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Las historias del patrón de los sicarios

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Las historias del patrón de los sicarios

Miguel Garro

A 25 años de su muerte, la figura del famoso y sanguinario narco colombiano es objeto primario o secundario de series, películas y canciones. ¿Por qué el público consume con fervor obras que tienen a un asesino inescrupuloso como protagonista?

La poesía lisérgica de Carlos “El Indio” Solari describe con certeza de crónica periodística –un género al que el líder de “Los redonditos de ricota” recurre con frecuencia- la muerte de Pablo Emilio Escobar Gaviria en “Me matan, Limón”. En ritmo de merengue cruel, el relato que está en el disco “Luzbelito” es uno de los tantos homenajes que el arte popular le hizo al mayor narcotraficante de la historia universal de la infamia.

Solari canta con precisión su versión de lo que pasó el 2 de diciembre de 1993 (hace hoy 25 años) en los techos del barrio Los Olivos de Medellín. El “Limón” que menciona la letra es el apodo de Álvaro de Jesús, el último soldado de Escobar, el que lo acompañó en los meses finales de cautiverio y que fue abatido minutos antes de que las balas del Estado colombiano acabaran con Pablo, con su leyenda y con el peso de la ilegalidad.

No hay una versión oficial y unificada sobre quién fue el autor del disparo mortal contra la pesada humanidad de “El Patrón”, pese a que la vida de Escobar ha sido retratada con frecuencia (desde diversos puntos de vista y con dispar grado de veracidad) por series, novelas y productos televisivos y A 25 años de su muerte, la figura del famoso y sanguinario narco colombiano es objeto primario o secundario de series, películas y canciones. ¿Por qué el público consume con fervor obras que tienen a un asesino inescrupuloso como protagonista? artísticos. De hecho, más allá de algunas otras pocas canciones dedicadas a Pablo –sobre todo rancheras y narcocorridos, un género nacido para alabar las figuras de los vendedores de drogas en todos sus niveles-, el plástico colombiano Fernando Botero dedicó dos obras en las que pintó el momento exacto de la muerte anunciada.

El punto central es ¿qué hace que el público se fascine con una historia que tiene a un delincuente inescrupuloso como protagonista? Al respecto, Gonzalo Mayor, psiquiatra del Poder Judicial de San Luis, que tiene trato con personas cercanas al delito, tiene una teoría interesante: “Las conductas criminales y delictivas han sido aprovechadas por los cineastas y productores desde sus comienzos, hay que recordar que una de las películas más vistas de todos los tiempos es “El padrino”.

Una imagen poco conocida del narcotraficante.

 

Sobre el narcotráfico específicamente, Mayor mencionó a “Breaking bad” como un buen ejemplo de un vendedor de drogas que no termina de delinearse como definitivamente malo, algo que –con menor medida de dicotomía- también sucede con el colombiano.

“Para la televisión –sostiene el psiquiatra-, Escobar es un producto muy vendible mientras se logren mostrar sus facetas más relevantes y el poder generado, que ejercía sin ninguna duda”.

Llevar a Escobar a la televisión con su personalidad, su historia de vida y el condimento de su ambición, arrogancia y exhibicionismo extremo, con sus mansiones, aviones, un zoológico privado e incluso su propio ejército de criminales es, en la opinión de Gonzalo, un motivo posible de la fascinación del público.

Otro profesional cercano a los expedientes judiciales (por su trabajo) y a las series televisivas (por placer) es José Olguín, un abogado que fue elegido para ser fiscal pero que ejerce su profesión en el fuero penal hasta que se cree su despacho. “Yo creo que lo que atrae a la gente a ver esas series no es el delincuente en sí, sino el modo en que el arte lo dibuja, en cómo lo transforma en un antihéroe que lucha contra el sistema”, sostuvo el letrado, quien agregó que en el caso de Escobar su origen en la extrema pobreza y la forma de superación por fuera de los esquemas potencian su figura como protagonista de ficción.

