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Gobernar para absolutamente todos los argentinos

El último domingo se celebraron en Argentina las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias. Todo transcurrió dentro de la más absoluta normalidad. No se registraron denuncias de fraude o de anormalidades ni en la Justicia Electoral, ni en los medios de comunicación. La participación de los votantes fue levemente superior a las primarias de 2015. Votó el 75% del padrón nacional, es decir, apenas por encima del 74,91% que se registró en la última PASO nacional. En la provincia de Buenos Aires votó más del 77% del padrón. Una participación absolutamente normal y habitual para este tipo de elección.

En la categoría presidente y vicepresidente Alberto Fernández (Frente de Todos) obtuvo 11.624.976 sufragios, el 47,66% de los votos; Mauricio Macri (Juntos por el Cambio) alcanzó 7.825.998 sufragios, el 32,08%; Roberto Lavagna (Consenso Federal) 8,23%; Nicolás del Caño (FIT Unidad) 2,86%; Juan José Gómez Centurión (Frente NOS) 2,63%; José Luis Espert (Unite Frente Despertar) 2,19%. Son valores del escrutinio provisorio.

De repetirse estos resultados, toda vez que una fuerza ha superado el 45% de los votos, Alberto Fernández quedaría consagrado como Presidente de la República, sin necesidad de una segunda vuelta. En oportunidad de la reforma constitucional de 1994, se estableció para la elección general el último domingo de octubre; y para la asunción presidencial el 10 de diciembre. La intención era abreviar el lapso entre la elección y la asunción. Conocido el presidente electo se entiende que se genera un vacío de poder que debe ser lo más breve posible. El concluyente resultado del domingo 11 de agosto ha generado una situación compleja toda vez que no hay, ni siquiera, un presidente electo. Tan solo candidatos confirmados por el porcentaje de votos alcanzado por cada uno. Y sí hay una tendencia muy fuerte que muchos analistas califican como irreversible. Y que parece serlo.

Lo que claramente hubo en la fuerza política gobernante en el país es un grosero error de percepción. Y no solo se trata de encuestas realizadas por empresas privadas que pueden haber resultado erróneas, mal leídas o mal transmitidas. Se trata de la mirada de quienes gobiernan desde hace más de tres años. Se trata de un sesgo en la apreciación de funcionarios, legisladores, y gobernantes. Pese a que se suponen viven en contacto permanente con la sociedad sobre la que ejercen su labor y su poder. Son mujeres y hombres que disponen de múltiples herramientas para medir, para observar, para auscultar el paso diario de millones de argentinos. De sus carencias, de sus necesidades, de sus deseos. Ni aun mimetizando gobierno y alianza política alcanzaron a vislumbrar la realidad. Y este fue el origen de todo el descalabro posterior. La cuestión es bien distinta: una cosa es perder por amplio margen una elección primaria, lo que puede suceder y, obviamente le sucedió a varios candidatos, y otra es creer y transmitir previamente un resultado tan dispar del que efectivamente se verificó. Y no es excusa decir le pasó a todos. Hay un ciudadano que tiene una responsabilidad distinta. Y capacidades distintas del resto. Esa responsabilidad es la que debió tener en cuenta el actual presidente de todos los argentinos, incluso de los que votaron distinto, incluso de los que le ganaron, para reaccionar de otro modo. Para comportarse con otro respeto institucional por su propia investidura y por su pueblo. 

Justamente lo que debe primar ahora es el absoluto respeto por las instituciones y las normas. Por los procedimientos y los plazos establecidos. Algunos de los capítulos más vacilantes de la historia reciente tienen que ver con desconocer las instituciones. Cada cual en su lugar, con sus responsabilidades y sus atributos. Quienes tienen mandato hasta el 10 de diciembre deben ejercer en plenitud sus funciones. Deben gobernar, con mucha responsabilidad y para todos, para absolutamente todos los argentinos.

