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Hay que planificar hacia adentro y hacia afuera

Carlos Etchepare

En las últimas campañas las definiciones de rentabilidad y de márgenes para los productores se fueron ajustando cada vez más. Sin entrar en particularidades, ya que sabemos que cada unidad productiva es “un mundo”, analizar la globalidad se vuelve un buen ejercicio para darnos cuenta dónde estamos parados.

Por eso, como venimos insistiendo, es absolutamente necesario que el productor trabaje en cada uno de los momentos de definición de lo que a fin de cuentas será su renta, que no es otra cosa que el resultado final de su trabajo y la ventana que le permite mirar su futuro en la actividad.

Uno de estos puntos clave, tan importante como la definición de rendimientos o el método de comercialización, es el estudio de costos. Y en la actual situación que estamos viviendo, con tantas complicaciones para los mercados debido a lo que pasa a nivel internacional con la guerra comercial, el exceso de oferta, la caída de la demanda china de soja y los problemas climáticos en Estados Unidos, y a nivel interno con la incertidumbre política de cara a las elecciones presidenciales, la economía y mucho más; el productor no puede trabajar sin planificar absolutamente cada uno de los detalles que conforman una campaña agrícola. Tanto hacia adentro, como hacia afuera del campo.

Y el tema costos no escapa a esto, por lo tanto hacer un análisis pormenorizado se vuelve imprescindible antes de definir la siembra. Costos que además deben considerarse en función de las expectativas de precios que hay para cada uno de los productos, de tal manera de saber hasta dónde se puede llegar y hasta donde el productor se puede “estirar”.

Suma de gastos en la cuenta final

Para entender cuánto pesan los costos en una producción primero tenemos que dejar en claro algunas cosas respecto del análisis que realizaremos. El primer punto es que partimos considerando rindes promedio, en campo propio, tomando como referencia comparativa el año 2015 y teniendo en cuenta que el análisis está realizado en relación al costo por tonelada. Por supuesto, como hacemos siempre, utilizaremos como fuente principal a la publicación Márgenes Agropecuarios para tener más certidumbre respecto de la realidad de los productores.

En el caso del trigo, y teniendo como referencia una producción de 35 quintales por hectárea (qq/ha), en la comparación junio 2015 contra mayo 2019 lo primero que debemos decir es que hay una disminución de los costos totales, convirtiéndolo en el más bajo de la serie 2015-2019.

En el caso del costo de comercialización y producción la caída tiene que ver especialmente con el movimiento del tipo de cambio, aunque si consideramos el costo de la tierra, el número varía y tendríamos un incremento respecto de 2015. De todas maneras, este dato que parece alentador, no lo es tanto en la comparación con 2018. Especialmente porque en estos dos años los costos se mantuvieron prácticamente igualados, pero el resultado económico para el productor es mucho peor debido a un menor precio y al efecto de las retenciones.

Entonces para un productor que hace trigo y que cosecha 35 qq/ha, descontados los costos totales (producción y comercialización) se va a encontrar con un resultado negativo de 32 dólares por tonelada (US$/Tn), en tanto que el Estado se va a quedar con 18 US$/Tn sin invertir un solo peso. Tan solo por cobrar retenciones, y esto es si solamente contemplamos este impuesto y no todo el resto que debe pagar el productor.

En el caso del maíz, el costo de comercialización y producción acumulado se ubica en 148 US$/Tn, uno de los más bajo del período 2015-2019. Acá la explicación otra vez pasa por el tipo de cambio, no por una mejora real, y por una reducción estructural de costos.

De esta manera, en el caso de un productor que coseche 80 qq/ha y que tiene un precio de 135 US$/Tn, el quebranto que debe soportar es de 13 US$/Tn, en tanto que el gobierno solo en concepto de retenciones se hace de 14 dólares por tonelada.

En el caso de la soja de primera también los costos de comercialización y producción son los más bajos de la serie que estamos analizando (169 US$/Tn). Y el costo de la tierra es de 84 US$/Tn, de manera tal que el costo total queda en 253 US$/Tn. Entonces si consideramos que el precio esperado de cosecha futura se ubica en 228 dólares, el quebranto final para el productor es de 25 US$/Tn. Pero para sorpresa de algunos, otra vez el gran ganador termina siendo el Estado, que se lleva (solo en concepto de retenciones) 93 US$/Tn. En soja de segunda, con una producción estimada en 20 qq/ha, el resultado final para los costos totales es de 256 US$/Tn. Dejando un quebranto para el productor de 28 US$/Tn y una ganancia para el Estado de, otra vez, 93 US$/Tn.