Fernando Botero y su versión de la muerte.

 

“El patrón del mal”, una novela colombiana, y las dos primeras temporadas de “Narcos”, una megaproducción estadounidense, son los dos ejemplos más famosos de la vida de Escobar Gaviria retratado en la televisión. La primera lo mostraba, a veces, en tono de comedia y contó con la sensacional interpretación de Andrés Parra, quien consiguió un Pablo perfecto. La segunda, en tanto, si bien centraba sobre la vida del narco, tuvo a la óptica de la investigación de la DEA para llegar a terminar con el delincuente.

Pero además de esas series, Escobar apareció en otras películas –de manera subliminal o elíptica- y en decenas de novelas sudamericanas, muchas financiadas por el propio narcotráfico para limpiar su imagen y su actividad, para lavar dinero o para enviar un mensaje que tenía como fin último captar público para sus fines.

 

Una vida de película

Pablo Emilio Escobar Gaviria nació el 1º de diciembre de 1949 en una pequeña localidad de Antioquia llamada Rionegro y fue asesinado mientras huía de la Policía un día después de cumplir 44 años. Entre esos dos inicios del último mes del año hubo una vida signada por la delincuencia, los excesos, la fortuna, la familia, la política, la droga, los asesinatos, los atentados y la ilegalidad. ¿Hay algo más atractivo que eso para llevar al cine?

“Su amplio historial delictivo y las características de su personalidad hicieron que recrear fragmentos de su vida sea un gran producto televisivo. “El patrón del mal” es una serie muy llamativa que muestra las diferentes conductas de Escobar y evidencia su escala valorativa personal extrema y peculiar, entremezclando valores aceptables como familia y en, contraposición, un desinterés completo por la vida de cualquier persona que sintiera como obstáculo”, responde Mayor.

Por su parte, Olguín cree que la personalidad de Escobar esconde otros aspectos que la hace llamativa para el público consumidor de series. “Era un asesino sanguinario, el mayor asesino de la historia, que parecía no tener en cuenta algo que tienen en cuenta muchas personas que cometen delitos: que a la larga siempre se pierde, siempre terminan mal”, dijo el abogado que participó en cientos de expedientes judiciales en la provincia.

A un cuarto de siglo de su muerte, el narco de Medellín continúa siendo una figura muy nombrada en Colombia, acaso más que Shakira, Gabriel García Márquez, el propio Botero, J. Balvin, Maluma o James Rodríguez, todos compatriotas notables. Todavía hay gente, sobre todo en el interior del país cafetero, que habla con admiración de la tarea social que hizo el narcotraficante.

En el cuartel general de Policía de Bogotá, ubicado a pocas cuadras del Palacio de Justicia de la capital colombiana (cuya sangrienta toma de noviembre de 1985 Pablo ayudó a perpetrar) hay un museo que cuenta, a la vez, con una sala especial dedicada a Escobar. Allí está la famosa moto que le secuestraron al delincuente y una serie de elementos que pertenecieron al narco y que la gente observa con el mismo interés que la Policía los exhibe.

“No se puede entender a Escobar sin suscribirlo en el período histórico en el que vivió. Hay que pensarlo en el contexto social y económico que existía en Medellín en los años 70. Fue una época con grandes dificultades en lo económico, en la que se destacó un elevado crecimiento de la tasa de desempleo, con tensión social y pobreza, un semillero para las conductas delictivas”, sostuvo Mayor.

A la distancia temporal y espacial, el psiquiatra se permitió hacer un análisis de la personalidad del narco: “Era antisocial o psicopática: no respetaba las normas, manipulaba situaciones en beneficio propio, no tenía dificultad en utilizar la violencia, carecía de sentimiento de culpa, sumado a rasgos narcisistas, egocéntricos y sádicos, aunque lo peculiar de Pablo Escobar es que no permaneció en el anonimato”, enumeró el profesional. Además, – continuó- intentó adoptar el papel de cuidador del pueblo, con el financiamiento de planes de mejora para los suburbios de Medellín.

