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Le dieron 6 años de prisión por torturar a su hijastra de 2 años

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Le dieron 6 años de prisión por torturar a su hijastra de 2 años

El caso afecta a una familia de la zona oeste de la ciudad. Llegó a la Justicia gracias al llamado de una vecina, en marzo de este año. 

Por algún motivo inconfesado, Jorge Alberto Acevedo odiaba a su hijastra de 2 años. Su pareja declaró que él siempre la castigaba. Un día de marzo de este año, al escuchar los gritos y el llanto de la nena por un nuevo maltrato, una vecina llamó a la Policía y puso a la niña a salvo de males peores. El agresor fue detenido y procesado. Y el jueves lo condenaron a seis años de prisión.

La fiscal de Cámara 1 de San Luis, Carolina Monte Riso, destacó en su alegato que la intervención de la vecina, Leticia Arévalo, fue decisiva para que al final la Justicia resolviera el caso bajo la calificación de “lesiones” y no de “homicidio”. Pidió seis años de cárcel para el acusado y esa fue la sentencia que le impuso el tribunal.

“Lo importante de este caso es que si bien fue calificado como lesiones graves, el contexto es de maltrato infantil”, explicó la secretaria de la Cámara del Crimen 1, Isabel Olguín Yurchag. En efecto, los jueces Silvia Aizpeolea, Jorge Sabaini Zapata y José Luis Flores condenaron a Acevedo por “Lesiones graves en contexto de maltrato infantil, en concurso real con atentado agravado y resistencia a la autoridad en concurso ideal entre sí”.

Las dos últimas acusaciones se deben a que, cuando la Policía fue a inspeccionar porque había recibido un alerta, el padrastro golpeador se resistió a su intervención, quiso escapar y golpeó con un caño metálico a uno de los efectivos.

La historia judicial del caso es breve, porque empezó la madrugada del 23 de marzo de este año. Ese día, alguien llamó en forma anónima al 911 para avisar que en un inquilinato de la calle Río Gallegos 56, en la zona oeste de San Luis, un hombre estaba golpeando a una nena. Quien hizo la llamada era Arévalo, que vive en ese mismo edificio, en el primer piso. Apenas una pared de “Durlock” separaba su casa de la del golpeador. Y escuchaba todo. 

Arévalo tuvo que sobreponerse a cierta intimidación que causaba Acevedo, un obrero de la construcción de 31 años, nacido en Mendoza, donde tiene antecedentes penales por robo, diez años menor que su pareja.

El hombre no ejercía violencia solamente sobre su hijastra, también contra su esposa, a la que no dejaba salir de la casa por celos. Por ese motivo, él llevaba a la nena más grande de su mujer a la escuela.

Aquella madrugada, ante el aviso, dos policías del Comando Radioeléctrico fueron a la casa. En la planta baja los atendió un hombre y le preguntaron si vivía solo. Les dijo que no, que vivía con su familia. Le pidieron que llamara a los otros integrantes, para constatar cómo estaban. Accedió de inmediato y los efectivos comprobaron que allí no había ningún conflicto. El hombre les aclaró que el edificio era un inquilinato y que arriba había otras familias. Le preguntaron si en la planta superior había una nena de 2 años que viviera con su padrastro. Les contestó que sí.

Los policías subieron. Llamaron a la puerta y un hombre les abrió. Era Acevedo. “¿Hay algún problema familiar acá?”, le preguntaron. Y el inquilino dijo que no. Le consultaron con quién vivía y contestó que con su mujer y las dos hijas de ella. Entonces le pidieron que las llamara, para ver si estaban bien. Ante ese requerimiento, el hombre estalló: “¡Quién m… son ustedes para pedirme ver a mi familia, milicos cul…”, les gritó. Y le dio un empujón en el pecho a uno de ellos, el alférez Carlos Cabrera.

El policía quiso resistir el empellón tomando por la cintura al agresor, pero Acevedo lo mordió en el pecho, así logró que lo soltara. 

El hombre salió corriendo, tropezó y rodó por la escalera, pero al caer abajo se incorporó y corrió. Como los policías lo perseguían, tomó un caño de gas que había cerca y golpeó a uno de ellos en un brazo.

Toda la resistencia que opuso no le alcanzó. En un terreno cercano lo redujeron después de forcejear con él.  

 

"La golpea, ya no sé qué hacer"

Un rato después, cuando entrevistaron a la pareja de Acevedo, Adriana Lucero, la mujer les confesó que el hombre había maltratado a su hija menor y les dijo “mi pareja la golpea, no sé qué hacer ya”.

