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Ladridos en la trinchera: los perros de Malvinas

Entre el frío calador de las islas y el fragor de las bombas, 18 perros de guerra y varios polizones escribieron una historia de lealtad que se suele. A 44 años del desembarco, un repaso por los nombres los animales que combatieron en el Atlántico Sur. Por Facundo Valle.

Por redacción
| Hace 12 horas

El 2 de abril de 1982, la Junta Militar de Gobierno, órgano supremo de la dictadura cívico-militar, anunció la toma por la fuerza de las Islas Malvinas y dio inició a una de las historias más tristes y absurdas del siglo pasado. En los 74 días que duró la guerra murieron 649 combatientes argentinos (323 tripulantes del crucero ARA General Belgrano), 255 británicos y tres habitantes de las islas. Pero no todas las bajas fueron humanas. En esas cifras, naturalmente, no figuran los perros caídos en combate o desaparecidos en el archipiélago.

 


 

La mayoría de los perros que llegaron a la isla pertenecían a la Agrupación Perros de Guerra de la Infantería de Marina: 18 pastores de distinto pelaje adiestrados para cumplir misiones tácticas, quienes pasaron dos meses y medio junto a sus guías custodiando Puerto Argentino y acompañando a los nidos de ametralladoras en primera línea para evitar infiltraciones enemigas. También realizaban tareas de patrullaje, seguridad en las instalaciones de la Armada, control de población civil y de prisioneros, y defensa de los puestos de comando.

 


 

Si bien cada perro estaba entrenado en simulacros de combate o asaltos, en las islas pasarían a situaciones reales de defensa y eso lo cambiaba todo: lo que en el cuartel se hacía con armas de juguete y balas de fogueo, ahora se volvía un riesgo extremo. Para peor, al asedio enemigo se sumaban las condiciones temporales y la escasez de alimentos. Según el veterano Raúl Irigoyen, guía del perro Volf, a los perros les tocó sufrir lo mismo que a los soldados. "Hubo momentos en que teníamos cuatro masitas para comer; le dabas dos al perro y dos comías vos. Se comía una sola vez al día y cuando se podía".

 


 

Entre los perros de la guerra se encontraba Xuavia, la única hembra del grupo, preñada durante su estancia en Malvinas. La noche del 13 de junio, Xuavia regresaba del frente hacia Puerto Argentino cuando, repentinamente, se separó del grupo y se perdió en la negrura. Al amanecer, una patrulla de infantes guiada por sus ladridos la encontró a dos kilómetros del pueblo: estaba dándole calor a un soldado herido sobre la nieve. Quizás debido a su instinto materno, Xuavia le había salvado la vida. Al regresar al continente, dio a luz a nueve cachorros.

 


 

Hasta donde hay registro, los canes muertos en la guerra fueron tres, todos del bando argentino. En los últimos días de combate se decidió el envío de perros a primera línea para evitar infiltraciones enemigas. Junto a Xuavia fueron al frente Vogel, Wagner, Ñaro y Negro, entrenados en desarme, control de detenidos y saltos de altura. La operación no tuvo éxito y terminó trágicamente: los perros no se acostumbraron al fragor del combate y corrían aturdidos por las explosiones. Entre el humo y las balas, sus guías intentaron buscarlos, pero fue imposible. Para la noche, Ñaro y Negro habían desaparecido. Al terminar la guerra, ni sus collares fueron encontrados. Oficialmente se los reconoce como Desaparecidos en Acción, pese a los esfuerzos de la Sección por encontrarlos. Según publicó la revista Soldados en 2010, hubo una versión nunca confirmada de que un oficial británico se quedó con uno de ellos; o al menos esa era la esperanza de la Agrupación.

 


 

Quien sí regresó fue Vogel, un ovejero alemán de dos años que sirvió junto a su guía y compañero, el infante de marina José Rubén Cruz. Tras la rendición, ambos fueron tomados prisioneros y trasladados en un buque hospital donde, sin saberlo, se separarían para siempre. Vogel fue el más longevo de la agrupación; nació el 22 de mayo de 1978 y murió el 1 de diciembre de 1991. Fue enterrado en la Base Naval de Puerto Belgrano. Cruz tardó 20 años en recuperarse de lo acontecido en Malvinas. Finalizado el conflicto, los altos mandos le impidieron reencontrarse con su perro porque era "propiedad del Ejército". Ese dolor lo acompaña hasta el día de hoy.

 

 

"Merecía pasar sus últimos años en un hogar y eso me trae tristeza, porque él no me hubiera abandonado bajo ninguna circunstancia", dijo.

