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El dulce recuerdo de la Abuela Dalinda

Por redacción
| 22 de noviembre de 2015

Eran pasadas las 10 de la mañana. Un sol brillante acompañaba, aunque calentaba poco. Enrique Woronko nos esperaba ansioso para realizar un viaje imaginario que le permitiría volver al pasado de felicidad. ”Fueron 49 años de casado con Dalinda”, comenzó diciendo con cierta añoranza y algo de melancolía. Una vida que transcurrió entre campos de zapallos y sandías al sur de la provincia. Ahora se refugia en el último proyecto que armó con su compañera de vida, una fábrica de dulces en el barrio AMEP de la capital puntana.

 

Dalinda había aprendido de joven los secretos para fabricar mermeladas. Usaba agua de hervor de manzana para saborizar, también canela, vainilla y frutos silvestres.


Profesor, productor agropecuario, incursionó en la fotografía, cosechó zapallos, sandías y hasta batatas que le vendió a la firma Arcor. Son sólo algunas facetas de don Enrique, imposible abarcarlas todas. Hoy está dedicado al proyecto de dulces Abuela Dalinda, donde hace sus propias combinaciones que le dan un toque personal.

 


Sus hijos lo acompañan, sobre todo Ana, la que no deja de pasar por su casa al menos una vez por día. Atenta a los pedidos de su padre, ella llegó casi al final del relato. Corriendo por el tráfico y por sus obligaciones, pero sin dejar de estar y acompañarlo.

 


Su casa del barrio AMEP guarda todos los recuerdos de una vida transitada con intensidad. Fotos de Dalinda decoran algunos espacios, sus plantas y canteros muestran que su presencia acompaña la vida de esta familia que sufre su partida desde hace un año.

 


Los dulces de la Abuela Dalinda comenzaron allá por 2012. Contaban con la materia prima para la elaboración, entonces Dalinda se preguntó ¿por qué no? Propuso a su marido vender las recetas que ella había aprendido a lo largo de su vida. Así fue que nuevos espacios se presentaron en sus vidas y pudieron participar de diferentes eventos como Alimenta San Luis y la tradicional fiesta agropecuaria de la Sociedad Rural.

 


“Los dulces tienen recetas propias.  Además usamos frutos silvestres para hacer arrope, como en el caso del chañar. El agua de hervor de manzana se usa para saborizar otras variedades de dulces. Canela y vainilla son también aromatizantes que le dan un gusto muy particular  a nuestra elaboración casera”, contó Enrique develando secretos de la Abuela Dalinda.

 


En medio de la charla, mientras Enrique mostraba fotos de su autoría y otras de la vida, contó cómo eran aquellos años en el campo. “No hemos tenido buenas cosechas en general, pero nunca pierdo la esperanza de poder tener entre mis manos esos zapallos enormes que a veces conseguimos”.

 


Es un hombre lleno de sueños que no para de concretarlos. “Ahora he quedado solo con la elaboración de dulces. Participo de algunas ferias, siempre acompañado por Ana, mi hija”. Allá por 2013, Enrique tuvo su primera presentación en sociedad. El Alimenta San Luis  de aquel año no sólo le permitió realizar buenas ventas sino que lo visitaron personajes inesperados. El gobernador Claudio Poggi, el obispo de San Luis y hasta Borja Blázquez, del cual guarda una foto en la que el chef luce en su mano un frasco de su dulce. Todos probaron sus delicias. “Recuerdo que pasamos noches enteras sin dormir junto a Dalinda. Ella se me escapaba en la madrugada. Me despertaba a las 4 de la mañana y recuerdo verla en la cocina pelando frutas al son de frases como no podemos perder tiempo, tenemos que vender más”.

 


En un año ellos dos hicieron 6.000 frascos de dulces y mermeladas. Trabajaron incansablemente aún estando enferma la señora. Pero esa vocación y amor por el trabajo hizo que a lo largo de la vida pudieran desarrollarse en diversas áreas, siempre vinculadas al campo.

