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Formamos dioses del mercado. Los adoran afuera

En 1993, la velocidad decidió por primera vez el oro en una olimpíada de informática. Treinta y tres años después, decide casi todo. Por Alicia Bañuelos

Por redacción
| 01 de octubre de 2026

En 1990 organicé el certamen nacional para elegir al primer equipo argentino que viajaría a la Olimpíada Internacional de Informática, en Minsk, Bielorrusia, entonces parte de la Unión Soviética. Ese mismo año entré al Comité Internacional de la olimpíada, que se había fundado apenas un año antes en Bulgaria, y lo integré hasta 1996. En octubre de 1993 me tocó organizarla en Mendoza, donde recibimos a 155 adolescentes de 43 países. Conseguimos que Compaq prestara 400 computadoras, pero mi obsesión era académica: que los problemas estuvieran a la altura de una competencia mundial. Para eso convoqué a muchos de los mejores expertos que teníamos. Nombro solo a dos, porque su historia es también la de esta columna.

 

 

El comité académico lo presidió Alberto Mendelzon, egresado de la UBA, doctorado en Princeton, uno de los que sentaron las bases teóricas de las bases de datos relacionales, que hacía trece años enseñaba en Toronto.

 

 

La parte técnica la dirigió Jorge Amodio, que montó algo que ninguna olimpíada había tenido antes: una red con correo electrónico por Internet, conectada a través de la Secretaría de Ciencia y Técnica, en un país donde casi nadie sabía todavía qué era un mail. Mendelzon ya trabajaba en el exterior, Amodio emigraría después.

 

 

Además, ese año pasó algo que nadie registró como histórico. Por primera vez en una olimpíada de informática la velocidad de un programa decidió quién se llevaba el oro. Más de una docena de chicos con puntaje perfecto el primer día perdieron la chance de ganarlo porque sus algoritmos eran correctos, pero lentos.

 

 

Treinta y tres años después, The Economist anuncia que los chicos que compiten en esas olimpíadas se convirtieron en la élite más cara de la historia del capitalismo.

 

 

 

 

La revista lo llama el Hombre Olímpico. Son los que de adolescentes ganaron medallas en las olimpíadas internacionales de matemática, física o informática, y de adultos cobran como nadie cobró antes. Google pagó 2.700 millones de dólares para volver a contratar a Noam Shazeer, que en 1994 había sacado puntaje perfecto en la olimpíada de matemática. El ejecutivo mejor pago de Meta ya no es una figura como Sheryl Sandberg, sino probablemente Alexandr Wang, de 29 años, recién salido del circuito de competencias. Detrás de Databricks, Cursor, Cognition y Perplexity hay fundadores que pasaron por ese mundo. En las finanzas, Jane Street y Two Sigma los reclutan como los clubes reclutan juveniles. Hasta la discusión sobre la seguridad de la inteligencia artificial, sugiere la nota, es en el fondo una pelea entre ex olímpicos.

 

 

El contraste con la élite anterior es instructivo. El Hombre de Davos se hacía en McKinsey, en los pasillos, en la agenda de contactos. Nadie sabe muy bien cómo se llega a ser "Joven Líder Global" del Foro Económico Mundial. Para ser Hombre Olímpico bastan dos pruebas. Es una meritocracia brutal, pero por lo menos legible. Y tiene una ironía que la revista no deja pasar: el mercado libre entrega hoy sus premios más grandes a través de un sistema inventado en el bloque soviético. Estados Unidos recién empezó a competir en 1974.

 

 

Mientras tanto, el resto de nosotros esperaba el apocalipsis. Dario Amodei, de Anthropic, advirtió que la IA podría llevar el desempleo al 10 o 20%. Bill Gates sugirió que para la mayoría de las cosas ya no íbamos a hacer falta. Los estadounidenses se lo creyeron: el trabajador promedio calcula que tiene un 22% de chances de perder su empleo en los próximos cinco años, más de lo que temía en la crisis de 2008.

 

 

Los datos, por ahora, se niegan a colaborar con el drama. En los países de la OCDE nunca hubo tanta gente en edad de trabajar con empleo. Y Estados Unidos tiene más gente que nunca trabajando en el derecho, uno de los rubros que según los pronósticos iba a caer primero. The Economist dedicó en mayo un análisis para explicar por qué: ninguna tecnología se difundió jamás tan rápido como para dejar a millones sin trabajo durante mucho tiempo. El tractor tardó generaciones en vaciar el campo. Y hasta en la famosa "pausa de Engels", cuando los salarios británicos se estancaron en plena Revolución Industrial, lo que se comía el sueldo no eran las máquinas sino el precio de la comida, inflado por la guerra y los granos. La conclusión de la revista conviene enmarcarla: los villanos de la Revolución Industrial fueron los políticos, no las máquinas.

