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Con Churchill no, manipuladores

Son tiempos difíciles para el mundo. Al parecer, el coronavirus exacerbó los ánimos de quienes ya de por sí apuestan por la furia y la destrucción. Hoy está de moda derribar estatuas, y no solo para fundir el cobre, como hacen los viles profanadores de monumentos que pululan por una Buenos Aires sin ley, confiados en que la impunidad al final reinará.

 

No, también hay hordas incapaces de pensar más allá de su odio, que apuntan contra algunos villanos injustamente venerados, pero también contra algunos héroes que, humanos al fin, lo fueron a pesar de algunos errores cometidos en sus vidas cubiertas por gloria. Gente con papeles destacados, a los que también hay que ubicar en un contexto histórico determinado, porque no todo hay que verlo con los ojos de la actualidad.

 

Por estos días cayeron en desgracia Abraham Lincoln, el general Ulysses Grant, Isabel La Católica, Miguel de Cervantes y Cristóbal Colón, quizá quien recibió la mayor saña de los saqueadores y con quien tenemos cuentas pendientes desde que nos "vendían" sus hazañas con las carabelas cuando estábamos en la escuela primaria y una educación manipuladora acomodaba los hechos a su conveniencia.

 

En todos los casos parece algo injusto, pero en ninguno tanto como en el intento de derribar la figura de Winston Churchill, que tuvo que ser vallada por las autoridades para que no sea vandalizada. Vaya y pase que en la ciudad de Bristol hayan terminado con la estatua de Edward Colston, un comerciante de esclavos del siglo XVII que hizo fortunas trayendo negros del África, pero no todos deben caer en el mismo lodo discepoleano.

 

En la Argentina, debido a la piratería cometida con las Islas Malvinas, solemos denostar todo lo inglés, es cierto. Pero es imposible soslayar el aporte de Churchill a la libertad. Fue el principal escollo del nazismo, defendiendo con garra, decisión e inteligencia a su país en el momento más delicado, cuando Hitler parecía llevarse el mundo por delante. Había caído Francia, Rusia tenía un tratado oprobioso de paz con Alemania y Estados Unidos y aún dudaba sobre si participar o no de la Segunda Guerra Mundial. Solo quedaba la Inglaterra de Churchill para oponerse al tirano. Y vaya que lo hizo.

 

Al primer ministro le sirvió también para tomarse una revancha de lo que había ocurrido en la Primera Guerra, cuando cometió errores que llevaron al ejército británico a una carnicería en Gallípoli, a manos de los turcos. Pero frenar a Hitler fue otra cosa, una tarea ciclópea, reservada a quienes están destinados a dejar su huella en la historia. Por eso, resulta inaceptable que quieran manchar su imagen derribándola del pedestal de los grandes héroes del siglo XX. Con Churchill no, negadores seriales de la historia, eternos manipuladores del pasado. Cínicos.

 

El sitio PanAm Post, en un amplio artículo firmado por Orlando Avendaño en su defensa, reconoce algunas debilidades del británico de cigarro eterno: alcohólico, flojo por las mañanas, caprichoso, imprudente… pero, a la vez, fue un hombre con puño de hierro, genio militar, estadista de los que hoy no abundan y orador inigualable. Los críticos sin argumentos lo tildan de racista. Justo a él, quien frenó al mayor racista que dio la humanidad.

 

Richard Toye, autor de una biografía sobre Churchill ("Churchill's Empire"), reconoció que “aunque es verdad que Churchill pensaba que los blancos eran superiores, esto no significaba necesariamente que pensara que era aceptable tratar a los no blancos de forma inhumana”. Más expeditivo, Andrew Roberts aseguró que “un racista busca imponerse a otras razas, algo que jamás hizo Churchill”.

 

El broche se lo podemos dejar a Julián Marías, claro como siempre: “Una cosa es que haya calles y plazas dedicadas a asesinos como Hitler o Stalin, se trata de individuos que lo único notable que hicieron fueron sus crímenes. Pero hay mucha otra gente compleja o ambigua, imperfecta, a la que se rinde homenaje por lo bueno que hizo y a pesar de lo malo”. The Old Lion encaja como un guante en esta definición.

 

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