Explicó que esa noche su hija lloraba porque no quería que la bañaran. Y el padrastro, además de maltratar a la niña, la culpaba a ella y la amenazaba: “Sos una hija de p…, la nena es malcriada por culpa tuya, la voy a matar para que deje de llorar”.

Pese a esa confesión inicial y a la denuncia que hizo Lucero, más tarde, cuando declaró en tribunales, la madre de la nena intentó minimizar la gravedad de las reacciones violentas de su pareja, o de justificarlas. Llegó a decir que ella no había dicho lo que constaba en la denuncia, sino que “la Policía puso lo que quiso”.

Pero los informes médicos fueron concluyentes. Sobre todo, el de la pediatra del Poder Judicial Vanina Ferroni, que examinó a la nena en el Hospital San Luis, junto a su colega Darío Villarroel y en presencia de la jueza de instrucción que investigó el caso, Virginia Palacios.

Ferroni certificó que la menor tenía “diversos hematomas a lo largo del cuerpo, en la región malar, en la región lateral, en la región glútea, una mordedura en el dorso del pie izquierdo, cicatrices en rodilla que evocan quemaduras de cigarrillo”. La perito concluyó que la criatura era una “paciente con signos de maltrato infantil” y que estaba en riesgo su vida.

La médica Virginia Reyes, que revisó a la niña en el Hospital, extendió un informe idéntico en cuanto a las lesiones que tenía. Y al ratificar su reporte ante la Justicia, explicó que había requerido su internación porque los golpes que le habían dado habían puesto en riesgo su vida.

Interrogados por la Policía y la Justicia, otros vecinos de la pareja y familiares de la madre contaron que siempre veían a la nena lastimada por lo que parecían quemaduras, golpes o arrancones de cabello.

Acevedo declaró en indagatoria. Aseguró que “nunca le puso una mano encima” a su hijastra y que lo único que hacía era trabajar para mantener la familia que había construido con la madre de la nena.

En el hospital, cuando le preguntaron qué le había pasado, la víctima contó que le arrancaban los pelos y le pegaban. “¿Quién te hace eso?”, le preguntaron. “Jorge”, contestó.

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Le dieron 6 años de prisión por torturar a su hijastra de 2 años

El caso afecta a una familia de la zona oeste de la ciudad. Llegó a la Justicia gracias al llamado de una vecina, en marzo de este año. 

Jorge Acevedo. El tribunal consideró como agravante el hecho de que tiene condenas previas. Foto: Martín Gómez.

Por algún motivo inconfesado, Jorge Alberto Acevedo odiaba a su hijastra de 2 años. Su pareja declaró que él siempre la castigaba. Un día de marzo de este año, al escuchar los gritos y el llanto de la nena por un nuevo maltrato, una vecina llamó a la Policía y puso a la niña a salvo de males peores. El agresor fue detenido y procesado. Y el jueves lo condenaron a seis años de prisión.

La fiscal de Cámara 1 de San Luis, Carolina Monte Riso, destacó en su alegato que la intervención de la vecina, Leticia Arévalo, fue decisiva para que al final la Justicia resolviera el caso bajo la calificación de “lesiones” y no de “homicidio”. Pidió seis años de cárcel para el acusado y esa fue la sentencia que le impuso el tribunal.

“Lo importante de este caso es que si bien fue calificado como lesiones graves, el contexto es de maltrato infantil”, explicó la secretaria de la Cámara del Crimen 1, Isabel Olguín Yurchag. En efecto, los jueces Silvia Aizpeolea, Jorge Sabaini Zapata y José Luis Flores condenaron a Acevedo por “Lesiones graves en contexto de maltrato infantil, en concurso real con atentado agravado y resistencia a la autoridad en concurso ideal entre sí”.

Las dos últimas acusaciones se deben a que, cuando la Policía fue a inspeccionar porque había recibido un alerta, el padrastro golpeador se resistió a su intervención, quiso escapar y golpeó con un caño metálico a uno de los efectivos.

La historia judicial del caso es breve, porque empezó la madrugada del 23 de marzo de este año. Ese día, alguien llamó en forma anónima al 911 para avisar que en un inquilinato de la calle Río Gallegos 56, en la zona oeste de San Luis, un hombre estaba golpeando a una nena. Quien hizo la llamada era Arévalo, que vive en ese mismo edificio, en el primer piso. Apenas una pared de “Durlock” separaba su casa de la del golpeador. Y escuchaba todo. 