Este ejercicio nos sirve para mostrar el resultado que obtienen los productores por el esfuerzo de su trabajo y también para entender el impacto que tienen las malas políticas públicas, como las retenciones (derechos de exportación), que en la práctica son un impuesto a la producción.

Por un lado, podemos decir que si se trabajara de manera consciente en bajar costos estructurales, el productor podría tener un mejor resultado económico sin depender exclusivamente de precios extraordinarios o de rindes monumentales. Además, si las retenciones no existieran, el resultado económico de los productores agropecuarios también sería absolutamente diferente.

La relación insumo-producto

Otra forma de medir el peso de los costos es a través de la relación insumo-producto. Es decir, ver la capacidad de compra que un productor tiene cuando vende lo que genera. Por supuesto que nos referimos a elementos que el productor necesita para su trabajo y para seguir produciendo, por eso hablamos de insumos y no de otros bienes. En este caso también utilizaremos como fuente de consulta a la revista Márgenes Agropecuarios y tomaremos como referencia cuatro insumos modelo: 100 litros de gasoil; urea fosfato o glifosato; un tractor de 100 HP y una camioneta 4x4 cabina simple.

En el caso del trigo, hoy se necesitan cinco quintales para comprar 100 litros de gasoil, en tanto que el peor año fue 2015, cuando se necesitaban 11,5 quintales. En el caso de la relación trigo/urea, el peor año también fue 2015, cuando se requerían 45 quintales, mientras que hoy se necesitan 22 para comprar una tonelada.

Si pasamos a la comparación con los vehículos (tractor o camioneta), en ambos casos si bien la relación está mucho mejor que en 2015, hoy la cantidad de quintales que se necesitan para acceder a estos bienes de trabajo son mayores a los que se necesitaban el año pasado. Y esto no se debe solamente al incremento de los valores del tractor o de la camioneta, acá también hay que tener muy en cuenta la baja en el precio del cereal.

Para evitar esta situación, siempre lo recomendable es ir asegurando insumos cuando el precio del grano es bueno. De esta manera, la relación se achica y el productor aprovecha lo mejor posible el valor de su mercadería.

En el caso del maíz, la relación insumo-producto también es mejor que en 2015, último año del kirchnerismo, pero peor respecto de 2018. Por ejemplo, para comprar 100 litros de gasoil, en 2015 se necesitaban 12,95 quintales, en 2018 fueron 6,41 quintales y hoy hacen falta 6,95 quintales. En el caso de un insumo fundamental como el fosfato, la situación es la misma: hay un crecimiento de 39 a 41 en la comparación del año pasado con la actualidad. También sucede lo mismo con el caso del tractor y de la camioneta.

Por el lado de la soja, un dato sensible es que para comprar 100 litros de gasoil hoy hacen falta 4,6 quintales, el nivel más alto en la etapa de Cambiemos. Lo mismo pasa con el glifosato, que en este caso además de considerar la disminución en el precio de la soja, hay que tener en cuenta el incremento en el precio del insumo, que ya se encuentra casi a niveles de 2015. En el caso de la relación soja/tractor, la actual es la peor de los últimos 19 años.

Este análisis de relación insumo-producto también nos deja como resultado que la mercadería, los granos en definitiva, no son dólares. Son granos y dependen del valor internacional. Claro que la pérdida de capacidad de compra de los granos tiene que ver con el menor valor, pero también con el ajuste cambiario  que generó que muchos insumos aumenten considerablemente su valor.

Costos y renta: la comparación con Estados Unidos

Para poner en relieve lo que sucede en nuestro país vamos a compararlo con la forma en la que trabajan los productores norteamericanos y las diferencias que hay entre ambos. Como lo hicimos antes con Márgenes Agropecuarios, para analizar lo que pasa en Estados Unidos tomaremos como referencia los informes que elabora el renombrado analista granario Kevin Van Trump, con datos finales a 2018.

