La dignidad de no dejarse torcer la mano
La trayectoria de un hombre que hasta el último día creyó que la justicia valía la pena. Por Alejandro Olmos Gaona
Este 26 de agosto se cumplen tres años de la muerte del Fiscal Federal Federico Delgado, y cada vez que se acerca esta fecha siento la necesidad de volver a hablar de él, no solamente porque fue un entrañable amigo, sino porque su vida y su trayectoria como fiscal representan algo que en estos tiempos parece cada vez más difícil de encontrar: la decisión inquebrantable de hacer justicia sin preguntarse quién podía enojarse, qué intereses podía afectar ni qué precio personal tendría que pagar por hacerlo, arriesgándose a enfrentar intereses poderosos que trataron de destruirlo.
En un tiempo en que la Justicia Federal enfrenta cuestionamientos por su opacidad, por la lentitud con que avanzan causas decisivas, por las sospechas de vínculos entre algunos jueces, fiscales y sectores del poder político y económico, y por expedientes que parecen dormir durante años en los tribunales de Comodoro Py, recordar a Fede no es solamente un ejercicio de memoria, sino un acto de estricta justicia, en este mundo en el que vivimos, donde lo efímero es lo único que se celebra en las redes, y donde los otros medios también cultivan el no ocuparse de lo esencial.
Es también una forma de preguntarnos qué significa realmente ser un fiscal, Fede lo sabía y esforzadamente lo demostró durante más de dos décadas, sin que nunca le temblara la mano ante las presiones del poder.
No era solamente un hombre honesto, sino algo más difícil: una persona que no estaba dispuesta a negociar su honestidad. No hubo poder político, económico, mediático o judicial que pudiera hacerlo abandonar una investigación porque sus consecuencias resultaran incómodas. No buscaba el reconocimiento de nadie ni construyó su carrera alrededor de las conveniencias del momento. Investigaba porque entendía que esa era su obligación y porque creyó, profundamente, que el derecho solamente tiene sentido cuando sirve para proteger a los que no tienen poder.
Investigó a represores, violadores de derechos humanos, espías, banqueros, funcionarios, operadores judiciales, narcotraficantes, redes de trata y empresarios. Investigó las coimas en el Senado, el Megacanje, los Panamá Papers, Odebrecht, el enriquecimiento ilícito de funcionarios, la tragedia de Once y la muerte de jóvenes en Time Warp, entre muchas otras causas en todas las cuales dejó la impronta de sus acciones.
Cuando murió hace tres años, los medios recordaron esas causas, pero hubo una parte de su trayectoria que quedó relegada cuando las crónicas destacaron su trabajo de años en la Fiscalía Federal y fue su compromiso con la investigación de la deuda pública argentina. Esta no fue una preocupación secundaria ni un episodio perdido entre tantas causas.
Durante años impulsó medidas de prueba, intervino en expedientes vinculados al endeudamiento externo y procuró que aquello que parecía reservado a economistas, funcionarios y especialistas pudiera ser sometido a la investigación judicial.
En presentaciones ante el tribunal interviniente pidió que se avanzara en la investigación de las irregularidades del endeudamiento y, años después, volvió sobre el tema para advertir algo que conserva una enorme actualidad: que alrededor de la deuda se había construido una suerte de sentido común según el cual se trataba de una cuestión demasiado compleja para ser discutida por la sociedad y, peor aún, demasiado difícil para ser investigada judicialmente.
Fede no aceptaba esa idea, aunque en presentaciones que leí mostraba que no había voluntad en el Poder Judicial de investigar uno de los fraudes más importantes de nuestra historia.
