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La “Moneda Patria” vale un caramelo

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La “Moneda Patria” vale un caramelo

Gustavo Luna

Un caramelo. Dos, a lo sumo, si el quiosquero es bondadoso. Más que eso no se puede esperar que nos den a cambio de una moneda de un peso argentino. Esa que tiene un centro dorado con el “Inti” refulgente y la leyenda “Provincias Unidas del Río de la Plata”, de un lado, y el sello de la Asamblea del Año XIII, del otro, con la proclama “En unión y libertad”.

Pareciera que desde su nacimiento, la “primera moneda patria”, creada el 13 de abril de 1813 y replicada en el cospel de un peso actual, estuvo signada a simbolizar, más que la soberanía de una nación, como debiera, el sino de un país que, doscientos y pico de años después, no logra consolidar su independencia. Logró la política, pero la económica sigue siendo un sueño eterno.

Eso de quedarse a mitad de camino es como una maldición que Argentina arrastra desde aquella Asamblea General Constituyente que se animó a acuñar una primera moneda nacional y a adoptar los otros símbolos de que en esta parte del mundo se levantaba una nueva nación, pero titubeó a la hora de ser explícita y no cumplió con la misión para la cual fue creada: declarar la independencia y, como su nombre lo indica, sancionar una Constitución Nacional. No hizo ni lo uno ni lo otro. Lo primero se logró tres años después; para tener una Constitución tuvieron que pasar cuarenta años de guerra civil.

El motivo por el cual la Asamblea no consumó su propósito es simple: ya entonces había dirigentes que coqueteaban con las potencias extranjeras y pusieron palos en la rueda del proceso revolucionario que había echado a andar tres años antes y debía desembocar en la emancipación.

Encandilados con esas potencias, no atinaron sin embargo a imitar su modelo productivo, sino que aceptaron que confinaran a la Argentina al rol de mero proveedor periférico de ellas.

El país fue “el granero del mundo” y, después, el período de las grandes guerras europeas generó la “sustitución de importaciones”, oportunidad para que Argentina se afianzara como productor industrial. Pero nada de eso fue aprovechado para revalorizar su moneda.

En San Luis, hay que juntar 60 “monedas patrias” para comprar un kilo de pan, 22 para usar el servicio urbano de pasajeros, 40 para ir en colectivo de la capital a Juana Koslay.

El símbolo de la soberanía económica del país, acuñado hace 206 años y un día, está tan devaluado que, como unidad, ya no es tenido en cuenta en ninguna transacción. Su valor está contenido en un caramelo. O dos, si el quiosquero es generoso.

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La “Moneda Patria” vale un caramelo

Un caramelo. Dos, a lo sumo, si el quiosquero es bondadoso. Más que eso no se puede esperar que nos den a cambio de una moneda de un peso argentino. Esa que tiene un centro dorado con el “Inti” refulgente y la leyenda “Provincias Unidas del Río de la Plata”, de un lado, y el sello de la Asamblea del Año XIII, del otro, con la proclama “En unión y libertad”.

Pareciera que desde su nacimiento, la “primera moneda patria”, creada el 13 de abril de 1813 y replicada en el cospel de un peso actual, estuvo signada a simbolizar, más que la soberanía de una nación, como debiera, el sino de un país que, doscientos y pico de años después, no logra consolidar su independencia. Logró la política, pero la económica sigue siendo un sueño eterno.

Eso de quedarse a mitad de camino es como una maldición que Argentina arrastra desde aquella Asamblea General Constituyente que se animó a acuñar una primera moneda nacional y a adoptar los otros símbolos de que en esta parte del mundo se levantaba una nueva nación, pero titubeó a la hora de ser explícita y no cumplió con la misión para la cual fue creada: declarar la independencia y, como su nombre lo indica, sancionar una Constitución Nacional. No hizo ni lo uno ni lo otro. Lo primero se logró tres años después; para tener una Constitución tuvieron que pasar cuarenta años de guerra civil.

El motivo por el cual la Asamblea no consumó su propósito es simple: ya entonces había dirigentes que coqueteaban con las potencias extranjeras y pusieron palos en la rueda del proceso revolucionario que había echado a andar tres años antes y debía desembocar en la emancipación.

Encandilados con esas potencias, no atinaron sin embargo a imitar su modelo productivo, sino que aceptaron que confinaran a la Argentina al rol de mero proveedor periférico de ellas.

El país fue “el granero del mundo” y, después, el período de las grandes guerras europeas generó la “sustitución de importaciones”, oportunidad para que Argentina se afianzara como productor industrial. Pero nada de eso fue aprovechado para revalorizar su moneda.

En San Luis, hay que juntar 60 “monedas patrias” para comprar un kilo de pan, 22 para usar el servicio urbano de pasajeros, 40 para ir en colectivo de la capital a Juana Koslay.

El símbolo de la soberanía económica del país, acuñado hace 206 años y un día, está tan devaluado que, como unidad, ya no es tenido en cuenta en ninguna transacción. Su valor está contenido en un caramelo. O dos, si el quiosquero es generoso.

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