Sin margen para la soberbia

La pandemia de COVID-19 ofrece un amplio espectro de reacciones a nivel global. Como se ha repetido en innumerables ocasiones: los grandes dramas ponen a prueba lo mejor y lo peor de la humanidad y esta no es la excepción.

En el caso de Brasil, según el análisis del periodista Mario Osava, “parece destinada a corregir una desviación de la historia y a rescatar algunos valores en medio de la tragedia mundial”.

Algo resultó mal en la evolución de la ciencia, la educación, la cultura y las costumbres. Negar sus avances fue uno de los factores del triunfo electoral de una oleada de gobernantes en la última década, además de hacer populares a políticos simplones y agresivos, según analiza Osava.

No se trata solo de que sean “negacionistas” del cambio climático, de la evolución de las especies, del Holocausto nazi o la dictadura militar en Brasil, por poner  algunos ejemplos, sino de que algunos de ellos aunaron multitudes de seguidores en proyectos exitosos de toma del poder.

Constituyeron con sus sectas, organizadas y movilizadas por las redes sociales, un medio ajustado a sus frases e ideas cortas, una especie de vanguardia capaz de seducir electores suficientes para ganar comicios.

Ahora, la pandemia tiende a corregir ese desatino por lo menos en algunos lugares, al desnudar la imposibilidad de un buen gobierno basado en el oscurantismo, en la aversión al conocimiento científico, como ejemplifica el caso de Brasil, cuyo presidente —el ultraderechista Jair Bolsonaro— está a la vanguardia de despropósitos respecto a la pandemia.

“Quedó muy difícil que a locos se les elija presidentes” durante un largo futuro, señaló desde Brasilia, Cristovam Buarque, exministro de Educación y exgobernador del Distrito Federal, en una referencia más que directa al gobernante brasilero.

“La pandemia revalorizó la ciencia, aunque su valor nunca estuvo verdaderamente amenazado, pese al rechazo de presidentes como Bolsonaro y Donald Trump”, reconoció Buarque, un ingeniero con doctorado en Economía cuyo trabajo permanente es la docencia en la Universidad de Brasilia, de la que fue rector entre 1985 y 1989.

El flagelo, que al entrar abril había provocado oficialmente más de 43.000 muertes en el mundo, dejará lecciones positivas pese a las centenares de miles de víctimas fatales pronosticadas y la incalculable recesión económica impuesta al mundo en este año 2020 y sus desastrosas consecuencias en el empleo.

Pero la crisis también “está revitalizando el periodismo, crecieron su audiencia y credibilidad en contraste con las redes sociales” y sus noticias falsas, evaluó el presidente de la Asociación Brasileña de Prensa (ABI), Paulo Jerónimo de Sousa.

El periodismo de los canales de televisión, con 61 por ciento, y de diarios impresos, con 56 por ciento, son los medios más confiables en la información sobre la pandemia del coronavirus, según una encuesta hecha por el instituto Datafolha en todo Brasil del 18 al 20 de marzo.

Mientras, solo el 12 por ciento de los entrevistados dijo confiar en informaciones divulgadas por WhatsApp y Facebook. Esas plataformas digitales no son confiables para el 58 y 50 por ciento, respectivamente.

Esa desconfianza baja a 11 y 12 por ciento en relación a las noticias de diarios y televisión. Radio y noticieros de sitios web quedaron en posiciones intermedias.

La baja credibilidad de las redes sociales acompañan la pérdida de popularidad del presidente Bolsonaro, cuya elección en octubre de 2018 contó con el aporte decisivo de esos medios de comunicación interpersonales, adecuados a los mensajes cortos de los políticos de extrema derecha, de consignas y anacrónicos prejuicios.

Las redes sociales, sin embargo, cuentan con una importante audiencia. Entre los entrevistados de Datafolha, el 28 por ciento las tiene como fuente de información sobre el coronavirus, 3,5 veces el índice de los diarios impresos, ocho por ciento.

La televisión es casi monopólica, el 79 por ciento se informa por sus pantallas.

El periodismo profesional tiene que imponer respeto a Bolsonaro, que ofende a los medios en forma reiterada en sus discursos y entrevistas, opinó De Sousa.

A un periodista le dijo que “tiene una cara terrible de homosexual” en diciembre, a otra la acusó de intento de “canjear sexo por información” en febrero, varias veces ordenó “cállese” a reporteros y acusó de “mentirosa” a toda la prensa, que consideró que está “amenazada de extinción”.

La realidad desmiente a Bolsonaro. El deseo es que Brasil no termine por pagar un precio demasiado elevado, ante un drama que golpea a todo el mundo y en el que la soberbia tiene poca —y mala— prensa.

