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No dejó que el tropezón se convirtiera en caída

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No dejó que el tropezón se convirtiera en caída

Juan Luna

Su campo sufrió el avance del río Nuevo, pero el mercedino sale adelante con el empuje de la pasión: cría caballos, hace un poco de ganadería, siembra pasturas para vender rollos y se esfuerza por mantener vivo el oficio de soguero.

Alejandro Wildner tiene las manos callosas y la piel curtida. Anudar el cuero, cortar un poste o enlazar un caballo son tareas que dejan marcas en el cuerpo. Pero hay cosas que dejan secuelas por dentro. A sus 43 años, el productor villamercedino sabe lo que es pelearla bien desde abajo y sobreponerse a los obstáculos que se le ponen enfrente: un viento intenso, un calor infernal, la avanzada de un río sobre su campo, o la muerte de un padre.

En su pequeño establecimiento de 220 hectáreas, que no tiene nombre pero que el registró en los papeles como “Los Manantiales” en honor a la zona que lo rodea, el hombre se las ingenia. Su fuerte es la cría de caballos, pero también tiene un pequeño rodeo vacuno, hace algunas pasturas para vender rollos, y se esfuerza por mantener viva la figura del soguero, un oficio que por estos tiempos y en estas coordenadas corre peligro de extinción.

“Estas tierras las recibió mi abuelo en la época que Perón hizo las expropiaciones. Su cuñado, mi tío, tenía un contacto político y consiguió que le dieran mil hectáreas. Estos campos no tenían alambradas ni nada. Con el tiempo se fueron dividiendo entre mi padre y sus hermanos”, comenzó su relato Alejandro, en una conversación que transcurre bajo la sombra de algunos árboles, un oasis de frescura en un día insoportablemente caluroso.

El paisaje se debate entre la aridez de algunos médanos y el verdor de la vegetación autóctona, en esa región de pequeñas y grandes estancias que se hilvanan a ambas orillas de la ruta provincial N°33, a escasos kilómetros de Villa Mercedes. En los pagos de Wildner no hay luz eléctrica, ni siquiera cocina. La pava para los mates se mantiene caliente sobre una vieja parrilla, gracias a las caricias constantes de las brasas. Uno de sus empleados es quien oficia de cebador. "Oscar Daniel Muriño", se presenta el hombre y ofrece la infusión con mucha yerba, bastante azúcar y bien caliente.

Mientras tanto, Alejandro se sienta y se levanta. Se mueve de un lado para el otro. Tiene tantas ansias por contar su historia, que las palabras se le amontonan en los labios. Cada tanto, sin embargo, alguna anécdota le anuda la garganta y le humedece los ojos.

“A mi padre le dio un ataque en el campo. Se acostó a dormir y no se levantó más. Yo tenía un año y medio", cuenta. Su madre, viuda a los 36 años y con tres hijos a cargo, nunca renunció al patrimonio que le dejó su marido: no es otra cosa que la tierra.

“Yo le agradezco mucho a mi vieja que no haya vendido el campo”, reflexiona. De todos modos, esas hectáreas sirvieron como sustento para la familia, porque durante 32 años se las alquilaron a una firma que les sacó provecho, mientras ellos tenían un ingreso para la economía del hogar.

Los Wildner, entonces, se instalaron en Villa Mercedes, en una quinta de los abuelos maternos Alejandro absorbió allí la pasión y algunos conocimientos sobre la cría y doma de caballos. Pero cuando tenía 15 años abandonó la escuela y se fue a trabajar con su tío abuelo, Valentín Persa, el mismo que había mediado para que tuvieran un campo.

El hombre le transmitió algunas técnicas para trabajar el cuero y de él aprendió a ser soguero, una de las credenciales que ahora puede exhibir.

De modo que cuando en 2007 la familia volvió a tomar las riendas de sus tierras, Alejandro pudo poner en práctica los conocimientos y experiencias que adquirió a lo largo de su vida, después de haber trabajado también durante 15 años en el Plan de Inclusión Social.

