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Maia nos desnudó

"No me animaba a preguntar si estaba viva o muerta", dijo una colega muy temprano ayer cuando Maia apareció. Y ambas admitimos haber llorado cuando nos enteramos que estaba con vida. La angustia que habían transmitido los medios en los tres días anteriores por fin tenía el desenlace que pretendíamos.

 

Sin embargo, aunque la noticia era buena, el hallazgo no pudo significar una felicidad plena. Porque Maia nos desnudó y dejó a la vista muchas de las fisuras que tenemos como sociedad.

 

Esa misma mujer, que después de encontrar a la niña iba custodiada por una cadena de policías, hace una semana era invisible. Maia y su mamá conviven en una carpa sumamente precaria. Carente de todo, menos de dolor. La madre de la nena, que no está escolarizada, es adicta. Maia no tenía DNI, por eso no le tomaron la denuncia a la mujer cuando advirtió su ausencia. Maia también era invisible.

 

Esa situación de vulnerabilidad quedó en evidencia con la desaparición de la pequeña. Pero ellas no viven solas. Hay todo un barrio que está en las mismas condiciones. Madres solas con niñas y niños que no tienen nada para darles de comer. Que no pueden abrigar a sus hijas e hijos. Y que a veces ni siquiera pueden sostenerse en pie.

 

Maia nos mostró que la Policía, como institución, está hecha de hombres y mujeres que yerran demasiado en el rol de seguridad que tienen asignado. Que no toman denuncias a tiempo, que desoyen a las víctimas. Las imágenes mostraron un despliegue intenso de efectivos en la jornada del miércoles sobre todo. Pero, al final, fue una vecina la que corrió durante siete cuadras al captor que llevaba a la nena en una caja de cartón.

 

Y eso también desnudó Maia: la empatía. Gente de la zona que buscó a la niña, ciudadanos que viralizaron la imagen con la esperanza de encontrarla. Y una mujer policía que, apenas la niña se refugió en sus brazos, la abrigó y comenzó a mecerla como si fuera propia.

 

Hay una Justicia desnuda también, la misma que no hizo nada con Carlos Savanz hace un año cuando lo habían denunciado por abuso a una menor de su familia. El país vivió las últimas jornadas con la Alerta Sofía, una figura que nació tras la desaparición de Sofía Herrera en 2009 y que puso a trabajar a todos los estamentos. Sofía no volvió y esa deuda pesa. Como pesan todas y todos a quienes no vimos más: María, Jorge, Lucas, Esmeralda, Sandra, David...

 

Una abuela desesperada admitió que su hija es drogadicta e insistió con que ella no había regalado a Maia. Una tía pidió a los periodistas que alguien le llevara una hamburguesa a la nena. Y minutos después apareció la primera selfie de la familia reencontrada. "Tenía mucho frío", dijeron los policías que la hallaron. Un frío que Maia conoce porque ha vivido con él los siete años de su corta vida. Ahora vendrá la asistencia, han prometido darle una casa y fijarse en ella. La pregunta es qué oportunidades tendrán como familia, qué acceso a la salud, a la educación, a la contención plena, que va mucho más allá de lo material.

 

Todos miramos a Maia durante tres días, el Estado y la población. Mañana, la vorágine de noticias traerá nuevos títulos. Y lamentable y naturalmente nos olvidaremos de lo expectantes que estuvimos. Mientras, hay un montón de mujeres, niños, niñas y adolescentes invisibles que necesitan ser escuchados, educados, alimentados y abrazados. Como Maia.

 

 

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