21°SAN LUIS - Viernes 30 de Septiembre de 2022

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¿Qué piensan los cuerpos de las mujeres?

"El cuerpo es quien recuerda" y "Una vida en presente" son dos novelas que hablan sobre los trabajos a los que las mujeres recurren para sobrevivir en un mundo capitalista. Desde la "profesión más antigua del mundo", la prostitución; hasta la subrogación de vientre.

Por redacción
| 07 de agosto de 2022
"No soy una escritora feminista". Si bien los temas que Paula aborda en sus libros tocan los debates de los cónclaves de mujeres, no se politiza. Foto: internet.

Como una anatomista, pero con mirada de inspectora fabril, Paula Puebla analiza el cuerpo femenino, no desde su fisonomía o funciones, sino del concepto mercantilista y capitalista de la fuerza de trabajo. El siguiente paso de esta científica social es preguntarse y preguntarte, a vos lector y lectora, cuál es el límite del uso del cuerpo femenino.

 

¿Es madre aquella que subroga su vientre para facilitarle la maternidad a otra?, ¿la propia mujer ejerce como opresora de los cuerpos de otras?, ¿ser escort es una forma de alienación?, ¿qué sucede cuando la única forma de sobrevivir es venderse a sí misma?

 

Estas son algunas de las reflexiones a las que invitan los escritos de la novelista. Sin una pluma partidaria y sin siquiera considerarse feminista lleva a cuestionar debates que suceden hasta en el más interno seno de las agrupaciones feministas y las propias activistas.

 

 

—Estudiaste Diseño de Indumentaria, ¿cómo llegaste a la literatura?

 

—Trabajé en moda y en televisión también, pero no me gustaba la industria. Sin embargo, durante mucho tiempo lo tuve que hacer porque era mi medio de vida. Cuando tenés que pagar un alquiler muchas veces no tenés mucho margen para elegir. Después esa situación cambió. Y vi que se abrió la posibilidad para cambiar de rumbo y, muy paulatinamente, pude enfocarme en la escritura, hasta que empecé a profesionalizarme vendiendo artículos. De todas maneras el dinero y la escritura son una relación muy conflictiva para el grueso de los escritores en Latinoamérica. Yo no fui la excepción, se me dio de manera lenta.

 

  Novela uno. Prosa ágil, polémica y controversial.

 

—¿Cómo iniciaste en la publicación?

 

—Empecé escribiendo de manera muy amateur, autodidacta y en blogs y en revistas. Con el tiempo esa necesidad de escribir, de contar, de hablar culminó en una ficción y, en 2018, publiqué mi primera novela. Fue una apuesta, nunca había escrito algo así y mucho menos una ficción de largo aliento, pero salió esa narrativa en una editorial independiente. Resultó muy bien, todavía sigue circulando y ahí se abrió otra puerta en mi vida. Poco después saqué un libro de ensayos y ahora  "El cuerpo es quien recuerda".

 

 

—¿Cuál es el móvil disparador para tus novelas, teniendo en cuenta que las dos que publicaste hablan de los cuerpos de las mujeres?

 

—Esas miradas sociales están en el aire y son coyunturas que están muy a disponibilidad, sobre la mesa y abiertas a que hablemos sobre ellas. En estos casos los derechos de las mujeres, sus cuerpos y su trabajo. En mi caso, no me aprovecho de esa coyuntura como para subirme a la marea que va para el mismo lado, sino que me aferro a esos temas para discutirlos un poco, tratar de entrarles por otro lado y generar una reflexión o pregunta. Mi disparador, en general, es intentar agregarle una mirada no tan unidimensional a determinados temas. Estamos condenados a ir con la corriente y yo tengo un carácter distinto. Me parece que siempre está bueno sumar con otra cosa, así que esa es mi vocación, sin sentar una posición, sino abrirse a una.

 

 

—En “Una vida en presente” y “El cuerpo es quien recuerda” planteás el "uso" del cuerpo femenino ¿en qué te interroga a vos?

