Malvinas, la nueva escenografía y los fuegos de artificio
Malvinas no puede convertirse en una bengala electoral que se enciende cuando caen las encuestas.Por Alejandro Olmos Gaona
Hay cuestiones que, por su trascendencia histórica, deberían estar definitivamente a salvo de las necesidades electorales de cualquier gobierno, y Malvinas es una de ellas. No pertenece a Milei, ni a su gobierno, ni a ningún partido político. Es una causa nacional que atravesó generaciones, gobiernos civiles y militares, dictaduras y democracias, y que tiene fundamentos históricos y jurídicos que no necesitan ser reinventados cada vez que un Presidente descubre la utilidad política de pronunciar la palabra soberanía.
Por eso, antes de dejarse impresionar por la escenografía, las palabras solemnes y los anuncios realizados por el presidente Milei el 3 de septiembre, conviene hacer algo elemental: revisar sus propios antecedentes, observar qué ocurrió efectivamente durante casi tres años de gobierno y, sobre todo, comprobar cuánto de lo anunciado es realmente nuevo y cuánto constituye la utilización tardía —y convenientemente maquillada— de instrumentos legales que la Argentina tiene desde hace más de una década.
Porque una cosa son los discursos, otra los decretos administrativos y otra, muy distinta, una verdadera política de Estado.
DE LOS “VOTOS CON LOS PIES” A LA POBLACIÓN IMPLANTADA
Milei sostuvo ahora que los isleños, “al ser una población implantada en un territorio usurpado, no tienen un derecho legítimo a la autodeterminación”. Nada nuevo hay en ello. Coincide con la posición que la Argentina ha sostenido durante décadas y con la Resolución 2065 de la Asamblea General de las Naciones Unidas, que reconoce la existencia de una disputa de soberanía entre la Argentina y el Reino Unido e insta a ambos gobiernos a negociar teniendo en cuenta los intereses —no los deseos ni una supuesta voluntad soberana— de los habitantes de las islas. Pero Milei no siempre se expresó con semejante claridad, ya que el 2 de abril de 2025 había afirmado: “Anhelamos que los malvinenses decidan algún día votarnos con los pies a nosotros”.
La expresión no era menor. Hablar de que los isleños debían “elegir” ser argentinos colocaba nuevamente en el centro de la cuestión su voluntad, precisamente el argumento que Gran Bretaña utiliza desde hace décadas para sostener que son los habitantes de las islas quienes deben decidir el futuro del territorio. No significaba formalmente reconocer el derecho de autodeterminación, pero se aproximaba peligrosamente a la lógica británica del consentimiento como presupuesto de cualquier modificación del statu quo.
Durante la campaña de 2023, Diana Mondino —que luego sería canciller— había realizado consideraciones en la misma dirección. Milei, durante el debate presidencial de ese año, evitó precisar su posición sobre esta cuestión mientras reiteraba su admiración por Margaret Thatcher.
De modo que lo que ahora aparece presentado como una contundente definición doctrinaria no es el descubrimiento de una nueva tesis diplomática. Es, sencillamente, la recuperación de la posición histórica que la Argentina ya sostenía mucho antes de que Milei llegara a la Presidencia.
CUANDO GRAN BRETAÑA TENÍA “TODO EL DERECHO”
La contradicción se vuelve todavía más evidente si se recuerda la entrevista que Milei concedió a la BBC en mayo de 2024. Cuando le preguntaron por la visita del entonces canciller británico David Cameron a las Malvinas —visita que el propio gobierno argentino había objetado formalmente—, Milei respondió:
“…ese territorio hoy está en manos del Reino Unido. O sea, tiene todo el derecho de hacerlo”.
