10°SAN LUIS - Lunes 20 de Abril de 2026

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Cómo prepararse para la guerra equivocada

Las grandes empresas de tecnología emprenden una batalla económica por los chips de dos nanómetros, fundamentales en el futuro inmediato para construir los sistemas de inteligencia artificial. Por Alicia Bañuelos

Por redacción
| Hace 21 horas

El 11 de abril, el gobierno de Japón anunció que inyectará 4.000 millones de dólares adicionales en una empresa llamada Rapidus. No es una empresa de tecnología establecida, ni una filial de Sony o Toshiba. Es una startup fundada en 2022 que hasta hoy no ha vendido un solo chip a un cliente real. La inversión estatal total asciende ya a 16.300 millones de dólares. Para ponerlo en perspectiva: eso es más de lo que cuesta construir un hospital de primer nivel en cada provincia de Japón, dos veces.

 

La apuesta no es absurda. Pero tampoco está sola. Y ahí está el verdadero problema.

 

 

¿Qué es un chip de 2 nanómetros y por qué importa tanto?

 

Un nanómetro es la millonésima parte de un milímetro. Un cabello humano mide aproximadamente 80.000 nanómetros de diámetro. Un chip de 2 nanómetros contiene transistores —los interruptores microscópicos que procesan información— tan pequeños que caben miles de millones en el espacio de una uña. Cuanto más pequeños son los semiconductores, más potencia de cómputo cabe en menos espacio, consumiendo menos energía.

 

 

En términos prácticos, los chips de 2 nanómetros son la base sobre la que se construirán los sistemas de inteligencia artificial de la próxima generación: los que hacen diagnósticos médicos, los que conducen autos autónomos, los que procesan lenguaje, los que controlan satélites y redes eléctricas. Quien fabrique esos chips, en cierta medida, controla el sistema nervioso digital del mundo.

 

 

Hoy, solo una empresa en la Tierra produce chips a esa escala de forma masiva y confiable: TSMC, con sede en Taiwán. Su dominio es tan absoluto que representa el 64% del mercado mundial de fabricación de semiconductores avanzados. Cuando Apple diseña un chip para el iPhone, cuando Nvidia fabrica sus procesadores de IA, cuando AMD lanza un nuevo procesador para servidores, todos van a TSMC. La empresa taiwanesa es, en silicio, lo que Arabia Saudita fue al petróleo en los años setenta: el nodo irreemplazable de una cadena de suministro global.

 

 

El problema es que Taiwán está a 180 kilómetros de China. Y China considera Taiwán parte de su territorio.

 

 

Lo irónico es lo que pasó después. Los gobiernos del mundo están construyendo su política industrial entera sobre el miedo a un estrecho: el Estrecho de Taiwán. Invirtieron cientos de miles de millones de dólares para no depender de lo que podría ocurrir en ese canal de 180 kilómetros.

 

 

Y la primera crisis de cadena de suministro global que efectivamente se materializó no vino de Taiwán. Vino del Estrecho de Ormuz, del otro lado del mapa, cuando el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán llevó al cierre parcial de esa vía por donde transita el 20% del petróleo mundial. Corea del Sur —uno de los países que más invierte en chips avanzados, precisamente para no depender de Taiwán— vio sus refinerías amenazadas por la misma crisis energética que el mundo dijo no anticipar. El riesgo geopolítico no estaba donde todos miraban. Nunca está.

 

 

El pánico que se convirtió en política industrial

 

Esa geografía incómoda es la razón por la que, en los últimos tres años, cada potencia industrial del mundo ha decidido que necesita fabricar sus propios chips avanzados. No es solo un cálculo económico. Es un cálculo de supervivencia estratégica.

 

 

Estados Unidos aprobó la Ley CHIPS: 280.000 millones de dólares para reconstruir la capacidad doméstica de fabricación de semiconductores. Europa comprometió 43.000 millones de euros con el mismo objetivo. Corea del Sur tiene a Samsung gastando decenas de miles de millones para no ceder terreno frente a TSMC. China tiene todo el aparato del Estado detrás de sus fabricantes nacionales. Y Japón tiene a Rapidus.