 


Ana recordó que su madre, mientras trabajaba en el campo, hacía un corte para llevarlos a la escuela. “En esa época vivíamos en la calle Caseros esquina Bolívar, mi mamá se levantaba muy temprano para trabajar la tierra y para llevarnos a la escuela. Íbamos a "María Auxiliadora" en la primaria. En su tractor, iba por avenida España con nosotros, nos dejaba en la escuela y partía hacia el campo. En el tiempo que no íbamos a la escuela correteábamos desde temprano, mientras papá y mamá araban la tierra”, recordó con emoción y la alegría de conservar esos recuerdos intactos.

 


El zapallo es el rey

 


En 2009 Enrique Woronko fue noticia. El Diario tomó su historia y lo bautizó como “El Rey del Zapallo”. En ese año cosechó 30 mil kilos, entre ellos un zapallo gigante que no sólo ocupaba sus dos manos, sino que requería de un gran esfuerzo para levantarlo. En ese momento el fruto de su trabajo de 40 años partió para el Mercado Central de Buenos Aires.

 


Arrancó en 1985 en un pedazo de tierra de 15 hectáreas de un conocido en la localidad de Eleodoro Lobos. Allí hizo un ensayo con zapallos en una tierra que era virgen y recientemente desmontada, en la cual logró cosechar 20 mil kilos por hectárea. Las pruebas también se hicieron con sandías que tuvieron el mismo destino que los zapallos en 2009, el gigantesco mercado ubicado en la provincia de Buenos Aires.

 


“Todo lo sembrábamos con semilla propia que seleccionábamos especialmente. A veces comprábamos a los vecinos pero siempre teniendo en cuenta la calidad, un aspecto que cuidábamos mucho. Usábamos la técnica de secano, sin riego artificial, sólo dependiendo de las lluvias de la zona, y así teníamos grandes producciones”, contó con un poco de nostalgia por aquellos años que ya no volverán. Además Woronko explicó que, “esas siembras no tenían ni agroquímicos ni fertilizantes. Hacíamos un producto ciento por ciento orgánico”.

 


La historia familiar

 


El padre de Enrique llegó a San Luis desde Polonia y abrió una panadería. Se llamó La Favorita y si bien, Enrique no recuerda con precisión la fecha cree que fue en el año 1936. “Mi padre hizo el viaje desde Polonia a San Luis, estuvo unas semanas en Buenos Aires. Luego alguien le dijo que aquí vivía un tío. Así fue que llegó y aunque nunca lo encontró se quedó. Por mucho tiempo tuvo una panadería en las cercanías de lo que hoy es el Paseo del Padre. En esos tiempos conoció a mi mamá, que era argentina, una chica huérfana y en ese entonces menor de edad. Él le consiguió asilo en la casa de unas monjas, quienes la cuidaron hasta que cumplió la mayoría de edad. Ahí mismo, en el convento, se casaron. Con los años tuvieron cinco hijos. El primogénito fui yo”, contó Enrique, quien recuerda a sus padres con mucha admiración por el trabajo que llevaron adelante y las oportunidades que les dieron a sus hijos.

 


Enrique nació en el viejo sanatorio Ramos Mejía que en aquella época estaba en calle Pringles. Hizo sus estudios en una escuela salesiana de la ciudad y en sus tiempos de juventud conoció a la que sería su esposa, Dalinda. “Ella era de La Calera, su tía la trajo a San Luis para que tuviera una mejor educación. Luego trabajó en casa de una señora que había sido mi maestra y a la que yo visitaba con frecuencia. Allí estaba ella, que con su belleza me deslumbró. Además había sido muy bien educada, eso también me enamoró, porque yo si bien tuve mis oportunidades, la tuve que pelear bien de abajo. Nos casamos en la Iglesia de Nuestra Señora del Carmen en el año 1955. Estuvimos seis meses de novios, ella tenía 20 años y yo 24. Pasamos tanto tiempo juntos que llegamos a ser uno solo. Será por eso que ahora la extraño tanto...”.

 


Enrique se levanta al alba y se acuesta al anochecer, conservando la costumbre de campo. Su casa luminosa es la que lo cobija mientras alegremente continúa su tarea con la Abuela Dalinda.

 


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