Naturalmente, sería incorrecto sostener que con esas palabras Milei reconoció jurídicamente la soberanía británica. No lo hizo. Pero sí legitimó políticamente el derecho de un alto funcionario británico a visitar el territorio ocupado basándose precisamente en que se encontraba “en manos del Reino Unido”. Mientras tanto, el gobierno británico nunca mostró semejantes ambigüedades. Londres siguió afirmando durante toda la gestión de Milei que no tiene dudas respecto de su soberanía y que no negociará sobre ella sin la conformidad de los isleños. En junio de 2026 reiteró oficialmente ante la OEA que no puede existir negociación alguna sin el acuerdo y la participación de los habitantes de las islas y defendió expresamente su derecho a explotar los recursos naturales del territorio.
En cuanto a Margaret Thatcher, tampoco hace falta extenderse demasiado. Basta recordar la contradicción: quien hoy pretende encabezar una ofensiva soberanista expresó reiteradamente su admiración por la primera ministra que condujo políticamente al Reino Unido durante la guerra de 1982, y mantuvo esa valoración aun cuando se le recordó lo que Thatcher representa inevitablemente para la historia argentina. Y también lo que representó Pinochet en la ayuda chilena a gran Bretaña, elogiado desmesuradamente en estos días por Milei.
Puede admirar a quien quiera como ciudadano. Pero un Presidente argentino no habla como un ciudadano cualquiera cuando se refiere a la dirigente que encarnó políticamente al adversario durante una guerra por un territorio cuya soberanía su país continúa reclamando.
CASI TRES AÑOS Y NINGUNA NEGOCIACIÓN SOBRE SOBERANÍA
Más allá de las palabras, lo verdaderamente importante es preguntarse qué consiguió el gobierno de Javier Milei respecto del objetivo esencial establecido por la Constitución Nacional: recuperar el ejercicio pleno de la soberanía sobre las Islas Malvinas, Georgias del Sur, Sandwich del Sur y los espacios marítimos correspondientes, respetando el modo de vida de sus habitantes y conforme a los principios del derecho internacional.
Allí la respuesta es mucho menos espectacular que el discurso presidencial.
Durante la gestión de Milei hubo declaraciones multilaterales favorables a la reanudación del diálogo, protestas diplomáticas, contactos con funcionarios británicos, notas dirigidas a empresas que pretendían participar de actividades no autorizadas y conversaciones sobre cuestiones prácticas.El propio gobierno contabiliza resoluciones y declaraciones internacionales de apoyo y numerosas propuestas formales. Pero en lo esencial nada cambió, porque Gran Bretaña jamás aceptó sentarse a discutir aquello que verdaderamente importa: la soberanía. En febrero de 2024, cuando Mondino se reunió con David Cameron, ambas partes simplemente constataron que mantenían su desacuerdo sobre la cuestión. En septiembre de ese mismo año, Mondino y el canciller David Lammy acordaron avanzar en cuestiones humanitarias, conectividad y conservación pesquera bajo la conocida fórmula de salvaguarda de soberanía.
Ninguno de esos contactos significó la reapertura de una negociación bilateral sobre la cuestión central.
En junio de 2025, el Comité Especial de Descolonización de las Naciones Unidas tuvo que volver a pedir —una vez más— que la Argentina y Gran Bretaña reanudaran las negociaciones. Y en 2026 la representación argentina seguía expresando ante el mismo organismo su disposición a comenzar negociaciones sustantivas mientras reclamaba que Londres hiciera lo propio. Londres no lo hizo.Puras expresiones diplomáticas, reiteración de posiciones conocidas y ninguna modificación del statu quo.
TRUMP Y EL RIESGO DE CONFUNDIR UNA PRESIÓN CON UN CAMBIO HISTÓRICO
En ese contexto aparecieron las declaraciones de Donald Trump, que Milei se apresuró a exhibir como una demostración de que su alineamiento con Washington estaba comenzando a producir resultados respecto de Malvinas.Pero convendría ser bastante más prudente, al advertir que cuando Trump fue consultado sobre una eventual revisión de la posición estadounidense, respondió: “Siempre reviso todas las posiciones. Esa es sólo una de muchas”. No anunció el reconocimiento de la soberanía argentina, no formuló una nueva doctrina sobre Malvinas ni comunicó oficialmente que Estados Unidos hubiera abandonado su posición tradicional. Reuters informó precisamente que Trump dijo estar revisando la cuestión sin indicar cuál sería el resultado ni anunciar una modificación concreta.