En 2022 escribió unas reflexiones sobre la deuda externa en las que sostuvo que todo cuanto concierne al endeudamiento debía formar parte de una discusión ciudadana y que la rendición de cuentas constituye un rasgo esencial de una república democrática. Sin embargo, cuando se lo recuerda, esa dimensión de su trabajo suele desaparecer, y resulta llamativo que así sea, aún en periodistas que lo conocieron, y que jamás hablaron de esa parte significativa de su trabajo
Cuando por alguna circunstancia aparece su nombre se habla de sus libros, de sus intervenciones en los medios, de su crítica al funcionamiento de la Justicia, de sus investigaciones sobre la corrupción y de su enfrentamiento con distintos sectores del poder.
Pero mucho menos se recuerda que también intentó llevar al ámbito judicial una de las cuestiones que más profundamente condicionaron y siguen condicionando la vida económica y política de la Argentina: el endeudamiento público, lo que no es casual, ya que investigar la deuda significa, necesariamente, preguntarse quién la contrajo, para qué se utilizó el dinero, quiénes se beneficiaron, quiénes terminaron pagando sus costos y qué responsabilidades existieron en todo ese proceso. Esas preguntas nunca fueron cómodas, Fede lo sabía y a pesar de los obstáculos trato de avanzar todo lo que pudo
Ese fue, en definitiva, el rasgo que atravesó toda su vida profesional: no dejarse torcer la mano y tuvo que pagar un precio, ya que las amenazas no fueron una metáfora, sino una realidad que lo fue cercando especialmente en los últimos años, donde tuvo que enfrentarse hasta con el jefe de los espías, hasta que su superior en la Cámara Federal se lo impidió, consagrando la impunidad de los que siempre están protegidos por el poder real.
Durante la investigación de Time Warp sufrió una persecución que llegó al extremo de ser denunciado judicialmente mientras investigaba a quienes consideraba responsables de la tragedia. Fue amenazado públicamente y llegó a decir que aquella persecución podía terminar con una amenaza de muerte, con que le colocaran droga en el automóvil o incluso con un tiro.
En otra oportunidad, mientras soportaba esas amenazas, fue atropellado por un automóvil. El hecho fue investigado y, según denunció el propio Delgado, personas vinculadas con los procesados llegaron incluso a festejarlo. No solamente estaba en juego su propia vida, sino que también estaba en riesgo su familia, que trataba de preservar de tantas contingencias amenazantes.
Esa es una dimensión que no debería perderse cuando se habla de su valentía, ya que es relativamente sencillo hablar de coraje en abstracto. Lo verdaderamente difícil es sostener las propias convicciones cuando uno sabe que las consecuencias pueden ser devastadoras y alcanzar a quienes ama.
Federico lo hizo, nunca utilizando esas amenazas para construirse una imagen heroica. En el tiempo que lo conocí me di cuenta que nunca convirtió su persecución en una bandera personal. Tampoco aprovechó los medios para victimizarse. Por el contrario: mientras otros hablaban de él, él seguía trabajando, y el ir a los medios a contar las precariedades de la justicia su falta de controles y un funcionamiento que tenía deficiencias evidentes, pretendía mostrar las falencias de un Poder Judicial que debía cambiar para hacerse más confiable.
Mientras intentaron desacreditarlo, él siguió investigando, y cuando algunos buscaban apartarlo, él seguía defendiendo aquello en lo que creía, y cuando tuvo que defenderse de acusaciones que consideraba injustas, lo hizo con la misma serenidad con que había enfrentado a quienes investigaba. Durante años padeció dos procesos, donde se llegó hasta la infamia de llamarlo a indagatoria como si fuera un delincuente, y los afrontó con su dignidad y valentía de siempre
Eso también era Fede, un hombre que podía ser feroz en sus argumentos y extraordinariamente cálido en la vida cotidiana, porque detrás del fiscal había una persona excepcional.
Tenía una inteligencia poco común, pero jamás necesitó hacer ostentación de ella, pudiendo hablar durante horas de derecho, de política, de filosofía, de historia o de literatura, pero también deteniendose en una conversación aparentemente insignificante y encontrar en ella algo que los demás no habíamos visto.