En ese punto de la biografía autorizada de “Don Pablo” se detendría el cineasta Martín Ferrari, ex jefe de San Luis Cine y director de “Huellas del tiempo”, si tuviera que retratar en una película la vida de Escobar. “Creo que el personaje es rico en su contradicción: él sabía que sus mayores clientes eran los estadounidenses, a los que detestaba ideológicamente y por eso les mandaba su veneno”, dijo el director.

Si bien Ferrari no vio “El patrón…” ni “Narcos”, quedó impresionado con un documental que tenía la voz del hijo de Escobar. “Presentó su visión y el lado humano de Pablo, era todo muy doloroso porque el chico estaba fascinado por la figura de su padre, pero no compartía las muertes”.

Fernando Botero y su versión de la muerte.

 

Mayor recordó que el creador del cartel de Medellín fue responsable directo o indirecto de 10 mil asesinatos, un dato que no debería soslayarse a la hora de edificar una opinión sobre el hombre asesinado hace 25 años. Ferrari coincide con esa postura, más allá de que cree que el costado rebelde de Escobar debería valorarse de manera especial. “La muerte y los asesinatos no son motivo de idolatría”, concluyó el cineasta.

 

Una muerte registrada

Según la letra de Solari, aquel 2 de diciembre de hace 25 años amaneció –como casi siempretormentoso en Medellín. Y a las dos de la tarde se produjo el asesinato. Algo de real o coincidente hay con la investigación que hizo el periodista norteamericano Mark Bodwen en su libro “Killing Pablo”, quien dijo que la comunicación telefónica que terminó de delatar a Escobar se registró a las 13.

Así como las series sobre la vida del famoso delincuente muestran el momento del operativo final con un aire de triunfo, Solari en su canción abre un grifo de tristeza y desazón.

Acostumbrado a lidiar con el famoso debido proceso, Olguín no puede más que cuestionar la metodología usada por la Policía para el exterminio. “El estado negoció con otros carteles para que les pasaran información, para que lo entregaran, a cambio de penas menores e impunidad. Es un claro ejemplo de cómo la justicia no debe actuar”, sostuvo el futuro fiscal.

Para Mayor, la muerte de Escobar estuvo lejos de terminar con la venta de drogas a gran escala y, por el contrario, generó una reorganización de la red criminal que creó nuevos carteles tanto en Colombia como en México. “El Chapo" Guzmán, los hermanos Arellano Félix, Carrillo Fuentes, Beltrán Leyva y los caballeros templarios son ejemplos de eso que bien podrían tener sus series –los que no las tienen aún- en poco tiempo.

Otra coincidencia entre el psiquiatra y el abogado es el avance en algunos puntos del país, aunque en menor escala, de una organización criminal que tiene su origen en el narcotráfico y que va abriendo sus ramificaciones a otros delitos. Aunque ninguno ve en el corto tiempo la existencia de una serie con personajes argentinos.

Mayor descarta una hipótesis que indica que el público actual observa con algo de admiración las tiras sobre Escobar porque las acciones homicidas del delincuente están lejos en el tiempo y el espacio. “Si fuera así, los argentinos no hubiéramos visto “El clan”, “Historias de un clan” o “El ángel”, series o películas que hablan de asesinos de nuestro país no tan lejanos en el tiempo”.

Mientras tanto, el público seguirá con la nueva temporada de “Narcos” –que fue estrenada hace diez días y se dedica a los narcos mexicanos-, podrá rever “Fariña”, que describe la organización que funcionó en Galicia para ingresar drogas (enviadas por Escobar, ¿cuándo no?) en toda Europa, o recordar alguna de las tantas novelas colombianas que de algún modo tocan el mundo narco. Si quiere recordar al polémico personaje asesinado hace 25 años en su Medellín natal tendrá primero que responderse una pregunta vital: ¿Le queda a la televisión algo nuevo que contar sobre la vida de Pablo Emilio Escobar Gaviria?.

