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El agua, ese objeto de desvelo que desaparece

Marcelo Dettoni

“La próxima guerra va a ser por el agua…”. ¿Cuántas veces escuchamos esta afirmación? Que los Estados Unidos vienen por los esteros del Iberá, que las compras de pasturas de los países árabes en realidad esconden que están comprando agua y siguen las firmas. El agua ya es tema de conversación (y de preocupación) en el planeta.

Y en veranos secos como el actual, también se instala en la Argentina, sobre todo en su porción rural, esa que sufre por el estrés hídrico de sus cultivos, porque no puede darle de beber a su ganado o porque el perfil del suelo es cada vez más estrecho cuando aprieta el calor de enero. El agua está en todas las agendas y campañas publicitarias, aunque en las grandes ciudades no se la cuida como corresponde. Total, abrimos la canilla y siempre sale. Hasta que se acaba, como pasó por estos días en San Francisco del Monte de Oro. Entonces la gente corta rutas, los gobiernos cambian funcionarios y la alarma se prende como nunca antes.

Este periodista viajó hace pocos días a Mendoza y pudo comprobar que el agua es motivo de angustia allí. Ni hablar de lo que sucede con la minería, que fue rechazada de plano por la enorme mayoría de la población, al punto que el gobernador tuvo que dar marcha atrás con una ley. Uno de los argumentos es la contaminación del agua de los glaciares de la cordillera, además de los daños ambientales, que son muchos y comprobados, por más que nos quieran vender un relato sobre puestos de trabajo y regalías que nunca derraman. Lo único que derrama es el cianuro.

En San Rafael, por ejemplo, cualquiera se puede dar cuenta a simple vista de que la falta de agua tiene a todos en vilo. La segunda ciudad de la provincia, el “corazón de Mendoza” como les gusta llamarse a los orgullosos sanrafaelinos, vive de lo que les pueda proveer el río Atuel. Es un curso que se alimenta del deshielo, y como no nieva lo suficiente desde hace años, la escasez es cada vez más apremiante.

La falta de agua es un proceso progresivo, al punto que las relaciones entre Mendoza y La Pampa son muy tirantes cuando se trata del Atuel. Algo similar a lo que ocurre con el río Desaguadero que baja desde San Juan y Mendoza y toca el oeste de San Luis a la altura de Guanacache.

El Atuel corre caudaloso con su verde esmeralda en verano y derrocha sus dones para el turismo y la gran cantidad de gente que vive de él. Nadie que visite San Rafael y el Valle Grande se va sin hacer rafting, cool river o cualquier actividad relacionada con el río. Hay 24 empresas que ofrecen estos servicios y compiten agresivamente por el favor de los turistas. Son muchos puestos de trabajo, sobre todo para los jóvenes, que esperan el verano para hacerse unos pesos extra.

En las buenas épocas, el Atuel se aprovechaba desde septiembre hasta abril. El resto del año su caudal luce seco porque el agua se destina a la provisión de los habitantes de San Rafael y de todo el sur mendocino. Pero ocho meses eran suficientes para que el turismo floreciera y los dueños de cabañas pudieran hacer rendir su inversión.

Épocas pasadas. Hoy el Atuel corre lánguido en primavera, le abren las compuertas en enero… y es posible que este año se las cierren ¡en febrero! En plena temporada el Valle Grande podría quedarse sin su gran recurso porque la ciudad necesita el agua. Tuve la oportunidad de ir en agosto a San Rafael y es verdaderamente triste ver el cauce seco y lleno de piedras, los alojamientos vacíos y los kayaks bien guardados. Una pena.

Pena por los inversores que pusieron su dinero para recibir al turismo, por los jóvenes que trabajan en esas empresas, por los turistas que aún no conocen ese rincón maravilloso y a los que cada vez se les achica más la ventana de posibilidades. Pena también por el talentoso equipo de rafting de entre 18 y 19 años, los mejores del mundo en la especialidad de cuatro tripulantes, que deben ir a revalidar sus pergaminos a Qatar este año (¡pleno desierto!) y no tienen un río donde entrenarse, ni dinero para viajar. Lo hacen en una laguna vecina a una villa miseria, con las ganas de siempre y las ilusiones intactas, pero deberían hacerlo en los rápidos del Atuel.

El guía que con mano maestra condujo el gomón en el que viajó este periodista es una de las víctimas de este desastre natural, que ya se preanuncia aguas arriba, en el dique El Nihuil, que es el que regula el río. Allí se nota la baja del nivel, con costas que están blancas porque el agua bajó demasiado, lo que desnudó muelles y embarcaderos. Una  postal del desamparo. El joven, recién recibido de guía de turismo, solo tiene un ruego: “Que el 1º de febrero, que es justo cuando se festeja nuestro día, el Atuel siga corriendo y nos permita trabajar. Sería muy triste que lo cierren justo ahí, toda una paradoja del destino…”. Mientras tanto, él y miles más pelean contra ese destino con las únicas armas a su alcance: un remo, una embarcación y todo el amor del mundo por su río desvalido.

