17°SAN LUIS - Miércoles 16 de Septiembre de 2026

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Dos burbujas

Los que construyen la inteligencia artificial advierten que puede exterminar a la humanidad. Los que la financian apuestan a que el negocio no cierra. Y los que regulan usan el miedo como argumento geopolítico. Nadie frena. Todos firman. Por Alicia Bañuelos

Por redacción
| 15 de septiembre de 2026

Hay dos tipos de apuesta contra la inteligencia artificial. La primera es financiera: alguien pone dinero real en que el precio de las acciones va a caer. La segunda es existencial: alguien pone su reputación, y en algún caso su carrera, en advertir que la tecnología puede terminar con la especie. Las dos apuestas coexisten hoy, las hacen personas serias, y el mundo sigue como si ninguna de las dos existiera. Ese silencio es la noticia.

 

 

Jacob Coxon tiene 27 años y renunció a Anthropic el 8 de septiembre. Publicó un hilo de siete partes en X que acumuló 76 millones de vistas en una noche, impulsado en parte por una entrevista exclusiva del Wall Street Journal publicada el mismo día.

 

 

Vale detenerse en ese detalle: su cuenta @hilbertspaess fue creada en enero de 2026, tenía seguidores mínimos y ninguna actividad previa. Un investigador que renuncia espontáneamente no consigue una exclusiva en el Wall Street Journal el mismo día. Alguien coordinó el lanzamiento. Coxon dejó además sobre la mesa su equity, las acciones que le correspondían por su trabajo, en Anthropic, dos meses antes de que venciera, para poder decir, según explicó a Axios, que ya no tenía nada que ganar inflando la valuación de la empresa. Su advertencia central: ambas compiten por construir una inteligencia artificial capaz de mejorarse a sí misma, y ambas creen que en ese proceso podrían perder el control y provocar la extinción de la especie humana.

 

 

Evan Hubinger, que se quedó en Anthropic y es responsable de la ciencia de alineamiento, confirmó públicamente las afirmaciones de Coxon y fue más lejos: estimó en más de un 10% la probabilidad de que eso ocurra en la próxima década. No tiene un plan para evitarlo. Sigue trabajando.

 

 

Hasta ahí, el relato habitual: investigadores disidentes que advierten desde adentro. Lo que cambió esta semana es que el CEO habló.

 

Sam Altman concedió el viernes una entrevista a Fortune que merece leerse despacio. Dijo que OpenAI no saldrá a bolsa en 2026 mediante un IPO, una oferta pública inicial de acciones, decisión que el mercado esperaba con impaciencia y que habría valorizado la empresa en más de un billón de dólares.

 

La razón que dio no fue regulatoria ni estratégica: fue de seguridad. "Dado todo lo que está pasando con la seguridad, este momento sería imprudente para salir a bolsa."

 

 

Después fue más lejos. Sobre el riesgo de extinción de la especie humana dijo: "Sea 10, 8 o 6%, tenemos una responsabilidad enorme y no podemos dejar que egos, motivos de lucro ni nada más se interpongan." Y sobre el hardware que construye su empresa: "Si tuviéramos que fundir todas las GPUs, las unidades de procesamiento gráfico que alimentan los sistemas de IA, para garantizar la continuación de la existencia humana, la respuesta es: sí, y fácilmente."

 

 

Un 10% no parece mucho hasta que se lo compara con cualquier otra industria. Ningún medicamento llega al mercado con un 10% de probabilidad de matar al paciente. Ningún reactor nuclear opera con un 10% de probabilidad de explosión. La aviación comercial tiene una tasa de mortalidad por vuelo de menos del 0,0001%. Pero la inteligencia artificial avanza con esa probabilidad reconocida por su propio CEO, y la respuesta del sector es acelerar, aunque Altman insinuó que él, Dario Amodei y Elon Musk podrían anunciar pronto un pacto para frenar el ritmo de desarrollo.

 

 

Hubinger no es una voz marginal. Tampoco lo son Geoffrey Hinton y Yoshua Bengio, los dos científicos de computación más citados de la historia y ganadores del Premio Turing, que en 2023 firmaron junto a los directores ejecutivos de OpenAI, Google DeepMind y Anthropic una declaración de una sola frase: mitigar el riesgo de extinción de la especie humana por IA debería ser una prioridad global al mismo nivel que las pandemias y la guerra nuclear.

 

 

Dario Amodei, el CEO de Anthropic, estimó su propia probabilidad de catástrofe entre el 10 y el 25%. Todos firmaron. Todos siguieron construyendo. Ahora Altman dice que el momento de frenar llegó, pero no dice cuándo ni cómo.

 

 

Bengio fue más lejos que cualquiera. Advirtió que construir máquinas más inteligentes que nosotros con objetivos propios de preservación es como crear un competidor a la especie humana que nos supera en inteligencia. Lanzó una ONG con 30 millones de dólares para intentar diseñar una IA alternativa, más segura. Es apostar contra el sistema desde adentro, sin esperar que el sistema cambie solo.

