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"Reírse del pobre es algo que está aceptado e incorporado en Argentina"

Florencia Espinosa

La joven charló con Cooltura sobre su vida y la realidad que atravesó a lo largo de los años, marcada por la discriminación por ser pobre y cientos de estigmas con los que tuvo que cargar.

Apenas se sentó en la mesa para la entrevista tomó un libro que le llamó la atención de la biblioteca que estaba a su lado. "Pobreza: un tema impostergable", de Bernardo Kliksberg. Un gesto casi azaroso, pero para nada casual. Con una sonrisa amplia y sus rulos al viento parece mentira que Mayra Arenas sea la misma chica que nació en la pobreza, que tuvo que abandonar la primaria para criar a su hijo a los 14 años, vivir en la marginalidad de los suburbios bahienses y subsistir con su trabajo cuidando ancianos hasta que por fin la animaron a continuar sus estudios. Con una carta abierta en su Facebook que se volvió viral y su posterior participación en una charla Ted con su discurso “¿Qué tienen los pobres en la cabeza?”, la chica ayudó a darle visibilidad a los problemas con los que se enfrentan millones de argentinos día a día.

Estigmatización, discriminación y racismo, mezclado con hambre y carencias. En una charla con Cooltura la joven de 26 años y actual estudiante de la carrera Ciencias Políticas en la Universidad de Tres de Febrero, relató su vida, cuestionó el mito de la meritocracia y pidió políticas públicas que realmente ayuden a los pobres.

—¿Por qué creés que la gente relaciona la pobreza con el delito?

—Por ignorancia. Ayer vi un meme en donde una mamá iba al súper con su hijo y se quejaba de lo caro que estaba todo y después iba a hacerse las uñas. El comentario era ‘estas negras que tienen plata para algunas cosas y no para otras’. El consumo del pobre siempre es cuestionado. Si tiene celular antes de revocar su casa o si tiene zapatillas antes de poner puertas. El consumo no es racional, en ninguna clase social. Porque el consumo está directamente asociado a cuán feliz nos hace eso que nos vamos a comprar. A mí me gustaría que tuviéramos otra conciencia de ver ese mismo meme de ‘no tengo plata para algunas cosas pero sí para otras’, cuando tu patrón te dice que no tiene plata para pagarte más o para pagarte los aportes que te corresponden por ley, pero sí tiene para irse a Europa, Miami o para cambiar una camioneta. Me divertiría mucho más ese meme, pero no divertiría a nadie, porque reírse del pobre es algo que está aceptado e incorporado. Reírnos de la negrada, de la grasada, es algo que divierte y gusta. Eso une a muchísimos argentinos y es una derrota cultural durísima.

—Vos lo viviste en carne propia a eso.

—Sí, cuando estaba embarazada sobre todo. Yo era muy chica y tenía cara de nena. Lo era, tenía 14 años. Muchas mujeres me juzgaron, mujeres grandes. Hacían caras, gestos. Siempre la mujer es juzgada. Por eso a mí me gusta tanto esta nueva ola de sororidad, sueño con ver pobres ayudando a pobres. Estoy harta que los pobres esperemos un salvador. Solo nosotros podemos intentar pensar una solución. Y lo mismo espero para las mujeres: sueño ver mujeres ayudando a mujeres. Solo nosotras sabemos lo que es que se te estacione un auto al lado y son cinco segundos que no sabés qué va a pasar. Un hombre eso no lo entiende.

—¿Creés que el feminismo, al ser una lucha tan transversal, vino a unir las diferentes clases?

—Sí, ojalá. Como todo movimiento tiene desprolijidades. Los cambios sociales y políticos se meten a la fuerza. Pidiendo ‘porfi, porfi’ uno no logra grandes reformas. Uno tiene que meterse. Romper con el orden que había. Por supuesto todo movimiento tiene personajes más radicales, pero batallan y son valiosos. Muchos de afuera no lo saben y cuando ven a alguien tan radical en el sentido duro de la palabra, como por ejemplo no respetar a la Virgen que es tan sagrada para algunas personas, eso es brutal para aquellos que creemos que la maternidad es sagrada. Yo estoy a favor del aborto legal por una cuestión de que estoy a favor de que no se mueran las mujeres, pero creo en la vida, creo que hay vida. No puedo cambiar esas ideas y cuando veo esos personajes radicales me hace ruido. Pero son las desprolijidades propias de un movimiento que avanza, si fuera de otra manera no se lograrían as cosas que se están logrando. Lo que deja esto es un legado.