Además, las palabras no aparecieron en el vacío. Distintos informes las ubicaron en el contexto de las presiones de Washington sobre Londres y otros socios europeos para aumentar sus gastos y compromisos militares dentro de la OTAN. Incluso se señaló que la posibilidad de revisar la actitud norteamericana respecto de Malvinas figuraba entre diferentes instrumentos de presión que podían emplearse sobre el Reino Unido. Existe una diferencia enorme entre utilizar Malvinas como elemento de presión sobre Londres y modificar la política estratégica de Estados Unidos en favor de la soberanía argentina. Milei prefiere borrar esa diferencia porque políticamente le resulta útil presentarla, pero hasta ahora no existe ningún acto oficial norteamericano que permita sostener semejante interpretación. Y hay algo todavía más importante que es creer que una frase circunstancial de Trump puede modificar de un día para otro la relación histórica entre Estados Unidos y Gran Bretaña. Ello supone ignorar uno de los vínculos estratégicos más sólidos de la política internacional contemporánea. La denominada special relationship entre Washington y Londres no es una frase protocolar. Comprende décadas de cooperación militar, nuclear, diplomática, económica y de inteligencia, además de una estrecha coordinación dentro de la OTAN y del sistema conocido como Five Eyes.
Tan vigente continúa esa relación que, en septiembre de 2025, durante la visita de Estado de Trump al Reino Unido, la propia Casa Blanca volvió a definir oficialmente a Gran Bretaña como “nuestro aliado más cercano” y sostuvo que el vínculo entre ambos países no tiene equivalente en el mundo. No lo dijo una administración adversaria a Trump: lo dijo la Casa Blanca de Donald Trump. Puede haber disputas, presiones, reproches por gastos militares, diferencias sobre guerras o desacuerdos comerciales. Las alianzas entre Estados no son relaciones sentimentales y están llenas de conflictos coyunturales. Pero una cosa es presionar a un aliado y otra muy distinta modificar una asociación estratégica desarrollada durante generaciones.
1982: CUANDO WASHINGTON DEBIÓ ELEGIR
Durante la guerra de 1982, Estados Unidos tenía importantes relaciones con la Argentina y el gobierno de Ronald Reagan intentó inicialmente desempeñar un papel de mediador a través del secretario de Estado Alexander Haig. Cuando esa mediación fracasó y Washington debió decidir hasta dónde llegaba su neutralidad, la relación estratégica con Gran Bretaña terminó prevaleciendo.
Los documentos oficiales norteamericanos son particularmente claros. El Departamento de Estado reconoció que, después del fracaso de las negociaciones, la administración Reagan anunció su apoyo a la posición británica, suspendió la asistencia militar y económica a la Argentina y comenzó a satisfacer pedidos británicos de material militar dentro de un conjunto más amplio de medidas políticas, diplomáticas y militares en apoyo del gobierno de Thatcher. Incluso antes de que se definiera públicamente esa posición, documentos internos mostraban cuál era el dilema de Washington. Alexander Haig señalaba a Reagan que Estados Unidos seguía dependiendo de sus estrechos vínculos con el Reino Unido para numerosos objetivos globales y advertía sobre las consecuencias estratégicas de no respaldar a Londres.
