El Estado llegó; la IA ya se había ido
Cómo la industria de la IA pasó de ser dueña de la narrativa a ser el nuevo objeto de sospecha oficial. Un giro inesperado donde la promesa de desregulación termina en la supervisión más estricta de la historia reciente. Por Alicia Bañuelos.
Hubo un momento, no hace tanto, en que los fundadores de los grandes laboratorios de inteligencia artificial se presentaban a sí mismos como filántropos del futuro. Eran, según su propio relato, los únicos adultos en la sala: capaces de entender los riesgos de la tecnología que construían, dispuestos a regular con responsabilidad, y —de paso— a hacer una fortuna histórica en el proceso. El Estado, en ese relato, era un estorbo torpe, lento, fundamentalmente incapaz de comprender lo que estaba pasando. Mejor dejarlo afuera. Mejor que los propios creadores pusieran las reglas. Ya se sabe cómo termina esa fábula.
El 2 de junio de 2026, Donald Trump firmó la Orden Ejecutiva 14409. Se llama, con toda la grandilocuencia del caso, "Promoviendo la Innovación Avanzada en Inteligencia Artificial y Seguridad". En su núcleo hay una disposición que habría sonado a herejía hace doce meses en boca de este gobierno: las empresas de inteligencia artificial deberán someter sus modelos más potentes a revisión federal hasta 30 días antes de lanzarlos al público. El mismo Trump que llegó a la Casa Blanca prometiendo liberar a la IA de la burocracia, que derogó por decreto las regulaciones de Biden sobre la tecnología, que amenazó con demandar a los estados que intentaran regularla por su cuenta, acaba de crear el primer mecanismo de revisión previa de modelos de inteligencia artificial de frontera en la historia de Estados Unidos.
La paradoja merece ser saboreada despacio.
El mecanismo es voluntario, se apresuran a aclarar los redactores de la orden. La letra chica dice textualmente que nada en esa sección deberá interpretarse como la creación de un requisito obligatorio de licencia o autorización gubernamental previa. Voluntario. Como el uso del cinturón de seguridad antes de que existieran las multas. Cómo declarar los ingresos cuando nadie audita. Como cualquier cosa que se llama voluntaria hasta el día en que deja de serlo.
Ese día llegó veinticuatro días después. El 26 de junio, el Secretario de Comercio Howard Lutnick envió una carta a Anthropic informando que el bloqueo de exportación sobre Mythos 5 se levantaba parcialmente: unas cien empresas y agencias federales de una lista confeccionada por el propio gobierno podían volver a acceder al modelo. Lutnick se reservó el derecho de modificar esa lista "en cualquier momento". El mismo día, OpenAI lanzó GPT-5.6 bajo un esquema idéntico: acceso inicial solo para socios aprobados a dedo por Washington. Lo que en la práctica estaba naciendo no era supervisión voluntaria. Era un régimen de licencias discrecionales, sin marco legal específico, sin audiencia pública, sin apelación posible. El Estado no llegó con una ley. Llegó con una lista.
Lo que disparó todo esto no fue una reflexión filosófica sobre el futuro de la humanidad ni una audiencia parlamentaria especialmente iluminada. Fue algo mucho más concreto, más cinematográfico, y bastante más inquietante: un modelo de inteligencia artificial llamado Mythos, construido por Anthropic, que resultó ser tan peligroso que su propia creadora decidió en abril no lanzarlo al público. No por altruismo. Por miedo a lo que podría hacer en manos equivocadas.
Para entender qué es Mythos hay que hacer un pequeño esfuerzo de imaginación. Piensen en el software como en un edificio enorme, construido durante décadas por miles de arquitectos distintos que no siempre se comunicaban entre sí. En ese edificio hay puertas ocultas, ventanas mal cerradas, pasadizos que nadie recuerda haber construido. Encontrarlos requería, hasta hace poco, años de experiencia, conocimiento especializado y una paciencia poco común. Mythos los encuentra en horas. Solo. Sin que nadie le indique dónde buscar.