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Las historias del patrón de los sicarios

A 25 años de su muerte, la figura del famoso y sanguinario narco colombiano es objeto primario o secundario de series, películas y canciones. ¿Por qué el público consume con fervor obras que tienen a un asesino inescrupuloso como protagonista?

La poesía lisérgica de Carlos “El Indio” Solari describe con certeza de crónica periodística –un género al que el líder de “Los redonditos de ricota” recurre con frecuencia- la muerte de Pablo Emilio Escobar Gaviria en “Me matan, Limón”. En ritmo de merengue cruel, el relato que está en el disco “Luzbelito” es uno de los tantos homenajes que el arte popular le hizo al mayor narcotraficante de la historia universal de la infamia.

Solari canta con precisión su versión de lo que pasó el 2 de diciembre de 1993 (hace hoy 25 años) en los techos del barrio Los Olivos de Medellín. El “Limón” que menciona la letra es el apodo de Álvaro de Jesús, el último soldado de Escobar, el que lo acompañó en los meses finales de cautiverio y que fue abatido minutos antes de que las balas del Estado colombiano acabaran con Pablo, con su leyenda y con el peso de la ilegalidad.

No hay una versión oficial y unificada sobre quién fue el autor del disparo mortal contra la pesada humanidad de “El Patrón”, pese a que la vida de Escobar ha sido retratada con frecuencia (desde diversos puntos de vista y con dispar grado de veracidad) por series, novelas y productos televisivos y A 25 años de su muerte, la figura del famoso y sanguinario narco colombiano es objeto primario o secundario de series, películas y canciones. ¿Por qué el público consume con fervor obras que tienen a un asesino inescrupuloso como protagonista? artísticos. De hecho, más allá de algunas otras pocas canciones dedicadas a Pablo –sobre todo rancheras y narcocorridos, un género nacido para alabar las figuras de los vendedores de drogas en todos sus niveles-, el plástico colombiano Fernando Botero dedicó dos obras en las que pintó el momento exacto de la muerte anunciada.

El punto central es ¿qué hace que el público se fascine con una historia que tiene a un delincuente inescrupuloso como protagonista? Al respecto, Gonzalo Mayor, psiquiatra del Poder Judicial de San Luis, que tiene trato con personas cercanas al delito, tiene una teoría interesante: “Las conductas criminales y delictivas han sido aprovechadas por los cineastas y productores desde sus comienzos, hay que recordar que una de las películas más vistas de todos los tiempos es “El padrino”.

Una imagen poco conocida del narcotraficante.

 

Sobre el narcotráfico específicamente, Mayor mencionó a “Breaking bad” como un buen ejemplo de un vendedor de drogas que no termina de delinearse como definitivamente malo, algo que –con menor medida de dicotomía- también sucede con el colombiano.

“Para la televisión –sostiene el psiquiatra-, Escobar es un producto muy vendible mientras se logren mostrar sus facetas más relevantes y el poder generado, que ejercía sin ninguna duda”.

Llevar a Escobar a la televisión con su personalidad, su historia de vida y el condimento de su ambición, arrogancia y exhibicionismo extremo, con sus mansiones, aviones, un zoológico privado e incluso su propio ejército de criminales es, en la opinión de Gonzalo, un motivo posible de la fascinación del público.

Otro profesional cercano a los expedientes judiciales (por su trabajo) y a las series televisivas (por placer) es José Olguín, un abogado que fue elegido para ser fiscal pero que ejerce su profesión en el fuero penal hasta que se cree su despacho. “Yo creo que lo que atrae a la gente a ver esas series no es el delincuente en sí, sino el modo en que el arte lo dibuja, en cómo lo transforma en un antihéroe que lucha contra el sistema”, sostuvo el letrado, quien agregó que en el caso de Escobar su origen en la extrema pobreza y la forma de superación por fuera de los esquemas potencian su figura como protagonista de ficción.

Fernando Botero y su versión de la muerte.

