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Septiembre, mes amarillo, en prevención del suicidio

Un mes para abrazar, para volver a creer, y, sobre todo, para elegir seguir floreciendo. Por Ivana Bianchi, Prof. Diplomada en Bioética – Pontificia Universidad Católica de Chile

Por redacción
| Hace 3 horas

Hay cifras que informan y hay cifras que interpelan. Las del suicidio pertenecen a las segundas.

 

Argentina atraviesa una situación que exige mucho más que preocupación necesita ser hablado, visibilizado y comprendido, dejar de ser un tema oculto detrás del miedo, vergüenza, o el silencio.  

 

 

Durante 2025 se registraron 5.209 muertes por suicidio, con una tasa informada por el Sistema Nacional de Información Criminal de 11,8 cada 100.000 habitantes mayores de cinco años, un aumento del 22% respecto de 2024.

 

San Luis merece una mirada particular. En 2025 alcanzó una tasa de 18,9 suicidios cada 100.000 habitantes, la segunda más alta del país y alrededor de un 60% superior al promedio nacional.

 

 

Estos números deberían encender una señal de alarma siendo una provincia relativamente pequeña, 96 personas perdieron la vida por suicidio en apenas un año según cifras oficiales.

 

 

Hablar de suicidio únicamente desde la estadística sería insuficiente y profundamente doloroso, seria reducir una vida, una historia y un sufrimiento a un frio número, ignorando el dolor inmenso de las familias de las personas que murieron, quienes tienen que aprender a convivir con las ausencias, las preguntas sin respuestas, y muchas veces con una culpa que jamás debería recaer sobre ellos. Necesitamos mirarlo también desde la bioética.

 

 

La bioética contemporánea no se limita a preguntarse qué puede hacer la medicina. También pregunta qué le debemos, como sociedad, a una persona que se encuentra en una situación de extrema vulnerabilidad.

 

 

La Declaración Universal sobre Bioética y Derechos Humanos de la UNESCO coloca en el centro la dignidad humana, la autonomía, la protección de las personas vulnerables, la justicia, la igualdad y la responsabilidad social en materia de salud.

 

 

Desde esta mirada, una persona atravesada por una crisis suicida no puede reducirse a un diagnóstico médico, mucho menos juzgarse como débil o responsabilizarse exclusivamente por lo que le ocurre, por lo contrario, nos obliga a preguntarnos no sólo qué llevó a esas personas al límite, sino también qué oportunidades de prevención, acompañamiento y atención estuvieron —o no estuvieron— disponibles antes de que fuera demasiado tarde.

 

 

Uno de los desafíos bioéticos más complejos es sobre la autonomía, eso de ninguna manera puede significar abandono.

 

Respetar la autonomía de una persona no significa permanecer indiferentes mientras el sufrimiento extremo limita su capacidad para imaginar alternativas. Durante una crisis pueden aparecer desesperanza, angustia intensa, aislamiento o una percepción profundamente alterada del futuro.

 

 

La respuesta ética no debería ser anular a la persona, pero tampoco abandonarla en nombre de una autonomía entendida de manera absoluta.

 

Debe buscarse proteger la vida respetando al máximo su dignidad, sus derechos y su libertad, utilizando intervenciones proporcionales y acompañando hasta que la crisis pueda disminuir y la capacidad de decidir pueda recuperarse.

 

 

La OMS señala que hablar abiertamente puede disminuir la ansiedad, permitir que la persona se sienta comprendida y abrir una oportunidad de intervención. El propio Ministerio de Salud argentino sostiene que hablar del suicidio no incrementa el riesgo.

 

 

A veces una pregunta sencilla —“¿estás pensando en hacerte daño?”— puede ser el comienzo de una conversación que salve una vida.

 

Existe, además, una dimensión bioética que muchas veces olvidamos: La Justicia Social.

 

 

La OMS advierte que el suicidio es un fenómeno multicausal en el que pueden intervenir problemas de salud mental, pero también pérdidas afectivas, violencia, soledad, enfermedades, discriminación, conflictos familiares, dificultades económicas y pérdida de medios de vida visto de este modo sería irresponsable afirmar que el desempleo, la pobreza o el endeudamiento “causan” por sí solos un suicidio.

