El hombre que escribió en clave de mito
Es el final de uno de los pocos artistas que eligió guardar un secreto. Cuando la cultura contemporánea hace alarde de la exhibición, él intentó ocultarse. Que lo haya conseguido es su máximo misterio. Por Fernando de Vargas.
Está de visita en un “meditar con éter perfumado" como en "Vamos las bandas". Un éter donde ha bordado en las nubes sus letras escritas en algún paraíso donde conviven varios muertos recientes, Pappo, Cerati, el papa Francisco, Diego, Luca y el gran Luis Alberto. Ahí en ese paraíso donde conviven la poesía beat, la historieta underground, la filosofía callejera, el tango, la ciencia ficción y los sueños febriles de una Argentina siempre al borde de algo.
Durante décadas, miles de seguidores intentaron descifrar canciones que parecían más cercanas a los laberintos de Jorge Luis Borges que al formato tradicional del rock.
Pero quizás el verdadero secreto del Indio fue otro: nunca explicó del todo sus canciones porque entendía que una obra sobrevive cuando cada oyente la completa. Sus versos funcionaban como espejos. Cada generación encontró allí sus propios fantasmas, sus derrotas y sus esperanzas.
Se decía que leía compulsivamente. Se decía que acumulaba bibliotecas enteras. Se decía también que muchas de las historias sobre él eran falsas. Y acaso esa sea la mejor definición de su figura: una mezcla inseparable de realidad y ficción. Como los viejos escritores legendarios, terminó convirtiéndose en personaje de sí mismo.
El Indio no tuvo fans; tuvo creyentes.
Los recitales fueron peregrinaciones. Las canciones, contraseñas compartidas. Y el ritual colectivo alcanzó una dimensión pocas veces vista en la cultura argentina. Incluso quienes jamás escucharon un disco completo de los Redondos reconocen frases que pasaron al habla cotidiana y a la memoria popular.
En tiempos donde todo parece exhibirse, él eligió ocultarse. En una época obsesionada con la transparencia, cultivó el enigma. Por eso su muerte duele de una manera singular: porque desaparece uno de los últimos artistas capaces de conservar un secreto.
Mientras la cultura contemporánea convirtió la exposición permanente en una virtud y la visibilidad en una obligación, el Indio defendió el derecho al misterio. Byung-Chul Han, advirtió que una sociedad que exige mostrarlo todo termina expulsando aquello que hace posible el deseo, la imaginación y la profundidad: el secreto, la distancia, la sombra.
Solari pareció comprenderlo intuitivamente mucho antes. Se negó a transformarse en mercancía biográfica, preservó zonas inaccesibles de su vida y dejó que fueran las canciones, y no las explicaciones, las que hablaran por él. En un mundo que premia la confesión constante, eligió la rareza de callar. Quizás por eso su figura trascendió al artista y se convirtió en mito: porque los mitos no se construyen con exceso de información, sino con preguntas que permanecen abiertas.
Byung-Chul Han sostiene que la transparencia absoluta destruye el encanto del mundo. Allí donde todo se muestra, nada puede ser descubierto. El Indio Solari pareció escribir toda su carrera contra esa lógica. Mientras la época exigía exhibición, él ofreció silencio; mientras reclamaba explicaciones, respondió con metáforas; mientras promovía la cercanía, cultivó la distancia. Tal vez por eso sus canciones siguen convocando interpretaciones y sus palabras continúan resonando después de su muerte. Porque el misterio no es un defecto de la obra: es una de sus formas más altas de permanencia.
El Indio entendió que hay verdades que sólo sobreviven cuando no terminan de revelarse nunca.
Quizás, la mejor despedida no esté en una biografía ni en una cronología. Tal vez alcance con una imagen: algún lugar de la noche argentina, una multitud cantando como si se tratara de una oración laica, mientras una voz ronca repite que el futuro llegó hace rato.
Y ahora, finalmente, el mito también.
Buenas noches, Indio. A brillar, mi amor.
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