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México: de la guerra a los abrazos imposibles

El negocio del narcotráfico siempre se adapta.

 

En México, país que comparte frontera con el mayor consumidor del mundo, algunos factores externos propiciaron la llegada y el posterior boom de la producción y el tráfico de drogas. Uno de ellos fue el Plan Colombia, por el que EE.UU. y el país sudamericano comenzaron una lucha para erradicar los cultivos de coca, atacando la fabricación, pero no la demanda. El resultado, con una demanda intacta o cada vez mayor, sería que los cultivos se fueran extendiendo a lo largo de la región, en busca de nuevas tierras para instalarse.

 

Encontraron por entonces refugio en México, un país que pasaba por un período político de adaptación hacia un modelo multipartidario y que se convertiría en campo fértil para la radicación de nuevos cárteles de droga que se sumaron a los existentes.

 

Desde entonces, los cárteles han ocupado un vacío de poder: primero con sobornos a jueces, políticos, policías; posteriormente tomando el control de esas áreas que estaban vacantes, y después —en tiempos de pandemia— mediante el reparto de bolsones de comida para los más necesitados, e incluso la imposición de sus propias cuarentenas. Claro que los castigos son más atemorizantes que los que pueden ocurrir en cualquier situación convencional: en los últimos días, por ejemplo, se dieron a conocer imágenes que pertenecerían a la ciudad de Sinaloa, y en las que puede verse a un grupo de hombres armados golpear brutalmente con una tabla a personas que no cumplieron con el confinamiento.

 

En esa tabla podía leerse “COVID-19”, cuestión que hace suponer que probablemente exista un arma para cada ocasión.

 

Los cárteles gozan, en algunas regiones, de una legitimidad de la que carece el Estado nacional. El Plan Colombia dejó demostrado el fracaso de una estrategia que se repite: perseguir únicamente la producción recrudece la violencia, y lleva a que el narcotráfico se adapte de una manera más extrema, aferrándose a una supervivencia que le quiere ser arrebatada. El mercado, intacto, se nutre de nuevos vendedores. México ha pasado por todos los estadios. En 2016 el presidente Felipe Calderón inició la llamada “guerra contra el narcotráfico”, una estrategia de choque que continuó su sucesor, Enrique Peña Nieto. Con aparentes nuevas intenciones, Andrés Manuel López Obrador llegó al poder con el lema “Abrazos, no balazos”, pero luego aprobó un decreto que militarizó una vez más el conflicto y anunció recientemente que los controles de las fuerzas armadas se extenderán a puertos y aduanas.

 

El mercado crece, impone nuevos desafíos y se vuelve más rentable: el cierre de fronteras por la pandemia complicó las rutas, pero aumentó el precio de los estupefacientes. El consumo creció en tiempos de encierro y el narcotráfico logra salir a flote, como otros sectores de la economía definitivamente no pueden hacerlo.

 

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