Arévalo tuvo que sobreponerse a cierta intimidación que causaba Acevedo, un obrero de la construcción de 31 años, nacido en Mendoza, donde tiene antecedentes penales por robo, diez años menor que su pareja.

El hombre no ejercía violencia solamente sobre su hijastra, también contra su esposa, a la que no dejaba salir de la casa por celos. Por ese motivo, él llevaba a la nena más grande de su mujer a la escuela.

Aquella madrugada, ante el aviso, dos policías del Comando Radioeléctrico fueron a la casa. En la planta baja los atendió un hombre y le preguntaron si vivía solo. Les dijo que no, que vivía con su familia. Le pidieron que llamara a los otros integrantes, para constatar cómo estaban. Accedió de inmediato y los efectivos comprobaron que allí no había ningún conflicto. El hombre les aclaró que el edificio era un inquilinato y que arriba había otras familias. Le preguntaron si en la planta superior había una nena de 2 años que viviera con su padrastro. Les contestó que sí.

Los policías subieron. Llamaron a la puerta y un hombre les abrió. Era Acevedo. “¿Hay algún problema familiar acá?”, le preguntaron. Y el inquilino dijo que no. Le consultaron con quién vivía y contestó que con su mujer y las dos hijas de ella. Entonces le pidieron que las llamara, para ver si estaban bien. Ante ese requerimiento, el hombre estalló: “¡Quién m… son ustedes para pedirme ver a mi familia, milicos cul…”, les gritó. Y le dio un empujón en el pecho a uno de ellos, el alférez Carlos Cabrera.

El policía quiso resistir el empellón tomando por la cintura al agresor, pero Acevedo lo mordió en el pecho, así logró que lo soltara. 

El hombre salió corriendo, tropezó y rodó por la escalera, pero al caer abajo se incorporó y corrió. Como los policías lo perseguían, tomó un caño de gas que había cerca y golpeó a uno de ellos en un brazo.

Toda la resistencia que opuso no le alcanzó. En un terreno cercano lo redujeron después de forcejear con él.  

 

"La golpea, ya no sé qué hacer"

Un rato después, cuando entrevistaron a la pareja de Acevedo, Adriana Lucero, la mujer les confesó que el hombre había maltratado a su hija menor y les dijo “mi pareja la golpea, no sé qué hacer ya”.

Explicó que esa noche su hija lloraba porque no quería que la bañaran. Y el padrastro, además de maltratar a la niña, la culpaba a ella y la amenazaba: “Sos una hija de p…, la nena es malcriada por culpa tuya, la voy a matar para que deje de llorar”.

Pese a esa confesión inicial y a la denuncia que hizo Lucero, más tarde, cuando declaró en tribunales, la madre de la nena intentó minimizar la gravedad de las reacciones violentas de su pareja, o de justificarlas. Llegó a decir que ella no había dicho lo que constaba en la denuncia, sino que “la Policía puso lo que quiso”.

Pero los informes médicos fueron concluyentes. Sobre todo, el de la pediatra del Poder Judicial Vanina Ferroni, que examinó a la nena en el Hospital San Luis, junto a su colega Darío Villarroel y en presencia de la jueza de instrucción que investigó el caso, Virginia Palacios.

Ferroni certificó que la menor tenía “diversos hematomas a lo largo del cuerpo, en la región malar, en la región lateral, en la región glútea, una mordedura en el dorso del pie izquierdo, cicatrices en rodilla que evocan quemaduras de cigarrillo”. La perito concluyó que la criatura era una “paciente con signos de maltrato infantil” y que estaba en riesgo su vida.

La médica Virginia Reyes, que revisó a la niña en el Hospital, extendió un informe idéntico en cuanto a las lesiones que tenía. Y al ratificar su reporte ante la Justicia, explicó que había requerido su internación porque los golpes que le habían dado habían puesto en riesgo su vida.

Interrogados por la Policía y la Justicia, otros vecinos de la pareja y familiares de la madre contaron que siempre veían a la nena lastimada por lo que parecían quemaduras, golpes o arrancones de cabello.

Acevedo declaró en indagatoria. Aseguró que “nunca le puso una mano encima” a su hijastra y que lo único que hacía era trabajar para mantener la familia que había construido con la madre de la nena.

En el hospital, cuando le preguntaron qué le había pasado, la víctima contó que le arrancaban los pelos y le pegaban. “¿Quién te hace eso?”, le preguntaron. “Jorge”, contestó.

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