En el caso del maíz, los productores norteamericanos tuvieron un resultado negativo en 5 de las últimas 6 campañas. Es decir que acumulan 5 años consecutivos de quebrantos y de todas maneras para el próximo ciclo se esperaba una nueva cosecha récord. Por supuesto que esto ahora dependerá del clima. En el caso específico de 2018, por ejemplo, el precio que cobró el productor en aquel país fue, en promedio, de 134 US$/Tn, el costo de sembrar una hectárea en 1.700 dólares, lo que dejó un quebranto de 118 US$/Tn.

En el caso de la soja, después de tres campañas con beneficios, otra vez en 2018 el farmer volvió a tener un resultado negativo. Situación que claramente se profundizará en 2019 por la caída en el precio. Pero volviendo a 2018, la soja tuvo un precio para el productor norteamericano de 320 dólares, lo que le genero un quebranto de 14 US$/Tn y el costo de producir soja fue de 1.100 dólares por hectárea.

En el caso del trigo, el productor norteamericano lleva 6 años de quebranto, con un precio promedio de 188 US$/Tn y un costo final de producción de 763 dólares por hectárea.

La reacción lógica a estos números que estamos mostrando respecto de la producción norteamericana debería ser que, después de varios años de quebrantos, los productores tendrían que estar absolutamente fundidos y ya no sembrar más. La realidad es que no, porque acá es donde empieza a correr la decisión política y la Farm Bill le trae tranquilidad al agricultor.

Entonces, a los números que veíamos más arriba debemos agregar las ayudas que reciben de parte del gobierno norteamericano. Así los productores terminan con resultados positivos, una clarísima diferencia respecto de lo que sucede en nuestro país. Mientras acá se sigue castigando a la producción con retenciones, este es el mundo contra el que deben salir a competir nuestros productores.

En definitiva, como venimos diciendo hace mucho, todo es cuestión de decisión y de estrategia al momento de definir políticas públicas. Como queda claro, las definiciones políticas, gubernamentales y estatales tienen un peso absolutamente significativo sobre la rentabilidad de los productores. Para bien (EE.UU.) o para mal (Argentina) el peso de las decisiones políticas juegan un rol trascendental en un mundo en el que evidentemente producir alimentos no es tan conveniente como muchos creen.

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Hay que planificar hacia adentro y hacia afuera

En las últimas campañas las definiciones de rentabilidad y de márgenes para los productores se fueron ajustando cada vez más. Sin entrar en particularidades, ya que sabemos que cada unidad productiva es “un mundo”, analizar la globalidad se vuelve un buen ejercicio para darnos cuenta dónde estamos parados.

Por eso, como venimos insistiendo, es absolutamente necesario que el productor trabaje en cada uno de los momentos de definición de lo que a fin de cuentas será su renta, que no es otra cosa que el resultado final de su trabajo y la ventana que le permite mirar su futuro en la actividad.

Uno de estos puntos clave, tan importante como la definición de rendimientos o el método de comercialización, es el estudio de costos. Y en la actual situación que estamos viviendo, con tantas complicaciones para los mercados debido a lo que pasa a nivel internacional con la guerra comercial, el exceso de oferta, la caída de la demanda china de soja y los problemas climáticos en Estados Unidos, y a nivel interno con la incertidumbre política de cara a las elecciones presidenciales, la economía y mucho más; el productor no puede trabajar sin planificar absolutamente cada uno de los detalles que conforman una campaña agrícola. Tanto hacia adentro, como hacia afuera del campo.

Y el tema costos no escapa a esto, por lo tanto hacer un análisis pormenorizado se vuelve imprescindible antes de definir la siembra. Costos que además deben considerarse en función de las expectativas de precios que hay para cada uno de los productos, de tal manera de saber hasta dónde se puede llegar y hasta donde el productor se puede “estirar”.

Suma de gastos en la cuenta final

Para entender cuánto pesan los costos en una producción primero tenemos que dejar en claro algunas cosas respecto del análisis que realizaremos. El primer punto es que partimos considerando rindes promedio, en campo propio, tomando como referencia comparativa el año 2015 y teniendo en cuenta que el análisis está realizado en relación al costo por tonelada. Por supuesto, como hacemos siempre, utilizaremos como fuente principal a la publicación Márgenes Agropecuarios para tener más certidumbre respecto de la realidad de los productores.