Nada de esto significa que la política estadounidense actual sea necesariamente idéntica a la de 1982 ni que las circunstancias internacionales no puedan cambiar. Significa algo mucho más elemental: la historia demuestra el peso específico que la relación con Gran Bretaña tiene dentro de la estrategia global de Washington. Debido a eso eso resulta particularmente ingenuo —o propagandísticamente interesado— convertir unas declaraciones de Trump destinadas también a presionar a Londres en la prueba de que Estados Unidos habría decidido acompañar el reclamo argentino.. En política internacional nada es eterno. Pero para afirmar que ese cambio comenzó hacen falta actos diplomáticos, decisiones oficiales y modificaciones concretas de política exterior, ya que unas pocas palabras ante periodistas no son suficientes. Mucho menos cuando el mismo Presidente que las pronuncia había definido apenas un año antes al Reino Unido como el aliado más cercano de su país.
EL MAQUILLAJE SOBERANISTA
No estamos simplemente ante anuncios determinados sino ante una operación política destinada a revestir de novedad histórica decisiones que, en buena parte, descansan sobre instrumentos construidos mucho antes de que este gobierno existiera. Ese es el maquillaje con el que se intenta disimular la desaprensión con la cual se manejó el tema Malvinas, que no consiste necesariamente en anunciar cosas falsas, y que algunas medidas pueden ser perfectamente razonables y hasta necesarias. Consiste en ocultar deliberadamente su genealogía, borrar a quienes construyeron las herramientas que hoy se utilizan y presentarlas ante la sociedad como si hubieran nacido de una súbita decisión soberanista del actual Presidente. Se anuncia una agilización del régimen sancionatorio como si antes no existieran sanciones. Se anuncian restricciones a las empresas vinculadas con la explotación ilegal como si la Argentina hubiera carecido hasta hoy de instrumentos para hacerlo. Se reivindica el carácter de población implantada de los isleños como si fuera una elaboración doctrinaria reciente, y se proclama una nueva firmeza frente a Gran Bretaña después de casi tres años durante los cuales Londres no aceptó negociar un solo aspecto de la soberanía.
Todo eso representa un verdadero artificio, y no porque todas las medidas anunciadas sean inútiles, porque algunas no lo son, sino en presentar como un punto de partida aquello que en realidad es una continuidad tardíamente redescubierta.
LA LEY QUE MILEI DESCUBRIÓ QUINCE AÑOS DESPUÉS
Quizás el ejemplo más evidente tenga que ver con las sanciones a las empresas que participan de la explotación ilegal de nuestros recursos naturales en el área de Malvinas.Allí existe una historia que convenientemente parece haberse olvidado, porque la Argentina ya cuenta con un régimen legal específico desde 2011.Se trata de la Ley 26.659, conocida habitualmente como Ley Pino Solanas, originada en una iniciativa presentada en marzo de 2010 por Fernando “Pino” Solanas junto con otros diputados. El proyecto establecía condiciones para la exploración y explotación de hidrocarburos en la plataforma continental argentina y buscaba impedir que empresas que actuaran sin autorización argentina en el área de Malvinas pudieran simultáneamente desarrollar actividades en nuestro territorio continental. La ley fue sancionada y dos años después mediante la Ley 26.915, sancionada en noviembre de 2013, se modificó ese régimen y se incorporaron penas de cinco a diez años de prisión para la exploración no autorizada y de diez a quince años para las actividades de extracción, además de importantes multas, decomisos e inhabilitaciones.Esto resulta particularmente significativo frente a la puesta en escena actual.
El Decreto 868/2026 de Milei no parte de ningún vacío jurídico. Por el contrario, invoca expresamente las leyes 26.659 y 26.915. Designa a la Cancillería como autoridad de aplicación, obliga a los organismos nacionales a comunicar posibles infracciones, establece plazos para la sustanciación de los procedimientos y agrega controles vinculados con concesiones hidrocarburíferas y el RIGI. El propio decreto justifica su dictado en la necesidad de otorgar “mayor celeridad, eficacia y coordinación” a la aplicación del régimen ya existente.