 

 

Hay una lectura alternativa de todo esto, y es más incómoda que la catastrofista. Andrew Ng, cofundador de Google Brain y uno de los académicos de IA más influyentes del mundo, la formuló sin rodeos: las grandes empresas de IA usan el miedo a la extinción como campaña de captura regulatoria para aplastar la competencia del código abierto. No es una teoría marginal. Es lo que los hechos de 2026 muestran con bastante precisión.

 

 

Amodei, Altman y Hassabis convergieron este año en un esquema regulatorio de tres pilares: pruebas independientes de todos los modelos antes de lanzarlos, un organismo único de certificación, y que sea Estados Unidos quien fije las reglas internacionales. Suena razonable. El detalle es que OpenAI, Google y Anthropic ya tienen los abogados, los equipos de seguridad y las relaciones gubernamentales para navegar ese proceso. Las startups y los desarrolladores de código abierto enfrentarían una escalada imposible. Reglas escritas para hacer la IA más segura terminan blindando a las empresas más grandes: eso tiene nombre, y se llama captura regulatoria.

 

 

Anthropic puso 40 millones de dólares en un vehículo de lobby pro-regulación. Amodei donó un millón de dólares al super PAC afiliado. Los PAC, Political Action Committees, son los fondos de financiamiento de campañas políticas en Estados Unidos, el mecanismo legal por el que las empresas canalizan dinero hacia candidatos y causas regulatorias. Para mediados de 2026, los super PACs financiados por empresas de IA acumularon más de 322 millones de dólares en un solo ciclo electoral. El fatalismo, a esa escala, es también una categoría de financiamiento de campañas.

 

 

El tablero se invirtió el domingo. Mientras Amodei, Altman y Musk pedían frenar, Donald Trump los llamó "fuerzas negativas" desde un campo de golf en Irlanda. "Están planteando cosas que no van a suceder. Quién gane con la IA, gana", dijo ante la prensa.

 

 

Mike Johnson, presidente de la Cámara de Representantes, fue más directo: "Si el Congreso convoca una sesión de emergencia para regular la IA, perderemos la carrera frente a China." Es una paradoja que la columna de Andrew Ng no anticipó: el presidente de Estados Unidos y el Partido Comunista Chino dicen exactamente lo mismo. Los que piden frenar son los que construyen. Los que aceleran son los que gobiernan. Y en el medio, 322 millones de dólares en PACs financiados por quienes firman las dos cosas.

 

 

Hay un tercer jugador en este tablero, y su posición complica aún más el argumento.

 

 

China incluyó por primera vez un escenario explícito de pérdida de control de la IA en un marco regulatorio publicado en 2024. El documento señalaba que no se podía descartar que una futura IA obtuviera de forma autónoma recursos externos, se replicara a sí misma, desarrollara autoconciencia y buscara poder externo, creando el riesgo de competir con la especie humana por el control.

 

 

En julio de este año, Xi Jinping dijo en la Conferencia Mundial de IA en Shanghái que la IA debe "permanecer siempre bajo control humano". Las nuevas normas chinas para agentes de IA exigen que los usuarios conserven la autoridad de decisión final sobre las acciones autónomas de un sistema. China regula, y lo hace con más especificidad técnica que Washington.

 

 

Pero el mismo día en que Reuters publicaba ese análisis, un diario estatal chino arremetía contra los llamamientos de Anthropic para frenar el desarrollo y los tachaba de táctica de "Guerra Fría". Y Xi Jinping proponía una "zona de IA de código abierto" para los BRICS, el contrapeso exacto al esquema de certificación cerrada que promueven Anthropic y OpenAI. El mensaje de Pekín es preciso: nosotros también regulamos, pero el discurso del riesgo existencial es una herramienta geopolítica para frenar nuestra IA, no la de ellos.

 

 

Es, palabra por palabra, el mismo argumento de Andrew Ng. Que lo digan desde Silicon Valley y desde Zhongnanhai al mismo tiempo no lo hace más verdadero ni más falso. Lo hace más difícil de ignorar.

 

 

En ese contexto, la Argentina eligió en junio su lugar en el tablero, incorporándose a Pax Silica, la iniciativa estadounidense para asegurar las cadenas de suministro de la IA, desde minerales hasta semiconductores. Es una decisión de política exterior que tiene consecuencias industriales concretas: define con quién se compra, a quién se le vende y qué marcos regulatorios se adoptan. Entramos antes de que el debate fuera explícito. Ahora que lo es, conviene saber exactamente qué firmamos y con qué argumento nos lo vendieron.

 

 

Cassandra tenía un solo problema: nadie le creía. El problema de hoy es distinto, y más sofisticado. Le creen, asienten, firman declaraciones, cancelan IPOs, y mientras tanto los que firman consolidan su posición de mercado. Eso no tiene nombre en la mitología griega. Quizás porque en la mitología griega nadie tenía super PAC.

 

 

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