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Manuel Calvo, el almacenero del barrio Los Fresnos

El negocio fue fundado en 1955; todavía mantiene viva la tradición de la libreta de fiado a los clientes más antiguos. Una tragedia enlutó a la familia. Manuel tenía una quinta donde cosechaba verduras y frutas que vendía en el Mercado Central. Jugaba al fútbol en Sol de Mayo. 

Por Jhonny Díaz
| 23 de diciembre de 2019
Hoy, 2019. "Tenemos clientes de hace muchos años y son todos vecinos del barrio, incluso algunos tienen libreta y pagan a fin de mes, nunca dejan de venir a comprar", resaltó Manuel Calvo. Fotos: Marianela Sánchez y familia Calvo.

Manuel José Calvo nació el 9 de julio de 1947, es hijo de Justo Calvo y de Rosa Gitto. Tiene tres hijos: Walter Gabriel, Ariel Omar y José Luis; y cuatro nietos: Joaquín, Agustín, Alma y Mateo.

 

La historia de vida de Manuel no fue para nada fácil. Sufrió la tempranera muerte de su hermano Emilio, a quien le decían "Pochito", en un accidente vehicular. Tuvo que dejar los estudios secundarios para dedicarse a la atención del almacén familiar y al trabajo en una pequeña quinta que tenían en la zona norte, en las afueras de la ciudad de San Luis.

 

Don Manuel cuenta que el mercadito nació después que la familia tuviera la pérdida irreparable de su hermano.

 

"En principio, mi padre y mi tío Victorino eran socios de un pequeño tambo lechero, también compraban en El Volcán o en El Chorrillo. Todo iba bien hasta que un día mi padre tuvo que llevar  un tacho de 30 litros de leche al bar y heladería Edén de don Ercolano, en la calle Junín. Yo me había subido a la caja del Ford '38 y, en ese momento, viene corriendo mi hermano; y mi padre, que maniobraba para salir, no lo vio y lo pisó con las ruedas traseras. Fue una desgracia muy grande que hundió en la tristeza a mis padres, a la familia y a mí, lógicamente, que era un niño. A tal punto que vendió el camión y el tambo: se acabó todo", dijo con angustia.

 

Agregó que sus padres nunca pudieron superar el mal trance y que después de un tiempo, don Calvo  abrió un pequeño almacén. Fue el 3 de enero de 1955, según el libro de registro comercial de la época. En realidad era un almacén de ramos generales donde se vendía de todo en una barriada importante.

 

“Mi madre no sabía ni leer ni escribir, pero mi padre tenía que darle una solución a la triste situación que vivían, y ese fue el puntapié inicial de su recuperación. No había muchos negocios por la zona y, además, pasaba por ahí un tramo de la ruta nacional 7", recordó, y añadió: "El tránsito vehicular en la poceada y destruida avenida de tierra era incesante. Pese a que mi madre nunca fue a la escuela, se las ingeniaba muy bien, y todos la querían en el barrio".

 

Relató que por esos años ayudaba en la atención del negocio, había sido alumno de la escuela Nº 37 "General San Martín" (conocida como "La Carcocha"), donde llegó a ser presidente de la Cruz Roja y del club de Jardineros; a la secundaria la inició en el Colegio Nacional.

 

Don Manuel señaló que a los 15 años debió dejar los estudios a raíz de un accidente que tuvo su padre, que le impedía caminar y lo obligaba a hacer reposo absoluto. Relata que no había muchas opciones y se puso el negocio al hombro, acompañado de su madre.

 

La propiedad tenía grandes dimensiones, llegaba hasta la calle Esteban Agüero. Era una especie de triángulo, había sido comprada por sus abuelos Irene y Manuel Calvo, unos españoles que habían llegado a San Luis con la gran corriente migratoria.

 

Asimismo, la familia había comprado una quinta en la zona norte, en San Juan y Tucumán, y había que dedicarle tiempo y trabajo.