 

“El patrón del mal”, una novela colombiana, y las dos primeras temporadas de “Narcos”, una megaproducción estadounidense, son los dos ejemplos más famosos de la vida de Escobar Gaviria retratado en la televisión. La primera lo mostraba, a veces, en tono de comedia y contó con la sensacional interpretación de Andrés Parra, quien consiguió un Pablo perfecto. La segunda, en tanto, si bien centraba sobre la vida del narco, tuvo a la óptica de la investigación de la DEA para llegar a terminar con el delincuente.

Pero además de esas series, Escobar apareció en otras películas –de manera subliminal o elíptica- y en decenas de novelas sudamericanas, muchas financiadas por el propio narcotráfico para limpiar su imagen y su actividad, para lavar dinero o para enviar un mensaje que tenía como fin último captar público para sus fines.

 

Una vida de película

Pablo Emilio Escobar Gaviria nació el 1º de diciembre de 1949 en una pequeña localidad de Antioquia llamada Rionegro y fue asesinado mientras huía de la Policía un día después de cumplir 44 años. Entre esos dos inicios del último mes del año hubo una vida signada por la delincuencia, los excesos, la fortuna, la familia, la política, la droga, los asesinatos, los atentados y la ilegalidad. ¿Hay algo más atractivo que eso para llevar al cine?

“Su amplio historial delictivo y las características de su personalidad hicieron que recrear fragmentos de su vida sea un gran producto televisivo. “El patrón del mal” es una serie muy llamativa que muestra las diferentes conductas de Escobar y evidencia su escala valorativa personal extrema y peculiar, entremezclando valores aceptables como familia y en, contraposición, un desinterés completo por la vida de cualquier persona que sintiera como obstáculo”, responde Mayor.

Por su parte, Olguín cree que la personalidad de Escobar esconde otros aspectos que la hace llamativa para el público consumidor de series. “Era un asesino sanguinario, el mayor asesino de la historia, que parecía no tener en cuenta algo que tienen en cuenta muchas personas que cometen delitos: que a la larga siempre se pierde, siempre terminan mal”, dijo el abogado que participó en cientos de expedientes judiciales en la provincia.

A un cuarto de siglo de su muerte, el narco de Medellín continúa siendo una figura muy nombrada en Colombia, acaso más que Shakira, Gabriel García Márquez, el propio Botero, J. Balvin, Maluma o James Rodríguez, todos compatriotas notables. Todavía hay gente, sobre todo en el interior del país cafetero, que habla con admiración de la tarea social que hizo el narcotraficante.

En el cuartel general de Policía de Bogotá, ubicado a pocas cuadras del Palacio de Justicia de la capital colombiana (cuya sangrienta toma de noviembre de 1985 Pablo ayudó a perpetrar) hay un museo que cuenta, a la vez, con una sala especial dedicada a Escobar. Allí está la famosa moto que le secuestraron al delincuente y una serie de elementos que pertenecieron al narco y que la gente observa con el mismo interés que la Policía los exhibe.

“No se puede entender a Escobar sin suscribirlo en el período histórico en el que vivió. Hay que pensarlo en el contexto social y económico que existía en Medellín en los años 70. Fue una época con grandes dificultades en lo económico, en la que se destacó un elevado crecimiento de la tasa de desempleo, con tensión social y pobreza, un semillero para las conductas delictivas”, sostuvo Mayor.

A la distancia temporal y espacial, el psiquiatra se permitió hacer un análisis de la personalidad del narco: “Era antisocial o psicopática: no respetaba las normas, manipulaba situaciones en beneficio propio, no tenía dificultad en utilizar la violencia, carecía de sentimiento de culpa, sumado a rasgos narcisistas, egocéntricos y sádicos, aunque lo peculiar de Pablo Escobar es que no permaneció en el anonimato”, enumeró el profesional. Además, – continuó- intentó adoptar el papel de cuidador del pueblo, con el financiamiento de planes de mejora para los suburbios de Medellín.