 

—Me hace una gran pregunta, que podemos compartir todos, mujeres y hombres, y es ¿qué es el trabajo? Sobre todo en este siglo del que recién van 22 años, no quiero imaginar cómo va a ser dentro de 50. Las formas del trabajo fueron cambiando y por ende la estructura social también lo hizo. Por otro lado, ¿hasta dónde es un trabajo? ¿no es pura alienación embarazarse y parir un pibe que es de otra u otro? La misma pregunta se puede aplicar a la prostitución, al trabajo sexual y a una persona que junta chatarra y vive de sus propias manos para sobrevivir. Hay, primeramente, una pregunta ética sobre la labor y después, desde mi lugar de mujer, me resulta inherente pensar sobre nuestro cuerpo y los derechos que tenemos sobre él. Es algo que se viene hablando mucho en los últimos años y me parece que el tema del alquiler de vientres es la pregunta que sigue. Además, no encuentro motivos para no hablar sobre eso.

 

 

—Hay quienes dicen que la prostitución es el trabajo más antiguo del mundo, en una asociación desigual: así como el hombre usa su fuerza como herramienta de trabajo... ¿la mujer usa su cuerpo? ¿Cómo deja al género parado eso?

 

—Los límites se van corriendo, el cuerpo de las mujeres siempre fue un método de trabajo desde la explotación de las trabajadoras en las fábricas textiles. Lo que sucede es que con estos trabajos, como la prostitución, hay una implicancia muy interna, el trabajo incide  adentro tuyo. Hay un límite que se corrió y se siguió corriendo porque el mercado generó eso. No creo que ninguna mujer, que no esté desesperada económicamente, elija subrogar o alquilar su vientre. Por algo, la mayoría de las mujeres que lo hacen son aquellas que están en la pobreza y necesitan mantener a su familia y sus propios hijos; muchas veces esos márgenes, para ver qué es elegido y qué no, son muy chiquitos.

 

 

—¿Cuál fue el proceso de investigación para escribir "El cuerpo es quien recuerda"?

 

—Hubo toda una fase de mirar muchos documentales, que son bastante escasos. Hice una investigación online, me conecté con ucranianas haciéndome pasar por una mujer que quería contratar sus servicios y así se fue dando la construcción de estos relatos. También leí algunos libros no sobre alquiler de vientres, sino sobre la identidad; en especial referida al robo de bebés durante la dictadura y me parecía que ahí había un vínculo, no comparando las dos situaciones, son muy distintas. Pero creía que podía haber ahí preguntas nuevas sobre la identidad, me puedo imaginar a Rita, una de las protagonistas, que ella tiene una madre, pero cree que también tiene otra (la que prestó su vientre para que nazca). Y si ella piensa eso es porque la tiene. Las creencias de una persona no se pueden refutar. Así fue que terminé creando una red de información.

 

—Hay muchos casos de vientres subrogados en la farándula argentina y esta elección de países de donadores caucásicos...

 

—Es conocido que los hijos que fueron concebidos bajo esta técnica puedan llegar a ser rubios, de ojos claros y con determinadas características. Hay un componente ahí, que si bien no está nombrado en la novela, obviamente es para discutir. Todo lo que es el mercado de compra de óvulos y espermas; los candidatos pueden ir y elegir qué tipo quieren de acuerdo al color de piel, a la religión y al coeficiente intelectual del donante. Es un catálogo de material genético en el que uno puede escoger y moldear al hijo e hija que va a tener. Es un tema para discutir también.

 

 Novela dos. Temas sensibles en un solo libro.

 

 

—¿Se puede medir la maternidad? ¿Y la de la subrogante que tuvo al niño o niña en la panza?

 

—Sí, son todas preguntas que están en la novela. Mi trabajo es ese, abrir la pregunta que si la mujer que gestó y parió, es madre. Si uno lo mira objetivamente, yo cuando veo a una mujer embarazada en la cola de la verdulería, lo primero que pienso es que va a ser mamá, está esa palabra impresa en cualquier embarazo. Entonces te preguntás ¿qué es una madre? ¿hasta dónde se es madre? Esas respuestas fueron cambiando conforme lo hizo la forma de gestar, porque se ampliaron los límites y eso está bueno preguntarlo. Pero sentenciar si está bien o mal, es algo que no me corresponde.

 

 

—La mujer que subroga el vientre, lo hace en 2001 en una situación de crisis económica, pero que igual tiene los recursos para costearlo y por otro lado está la mujer que se ve obligada a prestar su cuerpo...