En el caso del trigo, y teniendo como referencia una producción de 35 quintales por hectárea (qq/ha), en la comparación junio 2015 contra mayo 2019 lo primero que debemos decir es que hay una disminución de los costos totales, convirtiéndolo en el más bajo de la serie 2015-2019.

En el caso del costo de comercialización y producción la caída tiene que ver especialmente con el movimiento del tipo de cambio, aunque si consideramos el costo de la tierra, el número varía y tendríamos un incremento respecto de 2015. De todas maneras, este dato que parece alentador, no lo es tanto en la comparación con 2018. Especialmente porque en estos dos años los costos se mantuvieron prácticamente igualados, pero el resultado económico para el productor es mucho peor debido a un menor precio y al efecto de las retenciones.

Entonces para un productor que hace trigo y que cosecha 35 qq/ha, descontados los costos totales (producción y comercialización) se va a encontrar con un resultado negativo de 32 dólares por tonelada (US$/Tn), en tanto que el Estado se va a quedar con 18 US$/Tn sin invertir un solo peso. Tan solo por cobrar retenciones, y esto es si solamente contemplamos este impuesto y no todo el resto que debe pagar el productor.

En el caso del maíz, el costo de comercialización y producción acumulado se ubica en 148 US$/Tn, uno de los más bajo del período 2015-2019. Acá la explicación otra vez pasa por el tipo de cambio, no por una mejora real, y por una reducción estructural de costos.

De esta manera, en el caso de un productor que coseche 80 qq/ha y que tiene un precio de 135 US$/Tn, el quebranto que debe soportar es de 13 US$/Tn, en tanto que el gobierno solo en concepto de retenciones se hace de 14 dólares por tonelada.

En el caso de la soja de primera también los costos de comercialización y producción son los más bajos de la serie que estamos analizando (169 US$/Tn). Y el costo de la tierra es de 84 US$/Tn, de manera tal que el costo total queda en 253 US$/Tn. Entonces si consideramos que el precio esperado de cosecha futura se ubica en 228 dólares, el quebranto final para el productor es de 25 US$/Tn. Pero para sorpresa de algunos, otra vez el gran ganador termina siendo el Estado, que se lleva (solo en concepto de retenciones) 93 US$/Tn. En soja de segunda, con una producción estimada en 20 qq/ha, el resultado final para los costos totales es de 256 US$/Tn. Dejando un quebranto para el productor de 28 US$/Tn y una ganancia para el Estado de, otra vez, 93 US$/Tn.

Este ejercicio nos sirve para mostrar el resultado que obtienen los productores por el esfuerzo de su trabajo y también para entender el impacto que tienen las malas políticas públicas, como las retenciones (derechos de exportación), que en la práctica son un impuesto a la producción.

Por un lado, podemos decir que si se trabajara de manera consciente en bajar costos estructurales, el productor podría tener un mejor resultado económico sin depender exclusivamente de precios extraordinarios o de rindes monumentales. Además, si las retenciones no existieran, el resultado económico de los productores agropecuarios también sería absolutamente diferente.

La relación insumo-producto

Otra forma de medir el peso de los costos es a través de la relación insumo-producto. Es decir, ver la capacidad de compra que un productor tiene cuando vende lo que genera. Por supuesto que nos referimos a elementos que el productor necesita para su trabajo y para seguir produciendo, por eso hablamos de insumos y no de otros bienes. En este caso también utilizaremos como fuente de consulta a la revista Márgenes Agropecuarios y tomaremos como referencia cuatro insumos modelo: 100 litros de gasoil; urea fosfato o glifosato; un tractor de 100 HP y una camioneta 4x4 cabina simple.

En el caso del trigo, hoy se necesitan cinco quintales para comprar 100 litros de gasoil, en tanto que el peor año fue 2015, cuando se necesitaban 11,5 quintales. En el caso de la relación trigo/urea, el peor año también fue 2015, cuando se requerían 45 quintales, mientras que hoy se necesitan 22 para comprar una tonelada.

Si pasamos a la comparación con los vehículos (tractor o camioneta), en ambos casos si bien la relación está mucho mejor que en 2015, hoy la cantidad de quintales que se necesitan para acceder a estos bienes de trabajo son mayores a los que se necesitaban el año pasado. Y esto no se debe solamente al incremento de los valores del tractor o de la camioneta, acá también hay que tener muy en cuenta la baja en el precio del cereal.