Un arroyo que arrasó

La aventura de administrar el campo no fue para nada sencilla. El villamercedino comenzó con muchas ansias pero con poco capital. "Vine sin nada y la peleé desde abajo. Por eso todo se hace más difícil. Si hubiese estado mi viejo, con más años de experiencia, quizá sería otra cosa. Antes teníamos tractores y máquinas, pero mi mamá debió vender todo porque tenía que criarnos y mantener la estructura", sostuvo.

Pero el tropezón más grande llegó un poco después, cuando había empezado a probar suerte con la siembra y un fenómeno climático le derrumbó los proyectos. Un brazo del inquieto río Nuevo se abrió paso por la estancia, el suelo se hizo cárcava y el agua se apropió de 68 de las 220 hectáreas de las que disponen, lo que representa el 30% de la superficie.

"Veníamos con buenas cosechas, pero después llegó el agua y me arruinó como por cuatro años. Me tapó la tranquera una vez, la levantamos y la volvió a enterrar. Recién ahora nos estamos acomodando un poco", recordó.

El de Wildner no es un caso aislado.  En el Departamento Pedernera, desde hace varias décadas se viene gestando un proceso que al principio fue silencioso, pero que luego tuvo su estallido más dramático con la aparición de nuevos cursos de agua, el arrastre de sedimentos que sepultaron partes de los campos y de su infraestructura, y dejaron un ascenso peligroso de las napas como efecto colateral.

El fenómeno fue bautizado luego como "la emergencia ambiental en la Cuenca del Morro y su zona de influencia", una región que comprende unas 373.000 hectáreas. En 2016, la Legislatura de San Luis promulgó una ley para tratar el problema como urgencia e implementó una serie de medidas para remediar el desbalance hídrico. Entre ellas, lanzó el "Plan Alfalfa" para que los pequeños productores aprovechen las raíces profundas de la pastura para absorber los excedentes de agua y, al mismo tiempo, tengan una nueva posibilidad económica.

Alejandro integra la primera camada de beneficiarios que recibió su kit, junto a otros pobladores de la zona. Ya sembró ocho hectáreas y aunque la sequía de la temporada no contribuyó a que los verdeos exploten como deberían, confía plenamente en las virtudes del programa. "No están errados en el Gobierno. Éstas son muy buenas tierras para el 'alfa'. Para mí es muy bueno porque es una posibilidad que te dan y me sirve para darles de comer a los caballos y para hacer rollos para vender. Sembrar es caro y a mí se me complica más todavía porque no tengo maquinarias", explicó.

Lo que no te mata...

Alejandro no dejó que el golpe lo derribara y tuvo que reinventarse. Con el empuje de la pasión por el agro, volvió a insistir en la producción como motor de vida. Para hacerlo, recurrió a las cosas que mejor sabe. Y su principal fortaleza, como él mismo dice, son los caballos.

"Tengo de varios tipos, pero sobre todo mucha cruza de mestizos con criollos porque es más fácil que se amansen, son más dóciles. Para el caballo liviano, el puro, como el de polo, ya hay que tener otra técnica y es delicado para estos campos por la mala calidad de agua que tienen", explicó.

Sin embargo, contó, lo que hace poco lo perjudicó, de a poco se empieza a convertir en una oportunidad. "El agua del arroyo que vino es buena para los animales y ya se encauzó. Por eso, por un lado me hizo daño y ahora me sirve", sostuvo con una media sonrisa.

Pero como muchos productores, no se conforma con un solo rubro. Tiene también un pequeño rodeo vacuno que cuenta con unas cuarenta madres. En su mayoría es hacienda Aberdeen Angus, negra y colorada, pero a veces incorpora algunos Hereford.

Su producto, en general, es el ternero recién destetado, aunque ocasionalmente también lleva novillos o vaquillonas a las ferias. "Hago cría, pero también las tengo como una caja de ahorro", advierte. A pesar de que el rodeo es chico, la calidad no es para nada despreciable en un esquema de producción que combina pastoreo en el monte natural y en los verdeos que ha plantado.

