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Sarmiento no enseñaba con eslóganes

Hay una pregunta incómoda que deberíamos hacernos: ¿para qué existe hoy la escuela y qué está produciendo realmente? Por Daniel Gozainy.

Por Daniel Gozainy
| 13 de febrero de 2026

En el mundo hay sistemas educativos que son reconocidos por su calidad y no tienen grandes cantidades de métodos de enseñanza, pero sí hacen prevalecer la claridad de sentido de lo que se enseña. No hay abusos de grandilocuencia discursiva por parte de sus funcionarios. Están sabiendo perfectamente qué conocimientos son imprescindibles, qué esfuerzo esperan de sus estudiantes y qué lugar ocupa la escuela en la vida social de la comunidad. Todo se ordena detrás de esos ejes.

 

 

Pero ¿qué sucede en Argentina y particularmente en San Luis?  Esa es la gran pregunta que muchos nos hacemos.

 

 

La escuela parece haber perdido centralidad. Observamos cómo se producen actividades, documentos y programas, siendo el conocimiento a la altura de nuestros tiempos, el gran ausente.

 

 

El sistema es burocrático, vetusto, demodé. Se podría decir que funciona administrativamente, pero se encuentra debilitado pedagógicamente. Es absolutamente anacrónico.

 

 

Cuando el sistema se sostiene más por la burocracia que por una convicción clara de sus metas educativas, algo profundo está fallando. La escuela es productora de sentido social. Tendría que enseñar lo qué vale la pena saber, lo qué merece esfuerzo y además tener claro qué lugar ocupa cada sujeto que la transita. En los tiempos que corren la escuela ha quedado reducida a una oficina con alumnos.

 

 

Uno de los síntomas más claros del deterioro es la exageración burocrática. Todos los años funcionarios, equipos directivos y docentes pasan horas que se dedican al llenado de formularios, informes, planillas, con proyectos poco atractivos de siglas que se multiplican y discursos que cambian según la gestión.

 

 

Cada reforma agrega o cambia capas sin animarse a quitar nada. Los sistemas exitosos hacen exactamente lo contrario: simplifican y priorizan en pos de una meta clara.

 

 

El Estado provincial regula hasta el mínimo gesto del docente, pero evita el debate de fondo. controla, audita y desconfía, sin hacer mucho de lo que debería hacer: poner objetivos claros sobre lo que deben aprender sus estudiantes y bajo qué exigencias.

 

 

El resultado es conocido: docentes cansados y alumnos empobrecidos en su experiencia intelectual. Y para sumar males se agrega un problema estructural: las condiciones laborales con las que trabajan los docentes.

 

 

Puf!! Si hay tela para cortar en este tema!! No existe en el mundo ningún sistema educativo sólido sostenido con maestros agotados, mal pagos y obligados a multiplicar cargos para sobrevivir.

 

 

Últimamente se los ve haciendo trabajos que nada tienen que ver con el enseñar! Y no es una crítica ni ataque a los docentes que lo hacen. Por el contrario es la defensa irrestricta de que nadie puede enseñar bien bajo las condiciones imperantes y pensando más en cómo hacer dinero con Uber que en planificar una buena clase para sus alumnos.

 

 

Por estos días hemos visto docentes que hasta se animaron a mostrar sus recibos de sueldo en las redes sociales como testimonio de un hartazgo que crece año a año.

 

 

En la Argentina, el trabajo de los maestros está organizado contra la calidad: Jornadas partidas, salarios insuficientes, poco tiempo institucional para planificar, estudiar o conversar con colegas.

 

 

Exigir innovación pedagógica a quienes trabajan en condiciones de desgaste permanente, con sueldos bajisimos y de los peores del país, es de una crueldad institucional que no se tolera. Esto no es una demanda gremial: es una condición pedagógica básica. Ese docente que corre de una escuela a otra no puede construir comunidad ni sostener proyectos a largo plazo. Desde hace años la escuela pública contrata a docentes pobres que intenta enseñarle a alumnos pobres. Ambos se retroalimentan en las preocupaciones cotidianas sosteniendo un sistema educativo donde se enseña y se aprende de manera fragmentada, tal como se vive, dejando al lugar del conocimiento como relleno de un sistema que ha implosionado.

 

 

Bajar expectativas no incluye: empobrece. La inclusión real exige condiciones materiales, simbólicas y pedagógicas para que todos aprendan de verdad.

 

 

En este contexto, la consigna lanzada por el gobierno de San Luis —“2026, año de la educación”— merece una reflexión crítica.

 

 

El motivo declarado es conmemorativo: se cumplen 200 años de la primera escuela donde Domingo Faustino Sarmiento dio clases en San Francisco del Monte de Oro. El homenaje histórico es legítimo, pero el problema aparece cuando la conmemoración reemplaza a las buenas políticas educativas.

 

 

Pareciera que el gobierno de Claudio Poggi ha decidido conmemorar a Sarmiento. Eso está muy bien. Pero el fin no debería ser tranquilizar conciencias, sino incomodarlas. Sarmiento no fundó escuelas para celebrarlas dos siglos después, sino para empezar a impartir el sentido de nación. Lo suyo fue un importante proyecto político cultural. No trabajó con eslóganes, sino con decisiones duras, conflictivas y profundamente políticas.

 

 

Por lo tanto convertir un aniversario en consigna corre un riesgo evidente: usar el pasado como decoración mientras el presente sigue intacto y hasta en franco retroceso si solo nos quedamos con los resultados.

 

 

Veremos actos, placas, discursos, cartelería, programas con nombres atractivos… mientras en las escuelas persisten los mismos problemas estructurales: escuelas rotas, salarios insuficientes, burocracia asfixiante, fragmentación laboral y una distancia creciente entre el relato oficial y la experiencia cotidiana del aula.

 

 

Si 2026 ha de ser realmente el año de la educación en San Luis, no puede limitarse a homenajear una escuela del siglo XIX. Debe animarse a revisar la escuela del siglo XXI.

 

 

Eso implica decisiones importantes: mejorar de manera sustantiva las condiciones laborales docentes, reducir la carga administrativa inútil, devolver tiempo y autoridad pedagógica a las escuelas y definir con claridad qué conocimientos son irrenunciables. Y por supuesto invertir, invertir e invertir. Es decir, aumentar el presupuesto educativo.

 

 

La educación no mejora por calendario ni por efemérides. Mejora cuando el Estado deja de gestionar la apariencia y asume el conflicto que toda política educativa real implica. Todo lo demás es relato.

 

 

Honrar a Sarmiento no consiste en declarar un año simbólico, sino en animarse a discutir en serio qué escuela queremos y qué estamos dispuestos a hacer para reconstruirla.

 

 

La escuela argentina no fracasa sola. La hacen fracasar cuando se la llena de homenajes y se la vacía de sentido, cuando se reemplaza el conocimiento por retórica y el trabajo docente por simulacro.

 

 

Qué gran decisión política hubiese sido que el gobierno provincial en este año de homenajes a Sarmiento se hubiese convocado a quienes abrazaron su profesión, ya no para llenar formularios ni exigirles planificaciones sin sentido u obsoletas, sino para la conformación de un gran Congreso Pedagógico Provincial donde puedan tener la palabra, ser escuchados, ofrecer sus aportes y opiniones considerando el trabajo que hacen día a día.

 

 

Entiendo que mientras la política no haga un enorme esfuerzo por acompañar seriamente a docentes y alumnos evitando la palmadita en los hombros y sonrisitas para la foto, todo seguirá igual o peor.

 

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