 

 

Pero sería igualmente equivocado actuar como si las condiciones económicas, familiares y comunitarias no influyeran sobre la salud mental de las personas. Al igual que cuando una persona necesita atención psicológica o psiquiátrica y debe esperar meses; cuando una familia no sabe dónde acudir; cuando alguien sale de una guardia después de una crisis y nadie vuelve a contactarlo; cuando la prevención depende exclusivamente de que la propia persona tenga fuerzas para “pedir ayuda”, estamos frente a una cuestión sanitaria, pero también frente a una cuestión bioética. El derecho a la salud mental no puede existir solamente en una ley. Tiene que existir en la realidad.

 

 

Lo más moderno en prevención del suicidio no es simplemente una aplicación o una inteligencia artificial. Es algo mucho más interesante: construir sistemas capaces de detectar, intervenir y acompañar antes, durante y después de una crisis.

 

 

La estrategia internacional LIVE LIFE de la OMS concentra la evidencia en cuatro grandes intervenciones: limitar el acceso a medios altamente letales; promover una comunicación responsable en medios y redes; desarrollar habilidades socioemocionales desde edades tempranas; e identificar, evaluar, tratar y realizar seguimiento de las personas que presentan conductas suicidas.

 

 

La telepsiquiatría, las aplicaciones clínicas y las intervenciones psicológicas digitales permiten además acercar ayuda a poblaciones alejadas y realizar seguimiento sin esperar necesariamente una consulta presencial. Estudios recientes encuentran resultados prometedores, particularmente cuando estas tecnologías complementan —y no reemplazan— la atención humana.

 

 

Desde la bioética, prevenir el suicidio significa defender algo más profundo que la supervivencia biológica. Significa intentar devolver alternativas allí donde alguien siente que ya no existen.

 

 

Significa reconocer su vulnerabilidad sin quitarle dignidad. Escuchar sin juzgar. Preguntar sin miedo. Tratar sin estigmatizar. Acompañar después de la urgencia. Garantizar profesionales, dispositivos comunitarios y presupuesto. Trabajar a partir el estado con políticas públicas acertadas y asesoradas por cuerpos colegiados, desde las escuelas, los clubes, las universidades, los centros de salud y las familias, la prensa.

 

 

Volviendo a San Luis nuestra provincia; Una tasa de 18,9 cada 100.000 habitantes no pueden convertirse en otro dato que circule unos días por las redes sociales y después desaparecer.

 

San Luis necesita estudiar profundamente qué está ocurriendo en nuestra población, disponer de información epidemiológica suficientemente rápida para intervenir donde aparezcan aumentos del riesgo. Y necesita hacerlo sin estigmatizar recuperar como sociedad algo mucho más sencillo y, paradójicamente, cada vez más difícil: mirar al otro.

 

Preguntar cómo está y esperar la respuesta. Advertir cuando alguien se aísla. Tomar en serio una despedida extraña. Son pequeños actos, pero detrás de ellos existe una enorme concepción bioética: la vida del otro también nos concierne.

 

 

No podremos evitar todo sufrimiento. Ninguna política, médico, familia o sociedad puede prometerlo. Pero sí podemos construir una provincia donde sufrir no signifique sufrir en soledad. Una provincia donde pedir ayuda no sea una carrera de obstáculos. Donde una guardia no sea el final del acompañamiento sino el comienzo. Donde nuestros adolescentes sepan que pueden decir “no puedo más” sin vergüenza. Donde las familias sepan a quién recurrir. Donde el Estado comprenda que la salud mental necesita presupuesto, profesionales, prevención y continuidad.

 

 

Porque prevenir un suicidio no es solamente impedir una muerte. Es cuidar una historia que todavía puede continuar. Y, mientras exista una posibilidad de continuarla, tenemos la obligación ética y humana de no mirar hacia otro lado.

 

Ante una crisis o urgencia de salud mental en Argentina, el Hospital Nacional en Red Lic. Laura Bonaparte dispone de la línea gratuita y confidencial 0800-999-0091, las 24 horas, todos los días del año.

 

 

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