Porque además de lo que significó el "Plan Alfalfa" para él, Wildner ya había incursionado en la siembra de pasturas como una estrategia para diversificar y engrosar sus ingresos. "Hice 60 hectáreas de alfalfa en sociedad con un agricultor, a porcentaje. Este año, por las pocas lluvias que hubo, rindieron poco. Dieron unos 120 rollos, pero en condiciones normales, cuando hay mejores precipitaciones, suelen rendir diez rollos por hectárea", contó.

Incluso, de las 68 hectáreas que el arroyo invadió, el productor intuye que puede llegar a recuperar unas 20, ahora que el agua encontró su curso. "En cuanto pueda, voy a sembrar ahí, cerca del arroyo, porque creo que se va a dar muy bien", aseguró.

Al mismo tiempo, aprovecha sus habilidades con las agujas y los nudos para sacar un dinero extra. Confecciona todo tipo de elementos de talabartería con cuero de potro y de vaca. Cabos de cuchillo tejidos, fustas, rebenques, cinchas trenzadas, bozales, emprendados, entre otros objetos para gauchos, jinetes o aficionados.

Ya sea en el campo o en su casa de Villa Mercedes, el soguero trabaja con concentración, precisión y delicadeza. Todo el proceso es completamente artesanal, e incluso fabrica las herramientas que utiliza con elementos reciclados como el rayo de una bicicleta.

"Muchas veces la gente elogia a los porteños o a los pampeanos, pero acá en la Provincia de San Luis también hay gente que trabaja muy bien con el cuero. Lo mismo pasa con la doma. Acá tenemos grandes jinetes y muy buenos pialadores", afirma, casi con un poco de enojo, mientras los ojos se le humedecen de nuevo.

Es que Alejandro se declara un defensor de las tradiciones y realza la figura de los antiguos paisanos, esos que "eran completos, buenos para todo: para hacer un alambre, para trabajar el cuero, para domar un caballo, para pialar, lo que hiciera falta", elogia.

Sin embargo, sabe que ese tipo de productor todoterreno tiende a de-saparecer y que cada vez quedan menos personas que se especialicen en tejer el cuero. Por eso dice que le gustaría poder enseñar su oficio y transmitir las técnicas que él aprendió de otros.

"Todo esto se está perdiendo. Tengo dos hijas (una de 21 años y una de 17) y un nene de 1 año y 6 meses al que ya le gusta agarrar el lazo. Pero si todo sigue así, voy a ser un viejo y no le voy a poder enseñar nada. Es como si el chico quiere jugar al fútbol: necesita una cancha. Para el campo, necesita un potrero, un terreno donde hacerse y después irse perfeccionando", lamentó.

A estas alturas de la charla, Wildner ya se relajó. La ansiedad inicial por contar su historia se transformó en calma y emoción. Pero no quiere quedarse sin mostrar sus caballos, meterse en la materia y exhibir el control que tiene sobre ellos. Un instante después toma el lazo y ensaya unas pialadas mientras los yeguarizos corren a su alrededor. La sonrisa se le desborda. Está donde le gusta estar, con sus 'amigos' de siempre.

Por eso, todas las mañanas sube a su auto y recorre los once kilómetros que hay desde Villa Mercedes hasta el campo y se queda ahí hasta que caiga la noche. "Hay dos muchachos que me ayudan, pero no tenemos luz, cocina ni nada, calentamos el agua a la forma de antes, haciendo fuego", cuenta.

Hace calor y el mate caliente es reemplazado por una gaseosa con hielo para apagar un poco mejor la sed. Sigue una recorrida por los lotes, una visita a los potreros con pasturas, una mirada rápida a la hacienda que pasta tranquila y pronto se agrupará en busca de agua, y finalmente una caminata por la barranca por la que se abre paso el arroyo que inundó el campo y se llevó una buena parte de las ilusiones del productor, pero que no fue suficiente para amedrentarlo.

El viento es intenso, levanta la tierra y se mete caprichoso en los ojos, en las orejas  y hasta en los dientes. Alejandro no se inmuta. Tiene las manos encalladas y el espíritu curtido.