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Sin margen para la soberbia

La pandemia de COVID-19 ofrece un amplio espectro de reacciones a nivel global. Como se ha repetido en innumerables ocasiones: los grandes dramas ponen a prueba lo mejor y lo peor de la humanidad y esta no es la excepción.

En el caso de Brasil, según el análisis del periodista Mario Osava, “parece destinada a corregir una desviación de la historia y a rescatar algunos valores en medio de la tragedia mundial”.

Algo resultó mal en la evolución de la ciencia, la educación, la cultura y las costumbres. Negar sus avances fue uno de los factores del triunfo electoral de una oleada de gobernantes en la última década, además de hacer populares a políticos simplones y agresivos, según analiza Osava.

No se trata solo de que sean “negacionistas” del cambio climático, de la evolución de las especies, del Holocausto nazi o la dictadura militar en Brasil, por poner  algunos ejemplos, sino de que algunos de ellos aunaron multitudes de seguidores en proyectos exitosos de toma del poder.

Constituyeron con sus sectas, organizadas y movilizadas por las redes sociales, un medio ajustado a sus frases e ideas cortas, una especie de vanguardia capaz de seducir electores suficientes para ganar comicios.

Ahora, la pandemia tiende a corregir ese desatino por lo menos en algunos lugares, al desnudar la imposibilidad de un buen gobierno basado en el oscurantismo, en la aversión al conocimiento científico, como ejemplifica el caso de Brasil, cuyo presidente —el ultraderechista Jair Bolsonaro— está a la vanguardia de despropósitos respecto a la pandemia.

“Quedó muy difícil que a locos se les elija presidentes” durante un largo futuro, señaló desde Brasilia, Cristovam Buarque, exministro de Educación y exgobernador del Distrito Federal, en una referencia más que directa al gobernante brasilero.

“La pandemia revalorizó la ciencia, aunque su valor nunca estuvo verdaderamente amenazado, pese al rechazo de presidentes como Bolsonaro y Donald Trump”, reconoció Buarque, un ingeniero con doctorado en Economía cuyo trabajo permanente es la docencia en la Universidad de Brasilia, de la que fue rector entre 1985 y 1989.

El flagelo, que al entrar abril había provocado oficialmente más de 43.000 muertes en el mundo, dejará lecciones positivas pese a las centenares de miles de víctimas fatales pronosticadas y la incalculable recesión económica impuesta al mundo en este año 2020 y sus desastrosas consecuencias en el empleo.

Pero la crisis también “está revitalizando el periodismo, crecieron su audiencia y credibilidad en contraste con las redes sociales” y sus noticias falsas, evaluó el presidente de la Asociación Brasileña de Prensa (ABI), Paulo Jerónimo de Sousa.

El periodismo de los canales de televisión, con 61 por ciento, y de diarios impresos, con 56 por ciento, son los medios más confiables en la información sobre la pandemia del coronavirus, según una encuesta hecha por el instituto Datafolha en todo Brasil del 18 al 20 de marzo.

Mientras, solo el 12 por ciento de los entrevistados dijo confiar en informaciones divulgadas por WhatsApp y Facebook. Esas plataformas digitales no son confiables para el 58 y 50 por ciento, respectivamente.

Esa desconfianza baja a 11 y 12 por ciento en relación a las noticias de diarios y televisión. Radio y noticieros de sitios web quedaron en posiciones intermedias.

La baja credibilidad de las redes sociales acompañan la pérdida de popularidad del presidente Bolsonaro, cuya elección en octubre de 2018 contó con el aporte decisivo de esos medios de comunicación interpersonales, adecuados a los mensajes cortos de los políticos de extrema derecha, de consignas y anacrónicos prejuicios.

Las redes sociales, sin embargo, cuentan con una importante audiencia. Entre los entrevistados de Datafolha, el 28 por ciento las tiene como fuente de información sobre el coronavirus, 3,5 veces el índice de los diarios impresos, ocho por ciento.

La televisión es casi monopólica, el 79 por ciento se informa por sus pantallas.

El periodismo profesional tiene que imponer respeto a Bolsonaro, que ofende a los medios en forma reiterada en sus discursos y entrevistas, opinó De Sousa.

A un periodista le dijo que “tiene una cara terrible de homosexual” en diciembre, a otra la acusó de intento de “canjear sexo por información” en febrero, varias veces ordenó “cállese” a reporteros y acusó de “mentirosa” a toda la prensa, que consideró que está “amenazada de extinción”.

La realidad desmiente a Bolsonaro. El deseo es que Brasil no termine por pagar un precio demasiado elevado, ante un drama que golpea a todo el mundo y en el que la soberbia tiene poca —y mala— prensa.

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