 

 


 

En Malvinas, soldados y perros compartían alegrías y tristezas y soportaron juntos las inclemencias y el fuego enemigo. Después de 4 o 5 días de bombardeos surgió un hecho curioso: la alarma más eficaz y segura ante los ataques británicos, fundamentalmente aéreos, eran dadas por los aullidos de los perros.

 


 

Fuera de las listas oficiales estaba Mortero, un perro táctico guiado por el cabo Víctor Alberto Funes del Regimiento Infantería Mecanizada 8 de Comodoro Rivadavia.

 


 

Mortero participaba de las patrullas y acompañaba a las tropas hasta el final de las trincheras argentinas, cruzando a través del campo minado junto a los soldados. Desde atrás de una tranquera los observaba alejarse. En Puerto Argentino más de una vez tenían que cuidarlo para que no se peleara con los perros de los isleños. Mortero estuvo junto a Funes hasta la segunda semana de mayo. Luego desapareció. Casi un mes después, tras la rendición, regresó justo para ser tomado prisionero en un galpón junto al resto de los soldados argentinos. Se dice que al ingresar al buque británico Norland para ser trasladado, orinó una alfombra y por eso los ingleses quisieron tirarlo al agua, pero sus compañeros lo impidieron. "Tiren a un soldado, pero no al perro". 

 


 

Mortero regresó al continente como perro prisionero de guerra. No se sabe con exactitud sobre su vida después de Malvinas, sólo que falleció años después en el propio regimiento, quizás por causas naturales.

 


 

Del lado inglés no hubo animales integrando la Fuerza de Tareas Británica. La pequeña guarnición militar inglesa que defendía las islas antes del desembarco argentino no contaba con perros de seguridad, y la flota naval que se dispuso a recuperar el archipiélago tampoco los llevó. La situación es muy distinta hoy día cuando las fuerzas armadas británicas realizan maniobras militares con soldados y perros de combate, como patrullajes en el campo, detección de explosivos tanto en el puerto como en el aeropuerto, y búsqueda de personas.

 


 

El tercer perro caído no era de raza ni estaba entrenado para el combate. El cabo Omar Liborio, que por entonces tenía 22 años y estaba a cargo del depósito de vestuario de equipos en Junín, corría hacia el camión rumbo a las Islas con un manojo de camperas en sus brazos, cuando un perro de la base, al que habían criado desde cachorro, lo hizo tropezar. Liborio se levantó, juntó las camperas y retomó su camino, pero a los pocos metros otra vez el perro lo hizo caer.

 

 

El cabo lo agarró y le dijo: "¿Estás jodiendo? Entonces te venís con nosotros". Así, el perro, ahora bautizado Tom (según las iniciales Teatro de Operaciones Malvinas) viajó como polizón a las Islas junto al Grupo de Artillería 101 del Ejército Argentino. Tom viajó por tierra y por aire oculto de los oficiales superiores entre mantas y camperas, apenas asomando su nariz. A los pocos días ya estaba en la zona de conflicto como un miembro más del grupo. En Malvinas y como otros perros, Tom cumplía una doble función: servía de distracción entre la tropa y por su agudo oído era el primero en avisar cuando comenzaba el fuego enemigo. Al ser un perro de pelaje corto las bajas temperaturas le afectaban, y por eso los soldados le fabricaron un abrigo con gorros de lana, pasamontañas y bufandas. Con una lata también le improvisaron un casco.

 


 

El 12 de junio, a las 11:15 de la mañana, dos aviones Sea Harrier se lanzaron sobre la posición argentina, bombardeando el único cañón y haciéndolo estallar. Tom ladraba enérgicamente hacia los aviones británicos. Los Sea Harrier efectuaron otra pasada, esta vez ametrallando la tropa, y Tom fue alcanzado por las esquirlas. El humo, el silencio y el olor a pólvora cubrieron el lugar. Los soldados, heridos, buscaron a Tom y lo encontraron tendido sobre una roca, inmóvil, mirándolos con sus grandes ojos negros mientras se despedía lentamente de sus compañeros.

 


 

Hoy que la guerra está tan latente en otros rincones del mundo, el uso de animales en situaciones violentas plantea importantes cuestiones éticas que debemos considerar y debatir en conjunto. Los perros en conflictos armados están expuestos a situaciones extremadamente peligrosas que ponen en riesgo su vida y su bienestar. Además pueden sufrir trastornos psicológicos debido a la exposición al estrés de las operaciones militares defendiendo intereses humanos. Utilizar animales como herramientas es una forma de instrumentalización y explotación que va en contra de los principios de compasión y respeto a la vida que, como sociedad, debemos proteger.

 

 

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