Los resultados fueron impactantes. El modelo encontró vulnerabilidades en todos los sistemas operativos principales y en todos los navegadores web relevantes. Encontró un error de programación de 27 años de antigüedad en OpenBSD, un sistema usado en los firewalls que protegen infraestructura crítica. Encontró una falla de 17 años en FreeBSD que permite a cualquier persona sin credenciales tomar control completo de un servidor desde cualquier lugar del mundo. Lo hizo de manera autónoma, sin intervención humana, en casos que habían sobrevivido décadas de revisión por parte de los mejores especialistas del planeta.
Anthropic organizó entonces el Proyecto Glasswing —la mariposa de alas transparentes, especie vulnerable, no es casual el nombre— y restringió el acceso a Mythos a unos cincuenta socios de seguridad defensiva seleccionados. En el primer mes, ese grupo identificó más de diez mil vulnerabilidades de alta severidad en software crítico. Mozilla encontró 271 errores en Firefox, diez veces más de lo que el modelo anterior había detectado en la versión previa del mismo navegador.
Fue entonces cuando el senador demócrata Mark Warner dijo lo que dijo ante el Comité Bancario del Senado, citando al director de la Agencia de Seguridad Nacional: "Esta herramienta entró en casi todos nuestros sistemas clasificados. No en semanas. En horas." Diez días después, Trump firmó su orden ejecutiva.
La secuencia es perfecta en su lógica. La industria tecnológica pasó años argumentando que podía autorregularse, que el Estado no entendía la tecnología, que cualquier regulación mataría la innovación. Construyeron el sistema más poderoso de intrusión informática de la historia, decidieron que era demasiado peligroso para soltarlo al público, lo usaron para entrar en los sistemas clasificados del gobierno más poderoso del mundo, y ese gobierno —gobernado por el presidente más desregulador de la era moderna— terminó creando el primer marco de supervisión previa de modelos de IA de la historia de Estados Unidos. Voluntario, claro. Por ahora.
Y aquí es donde entra China, porque siempre entra China.
Mientras todo esto ocurría en Washington, en Beijing el laboratorio Zhipu anunciaba su nuevo modelo, GLM 5.2. Lo que lo vuelve relevante no son sus capacidades —todavía un orden de magnitud por debajo de Mythos— sino su estrategia: publicar los parámetros que permiten el funcionamiento del modelo. Cualquier persona con una computadora suficientemente potente puede descargarlo y ejecutarlo localmente, sin depender de ningún servidor externo, sin que ningún gobierno pueda rastrearlo ni restringirlo. Es, convenientemente, el argumento que más le conviene a una empresa que no puede competir en el mercado cerrado de los gigantes estadounidenses. Pero también señala la trampa central de toda esta arquitectura regulatoria.
Toda la supervisión que está construyendo Washington supone que los modelos de IA viven en servidores que se pueden identificar, auditar, apagar. Esa suposición ya está desactualizada. La IA Edge —modelos que corren directamente en el dispositivo del usuario, sin pasar por ningún servidor externo, sin conexión a la nube— avanza más rápido que cualquier orden ejecutiva. Huawei fabrica chips para eso. Qualcomm lleva años en eso. Apple procesa cada vez más tareas de IA directamente en el iPhone. Cuanto más intenta el Estado atrapar la IA en la nube, más rápido la industria —y China— avanza hacia modelos que no necesitan ninguna nube.
No es la historia de una tecnología que escapa al control humano. Es la historia de una tecnología que estaba siendo controlada, en los hechos, por un puñado de empresas privadas que se presentaban como guardianes benevolentes, hasta que quedó claro que los guardianes también necesitaban quien los vigilara. El Estado llegó tarde, como siempre. Llegó torpemente, como siempre. Llegó con una lista en lugar de una ley. El problema es que el Estado acaba de descubrir que ese futuro ya no vive en ningún servidor que pueda apagar.
LA MEJOR OPCIÓN PARA VER NUESTROS CONTENIDOS
Suscribite a El Diario de la República y tendrás acceso primero y mejor para leer online el PDF de cada edición papel del diario, a nuestros suplementos y a los clasificados web sin moverte de tu casaMás Noticias
