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El Evangelio según San Pentágono: Cómo convertir al Código en Pecado Nacional

Cuando el Ejército más poderoso del mundo le tiene miedo a los términos y condiciones de uso. Por Alicia Bañuelos

Por redacción
| Hace 19 horas

Si creían que el drama de las inteligencias artificiales se limitaba a robots quitándonos el trabajo, bienvenidos a la secuela. En esta entrega, los robots les están quitando derechos constitucionales a los propios estadounidenses, y el Pentágono se escandaliza porque una empresa privada tuvo la audacia de tener principios. Por acá, en cambio, la escena nos resulta familiar: cuando el Estado te llama “riesgo nacional”, generalmente no es porque seas peligroso. Es porque sos un estorbo.

 

Anthropic, la empresa detrás del asistente de IA Claude, decidió que su tecnología no puede ser usada para vigilancia masiva de civiles ni para armas completamente autónomas. El Pentágono respondió con lo que cualquier burócrata conoce bien: plazos, amenazas, y finalmente un decreto.

 

Trump ordenó que todas las agencias federales cesen el uso de Claude. Hegseth la declaró “riesgo en la cadena de suministro”, una categoría que hasta ahora se reservaba para Huawei y el KGB. Ahora también aplica para compañías de San Francisco que se niegan a espiar ciudadanos. Épocas.

 

 

I.El Manual del Buen Patriota Tecnológico (Edición Hegseth)

 

Para que no queden dudas sobre qué espera Washington de Silicon Valley, vale resumir los mandamientos que Anthropic no quiso leer —o leyó y descartó con el mismo gesto con que uno descarta las condiciones de uso de una app:

 

Primero: el cliente siempre tiene la razón, especialmente si tiene ojivas nucleares. Si el Departamento de Defensa compra una licencia, no está comprando software. Está comprando soberanía.

 

Segundo: la ética es para los fines de semana. De lunes a viernes, la IA debe poder identificar un objetivo civil con la misma eficiencia con la que te recomienda una receta de empanadas.

 

Tercero: vigilar es querer. No se llama “vigilancia masiva doméstica”, se llama “gestión proactiva de la paz ciudadana”. Si el algoritmo no puede ver qué desayunás, el algoritmo tiene ideología.

 

 

II. El Factor Elon: “Hold my mate” (pero con satélites propios)

 

Mientras Anthropic se inmola en los altares de la ética y OpenAI hace cola en la ventanilla de cobros, Elon Musk observa el espectáculo con la sonrisa de quien acaba de heredar la estancia del tío rico. Él no solo quiere los 200 millones del contrato militar. Quiere el placer de llamar a Darío Amodei —CEO de Anthropic— y decirle: “Te lo avisé. La libertad de expresión es solo para los que tenemos satelites propios”.  

 

Su IA, Grok, ya está en lista de espera para ser el copiloto de cualquier drone que necesite un copiloto con sentido del humor negro y sin escrúpulos contractuales. La propuesta es simple: si Anthropic es “demasiado progre” para espiar y OpenAI es “demasiado corporativa” para mojarse, alguien tiene que llenar ese vacío ético. Elon está disponible.

 

 

III. El Juicio: la Primera Enmienda va al Tribunal

 

Anthropic va a litigar. Su argumento central es que el código fuente es una forma de expresión protegida por la Primera Enmienda. Es decir, que programar una IA para que diga “no voy a ayudar a espiar civiles” equivale, legalmente, a que un periodista escriba una columna de opinión. Como esta, por ejemplo.

 

 

Imaginen el debate en la sala:

 

Anthropic: “Nuestro modelo está programado para respetar la Constitución”.

 

El Pentágono: “Su modelo es un insubordinado. Si no dice ‘Sí, señor’ cuando le pedimos que rastree a un opositor político, entonces es código extranjero disfrazado de tarta de manzana”.

 

 Si la justicia le da la razón a Anthropic, el Gobierno no podría obligar a una empresa a modificar su IA, porque equivaldría a “discurso forzado”. Sería la primera vez en la historia que unas líneas de Python tienen más derechos civiles que varios ciudadanos de carne y hueso que conozco.

 

Si pierde, el precedente es una joya que en Argentina conocemos bien: el Estado podrá declarar “amenaza a la seguridad nacional” a cualquier empresa privada que se niegue a cooperar con sus apetitos. Una tostadora inteligente que rechace delatarte por quemar el pan a las tres de la mañana podría ser el próximo Huawei.

 

 

IV. Glosario de la Rendición (Traductor Pentágono–Silicon Valley)

 

“Propósitos legales”: Todo aquello que un abogado del Gobierno pueda justificar con un café en la mano a las tres de la mañana. Incluye revisar tu historial de búsqueda para determinar si sos un “entusiasta de la democracia” o un “activo peligroso”.

 

“Garantías éticas”: Adornos que las empresas incluyen en sus presentaciones para que los inversores de California duerman tranquilos. No aptas para uso en zonas de conflicto.

 

“Riesgo en la cadena de suministro”: La forma técnica de decir “me bloqueaste el acceso y ahora te voy a expropiar hasta el nombre”. En Argentina lo llamamos simplemente “intervención”, y lo hacemos desde 1930.

 

“Colaboración estratégica”: Lo que hace OpenAI. Entregar las llaves del reino a cambio de seguir sentado en el trono, aunque el trono ahora tenga un micrófono del ejército debajo del cojín.

 

 

V. El Síndrome de Estocolmo Digital

 

Lo que estamos viendo es el velorio de la Soberanía Digital Privada. El Gobierno de Estados Unidos ha decidido que si un algoritmo es lo suficientemente inteligente como para cambiar el mundo, es demasiado importante como para dejarlo en manos de gente que cree en “valores universales”. Eso es, como bien sabemos por acá, una categoría que suele reservarse para los demás.

 

Darío Amodei tendrá la razón legal, pero el Pentágono tiene el monopolio de la definición de “patriota”. Y en esta timba, cuando la banca pierde, no abandona la mesa: cambia las reglas, se queda con las fichas y les cobra a los jugadores el costo de haberle hecho perder el tiempo.

 

Como decimos por acá: al que no le gusta la sopa, le dan dos platos. Y si sigue negando, una citación judicial, un decreto presidencial y la comparación pública con Huawei.

 

Bienvenidos al futuro de la inteligencia artificial: donde la única inteligencia que importa es saber cuándo callarse.

 

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