 

—Hay una clara relación de de-sigualdad, por algo los países que tienen una industria más grande de alquiler de vientre son aquellos con esa misma característica en su interior. La desigualdad afecta más a las mujeres y específicamente a sus cuerpos. Hay países en donde esto es aplastante, entonces el alquiler de vientres prolifera y muchas veces son las mismas mujeres las que dominan a otras; no se trata de una cuestión de hombres sobre mujeres, muchas veces es una adinerada la que oprime a una pobre. Y eso también fue un disparador y es otra capa que descubrí para escribir, esto es una discusión para dar entre nosotras también ¿Hasta dónde somos capaces de llevar nuestro deseo de ser madres? Evidentemente estamos siendo, la sociedad, capaces de oprimir a otra mujer con tal de ser mamá. Me parece que es una de las preguntas claves del libro y este tipo de diálogos se deben dar más antes que después, sino es demasiado tarde. Cuando ya apareció la primera clínica en Latinoamérica en donde se podía hacer. Ahora es tarde. Es el mercado el que toma las decisiones.

 

 

—"El cuerpo es quien recuerda" está situado en 2025 ¿hay alguna intencionalidad de ubicarlo en un futuro, pero uno cercano?

 

—Sí, hubo en primer lugar una decisión técnica, me resultaba más cómodo hablar y crear la voz de Rita como la de una chica de 25 años y no como una de 16. Eso por un lado y por el otro, el 2025 me servía para dar cuenta de que en el año 2000 la técnica de subrogación de vientres ya estaba blanqueada y estipulada. Al igual que me es útil para subrayar que es una charla que deberíamos haber tenido hace un montón y no lo hicimos. Además, me parece que la idea está bien situada, con base en las cosas que están pasando ahora, la guerra, la pandemia y la violencia generalizada. Entonces, lo podemos imaginar y al mismo tiempo es totalmente inesperado lo que puede pasar, me generaba una sensación entre presente y futuro que estaba buena.

 

 

—En "Una vida en presente" la protagonista, una escort, ¿le saca "provecho" al sistema o es a la inversa?

 

—Es una relación de ida y vuelta muy ambigua porque por la construcción del personaje todo parece indicar que no. Porque no es una pobre, en esos casos las mujeres son distintas porque se da mucho la desesperación. Si uno está desesperado no piensa de la misma manera que lo hace una persona que no lo está. En este caso había un aprovechamiento de los hombres, de las puntas de poder, que me parece muy inteligente, pero por otro lado también se la puede posicionar como una víctima en un esquema mercantilista y opresor. Sin embargo, lo más interesante de ese personaje es ese ida y vuelta, no me gusta que sea solamente una víctima o un victimario, sino que tenga esa dualidad interesante de que por momentos te da ganas de defenderlos y por otros te alejan.

 

 

—Con respecto al abolicionismo y regulacionsimo ¿creés que sucederá algo, como con el aborto, en que se va a llegar a una definición?

 

—Si creo que es necesario discutirlo y seguir haciéndolo hasta que se resuelva, por así decirlo. Pero no sé si va a pasar, es un tema que fractura mucho a las agrupaciones feministas y sigue siendo, por más que ya se haya abierto y hablado, muy árido. A las trabajadoras sexuales se las incluyó en los manifiestos y en los discursos feministas hace muy poco tiempo, y también en las marchas. Vi que, por ejemplo, Georgina Orellano está haciendo un trabajo espectacular y es algo que me parece muy valiente y hay que rescatarlo. Pero desde ahí, hay una especie de enemigo interno y de fuego cercano. Más allá del debate central.

 

 

—En tus libros no se deja entrever un lineamiento o una postura definida sobre temas referidos a la mujer ¿te considerás una escritora feminista?

 

—No. No me definiría como una escritora feminista, me parece que la definición justamente te limita y te entierra en una posición, en cómo debería ser mi carácter y no estoy acostumbrada a eso. Si voy a definir algo, bueno, preguntémonos e instalemos la duda primeramente. Hay algo que a mí no me interesa y me expulsa de otros libros, y es la bajada de línea. Si abro un libro donde la impresión ya viene dada por la autora o autor, no me siento convocada, sino que no me están dejando pensar, ¿no? Justamente la literatura es ese espacio para reflexionar y pensar cualquier cosa que no se podría hacer de otro modo. Hay una vocación por no bajar línea.

 

 

—¿Algún proyecto nuevo?

 

—Sí, comencé hace poco. No tengo ni un solo párrafo escrito pero sí unas anotaciones y empecé a mirar cosas y anotar. Quiero escribir otra novela, quizás también ubicada en un futuro corrido, dentro de unos años, pensando también el cuerpo en las nuevas derechas. Algo relacionado con eso. Ya vendrá.

 

Redacción/ALG

 

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