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No dejó que el tropezón se convirtiera en caída

Su campo sufrió el avance del río Nuevo, pero el mercedino sale adelante con el empuje de la pasión: cría caballos, hace un poco de ganadería, siembra pasturas para vender rollos y se esfuerza por mantener vivo el oficio de soguero.

Fotos: Juan Galli.

Alejandro Wildner tiene las manos callosas y la piel curtida. Anudar el cuero, cortar un poste o enlazar un caballo son tareas que dejan marcas en el cuerpo. Pero hay cosas que dejan secuelas por dentro. A sus 43 años, el productor villamercedino sabe lo que es pelearla bien desde abajo y sobreponerse a los obstáculos que se le ponen enfrente: un viento intenso, un calor infernal, la avanzada de un río sobre su campo, o la muerte de un padre.

En su pequeño establecimiento de 220 hectáreas, que no tiene nombre pero que el registró en los papeles como “Los Manantiales” en honor a la zona que lo rodea, el hombre se las ingenia. Su fuerte es la cría de caballos, pero también tiene un pequeño rodeo vacuno, hace algunas pasturas para vender rollos, y se esfuerza por mantener viva la figura del soguero, un oficio que por estos tiempos y en estas coordenadas corre peligro de extinción.

“Estas tierras las recibió mi abuelo en la época que Perón hizo las expropiaciones. Su cuñado, mi tío, tenía un contacto político y consiguió que le dieran mil hectáreas. Estos campos no tenían alambradas ni nada. Con el tiempo se fueron dividiendo entre mi padre y sus hermanos”, comenzó su relato Alejandro, en una conversación que transcurre bajo la sombra de algunos árboles, un oasis de frescura en un día insoportablemente caluroso.

El paisaje se debate entre la aridez de algunos médanos y el verdor de la vegetación autóctona, en esa región de pequeñas y grandes estancias que se hilvanan a ambas orillas de la ruta provincial N°33, a escasos kilómetros de Villa Mercedes. En los pagos de Wildner no hay luz eléctrica, ni siquiera cocina. La pava para los mates se mantiene caliente sobre una vieja parrilla, gracias a las caricias constantes de las brasas. Uno de sus empleados es quien oficia de cebador. "Oscar Daniel Muriño", se presenta el hombre y ofrece la infusión con mucha yerba, bastante azúcar y bien caliente.

Mientras tanto, Alejandro se sienta y se levanta. Se mueve de un lado para el otro. Tiene tantas ansias por contar su historia, que las palabras se le amontonan en los labios. Cada tanto, sin embargo, alguna anécdota le anuda la garganta y le humedece los ojos.

“A mi padre le dio un ataque en el campo. Se acostó a dormir y no se levantó más. Yo tenía un año y medio", cuenta. Su madre, viuda a los 36 años y con tres hijos a cargo, nunca renunció al patrimonio que le dejó su marido: no es otra cosa que la tierra.

“Yo le agradezco mucho a mi vieja que no haya vendido el campo”, reflexiona. De todos modos, esas hectáreas sirvieron como sustento para la familia, porque durante 32 años se las alquilaron a una firma que les sacó provecho, mientras ellos tenían un ingreso para la economía del hogar.

Los Wildner, entonces, se instalaron en Villa Mercedes, en una quinta de los abuelos maternos Alejandro absorbió allí la pasión y algunos conocimientos sobre la cría y doma de caballos. Pero cuando tenía 15 años abandonó la escuela y se fue a trabajar con su tío abuelo, Valentín Persa, el mismo que había mediado para que tuvieran un campo.

El hombre le transmitió algunas técnicas para trabajar el cuero y de él aprendió a ser soguero, una de las credenciales que ahora puede exhibir.

De modo que cuando en 2007 la familia volvió a tomar las riendas de sus tierras, Alejandro pudo poner en práctica los conocimientos y experiencias que adquirió a lo largo de su vida, después de haber trabajado también durante 15 años en el Plan de Inclusión Social.