Es decir: el propio texto firmado por Milei desmiente cualquier pretensión de presentar la cuestión como la creación de un nuevo sistema. Perfeccionar una herramienta no equivale a haberla creado y mucho menos autoriza a borrar quince años de historia legislativa para que parezca que la defensa de nuestros recursos naturales comenzaron el 3 de septiembre de 2026.
PINO SOLANAS Y CERRO DRAGÓN
Aquí aparece otra historia que merece ser recordada y que también tiene que ver con intereses británicos. Mi recordado amigo Pino Solanas no descubrió la defensa de los recursos naturales cuando se convirtió en un tema conveniente para un discurso presidencial. Habia dedicado buena parte de su actividad política a denunciar la extranjerización petrolera, minera y energética y a cuestionar concesiones que consideraba contrarias al interés nacional. Uno de los casos emblemáticos fue Cerro Dragón.
El 27 de abril de 2007, la provincia del Chubut celebró con Pan American Energy un acuerdo destinado a prolongar la explotación del principal yacimiento petrolero del país. La prórroga fue otorgada diez años antes del vencimiento original de la concesión y permitió extender sustancialmente los derechos de explotación de PAE. Documentos oficiales y parlamentarios de la época registran el acuerdo del 27 de abril y los fuertes cuestionamientos que generó.PAE estaba entonces controlada en un 60% por British Petroleum y en un 40% por Bridas.
La prórroga fue severamente cuestionada por Hipólito Solari Yrigoyen, quien junto a otros demandantes promovió una acción judicial para obtener su nulidad, sosteniendo que la legislación vigente no permitía otorgar semejante extensión con tanta anticipación al vencimiento de la concesión.
Pino también se enfrentó públicamente a ese acuerdo. Lo denunció como contrario al interés nacional y se presentó como amicus curiae en la causa promovida contra la prórroga, y permanentemente durante su labor legislativa luchó para evitar la extranjerización de nuestros recursos naturales.
Esto resulta relevante porque detrás de Cerro Dragón estaba una compañía cuyo accionista mayoritario era British Petroleum, mientras Pino reclamaba que los recursos energéticos argentinos fueran considerados una cuestión estratégica de soberanía. Años más tarde sería precisamente él quien proyectara el régimen legal destinado a combatir la exploración petrolera sin autorización argentina alrededor de Malvinas.Existe entonces una continuidad que no necesita escenografías.
Cerro Dragón, la defensa de los recursos naturales, la plataforma continental y Malvinas formaban parte de una misma concepción: que un país que renuncia al control de sus recursos termina debilitando también su soberanía política.
¿QUÉ HAY REALMENTE DE NUEVO?
El Gobierno anunció mayores sanciones contra las empresas que participan de la explotación ilegal de nuestros recursos en Malvinas, nuevos mecanismos de coordinación, modificaciones legislativas, inversiones militares en Tierra del Fuego y otras medidas que, en principio, pueden resultar útiles.La decisión política de colocar en primer plano instrumentos que estaban allí desde hacía años, envolverlos en una retórica presidencial y presentarlos ante una sociedad mayoritariamente desconocedora de sus antecedentes como si se tratara de una nueva doctrina de soberanía nacional es precisamente el mecanismo del maquillaje político: no hace desaparecer lo anterior; simplemente lo cubre para que ya no pueda verse quién lo construyó.
MALVINAS Y LA OPORTUNIDAD POLÍTICA
Varias encuestas vienen mostrando un deterioro de la imagen presidencial, de la confianza en la gestión y de las expectativas económicas. En semejante escenario, al Gobierno le resulta particularmente útil recuperar una causa capaz de atravesar diferencias partidarias y apelar a uno de los sentimientos históricos más profundos de la sociedad argentina. Ante tanta hojarasca retórica resulta inevitable formular algunas preguntas.
