Torrente hace posible lo imposible
El personaje de José Luis Segura volvió a los cines a 27 años de su estreno y a 12 de su última aventura para mostrar la llegada a la presidencia de un border de la ultraderecha sin ninguna experiencia en la política. Digamos, o sea...
Cuando se creía que el torrente de imaginación se había agotado, el personaje más fastidioso, guarango, odiado y homofóbico del cine español moderno regresó con una sexta entrega que divierte, sorprende y trae al presente lo mejor de José Luis Torrente, el personaje “irresponsablemente” creado por Santiago Segura.
El regreso no es menor para un personaje que supo de grandezas y de éxitos. En la nueva historia, el que supo ser un policía corrupto a niveles inimaginables, se encuentra con la pretensión de ser presidente de España.
Más allá del paso de comedia indispensable en cualquier película de Torrente, la obra mantiene un costado crítico imposible de soslayar, sobre todo para los argentinos: un personaje border, una kamikaze fascista, un fanático de la extrema derecha sin ningún tipo de experiencia política llega a la primera magistratura. “Cualquier coincidencia con la realidad no es pura coincidencia. Es una putada”, advierte la película en su inicio.
Es tan obvio la referencia a la política nacional que Javier Milei aparece caricaturizado en un tramo del filme, en el que felicita y saluda a Torrente ante su candidatura. Lo mismo sucede con Donald Trump, en una breve participación de Alec Baldwin como el presidente estadounidense, también en el extremo ideológico de Torrente.
Decir que el policía madrileño es corrupto o de fascista es solo una de las características de la creación de Segura. Y tal vez no sean las peores. Torrente es egoísta, altaneros, cochino, inescrupuloso, fanático de la prostitución, desalmado, desagradable y otras bellezas de la condición humana.
Cualquier análisis argumental que abarque la sexta entrega de la saga estará indefectiblemente relacionada a la política española actual y a Vox, el creciente partido de ultraderecha en la península que en la historia de Segura se menciona como Nox.
Así es la sátira que el director español propuso para un personaje que primero por su torpeza y luego por su descarado pensamiento social llamó la atención de los espectadores que -algo culposos- lo siguen desde hace 27 años, cuando se estrenó la primera de las entregas.
En todo ese tiempo, Segura sorprendió con las dos primeras películas, cedió un poco de terreno en la tercera, sucumbió definitivamente en la cuarta, volvió a asomar la cabeza en la quinta y en la sexta le dio nueva vida pese al tiempo transcurrido y a lo que se podría considerar la repetición de un perfil del absurdo.
Así como mucha gente que votó por Milei lo hizo con el peso de la culpa sobre sus espaldas, reírse de los chistes de Torrente también genera un sentimiento parecido. Como desde la primera aventura, el policía se ríe de los gays, de los negros, de las mujeres, de los diferentes y de cualquier ilusión progresista de inclusión.
La gran diferencia con la realidad es que el cine si bien puede cambiar la vida de la gente, no alcanza a hacerlo con la sustancia, la maldad y los alcances económicos de la política
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