Un arroyo que arrasó

La aventura de administrar el campo no fue para nada sencilla. El villamercedino comenzó con muchas ansias pero con poco capital. "Vine sin nada y la peleé desde abajo. Por eso todo se hace más difícil. Si hubiese estado mi viejo, con más años de experiencia, quizá sería otra cosa. Antes teníamos tractores y máquinas, pero mi mamá debió vender todo porque tenía que criarnos y mantener la estructura", sostuvo.

Pero el tropezón más grande llegó un poco después, cuando había empezado a probar suerte con la siembra y un fenómeno climático le derrumbó los proyectos. Un brazo del inquieto río Nuevo se abrió paso por la estancia, el suelo se hizo cárcava y el agua se apropió de 68 de las 220 hectáreas de las que disponen, lo que representa el 30% de la superficie.

"Veníamos con buenas cosechas, pero después llegó el agua y me arruinó como por cuatro años. Me tapó la tranquera una vez, la levantamos y la volvió a enterrar. Recién ahora nos estamos acomodando un poco", recordó.

El de Wildner no es un caso aislado.  En el Departamento Pedernera, desde hace varias décadas se viene gestando un proceso que al principio fue silencioso, pero que luego tuvo su estallido más dramático con la aparición de nuevos cursos de agua, el arrastre de sedimentos que sepultaron partes de los campos y de su infraestructura, y dejaron un ascenso peligroso de las napas como efecto colateral.

El fenómeno fue bautizado luego como "la emergencia ambiental en la Cuenca del Morro y su zona de influencia", una región que comprende unas 373.000 hectáreas. En 2016, la Legislatura de San Luis promulgó una ley para tratar el problema como urgencia e implementó una serie de medidas para remediar el desbalance hídrico. Entre ellas, lanzó el "Plan Alfalfa" para que los pequeños productores aprovechen las raíces profundas de la pastura para absorber los excedentes de agua y, al mismo tiempo, tengan una nueva posibilidad económica.

Alejandro integra la primera camada de beneficiarios que recibió su kit, junto a otros pobladores de la zona. Ya sembró ocho hectáreas y aunque la sequía de la temporada no contribuyó a que los verdeos exploten como deberían, confía plenamente en las virtudes del programa. "No están errados en el Gobierno. Éstas son muy buenas tierras para el 'alfa'. Para mí es muy bueno porque es una posibilidad que te dan y me sirve para darles de comer a los caballos y para hacer rollos para vender. Sembrar es caro y a mí se me complica más todavía porque no tengo maquinarias", explicó.

Lo que no te mata...

Alejandro no dejó que el golpe lo derribara y tuvo que reinventarse. Con el empuje de la pasión por el agro, volvió a insistir en la producción como motor de vida. Para hacerlo, recurrió a las cosas que mejor sabe. Y su principal fortaleza, como él mismo dice, son los caballos.

"Tengo de varios tipos, pero sobre todo mucha cruza de mestizos con criollos porque es más fácil que se amansen, son más dóciles. Para el caballo liviano, el puro, como el de polo, ya hay que tener otra técnica y es delicado para estos campos por la mala calidad de agua que tienen", explicó.

Sin embargo, contó, lo que hace poco lo perjudicó, de a poco se empieza a convertir en una oportunidad. "El agua del arroyo que vino es buena para los animales y ya se encauzó. Por eso, por un lado me hizo daño y ahora me sirve", sostuvo con una media sonrisa.

Pero como muchos productores, no se conforma con un solo rubro. Tiene también un pequeño rodeo vacuno que cuenta con unas cuarenta madres. En su mayoría es hacienda Aberdeen Angus, negra y colorada, pero a veces incorpora algunos Hereford.

Su producto, en general, es el ternero recién destetado, aunque ocasionalmente también lleva novillos o vaquillonas a las ferias. "Hago cría, pero también las tengo como una caja de ahorro", advierte. A pesar de que el rodeo es chico, la calidad no es para nada despreciable en un esquema de producción que combina pastoreo en el monte natural y en los verdeos que ha plantado.