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Gobernar para absolutamente todos los argentinos

El último domingo se celebraron en Argentina las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias. Todo transcurrió dentro de la más absoluta normalidad. No se registraron denuncias de fraude o de anormalidades ni en la Justicia Electoral, ni en los medios de comunicación. La participación de los votantes fue levemente superior a las primarias de 2015. Votó el 75% del padrón nacional, es decir, apenas por encima del 74,91% que se registró en la última PASO nacional. En la provincia de Buenos Aires votó más del 77% del padrón. Una participación absolutamente normal y habitual para este tipo de elección.

En la categoría presidente y vicepresidente Alberto Fernández (Frente de Todos) obtuvo 11.624.976 sufragios, el 47,66% de los votos; Mauricio Macri (Juntos por el Cambio) alcanzó 7.825.998 sufragios, el 32,08%; Roberto Lavagna (Consenso Federal) 8,23%; Nicolás del Caño (FIT Unidad) 2,86%; Juan José Gómez Centurión (Frente NOS) 2,63%; José Luis Espert (Unite Frente Despertar) 2,19%. Son valores del escrutinio provisorio.

De repetirse estos resultados, toda vez que una fuerza ha superado el 45% de los votos, Alberto Fernández quedaría consagrado como Presidente de la República, sin necesidad de una segunda vuelta. En oportunidad de la reforma constitucional de 1994, se estableció para la elección general el último domingo de octubre; y para la asunción presidencial el 10 de diciembre. La intención era abreviar el lapso entre la elección y la asunción. Conocido el presidente electo se entiende que se genera un vacío de poder que debe ser lo más breve posible. El concluyente resultado del domingo 11 de agosto ha generado una situación compleja toda vez que no hay, ni siquiera, un presidente electo. Tan solo candidatos confirmados por el porcentaje de votos alcanzado por cada uno. Y sí hay una tendencia muy fuerte que muchos analistas califican como irreversible. Y que parece serlo.

Lo que claramente hubo en la fuerza política gobernante en el país es un grosero error de percepción. Y no solo se trata de encuestas realizadas por empresas privadas que pueden haber resultado erróneas, mal leídas o mal transmitidas. Se trata de la mirada de quienes gobiernan desde hace más de tres años. Se trata de un sesgo en la apreciación de funcionarios, legisladores, y gobernantes. Pese a que se suponen viven en contacto permanente con la sociedad sobre la que ejercen su labor y su poder. Son mujeres y hombres que disponen de múltiples herramientas para medir, para observar, para auscultar el paso diario de millones de argentinos. De sus carencias, de sus necesidades, de sus deseos. Ni aun mimetizando gobierno y alianza política alcanzaron a vislumbrar la realidad. Y este fue el origen de todo el descalabro posterior. La cuestión es bien distinta: una cosa es perder por amplio margen una elección primaria, lo que puede suceder y, obviamente le sucedió a varios candidatos, y otra es creer y transmitir previamente un resultado tan dispar del que efectivamente se verificó. Y no es excusa decir le pasó a todos. Hay un ciudadano que tiene una responsabilidad distinta. Y capacidades distintas del resto. Esa responsabilidad es la que debió tener en cuenta el actual presidente de todos los argentinos, incluso de los que votaron distinto, incluso de los que le ganaron, para reaccionar de otro modo. Para comportarse con otro respeto institucional por su propia investidura y por su pueblo. 

Justamente lo que debe primar ahora es el absoluto respeto por las instituciones y las normas. Por los procedimientos y los plazos establecidos. Algunos de los capítulos más vacilantes de la historia reciente tienen que ver con desconocer las instituciones. Cada cual en su lugar, con sus responsabilidades y sus atributos. Quienes tienen mandato hasta el 10 de diciembre deben ejercer en plenitud sus funciones. Deben gobernar, con mucha responsabilidad y para todos, para absolutamente todos los argentinos.

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