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La Argentina del sadismo: cuando la crueldad animal se vuelve espectáculo

Los sucesos recientes de jóvenes que se filman en pleno maltrato hacia los animales es el reflejo de una sociedad que debe hacerse muchas preguntas y reflexionar sobre el escenario de horror en que vive. Por Facundo Valle.

Por redacción
| Hace 4 horas

De los casos virales de jóvenes asesinando animales a la inacción del Estado ante crímenes brutales, Argentina atraviesa una escalada de crueldad que ya no puede esconderse bajo el rótulo de 'hechos aislados'. ¿Qué tipo de sociedad estamos construyendo?

 

 

En las últimas horas, un grupo de adolescentes en Armstrong, Santa Fe, se grabó a plena luz del día pateando a una zarigüeya como si fuera una pelota. Apenas días atrás, en Bahía Blanca, Bautista Bravo e Imanol Santerre asesinaron a patadas a un coipo mientras se reían ante la cámara. Hace un mes, en Villa Gesell, Mateo B. mató a un gato recién nacido estrellándolo contra un paredón, bajo la complicidad y el registro audiovisual de su novia. Esta secuencia de horror no son episodios aislados; son el síntoma de una sociedad donde el sadismo se ha transformado en una forma de validación social. Ante esta escalada de crueldad, la pregunta es inevitable: ¿qué nos está pasando?

 

 

 

Desde la psicología, el impulso de filmar y difundir torturas se vincula con la "tríada de MacDonald", una serie de conductas que suelen preceder a la violencia humana grave. Cuando la risa acompaña el martirio, estamos ante una desconexión empática profunda:el animal deja de ser un ser sintiente para convertirse en un objeto cuya única utilidad es confirmar el poder del agresor. Es un acto performativo; el sádico quiere ser visto y demostrar que su voluntad está por encima de la vida.

 

 

No es casualidad que la mayoría de estos agresores sean hombres. Existe, además, una matriz innegable con la violencia machista. El desprecio por el más débil que se observa en los femicidios es el mismo que se despliega en estos crímenes. Quien mata con saña en la vía pública ejerce un poder absoluto sobre quien no puede defenderse (el caso de “Agosto”, el dogo rescatado en el escenario donde se le arrebató la vida a Agostina Vega, es la prueba de que la crueldad es integral).

 

 

Para quienes integramos el proteccionismo, esta realidad es un golpe constante. Es la impotencia de ver cómo, mientras dedicamos cada hora, cada recurso y cada gramo de nuestra energía a rescatar, curar y devolver la dignidad a seres maltratados, otros arrebatan esas vidas en un segundo de sadismo sin consecuencia alguna. Es una lucha desigual: intentamos remendar un tejido social que los violentos desgarran a sangre fría, amparados por una impunidad que les garantiza que la crueldad no tiene costo.

 

 

La inacción del Estado no es casual; es el combustible de este fuego. La deshumanización de la agenda pública y el auge de discursos que desprecian la empatía —tildando de "woke" a cualquiera que luche por los derechos civiles, el feminismo o el ambientalismo— nos empujan a un terreno donde la violencia se legitima como método de resolución de conflictos. Esta pedagogía de la impunidad valida la idea de que la vida, humana o animal, es descartable.

 

 

No podemos esperar a que la "conciencia" actúe sola. Necesitamos reformas urgentes: una actualización de la ley penal que deje de tratar el maltrato como una contravención menor, educación formal en empatía como eje escolar (el respeto por otros seres sintientes debe ser parte de la educación formal, no algo que se "enseña en casa") y una justicia que asuma el maltrato como un delito contra la vida.

 

 

Si permitimos que el sadismo se festeje en redes y que el sistema judicial mire hacia otro lado, estaremos aceptando ser ciudadanos de un país donde la ley es cosmética y todo da lo mismo. La empatía no es una opción ni una opinión; es el mínimo ético necesario para que la Argentina deje de ser, definitivamente, un escenario de horror.

 

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