Porque además de lo que significó el "Plan Alfalfa" para él, Wildner ya había incursionado en la siembra de pasturas como una estrategia para diversificar y engrosar sus ingresos. "Hice 60 hectáreas de alfalfa en sociedad con un agricultor, a porcentaje. Este año, por las pocas lluvias que hubo, rindieron poco. Dieron unos 120 rollos, pero en condiciones normales, cuando hay mejores precipitaciones, suelen rendir diez rollos por hectárea", contó.

Incluso, de las 68 hectáreas que el arroyo invadió, el productor intuye que puede llegar a recuperar unas 20, ahora que el agua encontró su curso. "En cuanto pueda, voy a sembrar ahí, cerca del arroyo, porque creo que se va a dar muy bien", aseguró.

Al mismo tiempo, aprovecha sus habilidades con las agujas y los nudos para sacar un dinero extra. Confecciona todo tipo de elementos de talabartería con cuero de potro y de vaca. Cabos de cuchillo tejidos, fustas, rebenques, cinchas trenzadas, bozales, emprendados, entre otros objetos para gauchos, jinetes o aficionados.

Ya sea en el campo o en su casa de Villa Mercedes, el soguero trabaja con concentración, precisión y delicadeza. Todo el proceso es completamente artesanal, e incluso fabrica las herramientas que utiliza con elementos reciclados como el rayo de una bicicleta.

"Muchas veces la gente elogia a los porteños o a los pampeanos, pero acá en la Provincia de San Luis también hay gente que trabaja muy bien con el cuero. Lo mismo pasa con la doma. Acá tenemos grandes jinetes y muy buenos pialadores", afirma, casi con un poco de enojo, mientras los ojos se le humedecen de nuevo.

Es que Alejandro se declara un defensor de las tradiciones y realza la figura de los antiguos paisanos, esos que "eran completos, buenos para todo: para hacer un alambre, para trabajar el cuero, para domar un caballo, para pialar, lo que hiciera falta", elogia.

Sin embargo, sabe que ese tipo de productor todoterreno tiende a de-saparecer y que cada vez quedan menos personas que se especialicen en tejer el cuero. Por eso dice que le gustaría poder enseñar su oficio y transmitir las técnicas que él aprendió de otros.

"Todo esto se está perdiendo. Tengo dos hijas (una de 21 años y una de 17) y un nene de 1 año y 6 meses al que ya le gusta agarrar el lazo. Pero si todo sigue así, voy a ser un viejo y no le voy a poder enseñar nada. Es como si el chico quiere jugar al fútbol: necesita una cancha. Para el campo, necesita un potrero, un terreno donde hacerse y después irse perfeccionando", lamentó.

A estas alturas de la charla, Wildner ya se relajó. La ansiedad inicial por contar su historia se transformó en calma y emoción. Pero no quiere quedarse sin mostrar sus caballos, meterse en la materia y exhibir el control que tiene sobre ellos. Un instante después toma el lazo y ensaya unas pialadas mientras los yeguarizos corren a su alrededor. La sonrisa se le desborda. Está donde le gusta estar, con sus 'amigos' de siempre.

Por eso, todas las mañanas sube a su auto y recorre los once kilómetros que hay desde Villa Mercedes hasta el campo y se queda ahí hasta que caiga la noche. "Hay dos muchachos que me ayudan, pero no tenemos luz, cocina ni nada, calentamos el agua a la forma de antes, haciendo fuego", cuenta.

Hace calor y el mate caliente es reemplazado por una gaseosa con hielo para apagar un poco mejor la sed. Sigue una recorrida por los lotes, una visita a los potreros con pasturas, una mirada rápida a la hacienda que pasta tranquila y pronto se agrupará en busca de agua, y finalmente una caminata por la barranca por la que se abre paso el arroyo que inundó el campo y se llevó una buena parte de las ilusiones del productor, pero que no fue suficiente para amedrentarlo.

El viento es intenso, levanta la tierra y se mete caprichoso en los ojos, en las orejas  y hasta en los dientes. Alejandro no se inmuta. Tiene las manos encalladas y el espíritu curtido.

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