 

 

Si se juntan las dos notas aparece el cuadro completo. La IA no está eliminando el trabajo, está concentrando el valor. Una franja finísima de talento excepcional se queda con premios que ningún ejecutivo soñó, y el resto del mercado laboral sigue funcionando más o menos como siempre, a la espera de ver qué pasa.

 

 

¿Y nosotros?

 

Argentina compite en la Olimpíada Internacional de Informática desde 1990. De ese primer certamen nacional salió Nicolás Kuzminski, que en Minsk, en el debut argentino, ganó la medalla de oro.

 

 

En 35 años de participación el país sumó 40 medallas, tres de ellas de oro: la de Kuzminski, la de Pablo Dal Lago en 2003 y la de Carlos Soto en 2018. Es más de lo que ganaron Chile o México, y menos que Brasil. Lo logramos con una base mínima. En 2008, los entrenadores contaban que China tenía más de 10.000 alumnos en condiciones de competir y Argentina unos 300.

 

 

Organizar aquella olimpíada de Mendoza me dejó exhausta, y al año siguiente llevamos un equipo a Suecia. Fue una suerte que después la tomara la Universidad Nacional de San Martín, que la sostiene hasta hoy.

 

Lo aprendí en el cuerpo: el talento no se sostiene con voluntades individuales, se sostiene con instituciones y con presupuesto. Hoy el Ministerio de Educación financia ocho olimpíadas, cada una en manos de una universidad distinta, y detrás de cada medalla hay docentes que entrenan chicos en horario extra sin que nadie se entere. Pero el presupuesto es el primero en irse.

 

 

En 2024, la Olimpíada Argentina de Física tuvo que hacer su instancia nacional de manera totalmente virtual porque Nación no puso la plata.

 

 

Años después, ya como rectora de la Universidad de La Punta, probé el camino inverso. En lugar de buscar a los tres mejores del país, en 2006 creamos las Olimpíadas Sanluiseñas del Conocimiento para que compitiera cualquier chico de la provincia, desde cualquier pueblo, por Internet. Había Matemática, Física, Química, Informática, Astronomía, Ajedrez, Lectura…

 

 

El primer año se anotaron 2.502 estudiantes de 40 localidades, y en tres ediciones pasaron más de 10.600. Los ganadores viajaron a la NASA, Italia, Inglaterra, Francia, conocieron las universidades de Galileo (Pisa, Padua y Florencia), y muchos sacaron su primer pasaporte o se subieron por primera vez a un avión.

 

 

El Hombre Olímpico no nace en la final internacional. Nace en la base, y esto es lo que casi ningún país latinoamericano se toma el trabajo de construir.

 

 

Uno de aquellos chicos, Ignacio Fabre ganó en Informática tres años seguidos y después en Física. Con los premios conoció la NASA e Italia. A los 24 años contaba que quería perfeccionarse afuera y después volver. Se doctoró en física teórica de partículas, pasó por la Universidad de Zúrich y el Instituto Max Planck, firmó trabajos sobre la producción de bosones de Higgs junto a Daniel de Florian, uno de los mayores especialistas del mundo en el tema, y después hizo lo que describe The Economist: se pasó a la industria. Hoy vive en Argentina y construye sistemas de inteligencia artificial en Mercado Libre. El Hombre Olímpico también puede nacer en San Luis. Y, a veces, vuelve.

 

 

Pero la regla es otra. Según el economista turco Tolga Yuret, que cita The Economist, más de la mitad de los que compitieron en olimpíadas en la década de 2000 terminaron viviendo en otro país. Occidente, y Estados Unidos en particular, los importa con entusiasmo. Nosotros los formamos gratis y los exportamos sin cobrar. Es probablemente el único producto argentino que sale del país sin retenciones.

 

 

La historia deja una lección más, que leída desde acá suena a advertencia. Según The Economist, si la disrupción de la IA llega de verdad, se va a notar en una recesión. Las crisis son el momento en que las empresas se reestructuran, las débiles quiebran y los empleos rutinarios desaparecen para no volver. Un país con recesiones tan frecuentes como el nuestro no necesita imaginar ese escenario. Le alcanza con esperar la próxima.

 

 

Vuelvo a Mendoza. Aquella tarde de octubre, más de una docena de chicos brillantes se quedaron sin oro porque sus programas daban la respuesta correcta, pero tardaban demasiado. Nadie les había avisado que la velocidad iba a contar. Argentina tiene, con su talento, un algoritmo parecido: a veces construye la base, detecta a los mejores, los entrena, los lleva a competir, y después los deja ir. El resultado es correcto. El problema es que es lento, y esta vez sí nos avisaron que la velocidad cuenta.

 

 

Si la historia sirve de algo, el riesgo no son las máquinas. Los villanos, como en la Revolución Industrial, van a ser los que decidan qué formamos, qué construimos y a quiénes dejamos irse.

 

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