 

"No me quedaba otra, iba todos los días en una jardinera tirada por un caballo; llegué a sembrar 120 plantas de duraznos, prisco, amarillo para enlatar, el común que madura en los primeros días de noviembre y el blanco. Había que podar, regar y desinfectar; era muy duro pero a la vez reconfortante", dijo Calvo, a quien le gustaba trabajar la tierra, quien tampoco podía descuidar el negocio y debía encargarse de los proveedores.

 

"Me dediqué de lleno a trabajar la tierra, hasta me hacía tiempo para jugar al fútbol en Sol de Mayo", contó a modo de anécdota. Sembraba papas, batatas, acelgas, zanahorias y cebollas que vendía en el Mercado Central y dejaba en el negocio, a veces cambiaba verduras por frutas.

 

Para Calvo la tierra era su pasión, llegó a alquilarla para aumentar su producción. Al doctor Petrino le rentó 10 hectáreas, también a Segado y Sanglá: con algunos de ellos llegó a trabajar a porcentaje, el 20% era para el dueño del terreno y el resto para él. En 1978, alquiló un predio del aeropuerto donde llegó a cosechar unas 150 bolsas de batatas por día. Tuvo varios colaboradores, entre ellos, Roque, un tractorista; los hermanos Barloa, "Chiquito" Pérez, "Paco", "el Negro" Giménez y "el Petiso", a quienes les pagaba por día. "Toda muy buena gente y trabajadora", elogió.

 

El trabajo del quintero o finquero es muy duro; no sabe de descansos ni feriados, tampoco de horarios, ni de lluvias, vientos, fríos o calores. Para ellos todos los días son iguales. "En esos años había que tener especial cuidado con el riego ya que el agua venía los lunes y jueves un par de horas por día, por el canal Cero. La controlaban los llamados 'tomeros'", rememoró y añadió: "Viajaba a Mendoza a comprar desinfectantes, al regresar me ponía la mochila al hombro y lo hacía, cuatro veces al año".

 

"Dejé de trabajar la quinta cuando falleció mi padre, hace unos 20 años. Mi señora —Lucía Garro—estaba al frente del negocio y de los hijos que habían empezado a llegar. Para el colmo, la Municipalidad dejó de vender el agua y nos quedamos sin el regadío semanal. Eso nos mató, San Luis tiene una tierra hermosa y fértil, una lástima, hoy no ha quedado nada de todo aquello", comentó con tristeza.

 

Calvo se autodefinió como hiperactivo y afirmó que nunca dejó de jugar al fútbol, otra de sus pasiones. Lo hizo en Sol de Mayo gracias a un amigo, Miguel Rallo. Llegó a jugar en primera división y logró dos campeonatos. Se retiró a los 34 años al ver que la política se estaba metiendo en la institución. "Llegué al club siendo un niño, le había falsificado la firma a mi padre para poder jugar".

 

A eso le agrega un hecho desagradable que sucedió en la cancha San Luis, donde cayeron vencidos 2 a 0 por Juventud con goles de Miguel Ángel "el Negro" Guzmán. "Nuestro arquero se dejó hacer los goles", cuenta. "Casi nos agarramos a las piñas en el vestuario. Nos separó uno de los dirigentes de apellido Lasul y 'el Chupino' Quiroga. Seguí pero como colaborador de las divisiones inferiores", sostuvo.

 

Don Manuel Calvo confirmó que su vieja y querida quinta no existe más. "La falta de agua fue el detonante", reiteró. En esos terrenos construyó un salón multiuso y canchas de fútbol "Sporting San Juan" que rentan sus hijos.

 

Hoy, en la tranquilidad de su negocio y junto a su esposa, recuerda a muchos de sus primeros clientes: entre ellos, a las familias de Andrés Gitto, Calderón, González, Lucero y muchas más.

 

"Mis vecinos continúan comprando en 'Mercadito Calvo', incluso muchos de ellos  tienen libreta de fiado y pagan a fin de mes, cuando cobran sus sueldos; solo se van cuando en los súper hay ofertas", aclaró sobre la confianza que sembró en su clientela.

 

 

 

 

 

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