¿Por qué un gobierno que durante casi tres años no consiguió que Gran Bretaña aceptara siquiera abrir una negociación sobre soberanía descubre súbitamente la necesidad de una ofensiva política de semejante magnitud ¿Por qué quien relativizó la visita de un canciller británico a las islas afirmando que Gran Bretaña tenía “todo el derecho” de hacerlo ahora endurece hasta tal punto su lenguaje?¿Por qué quien habló de que los malvinenses algún día podrían “votarnos con los pies” recupera repentinamente la doctrina histórica de la población implantada?¿Por qué una frase ambigua de Trump se transforma inmediatamente en un éxito diplomático cuando no existe hasta el momento una sola decisión oficial estadounidense que reconozca la soberanía argentina?¿Y por qué medidas basadas expresamente en leyes sancionadas en 2011 y 2013 son exhibidas como la expresión de una nueva etapa histórica? La explicación es mucho más sencilla que toda la escenografía utilizada. Las convicciones suelen comprobarse cuando no existen beneficios políticos inmediatos por sostenerlas, pero las oportunidades electorales funcionan de otra manera.
LOS FUEGOS DE ARTIFICIO
Malvinas necesita algo mucho más serio que discursos, proclamas y una retórica que hasta ahora no ha hecho mella alguna en el gobierno británico.Necesita una política exterior persistente, alianzas regionales, presencia efectiva en el Atlántico Sur, desarrollo naval, científico y pesquero, control de nuestros espacios marítimos, investigación oceanográfica, fortalecimiento de Tierra del Fuego y aplicación rigurosa de las leyes contra quienes explotan ilegalmente nuestros recursos. Necesita además continuidad ya que una política de soberanía que cambia de intensidad según cambian las encuestas no es una política de Estado. Pino Solanas impulsó esas leyes cuando defender nuestros recursos naturales no era una consigna circunstancial. Antes había denunciado Cerro Dragón, enfrentándose a una de las mayores petroleras del mundo cuando hacerlo no producía cadenas nacionales ni fotografías presidenciales. No necesitó escenografías ni campañas publicitarias. Tenía convicciones sostenidas durante años de lucha política y no el maquillaje mileista que forma parte de un oportunismo político.
Después de casi tres años de gobierno existe un dato que ningún discurso puede borrar: Gran Bretaña no cedió un centímetro, no aceptó discutir la soberanía y continúa defendiendo la explotación de los recursos naturales de las islas y sus aguas circundantes, y frente a los anuncios del 3 de septiembre tampoco cambió de posición. El gobierno británico respondió reafirmando su compromiso con las islas y rechazando cualquier modificación de su postura tradicional y tampoco cambió la política oficial de Estados Unidos.
Trump podrá utilizar Malvinas para presionar circunstancialmente a Londres. Podrá elevar el precio de su apoyo, cuestionar el gasto militar británico y hasta incomodar a uno de sus principales aliados. Esa es la forma en que suele negociar, siendo muy ingenuo suponer que por esa razón Estados Unidos abandonará una asociación estratégica que su propia Casa Blanca sigue definiendo como excepcional y que, cuando fue puesta a prueba durante la guerra de 1982, terminó inclinándose inequívocamente en favor de Gran Bretaña.
Confundir ambas cosas puede ser útil para la propaganda, aunque no sirve para entender la política internacional, ya que la soberanía y las alianzas estratégicas son otra cosa
Malvinas no puede convertirse en una bengala electoral que se enciende cuando caen las encuestas. Los fuegos de artificio hacen mucho ruido, iluminan el cielo durante unos segundos y pueden deslumbrar a quienes prefieren contemplar el espectáculo antes que preguntarse qué hay detrás. Después de apagan y cuando el humo desaparece, las islas siguen ocupadas, los británicos continúan explotando nuestros recursos, la base militar de Mount Pleasant permanece allí, la alianza estratégica entre Londres y Washington sigue intacta y la Argentina continúa sin haber conseguido que Gran Bretaña se siente a discutir la soberanía. Esa evidencia ninguna cadena nacional la puede maquillar:
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