 

 

Es comprensible. En 2021, cuando la pandemia desnudó la fragilidad de las cadenas de suministro globales, el mundo entero padeció escasez de chips. Las fábricas de automóviles cerraron. Los hospitales no podían conseguir equipos médicos. Las consolas de videojuegos desaparecieron de las tiendas. El mundo descubrió, de golpe, que casi todo lo que funciona con electricidad depende de chips fabricados en un puñado de países asiáticos.

 

Ese episodio fue el detonante. Y la respuesta política fue uniforme: nunca más. Cada gobierno llegó a la misma conclusión al mismo tiempo y comenzó a construir lo mismo: capacidad doméstica de fabricación de chips avanzados.

 

 

Una carrera con demasiados participantes

 

El problema no es que Japón haya apostado por Rapidus. El problema es que todos están apostando, a la vez, sin coordinarse entre sí.

 

 

Samsung, el gigante surcoreano, inició la producción masiva de chips de 2 nanómetros en el cuarto trimestre de 2025. TSMC no solo mantiene su liderazgo sino que está construyendo nuevas fábricas en Arizona, Japón y Alemania. Intel, la veterana estadounidense que perdió el liderazgo tecnológico hace una década, lanzó su proceso de fabricación más avanzado —llamado 18A— y está compitiendo activamente por clientes. Y Rapidus planea comenzar producción masiva en 2027 en Hokkaido.

 

 

Para 2028, el panorama podría verse así: TSMC a plena capacidad en múltiples países. Samsung está produciendo a escala. Intel está enviando chips de nueva generación. Rapidus en línea. Y los fabricantes chinos están avanzando en nodos propios, con menos restricciones de exportación de las esperadas.

 

 

La oferta de chips avanzados podría triplicarse en tres años. La pregunta que nadie está haciendo en voz alta es: ¿se va a triplicar también la demanda?

 

 

El lado silencioso de la ecuación: la eficiencia

 

Mientras los gobiernos construyen fábricas de chips con el supuesto de que la demanda de inteligencia artificial crecerá sin límite, algo curioso está ocurriendo en el lado del software: los modelos de IA se vuelven más eficientes a un ritmo que nadie anticipó.

 

 

En enero de 2025, la empresa china DeepSeek publicó un modelo de inteligencia artificial que igualaba el rendimiento de los mejores modelos del mundo, pero que había costado una fracción de lo que costó entrenarlos. Encontró maneras más inteligentes de usar el hardware disponible. La noticia sacudió a la industria tecnológica porque cuestionó una premisa fundamental: que más chips siempre equivale a más inteligencia.

 

 

Google, por su parte, desarrolló técnicas de compresión de modelos que redujeron los requisitos de memoria en un factor de seis sin pérdida apreciable de precisión. Los llamados 'modelos pequeños' —diseñados para correr en teléfonos y computadoras personales en lugar de centros de datos masivos— están ganando terreno frente a los gigantes que consumen electricidad a la escala de una ciudad mediana.

 

La eficiencia computacional no avanza en línea recta. Avanza en saltos. Y cada salto reduce cuántos chips se necesitan para hacer el mismo trabajo. Las fábricas que hoy se están diseñando para satisfacer una demanda proyectada podrían encontrarse, al entrar en operación, con que esa proyección era optimista.

 

 

El ciclo que se repite

 

La historia de la industria de semiconductores es, en parte, la historia de los gluts: los períodos de sobreoferta que siguen a cada pánico de escasez.

 

 

En 1996, los fabricantes coreanos de memoria —Samsung, Hyundai, LG— habían recibido apoyo estatal masivo para expandir su producción. Cuando sus fábricas entraron en línea simultáneamente, el mercado se inundó. Los precios de la memoria colapsaron un 80%. Toda la industria estadounidense de chips de memoria desapareció en tres años. Texas Instruments, Motorola, Intel —que en ese entonces fabricaba memoria— abandonaron el negocio. Los coreanos ganaron. Pero quince años después, cuando China hizo lo mismo con nodos más maduros, fue Corea la que sufrió. El ciclo no tiene favoritos permanentes.