Tuvo esa rara capacidad de comprender a los otros.
Sabía escuchar.
Sabía aconsejar.
Sabía disentir sin herir.
Y, sobre todo, sabía estar.
Mi amistad con él no estaba fundada solamente en la admiración por su trabajo, sino en algo mucho más profundo: en la confianza. Sabía que podía recurrir a él, y que no iba a responder desde la conveniencia. No iba a decir lo que uno quería escuchar simplemente para agradar, sino decir aquello que creía verdadero.
Fue así que no dudó en presentar uno de mis libros junto a la querida Norita Cortiñas en plena pandemia, y luego prologó el que escribí sobre el FMI junto con Fernanda Vallejos. También se animó a hacer una critica de uno de mis libros en Ámbito Financiero, cuando nadie quería hacerlo, ni aún algunos llamados amigos
La honestidad de Fede, que podía resultar incómoda en ocasiones, era precisamente una de sus mayores virtudes. Fue además un crítico implacable de la propia institución a la que pertenecía. No necesitaba negar los problemas de la Justicia para defenderla, entendía que hacerlo significaba denunciar aquello que la degradaba.
Criticaba los déficits del Ministerio Público, cuestionaba los tiempos indefinidos de la Corte Suprema y señalaba las prácticas que convertían a los expedientes en instrumentos de negociación y poder.
Me acuerdo que en una de sus últimas reflexiones sostuvo: “A cualquier juez del país le llegan casos y tiene un plazo para decidir: un mes, dos meses, tres días. Nuestra Corte no tiene plazos para fallar. Eso es malo, fomenta el ‘muñequeo’ de expedientes. Se arregla con una ley”. No era una frase destinada a ganar simpatías, solo una descripción de aquello que veía.
Federico tenía una característica que hoy parece casi subversiva: decía lo que pensaba incluso cuando hacerlo podía perjudicarlo. Cuando entrevistó a uno de los principales responsables de las coimas de Odebrecht a través de una video conferencia supo que de ahí se podían extraer elementos fundamentales para incriminar a personas que investigaba, pero necesitaba que esa persona viniera a declarar al país, sin que fuera incriminada y detenida aquí, porque ya había acordado con la justicia brasileña todo lo relacionado con lo que sabía.
En ese momento me llamó para pedirme si podíamos presentar un proyecto en el Senado para modificar un artículo del Código Penal que permitiera ese trámite. Cuando lo preparé para el senador Pino Solanas que inmediatamente quiso hacerlo, tratamos infructuosamente que se discutiera. Nadie en el Senado quiso que se conociera la incomoda verdad de muchos negocios.
Dos semanas antes de su muerte estuve a verlo en su casa, estaba físicamente muy debilitado, pero con un entusiasmo que no se condecía con su estado de salud.
La enfermedad había avanzado y su cuerpo empezaba a imponerle límites que él no quería aceptar. Su cabeza seguía intacta, su lucidez estaba intacta, y también esa fuerza interior que lo había acompañado durante toda su vida.
Hablamos de sus proyectos, de los textos que estaba escribiendo, de la Justicia, de la política, de la realidad argentina. Como tantas otras veces, tenía opiniones, preguntas, preocupaciones.
Me habló muy poco de su enfermedad, casi nada de sus dolores. Estaba más interesado en lo que todavía quedaba por hacer que en aquello que ya no podía hacer, quizás porque Fede había vivido siempre mirando hacia adelante.
No recuerdo que aquella tarde haya hablado de la muerte, pero si la sensación que me quedó cuando me fui. La de haber estado con un hombre que, aun sabiendo que su cuerpo estaba cediendo, seguía defendiendo las mismas cosas que había defendido toda su vida.
La verdad. La justicia. La dignidad. La libertad.
Eso es lo que hoy quiero recordar, no solamente al fiscal Federico Delgado. Al hombre que decidió no dejarse comprar, no dejarse intimidar y no dejarse torcer.