 

 


"No tenemos dirigentes pobres, nadie nos representa. Por eso se diseñan soluciones que no nos ayudan, porque no nos conocen”.

 

 

—¿Sos creyente?

—No. Pero de chica sí. Me crie en la iglesia. En los barrios siempre está la iglesia, sobre todo la evangélica. Por una cuestión de que es más fácil abrir una iglesia evangélica que una católica, que necesita muchos más permisos y burocracia. Cuando tenía 9 años empecé a ir a una iglesia que me dio todo: merienda, comida, ropa, libros. Te hablan de Dios y uno se enamora de esa idea de que todo este sufrimiento que uno pasa es obra de Dios y que tiene un plan para cada uno. Cuando quedé embarazada de mi hijo me echaron a la mierda, así que creo que eso habla de que hay cuestiones de la moral de los hombres que están más allá de lo que diga la Biblia. Igual me gusta que haya gente dispuesta a creer en un Dios, en la bondad, en el prójimo.

—¿Qué te pasa cuando escuchás que el pobre tiene que hacer todo lo posible para salir de la pobreza y si no lo hace significa que “son pobres porque quieren”?

—Esa creencia también es producto de la ignorancia. Es creer que ganando 30 pesos por día vas a poder ahorrar y seguir adelante, es ridículo. La economía de la pobreza es la economía de la subsistencia, y por más austeridad que uno tenga no puede lograr mayores cambios que comprar una motito o tener un celu. Se desconoce mucho la economía de la subsistencia, se piensa que los pobres tiene más plata que la que tienen. Está muy inculcado, la clase media ha sido educada así, que el ahorro es sinónimo de prosperidad. Y se cree que los pobres podríamos hacer lo mismo a pequeña escala, pero la realidad es que no.

—¿Creés que esto es un poco lavarse las manos, es decir, pensar que están ahí porque quieren?

—Sí, pero no creo que lo haga la gente con maldad, incluso la gente más buena lo hace. De alguna manera duele tanto el dolor del otro que tengo que pensar que un poco malo es. Intentan buscar respuestas de que algo hizo para estar ahí. Alivia el dolor pensar que un poquito se lo merece. Entonces está bueno pensar que el pobre un poco vicioso es, que se gasta la asignación en alcohol, que no trabaja, que no es buena madre, que duerme la siesta.

—¿Cómo hiciste vos para salir de la pobreza?

—Hay un capital cultural al que pude acceder gracias a la Universidad Pública. Más allá de que esta economía me empobrezca, nunca más voy a estar en zona de riesgo. Siento que tengo algo que nadie me va a poder quitar que son mis estudios. Por eso hay que luchar por esos capitales culturales. Tenemos que dar la batalla cultural.

—Es fundamental entonces defender la educación pública.

—Fundamental. En todos los niveles. Y yo pondría jardín maternal, que nos favorecería a las mujeres, que no conseguimos trabajo cuando nuestros hijos son chiquitos. Y hay que facilitar el acceso a la Universidad Pública, que quede cerca y darle facilidades a quienes estudian y trabajan, ya que el pobre tiene que trabajar siempre. Que el acceso sea real y no solo legal. Porque la realidad es que para acceder a la universidad tenés que tener las necesidades cubiertas. Yo soy militante de las universidades a distancia, te ofrecen una posibilidad única.

—¿Qué pasa con el estereotipo físico del pobre?

—La portación de cara es algo de lo que no queremos hablar. Pensamos que no somos racistas y lo vi siempre con mis hermanos que son negros, con mis vecinos que son negros. No negros de raza, con el que el argentino no tiene problema, sino el negro criollo, el del interior. No tiene las mismas posibilidades alguien con tez blanca que con tez morocha siendo pobre. Tengo una vecina con la misma historia que yo, profesora de inglés, talentosísima, pero tiene cara de pobre. Las cosas que me cuenta son increíbles, la estigmatización que sufre. Para tener una sociedad igualitaria primero hay que reconocer los privilegios que tuvo uno. Y yo tuve el privilegio de ser blanca, porque hoy en Argentina eso es un privilegio, ya que hay mucho racismo.