En ese punto de la biografía autorizada de “Don Pablo” se detendría el cineasta Martín Ferrari, ex jefe de San Luis Cine y director de “Huellas del tiempo”, si tuviera que retratar en una película la vida de Escobar. “Creo que el personaje es rico en su contradicción: él sabía que sus mayores clientes eran los estadounidenses, a los que detestaba ideológicamente y por eso les mandaba su veneno”, dijo el director.

Si bien Ferrari no vio “El patrón…” ni “Narcos”, quedó impresionado con un documental que tenía la voz del hijo de Escobar. “Presentó su visión y el lado humano de Pablo, era todo muy doloroso porque el chico estaba fascinado por la figura de su padre, pero no compartía las muertes”.

Fernando Botero y su versión de la muerte.

 

Mayor recordó que el creador del cartel de Medellín fue responsable directo o indirecto de 10 mil asesinatos, un dato que no debería soslayarse a la hora de edificar una opinión sobre el hombre asesinado hace 25 años. Ferrari coincide con esa postura, más allá de que cree que el costado rebelde de Escobar debería valorarse de manera especial. “La muerte y los asesinatos no son motivo de idolatría”, concluyó el cineasta.

 

Una muerte registrada

Según la letra de Solari, aquel 2 de diciembre de hace 25 años amaneció –como casi siempretormentoso en Medellín. Y a las dos de la tarde se produjo el asesinato. Algo de real o coincidente hay con la investigación que hizo el periodista norteamericano Mark Bodwen en su libro “Killing Pablo”, quien dijo que la comunicación telefónica que terminó de delatar a Escobar se registró a las 13.

Así como las series sobre la vida del famoso delincuente muestran el momento del operativo final con un aire de triunfo, Solari en su canción abre un grifo de tristeza y desazón.

Acostumbrado a lidiar con el famoso debido proceso, Olguín no puede más que cuestionar la metodología usada por la Policía para el exterminio. “El estado negoció con otros carteles para que les pasaran información, para que lo entregaran, a cambio de penas menores e impunidad. Es un claro ejemplo de cómo la justicia no debe actuar”, sostuvo el futuro fiscal.

Para Mayor, la muerte de Escobar estuvo lejos de terminar con la venta de drogas a gran escala y, por el contrario, generó una reorganización de la red criminal que creó nuevos carteles tanto en Colombia como en México. “El Chapo" Guzmán, los hermanos Arellano Félix, Carrillo Fuentes, Beltrán Leyva y los caballeros templarios son ejemplos de eso que bien podrían tener sus series –los que no las tienen aún- en poco tiempo.

Otra coincidencia entre el psiquiatra y el abogado es el avance en algunos puntos del país, aunque en menor escala, de una organización criminal que tiene su origen en el narcotráfico y que va abriendo sus ramificaciones a otros delitos. Aunque ninguno ve en el corto tiempo la existencia de una serie con personajes argentinos.

Mayor descarta una hipótesis que indica que el público actual observa con algo de admiración las tiras sobre Escobar porque las acciones homicidas del delincuente están lejos en el tiempo y el espacio. “Si fuera así, los argentinos no hubiéramos visto “El clan”, “Historias de un clan” o “El ángel”, series o películas que hablan de asesinos de nuestro país no tan lejanos en el tiempo”.

Mientras tanto, el público seguirá con la nueva temporada de “Narcos” –que fue estrenada hace diez días y se dedica a los narcos mexicanos-, podrá rever “Fariña”, que describe la organización que funcionó en Galicia para ingresar drogas (enviadas por Escobar, ¿cuándo no?) en toda Europa, o recordar alguna de las tantas novelas colombianas que de algún modo tocan el mundo narco. Si quiere recordar al polémico personaje asesinado hace 25 años en su Medellín natal tendrá primero que responderse una pregunta vital: ¿Le queda a la televisión algo nuevo que contar sobre la vida de Pablo Emilio Escobar Gaviria?.

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