Al hombre que pudo investigar a poderosos aun sabiendo que esos poderosos podían reaccionar. Al hombre que enfrentó amenazas de muerte y persecuciones sin abandonar sus convicciones. Al hombre que también intentó investigar la trama de la deuda pública argentina, aun cuando hacerlo significaba ingresar en un territorio donde demasiados intereses preferían que nadie preguntara demasiado.
Al que nunca confundió la obediencia con la justicia ni el silencio con la prudencia.
Y recordar al amigo., a ese Fede que podía hablar de las cuestiones más complejas con una profundidad extraordinaria y, al mismo tiempo, preocuparse por las pequeñas cosas de quienes quería. Por eso cuando alguien a través mío lo invitaba a viajar para alguna conferencia siempre me decía lo mismo: Si la invitan a Yvonne voy, porque amaba profundamente a su compañera de toda la vida, la madre de sus tres hijos, que lo acompañó hasta los últimos momentos y fue testigo de esa admirable fuerza interior que lo sostuvo hasta el final cuando ya no podía más.
Su muerte dejó un vacío enorme entre quienes tuvimos el privilegio de conocerlo, pero lo más importante de recordarlo no sea solamente lamentar su ausencia, sino preguntarnos que hacer con ese legado que dejó con su ejemplo, no con teorías o formulas para transformar la justicia, sino con algo mas exigente que fue su ejemplo. El de alguien que comprendió que las instituciones solamente tienen sentido cuando quienes las integran están dispuestos a defenderlas aun frente al poder.
El ejemplo de alguien que entendió que la justicia no consiste en aplicar mecánicamente una ley, sino en impedir que esa ley se convierta en una herramienta de miedo, y sobre todo, de que hay momentos en los que guardar silencio para protegerse también significa renunciar a aquello en lo que uno cree.
Fede eligió no callar, y pagó un precio muy alto por hacerlo. Nunca permitió que le torcieran el brazo. No era de los que se acomodan, de los que bajan la voz cuando aparece el poder o miran para otro lado para evitarse problemas. Seguramente en algún momento tuvo miedo ya que sería injusto imaginarlo como alguien que no lo sintió, y mucho más cuando sabía que las presiones podían terminar afectando también a su familia. Pero aun con miedo, siguió adelante mostrando una de las formas más profundas del coraje.
En tiempos en que tantos acomodan sus convicciones a las circunstancias, él hizo exactamente lo contrario y enfrentó las circunstancias. No buscó honores, ni privilegios, ni el reconocimiento de quienes tantas veces premian la obediencia. Eligió algo mucho más difícil: ser fiel a lo que pensaba y, sobre todo, a lo que sentía que debía hacer. En un país donde tantas cosas parecen negociables, donde demasiadas veces se confunde prudencia con cobardía y éxito con acomodamiento, nos deja la incómoda y hermosa pregunta de qué estamos dispuestos a defender cuando defenderlo tiene un costo.
Por eso no quisiera que lo recordemos solamente como alguien que alguna vez trabajó en el Ministerio Público Fiscal. Prefiero recordarlo como Fede: como ese hombre que hasta el último día creyó que la justicia valía la pena. Que no dejó de buscarla, aun cuando sabía que podía dolerle, que podía traerle problemas, y ponerlo frente a quienes tenían más poder que él.
Posiblemente ese sea su verdadero legado: habernos mostrado, con su propia vida, que todavía hay personas que no se entregan, que no se venden, que no se callan. Personas que, aun teniendo miedo, siguen adelante. Y que mientras existan hombres así, la esperanza de que la justicia algún día sea algo más que una palabra todavía permanece viva.
LA MEJOR OPCIÓN PARA VER NUESTROS CONTENIDOS
Suscribite a El Diario de la República y tendrás acceso primero y mejor para leer online el PDF de cada edición papel del diario, a nuestros suplementos y a los clasificados web sin moverte de tu casaMás Noticias
