13°SAN LUIS - Domingo 20 de Septiembre de 2020

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La asfixia insoportable

“La destrucción del complejo racista no supone únicamente la rebelión de sus víctimas, sino la transformación de los propios racistas y, por consiguiente, la descomposición interna de la comunidad instituida por el racismo (…). La situación es absolutamente análoga a la del sexismo, cuya superación supone a un tiempo la rebelión de las mujeres y la descomposición de la comunidad de los 'machos'”, explica Immanuel Wallerstein en el libro “Raza, Nación y Clase” (1988).

 

Podríamos decir que nunca fueron tan patentes esas palabras como en las imágenes que se difundieron recientemente, en las que George Floyd, un afroestadounidense, es asesinado por policías durante un procedimiento en el que aparentemente se lo detenía por intentar comprar con un billete falso. Los detalles de la investigación estarán plagados de dudas, seguramente, pero el video que capta la escena es contundente: en ellas se ve a George cada vez más inmóvil, suplicando que lo dejen respirar.  Allí podríamos identificar a la comunidad instituida por el racismo (que se hace evidente en la violencia policial) y a sus víctimas, cuya rebelión en las manifestaciones de Minneapolis no fue suficiente para destruir por completo y de una vez por todas ese complejo racista. Pero las imágenes no son ni tan patentes ni tan nuevas.

 

Si afirmáramos tal cosa, faltaríamos a la verdad. Los EE.UU. tienen una larga historia de creación de comunidades racistas, que incluso llegaron a la guerra por la abolición o la defensa de la esclavitud. Parte de esa historia quedó viva y el país parece seguir dividido como antes. Cuesta creerlo, pero pasó un siglo y medio desde entonces.

 

La Guerra de Secesión terminó, la esclavitud se abolió, pero las comunidades afroamericanas siguen viviendo las consecuencias de esos conflictos que parecían (pero nunca estuvieron) enterrados.

 

 

EE.UU. llegó a la guerra por la abolición o la defensa de la esclavitud. Parte de esa historia aún está viva.

 

 

Durante muchos años, las comunidades racistas fueron formándose a base de teorías (fundamentadas en supuestas “evidencias”), prácticas y discursos que incluso hoy resultan difíciles de erradicar. La comunidad racista de los EE.UU. oprime, pero también obliga a que los oprimidos se definan a sí mismos como una comunidad aparte.

 

“No puedo respirar”, repetía George Floyd antes de morir en manos de los oficiales. Lo mismo decía Eric Garner en 2014, otro afroamericano muerto en circunstancias similares. Es también la frase que se lee hoy en pancartas y remeras, como rebelión ante esta asfixia insoportable.

 

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