 

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"Reírse del pobre es algo que está aceptado e incorporado en Argentina"

La joven charló con Cooltura sobre su vida y la realidad que atravesó a lo largo de los años, marcada por la discriminación por ser pobre y cientos de estigmas con los que tuvo que cargar.

Fotos: Marianela Sánchez

Apenas se sentó en la mesa para la entrevista tomó un libro que le llamó la atención de la biblioteca que estaba a su lado. "Pobreza: un tema impostergable", de Bernardo Kliksberg. Un gesto casi azaroso, pero para nada casual. Con una sonrisa amplia y sus rulos al viento parece mentira que Mayra Arenas sea la misma chica que nació en la pobreza, que tuvo que abandonar la primaria para criar a su hijo a los 14 años, vivir en la marginalidad de los suburbios bahienses y subsistir con su trabajo cuidando ancianos hasta que por fin la animaron a continuar sus estudios. Con una carta abierta en su Facebook que se volvió viral y su posterior participación en una charla Ted con su discurso “¿Qué tienen los pobres en la cabeza?”, la chica ayudó a darle visibilidad a los problemas con los que se enfrentan millones de argentinos día a día.

Estigmatización, discriminación y racismo, mezclado con hambre y carencias. En una charla con Cooltura la joven de 26 años y actual estudiante de la carrera Ciencias Políticas en la Universidad de Tres de Febrero, relató su vida, cuestionó el mito de la meritocracia y pidió políticas públicas que realmente ayuden a los pobres.

—¿Por qué creés que la gente relaciona la pobreza con el delito?

—Por ignorancia. Ayer vi un meme en donde una mamá iba al súper con su hijo y se quejaba de lo caro que estaba todo y después iba a hacerse las uñas. El comentario era ‘estas negras que tienen plata para algunas cosas y no para otras’. El consumo del pobre siempre es cuestionado. Si tiene celular antes de revocar su casa o si tiene zapatillas antes de poner puertas. El consumo no es racional, en ninguna clase social. Porque el consumo está directamente asociado a cuán feliz nos hace eso que nos vamos a comprar. A mí me gustaría que tuviéramos otra conciencia de ver ese mismo meme de ‘no tengo plata para algunas cosas pero sí para otras’, cuando tu patrón te dice que no tiene plata para pagarte más o para pagarte los aportes que te corresponden por ley, pero sí tiene para irse a Europa, Miami o para cambiar una camioneta. Me divertiría mucho más ese meme, pero no divertiría a nadie, porque reírse del pobre es algo que está aceptado e incorporado. Reírnos de la negrada, de la grasada, es algo que divierte y gusta. Eso une a muchísimos argentinos y es una derrota cultural durísima.

—Vos lo viviste en carne propia a eso.

—Sí, cuando estaba embarazada sobre todo. Yo era muy chica y tenía cara de nena. Lo era, tenía 14 años. Muchas mujeres me juzgaron, mujeres grandes. Hacían caras, gestos. Siempre la mujer es juzgada. Por eso a mí me gusta tanto esta nueva ola de sororidad, sueño con ver pobres ayudando a pobres. Estoy harta que los pobres esperemos un salvador. Solo nosotros podemos intentar pensar una solución. Y lo mismo espero para las mujeres: sueño ver mujeres ayudando a mujeres. Solo nosotras sabemos lo que es que se te estacione un auto al lado y son cinco segundos que no sabés qué va a pasar. Un hombre eso no lo entiende.

—¿Creés que el feminismo, al ser una lucha tan transversal, vino a unir las diferentes clases?

—Sí, ojalá. Como todo movimiento tiene desprolijidades. Los cambios sociales y políticos se meten a la fuerza. Pidiendo ‘porfi, porfi’ uno no logra grandes reformas. Uno tiene que meterse. Romper con el orden que había. Por supuesto todo movimiento tiene personajes más radicales, pero batallan y son valiosos. Muchos de afuera no lo saben y cuando ven a alguien tan radical en el sentido duro de la palabra, como por ejemplo no respetar a la Virgen que es tan sagrada para algunas personas, eso es brutal para aquellos que creemos que la maternidad es sagrada. Yo estoy a favor del aborto legal por una cuestión de que estoy a favor de que no se mueran las mujeres, pero creo en la vida, creo que hay vida. No puedo cambiar esas ideas y cuando veo esos personajes radicales me hace ruido. Pero son las desprolijidades propias de un movimiento que avanza, si fuera de otra manera no se lograrían as cosas que se están logrando. Lo que deja esto es un legado.