Para evitar esta situación, siempre lo recomendable es ir asegurando insumos cuando el precio del grano es bueno. De esta manera, la relación se achica y el productor aprovecha lo mejor posible el valor de su mercadería.

En el caso del maíz, la relación insumo-producto también es mejor que en 2015, último año del kirchnerismo, pero peor respecto de 2018. Por ejemplo, para comprar 100 litros de gasoil, en 2015 se necesitaban 12,95 quintales, en 2018 fueron 6,41 quintales y hoy hacen falta 6,95 quintales. En el caso de un insumo fundamental como el fosfato, la situación es la misma: hay un crecimiento de 39 a 41 en la comparación del año pasado con la actualidad. También sucede lo mismo con el caso del tractor y de la camioneta.

Por el lado de la soja, un dato sensible es que para comprar 100 litros de gasoil hoy hacen falta 4,6 quintales, el nivel más alto en la etapa de Cambiemos. Lo mismo pasa con el glifosato, que en este caso además de considerar la disminución en el precio de la soja, hay que tener en cuenta el incremento en el precio del insumo, que ya se encuentra casi a niveles de 2015. En el caso de la relación soja/tractor, la actual es la peor de los últimos 19 años.

Este análisis de relación insumo-producto también nos deja como resultado que la mercadería, los granos en definitiva, no son dólares. Son granos y dependen del valor internacional. Claro que la pérdida de capacidad de compra de los granos tiene que ver con el menor valor, pero también con el ajuste cambiario  que generó que muchos insumos aumenten considerablemente su valor.

Costos y renta: la comparación con Estados Unidos

Para poner en relieve lo que sucede en nuestro país vamos a compararlo con la forma en la que trabajan los productores norteamericanos y las diferencias que hay entre ambos. Como lo hicimos antes con Márgenes Agropecuarios, para analizar lo que pasa en Estados Unidos tomaremos como referencia los informes que elabora el renombrado analista granario Kevin Van Trump, con datos finales a 2018.

En el caso del maíz, los productores norteamericanos tuvieron un resultado negativo en 5 de las últimas 6 campañas. Es decir que acumulan 5 años consecutivos de quebrantos y de todas maneras para el próximo ciclo se esperaba una nueva cosecha récord. Por supuesto que esto ahora dependerá del clima. En el caso específico de 2018, por ejemplo, el precio que cobró el productor en aquel país fue, en promedio, de 134 US$/Tn, el costo de sembrar una hectárea en 1.700 dólares, lo que dejó un quebranto de 118 US$/Tn.

En el caso de la soja, después de tres campañas con beneficios, otra vez en 2018 el farmer volvió a tener un resultado negativo. Situación que claramente se profundizará en 2019 por la caída en el precio. Pero volviendo a 2018, la soja tuvo un precio para el productor norteamericano de 320 dólares, lo que le genero un quebranto de 14 US$/Tn y el costo de producir soja fue de 1.100 dólares por hectárea.

En el caso del trigo, el productor norteamericano lleva 6 años de quebranto, con un precio promedio de 188 US$/Tn y un costo final de producción de 763 dólares por hectárea.

La reacción lógica a estos números que estamos mostrando respecto de la producción norteamericana debería ser que, después de varios años de quebrantos, los productores tendrían que estar absolutamente fundidos y ya no sembrar más. La realidad es que no, porque acá es donde empieza a correr la decisión política y la Farm Bill le trae tranquilidad al agricultor.

Entonces, a los números que veíamos más arriba debemos agregar las ayudas que reciben de parte del gobierno norteamericano. Así los productores terminan con resultados positivos, una clarísima diferencia respecto de lo que sucede en nuestro país. Mientras acá se sigue castigando a la producción con retenciones, este es el mundo contra el que deben salir a competir nuestros productores.

En definitiva, como venimos diciendo hace mucho, todo es cuestión de decisión y de estrategia al momento de definir políticas públicas. Como queda claro, las definiciones políticas, gubernamentales y estatales tienen un peso absolutamente significativo sobre la rentabilidad de los productores. Para bien (EE.UU.) o para mal (Argentina) el peso de las decisiones políticas juegan un rol trascendental en un mundo en el que evidentemente producir alimentos no es tan conveniente como muchos creen.

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