 

 

Lo que caracteriza a ese ciclo es siempre la misma secuencia: escasez real, decisión política de construir capacidad, fábricas que entran en línea tarde y juntas, demanda que no creció tanto como se esperaba, precios que colapsan, algún jugador que queda con el muerto. Los analistas tienen nombre para esto: semiconductor glut (exceso de oferta). Y los indicadores preliminares para 2028-2029 lo mencionan como un escenario realista si la demanda de IA se modera mientras la capacidad se expande.

 

 

La diferencia en 2026 es que las apuestas son más grandes de lo que cualquier empresa privada hubiera hecho jamás. Y que son los contribuyentes, no los accionistas, quienes cargan con el riesgo inicial.

 

 

 

El argumento a favor: seguros, no apuestas

 

Hay un argumento honesto en defensa de todo esto, y merece ser considerado seriamente.

 

Construir capacidad de fabricación de chips avanzados no es solo una decisión económica. Es una decisión de seguridad nacional. Si mañana se desatara un conflicto en el Estrecho de Taiwán —y nadie descarta esa posibilidad— y las fábricas de TSMC quedaran fuera de operación o inaccesibles, el mundo enfrentaría un colapso de cadenas de suministro de magnitud histórica. No habría chips para teléfonos. No habría chips para hospitales. No habría chips para sistemas militares. La vulnerabilidad es real y documentada.

 

 

Desde esa perspectiva, Rapidus no es una apuesta a ganar dinero. Es una póliza de seguro contra un escenario catastrófico. Y las pólizas de seguro, por definición, tienen un costo que puede parecer excesivo hasta el día en que las necesitas.

 

El problema es que una póliza de seguro tiene sentido cuando la compra una sola persona. Cuando la compran al mismo tiempo todas las personas del edificio, y todas deciden contratar al mismo proveedor sin coordinarse, el resultado no es seguridad colectiva. Es saturación del mercado.

 

 

El país que cargará con el muerto

 

Cuando la capacidad global de chips de 2 nanómetros entre en línea —TSMC en múltiples continentes, Samsung en Texas y Corea, Intel con su proceso renovado, Rapidus en Hokkaido— alguno de estos actores terminará con fábricas a medio utilizar, tecnología sin suficientes clientes y facturas que presentar a sus ciudadanos.

 

La historia sugiere que será el que llegó más tarde, invirtió en condiciones más adversas y apostó más de lo que podía permitirse perder. Rapidus, fundada en 2022 con cero experiencia en producción comercial, en un país que según su propio presidente lleva entre diez y veinte años de retraso en esta industria, financia sus primeras etapas casi exclusivamente con dinero público, en un calendario que los analistas califican unánimemente como ambicioso.

 

Japón está apostando 16.300 millones de dólares a que ese país no será él. Pero todos están haciendo exactamente la misma apuesta.

 

La ironía de la geopolítica de los chips es esta: el pánico por depender de Taiwán podría producir, a finales de esta década, una sobreoferta global que destruya el valor de las inversiones realizadas para evitar exactamente ese pánico. El mercado no premia el miedo. Lo castiga.

 

 

Lo que queda después del ruido

 

Nada de esto significa que la preocupación por Taiwán sea infundada, ni que construir capacidad doméstica de chips sea una mala idea en abstracto. Significa que hacerlo sin coordinación internacional, en un período de tres años, con sumas que ninguna empresa privada arriesgaría sin garantía estatal, y sobre proyecciones de demanda que los propios analistas consideran inciertas, es una receta conocida para el desperdicio de capital a escala civilizatoria.

 

Los mismos analistas que hoy describen la demanda de chips de IA como 'insaciable' serán, probablemente, los que en 2029 escriban artículos sobre el gran glut de semiconductores de finales de los años veinte. El vocabulario cambiará. Las fábricas, no.

 

 

Japón apostó 16.300 millones de dólares. Estados Unidos apostó 280.000 millones. Europa apostó 43.000 millones. Corea apostó décadas de ventaja industrial. China apostó a la voluntad del Estado. Y todos están construyendo lo mismo, al mismo tiempo, sin preguntarse qué pasará cuando todos terminen.

 

En la historia de las carreras industriales, suele ganar quien llega primero. Esta vez, la pregunta más importante no es quién llegará primero. Es quién llegará cuando todavía haya mercado suficiente para todos.

 

 

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