 

 


"No tenemos dirigentes pobres, nadie nos representa. Por eso se diseñan soluciones que no nos ayudan, porque no nos conocen”.

 

 

—¿Sos creyente?

—No. Pero de chica sí. Me crie en la iglesia. En los barrios siempre está la iglesia, sobre todo la evangélica. Por una cuestión de que es más fácil abrir una iglesia evangélica que una católica, que necesita muchos más permisos y burocracia. Cuando tenía 9 años empecé a ir a una iglesia que me dio todo: merienda, comida, ropa, libros. Te hablan de Dios y uno se enamora de esa idea de que todo este sufrimiento que uno pasa es obra de Dios y que tiene un plan para cada uno. Cuando quedé embarazada de mi hijo me echaron a la mierda, así que creo que eso habla de que hay cuestiones de la moral de los hombres que están más allá de lo que diga la Biblia. Igual me gusta que haya gente dispuesta a creer en un Dios, en la bondad, en el prójimo.

—¿Qué te pasa cuando escuchás que el pobre tiene que hacer todo lo posible para salir de la pobreza y si no lo hace significa que “son pobres porque quieren”?

—Esa creencia también es producto de la ignorancia. Es creer que ganando 30 pesos por día vas a poder ahorrar y seguir adelante, es ridículo. La economía de la pobreza es la economía de la subsistencia, y por más austeridad que uno tenga no puede lograr mayores cambios que comprar una motito o tener un celu. Se desconoce mucho la economía de la subsistencia, se piensa que los pobres tiene más plata que la que tienen. Está muy inculcado, la clase media ha sido educada así, que el ahorro es sinónimo de prosperidad. Y se cree que los pobres podríamos hacer lo mismo a pequeña escala, pero la realidad es que no.

—¿Creés que esto es un poco lavarse las manos, es decir, pensar que están ahí porque quieren?

—Sí, pero no creo que lo haga la gente con maldad, incluso la gente más buena lo hace. De alguna manera duele tanto el dolor del otro que tengo que pensar que un poco malo es. Intentan buscar respuestas de que algo hizo para estar ahí. Alivia el dolor pensar que un poquito se lo merece. Entonces está bueno pensar que el pobre un poco vicioso es, que se gasta la asignación en alcohol, que no trabaja, que no es buena madre, que duerme la siesta.

—¿Cómo hiciste vos para salir de la pobreza?

—Hay un capital cultural al que pude acceder gracias a la Universidad Pública. Más allá de que esta economía me empobrezca, nunca más voy a estar en zona de riesgo. Siento que tengo algo que nadie me va a poder quitar que son mis estudios. Por eso hay que luchar por esos capitales culturales. Tenemos que dar la batalla cultural.

—Es fundamental entonces defender la educación pública.

—Fundamental. En todos los niveles. Y yo pondría jardín maternal, que nos favorecería a las mujeres, que no conseguimos trabajo cuando nuestros hijos son chiquitos. Y hay que facilitar el acceso a la Universidad Pública, que quede cerca y darle facilidades a quienes estudian y trabajan, ya que el pobre tiene que trabajar siempre. Que el acceso sea real y no solo legal. Porque la realidad es que para acceder a la universidad tenés que tener las necesidades cubiertas. Yo soy militante de las universidades a distancia, te ofrecen una posibilidad única.

—¿Qué pasa con el estereotipo físico del pobre?

—La portación de cara es algo de lo que no queremos hablar. Pensamos que no somos racistas y lo vi siempre con mis hermanos que son negros, con mis vecinos que son negros. No negros de raza, con el que el argentino no tiene problema, sino el negro criollo, el del interior. No tiene las mismas posibilidades alguien con tez blanca que con tez morocha siendo pobre. Tengo una vecina con la misma historia que yo, profesora de inglés, talentosísima, pero tiene cara de pobre. Las cosas que me cuenta son increíbles, la estigmatización que sufre. Para tener una sociedad igualitaria primero hay que reconocer los privilegios que tuvo uno. Y yo tuve el privilegio de ser blanca, porque hoy en Argentina eso es un privilegio, ya que hay mucho racismo.

 

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