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El agua, ese objeto de desvelo que desaparece

“La próxima guerra va a ser por el agua…”. ¿Cuántas veces escuchamos esta afirmación? Que los Estados Unidos vienen por los esteros del Iberá, que las compras de pasturas de los países árabes en realidad esconden que están comprando agua y siguen las firmas. El agua ya es tema de conversación (y de preocupación) en el planeta.

Y en veranos secos como el actual, también se instala en la Argentina, sobre todo en su porción rural, esa que sufre por el estrés hídrico de sus cultivos, porque no puede darle de beber a su ganado o porque el perfil del suelo es cada vez más estrecho cuando aprieta el calor de enero. El agua está en todas las agendas y campañas publicitarias, aunque en las grandes ciudades no se la cuida como corresponde. Total, abrimos la canilla y siempre sale. Hasta que se acaba, como pasó por estos días en San Francisco del Monte de Oro. Entonces la gente corta rutas, los gobiernos cambian funcionarios y la alarma se prende como nunca antes.

Este periodista viajó hace pocos días a Mendoza y pudo comprobar que el agua es motivo de angustia allí. Ni hablar de lo que sucede con la minería, que fue rechazada de plano por la enorme mayoría de la población, al punto que el gobernador tuvo que dar marcha atrás con una ley. Uno de los argumentos es la contaminación del agua de los glaciares de la cordillera, además de los daños ambientales, que son muchos y comprobados, por más que nos quieran vender un relato sobre puestos de trabajo y regalías que nunca derraman. Lo único que derrama es el cianuro.

En San Rafael, por ejemplo, cualquiera se puede dar cuenta a simple vista de que la falta de agua tiene a todos en vilo. La segunda ciudad de la provincia, el “corazón de Mendoza” como les gusta llamarse a los orgullosos sanrafaelinos, vive de lo que les pueda proveer el río Atuel. Es un curso que se alimenta del deshielo, y como no nieva lo suficiente desde hace años, la escasez es cada vez más apremiante.

La falta de agua es un proceso progresivo, al punto que las relaciones entre Mendoza y La Pampa son muy tirantes cuando se trata del Atuel. Algo similar a lo que ocurre con el río Desaguadero que baja desde San Juan y Mendoza y toca el oeste de San Luis a la altura de Guanacache.

El Atuel corre caudaloso con su verde esmeralda en verano y derrocha sus dones para el turismo y la gran cantidad de gente que vive de él. Nadie que visite San Rafael y el Valle Grande se va sin hacer rafting, cool river o cualquier actividad relacionada con el río. Hay 24 empresas que ofrecen estos servicios y compiten agresivamente por el favor de los turistas. Son muchos puestos de trabajo, sobre todo para los jóvenes, que esperan el verano para hacerse unos pesos extra.

En las buenas épocas, el Atuel se aprovechaba desde septiembre hasta abril. El resto del año su caudal luce seco porque el agua se destina a la provisión de los habitantes de San Rafael y de todo el sur mendocino. Pero ocho meses eran suficientes para que el turismo floreciera y los dueños de cabañas pudieran hacer rendir su inversión.

Épocas pasadas. Hoy el Atuel corre lánguido en primavera, le abren las compuertas en enero… y es posible que este año se las cierren ¡en febrero! En plena temporada el Valle Grande podría quedarse sin su gran recurso porque la ciudad necesita el agua. Tuve la oportunidad de ir en agosto a San Rafael y es verdaderamente triste ver el cauce seco y lleno de piedras, los alojamientos vacíos y los kayaks bien guardados. Una pena.

Pena por los inversores que pusieron su dinero para recibir al turismo, por los jóvenes que trabajan en esas empresas, por los turistas que aún no conocen ese rincón maravilloso y a los que cada vez se les achica más la ventana de posibilidades. Pena también por el talentoso equipo de rafting de entre 18 y 19 años, los mejores del mundo en la especialidad de cuatro tripulantes, que deben ir a revalidar sus pergaminos a Qatar este año (¡pleno desierto!) y no tienen un río donde entrenarse, ni dinero para viajar. Lo hacen en una laguna vecina a una villa miseria, con las ganas de siempre y las ilusiones intactas, pero deberían hacerlo en los rápidos del Atuel.

El guía que con mano maestra condujo el gomón en el que viajó este periodista es una de las víctimas de este desastre natural, que ya se preanuncia aguas arriba, en el dique El Nihuil, que es el que regula el río. Allí se nota la baja del nivel, con costas que están blancas porque el agua bajó demasiado, lo que desnudó muelles y embarcaderos. Una  postal del desamparo. El joven, recién recibido de guía de turismo, solo tiene un ruego: “Que el 1º de febrero, que es justo cuando se festeja nuestro día, el Atuel siga corriendo y nos permita trabajar. Sería muy triste que lo cierren justo ahí, toda una paradoja del destino…”. Mientras tanto, él y miles más pelean contra ese destino con las únicas armas a su alcance: un remo, una embarcación y todo el amor del mundo por su río desvalido.

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