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Las vías del pasado

El edificio de la exEstación de Trenes de San Luis conserva el recuerdo de los años de oro del ferrocarril. Con una imponente arquitectura, declarada patrimonio de la ciudad, encierra parte de la historia puntana y nacional.

Por Florencia Espinosa
| 10 de febrero de 2020
Fotos: Nicolás Varvara/Martín Gómez.

Recién en 2006 el edificio de la ex-Estación de Trenes de San Luis fue declarado de Interés Histórico y Patrimonio de la Ciudad. Pero desde hacía muchos años que la estación era epicentro de la cultura puntana. Allí se agolpaban las familias para ver pasar el tren, saludar a los nuevos visitantes y despedir a quien emprendía un viaje, casi siempre en dirección a Mendoza o a Buenos Aires. Era el gran paseo que podía hacerse allá por principios de siglo, después de 1912, el año en que fue inaugurada. En esa época las tardes sanluiseñas carecían de atractivos y actividades y asistir a la estación era un plan codiciado. El edificio ubicado en la intersección de las avenidas Illia y Lafinur en realidad fue la tercera estación de trenes que tuvo la ciudad. La primera estaba ubicada donde hoy es la Universidad Nacional de San Luis. Allí los trenes llegaban y tenían serias dificultades para frenar, por el peso y la pendiente. Entonces decidieron “mudar” la estación más cerca del lugar donde se emplaza hoy el edificio final. Pero era una pequeña y precaria oficina de madera cercana al tanque de agua a la que apodaban “El gallinero” y a la que los ciudadanos de las clases sociales más altas no querían asistir porque aseguraban que las condiciones edilicias no eran óptimas y se quejaban de la presencia de ratones.

 

Finalmente esa estación se incendió en 1910 de manera intencional, justamente producto del descontento de los usuarios de ferrocarril. Eso desencadenó que la compañía de capitales ingleses “Buenos Aires al Pacífico”, concesionaria de la mayoría de los ferrocarriles del país, comenzara la construcción de la nueva estación, un majestuoso y pintoresco edificio ubicado en la zona oeste de la ciudad.

 

 

 

Según el libro "Memorias de San Luis", publicado por Nueva Editorial Universitaria, la puntana, para ser una estación “de paso” era imponente. Tanto que de hecho discrepaba arquitectónicamente con el resto de la ciudad.

 

Aún hoy genera impacto por la envergadura del edificio y principalmente porque constituye un punto neurálgico del centro de San Luis. Desde allí nace la avenida Illia, una de las principales arterias de la urbe, que culmina en la plaza Pringles, otro punto social, arquitectónico y cultural muy importante. La avenida Lafinur, en tanto, es hoy un polo comercial por donde pasan miles de personas al día y una vía de interconexión rápida para tomar la avenida Santos Ortiz y salir de la ciudad.

 

Las fuentes consultadas en "Memorias de San Luis" recuerdan haber visto a Mirtha Legrand y Libertad Lamarque en esa estación y también a Juan Domingo Perón y Eva Duarte, quienes llegaron en un tren presidencial durante la campaña de 1946. Al año siguiente se concretaría uno de los logros más importantes del gobierno peronista, la estatización de los ferrocarriles, que pasaron a manos del Estado.

 

 

 

Al ingresar al hall del edificio de la Estación de Trenes de San Luis, que posee toda la mampostería original, se aprecian las tres boleterías al frente, a la izquierda. También se observan otras dos boleterías en el ala izquierda, donde estaba el sector de encomiendas, hoy trasformado en una sala de lecturas. Por allí despachaban los paquetes enviados desde San Luis, pero también hay otra versión que presume que podrían haber sido las boleterías de los pasajes más baratos, para que no haya mezcla de “clases” al comprar los tickets.

 

“En la planta alta estaban las habitaciones donde se hospedaban los ingenieros del ferrocarril, del telégrafo, el maquinista o el guardia cuando tenían que pasar la noche acá”, indicó Silvia Guzmán, la encargada de hacer la guía por el edificio. Las habitaciones son pequeñas y están todas comunicadas entre sí. Hoy allí dictan los talleres municipales de música y arte. En la planta baja también funcionaba una cocina, donde hoy está ubicado el cine donde hacen ciclos de películas gratuitos.

 

Aún hoy se puede apreciar en el andén del edificio el cartel original que indica dónde era esa sala de espera de “señoras”, donde tenían permitido aguardar el ferrocarril las mujeres más pudientes. Tenía baño privado y estaba ubicada al lado de la oficina del jefe de la estación. "En esa época la acción de ir al baño era algo muy íntimo, las mujeres no lo podían manifestar en público, por eso tenían su baño privado. Además en el hall estaba permitido fumar y tampoco era bien visto que las mujeres estuviera allí por ese motivo", detalló Guzmán.

 

Hoy ese espacio está destinado para la oficina administrativa del Centro Cultural José la Vía, el organismo que funciona en el edificio. Allí mismo, en el andén, también estaba la oficina de informes y todavía hoy se puede ver una balanza original de la época y el carretón en el que se trasladaban las encomiendas. La piedra del piso es la original, a diferencia del piso del resto de la estación, que fue restaurado.

 

El resto de las mujeres debían esperar en una sala ubicada por el pasillo izquierdo, donde hoy funciona un microcine. Los hombres lo hacían en el hall, un amplio espacio definido por el estilo Tudor, característico de la arquitectura inglesa. El alero en la entrada está compuesto por una estructura metálica y columnas de hierro fundido, que sostienen una cubierta de chapa ondulada. Las columnas son huecas y constituyen el sistema de desagüe del techo.

 

El resto de la arquitectura tiene diversos estilos, aunque predomina la influencia británica. Las torretas en el techo, esas pequeñas torres que se ven en la cubierta a ambos lados, son de estilo francés. Estaban diseñadas como un canal de ventilación, para mantener las temperaturas óptimas. "Cada habitación tenía una estufa a leña. Era un edificio bastante cálido en invierno y fresco en verano, por sus techos altos", indicó la guía.

 

 

 

La escalera al tercer piso se construyó hace dos años después de presentar planos y aunar en los más específicos detalles. Es que al ser un edificio declarado patrimonio de la ciudad no puede tener modificaciones que cambien sustancialmente la impronta del lugar. La escalera está hecha con madera y conservó los mismos detalles en las rejas de las barandas, con la diferencia de que estos son soldados y los de antaño están remachados, ya que no había soldadora eléctrica cuando fueron instaurados.

 

La estación vivió un proceso de "puesta en valor" en el 2015. Allí no solo se reacondicionó toda la fachada y el interior del edificio, sino que se agregaron luminarias y se construyó una explanada por detrás, donde hoy hay una plaza para niños. También el predio quedó enrejado, para facilitar su mantenimiento y los cuidados diarios. Ahí se dictan diversos talleres municipales de música y baile, deportes, se hacen ciclos de cine y actividades nocturnas como recitales.

 

El ruido de la locomotora quedó en el recuerdo, los sonidos de la máquina de vapor están guardados en la memoria, al igual que los de las teclas del telégrafo y la chicharra que anunciaba una partida. El imponente edificio que se alza sobre avenida Lafinur constituye hoy una fotografía viviente de aquellos años dorados del ferrocarril. Ya sin la magia del tren, que unos cuantos añoran, pero con una álgida vida social y consagrado un punto de encuentro. Casi tanto como aquellos años de principio de siglo.

 

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