento de la tecnología odiándola. En vez de estudiarla y aprovecharse de ella, la odia diciendo que un poeta no puede hablar por teléfono, pero yo la aprovecho mucho. Cuando era estudiante por ahí me encontraba con algo que no sabía y tenía que averiguar de qué se trataba, pongamos por caso, el nombre de un filósofo de la Edad Media. Tardaba mucho tiempo porque no sabía dónde buscar. Por ahí no está en el primer diccionario que buscaba. Por ahí si consultaba con un compañero tampoco lo sabía. Ahora se tarda diez segundos.

 

―¿Encuentra algunas desventajas?

―Sí, claro. Una de ellas es tener que andar relacionándonos con millones de psicópatas todo el tiempo.

 

―¿Quiénes vendrían a ser ahora los refutadores de leyendas?

―Yo soy bastante refutador, aunque siempre es preferible tener una mezcla de refutador de leyenda para aprovecharse de la ciencia, del conocimiento -que es una cosa muy venturosa-; y una parte de hombre sensible para acreditar alguna clase de esperanza y nada menos que para la poesía, para el arte y para el amor.

 

―Otra vez, el equilibrio.

―Todos tenemos una parte de cada cosa, salvo cuando uno está completamente loco y tiene 9 partes de refutador y una de hombre sensible. Eso lo decía Aldous Huxley en un ensayo muy interesante acerca de ciertos biotipos que más o menos eran parecidos. Él dividía en tres: los espirituales, los del medio y los muy carnales y decía que todos tenían un costado razonable, salvo los locos que eran muy extremos. Y hablaba de Cristo como un ser muy espiritual, pero muy poco carnal. Para ser razonable hay que tener un poco de cada cosa.

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